Aforismo décimo cuarto: “El lenguaje es una elucubración de saber sobre lalengua”

Analizar es separar, dividir para comprender, una operación que se revela enseguida insatisfactoria porque lo que se comprende deja de ser lo investigado, tan sólo una pintura. Separamos para ver más clara la complejidad de unas relaciones, sobre todo cuando parecen operar lógicas distintas, pero una vez dado ese paso, si mantenemos nuestra exigencia se impone una rectificación, pintar un nuevo cuadro. Con la concepción del lenguaje ocurre algo parecido. Al principio Lacan lo define por oposición al goce, y cada término parece seguir su propio curso hasta que sus aguas se empiezan a mezclar. Entonces las palabras dejan de nombran lo que nombraban, hasta su cauce es otro, por lo que se hace necesaria la creación de nuevos conceptos. Unos conceptos que rectificarán, a su vez, el uso de los anteriores. No sorprenderá que tanto vaivén produzca mareos en el estudioso, que en plena búsqueda de razones a semejante entropía ordena y limpia. Pero limpiando también se emborrona. Por ejemplo, cuando en un exceso de historización dibuja territorios y fija sus fronteras, lo que le lleva a plantear como incompatibles las formulaciones de distintas épocas. No importa que Lacan soliera desmentirla, no escuchará. Cuando el estudioso se instala en el discurso del saber encuentra su forma de fracasar. Y hay que ser comprensivos, porque Lacan aunaba en tal grado movimiento y rigor que al estudioso, incapaz de elegir entre dos troncos que se le antojan incompatibles, le cuesta mantenerse a flote.

Podríamos pensar que el aforismo anterior, el inconsciente está estructurado como un lenguaje, atendía sobre todo a la estructura del inconsciente, y que para concretar el segundo término de la fórmula, el lenguaje, puesta ahora la lupa en su devenir, o sea, el lenguaje pensado en su diacronía, hubo que esperar casi veinte años, hasta principios de los 70, cuando en su Seminario 20 Lacan enunció el lenguaje es una elucubración de saber sobre lalengua. Podríamos pensar también que era su respuesta al primero, y que lo invalidaba incluso, pero esa digamos esperanza se disipa ipso facto cuando a continuación leemos cómo vuelve a reivindicar el aforismo anterior. Uno al lado del otro, sin problemas, compartiendo párrafo. Son las dificultades a las que nos enfrentamos llevados por nuestra precipitación. Dejemos estas guías para avanzar humildemente en el aforismo que nos convoca.

Al que se imagine a Lacan como un teórico ensimismado en sus abstracciones le sorprenderá siempre la finura de su observación fenomenológica, cómo retira los velos que empañan la escena. Después de haber hablado del lenguaje durante décadas, Lacan vuelve a la observación directa para detectar la relación que teje el niño con la palabra. No tardaremos en comprobar, nos dice, que lo que en sus inicios le orienta tiene poco que ver con la comunicación. El futuro hablante no aprende el uso compartido del lenguaje sin haber hecho antes una inmersión en la lengua. Se empapa de ella, se sumerge, y finalmente se la apropia. Pero ¿de qué lengua se trata? Una bien particular, producida en el intercambio con el otro materno. De alguna manera se trata de dos producciones surgidas del nexo común. Por una parte, este Otro traduce para él lo indecible de sus sentimientos y de sus experiencias corporales. Por otra, el niño incorpora los sonidos que dicen su mundo, repitiéndolos, jugando y haciendo con ellos una lengua propia. Lacan llamó a esa lengua gozosa lalengua, integrando en este neologismo el laleo con el que el niño se divierte. Una lengua, pues, escindida, ajena todavía al sentido de las palabras, al uso social.

Como vemos, la separabilidad del significante respecto del significado de la que partíamos se mantiene en esta concepción, pero ahora la causa es otra, no la estructura sino esa materia oculta que es el goce. El nuevo concepto nacía por tanto en oposición al lenguaje articulado, al lenguaje aprendido posteriormente que el ser hablante no alcanza sin una depuración de aquel goce inicial. El laleo de lalengua es el chapoteo que el niño ha de abandonar si quiere aprender a nadar, a moverse en el lenguaje. Y puestos a renombrar, ¿por qué no desarmar al sujeto de su ambición ontológica, que llevaba décadas incomodando a Lacan, y reducirlo por fin a lo que propiamente es, tan solo un ser del dicho, un simple parlêtre?

Tras estos retoques el lenguaje, en su devenir, quedaba relegado a efecto de una regulación. Concretamente, dirá Lacan, el lenguaje es lo que el discurso científico elabora a partir de lalengua. Hay que entender aquí ‘discurso científico’ como el imperativo del lazo social que se impone al hablante bajo el señuelo de la necesaria comunicación con los otros. Lo hace sustrayendo una parte de su goce inicial, lo que implica un alejamiento de su relación primera con las palabras. El lenguaje sería el paso de la lengua en madre a la lengua con los otros. Pero este pasaje no se hace sin dejar un resto, precisamente la articulación gozosa, aquellos significantes preñados del enigma originario que tejió en cada uno la relación primera. Un resto que emprenderá el camino del exilio, formando la materia prima del inconsciente. Con ella, con los significantes de lalengua, también el inconsciente producirá un saber, pero un tipo de saber muy diferente al que producirá la articulación del lenguaje en el mundo con los otros. Ese saber del inconsciente será un saber sintomático, una lectura inconsciente de la enigmática marca de goce que definirá la posición del sujeto en su existencia.

Resumamos antes de continuar estos dos tipos de saberes. Habría un saber que se realiza sobre lalengua, digamos al modo científico, hasta transformarla en lenguaje. Una regulación operativa en términos de comunicación. Paralelamente, habría otro bien distinto, más un savoir-faire que un saber, que es la interpretación sobre ese material primigenio de lalengua que realiza el propio inconsciente, al margen de la conciencia. De ahí el paradójico estatuto de este saber generado en el inconsciente, un saber que no se sabe, tal como lo define Lacan, por estar vedado al sujeto de la conciencia.

En cierto sentido ambos saberes siguen respondiendo a la condición de separabilidad del significante, que desde su enigma apela siempre al sentido, pero las operaciones no se confunden. El aforismo que hoy nos ocupa dibuja el mapa de la tierra firme por la que caminará el sujeto de la conciencia tras su salida de las aguas, un saber que se sostiene en el olvido de su origen marino. Este saber del lenguaje, digamos gramatical, es un saber que sabe, pero no sabe bien hacer, pues se le oculta su fracaso con el goce. Cuando uno lee en el aforismo elucubración de saber, en fin, es evidente la poca simpatía que Lacan le profesaba. Y no era para menos, porque la negación del inconsciente por parte de ese discurso (universitario) lo acerca peligrosamente a la locura. Por supuesto, no se trata de colocarse en guerra con la comunicación, ni con los edificios del saber, pero sí de hacerles un poquito la contra, desvelando sus límites y sus miserias. Con este aforismo Lacan buscaba bajarle los humos al lenguaje, le recuerda su origen marino, la inmersión primera del hablante en lalengua.

Por eso debemos estar prevenidos ante cualquier análisis que hagamos, proclive siempre a negociar en la lógica dual de oposiciones y paralelismos, porque arriesgamos la diferencia, la singularidad que anida en cada operación. En el caso que nos ocupa, si la operación que realiza el inconsciente, dando un sentido sintomático al enigma del goce, no se confunde con la operación consciente, sometida al orden de la comunicación, es por la falta de simetría entre estos territorios. Entre ambos no hay frontera sino litoral. Y la humedad de lalengua puesta a secar al sol de la gramática encontrará en el síntoma su propio cauce, su propio funcionamiento. Veamos, antes de continuar, el dibujo de esa otra operación, la operación sintomática que el inconsciente efectúa y que sería el contrapunto (húmedo) de lo que nuestro aforismo describe.

¿Cómo pensar el síntoma? Recordemos que a mediados de los años 50, después de subrayar aquella sujeción al significante que Freud fue el primero en detectar como separada de la comunicación, y que permitía concebir el inconsciente a partir de las leyes estructurales del lenguaje, Lacan podía concretar una concepción metafórica del síntoma como sustitución de un significante por otro. Esta primera versión del síntoma dejaba atrás la idea de que lo reprimido era un significado a desvelar, puesto que lo reprimido era también un significante, el del trauma, cuyo significado nos es también desconocido. El retorno de lo reprimido, un significante que viene al lugar de otro, sigue por tanto la estructura de la metáfora. Y utilizando el hallazgo como trampolín Lacan se lanzó al estudio de estos significantes (S1) separados del sentido (S2). El Lacan explorador perseguía huellas, ruinas, marcas originarias a las que fue dando sucesivos nombres, significantes amos, rasgos unarios…, pero donde lo importante terminó siendo el modo en que se inscribían en el inconsciente, la forma en que el goce se fijaba. Este carácter escritural del goce hizo que el nombre finalmente elegido fuera el de letra, dando a luz a una segunda versión del síntoma, expresión de lo real (goce) y no de lo simbólico (significante). El término escogido para ello no era nuevo, pero Lacan fue desplazando el uso de la letra del registro simbólico al registro de lo real. Se trataba de dejar de pensar el síntoma como modo de expresión para atender a su funcionamiento. Seguía en esto los pasos del maestro, quien también varió su concepción inicial del síntoma para explicar su aspecto irreductible a la interpretación. Freud leyó ahí el vínculo del sujeto con el displacer, lo que llamó pulsión de muerte, expresando así lo que para él era un disfuncionamiento. Lacan sigue esta lectura dándole una vuelta de tuerca, no disfuncionamiento sino funcionamiento a secas, el modo en el que el sujeto se las apañó en su encuentro con lo imposible.

En resumen, quedándonos ya sólo con Lacan, el resultado en manos del estudioso vendría a ser  dos versiones del síntoma aparentemente contradictorias, el primero como metáfora y el segundo como letra. Entendido como metáfora, el síntoma hace surgir un significante, el del síntoma, sustituyendo al que permanece inconsciente, el significante del trauma sexual. Entendido como letra, el síntoma es una inscripción de goce, en sí mismo sin sentido debido a la ausencia de saber que afecta a la sexualidad humana, al que el inconsciente dará un sentido con el que el sujeto leerá sus encuentros con el otro.

Pero este dibujo feliz no debe complacernos demasiado. Como aquí la emprendimos contra las ínfulas del estudioso que hay en nosotros, ese que busca ordenarse ordenando, hacemos con Lacan una lectura après-coup, una lectura (lacaniana) que señale en la formulación primera lo que ya tiene de la segunda, y viceversa. Así, después de analizar, de separar los territorios con fronteras, volvemos de nuevo a la costa, donde todo se mezcla. Porque la doble faz del síntoma, significante y pulsional, de alguna manera se reproduce en cada una de ellas pensada separadamente. Son los trasvases de los que venimos hablando. Un ejemplo: lo que en la primera concepción es estructura, persiste y se afina después como función matemática. Otro ejemplo: lo que en la segunda concepción es letra de goce, lleva como polizonte lo que ya se marcó en un principio como significante del trauma sexual. Significante y goce mezclan sus aguas en el litoral. Por supuesto que el movimiento continuo que Lacan imprime hace bailar los conceptos, pero el rigor que se aplica es siempre el mismo. Y en el fondo, esta maquinaria elaborativa está presente en el devenir interno de cada texto, de cada seminario. No abundaremos más en ello, hay que acostumbrarse a esta mezcla de movimiento y rigor que forma el oxímoron por el que Lacan navega.

Zacarías Marco