Cuarto aforismo: “Sólo el amor permite al goce condescender al deseo”

La apariencia de este aforismo es sencilla: nos ofrece una llave, y la única posible, para realizar un acomodo. Así debe leerse ese curioso verbo, condescender, utilizado aquí para indicar la transformación que vuelve al goce manejable en términos de deseo. Fórmula sencilla, sí, pero los tres conceptos que la jalonan son de tal calado que exigen ser tratados con cautela. El puerto al que un único operador nos puede conducir es el deseo, aquello que el psicoanálisis considera –siguiendo a Spinoza– el centro de la experiencia humana. Un centro bien paradójico porque su escritura se desdibuja a medida que nos aproximamos a él. Pero un centro al fin y al cabo, si lo comparamos con ese mundo mucho más incierto y ajeno por completo a la representación que es el goce. El problema que se plantea es, cómo transformar este mar de fondo que nos marea en el oleaje que nos impulse. Lacan no puede ser aquí más categórico: si la brújula del amor funciona, la transformación no cesará.

Una parte de la enseñanza de Lacan se centrará en dilucidar la tensión existente entre el goce y el deseo. Aquí tenemos el fruto de esta prolongada gestación. Lacan tuvo que hacer un recorrido de diez años para ofrecernos al amor como llave, al amor como el agente que opera la posibilidad de un trasvase del goce hacia el deseo.

¿Se entiende ahora? No, no. Mejor ir despacio, si crees entenderlo, seguro que no es eso. Para Lacan, la creencia de que comprendemos nos despista, nos conduce al error. Porque la comprensión desatiende lo estructural, que es el malentendido. Cuando mi pensamiento razona alegremente es porque se deja llevar por lo que conviene a mis fantasías. Ojo con ellas, están destinadas a engañarme con respecto a la siempre inaprensible relación con lo traumático, dado que allí se localiza lo que no puedo representarme, mi manera de gozar. Marcamos así, primero, un límite al pensamiento: si alegre, yerra. O, como dijo Beckett, cuando el sujeto razona, razona mal. Advertidos de este límite, intentaremos desbrozar ahora la posibilidad de acción a la que apunta este bello aforismo.

Lo importante está siempre en el funcionamiento, en la articulación. Tenemos una fórmula con tres términos, amor, goce y deseo, donde los dos últimos se hallan en una relación peculiar, dijimos de trasvase, con efecto de mutación gracias a la acción del primero, el amor. Y toda la posibilidad de acción recae precisamente en este agente, porque sólo él –aquí radica el énfasis del aforismo–, sólo el amor puede transformar el goce para que de sus entrañas surja el deseo. Una relación entre el goce y el deseo que no es propiamente dialéctica. Por una parte, todo cambio en su estado depende de la existencia de un tercero, el amor. Por otra, no hay síntesis en el horizonte, sólo la posibilidad de una reconducción o de un acomodo en un registro distinto.

Probemos ahora a ver este engranaje tripartito a partir de cada uno de sus elementos. ¿Qué es el deseo? ¿Qué es el goce? ¿Qué es el amor?

El deseo es el fruto de la inscripción en el sujeto de una pérdida. Nos lo representamos con un menos. No olvidemos que estamos en el mundo de nuestras representaciones y no de las verdades, donde saber, no sabemos. Entonces: deseo de algo que nos falta, que nos imaginamos que nos falta. Esta pérdida estaría referida a lo que sería el objeto primario de satisfacción –llamémosle madre para abreviar–, un goce fusional con un objeto que, en realidad, no fue ni puede ser alcanzado en una relación directa, esto es, sin la transformación que implica la mediación del lenguaje. Y la razón es clara: el lenguaje se fundamenta en la no concordancia con el objeto, en explotar su representabilidad. Por eso decimos que, si el lenguaje está operante en su estatuto simbólico, el objeto está in absentia. Eso es el símbolo, la presencia de una ausencia. Roto el espejismo de la fusión, ingresamos en ese exilio de la cosa que es el lenguaje, donde desplegaremos la fantasía del retorno a la satisfacción, el deseo.

Ahora el goce. Si sosteníamos que la inscripción de un menos en el régimen de goce habilita al sujeto como deseante, lo hacíamos a partir de la consideración del goce como un exceso. El goce es ese otro nombre del exceso que representamos con un más. ¿Se trata de la pasión desmedida, de la hybris griega? No exactamente, aunque pudiera ser lo que la desata. Hablar del goce plantea una dificultad añadida. Siendo enemigo del lenguaje, la oscuridad le es consustancial. ¿Qué forma toma? El uno de la fusión. Al goce no le gustan los mediadores y promueve un encuentro directo, un encuentro dominado por una intensidad tal que deviene pulsión de muerte. Busca el brillo que sólo el fuego otorga. Como lado sufriente del síntoma, el goce es una pasión que enferma y melancoliza, que vive en los territorios de la completud, de la ausencia de pérdida. El goce es el lugar del rechazo al otro como diferencia, del rechazo a todo aquello que nos desplace de la relación directa con el objeto, con esa cosa en sí que hemos arriesgado aquí a nombrar como la vuelta a madre… En fin, podríamos añadir características tenebrosas a este lado oscuro del goce, pero es preciso reconocer también que no hay vida sin goce, y que constituye la materia prima para poder embarcarse en los desfiladeros del deseo. Una travesía complicada, es cierto, que requiere que algo de él sea castrado y transformado en deseo. El deseo nace de esta humanización del goce.

Por último, la llave del aforismo, el amor.

¡Y con el amor llega la sorpresa! ¿Cómo es posible que pueda vencer sobre esa fuerza casi irreductible que es el goce? ¿Cómo es posible que algo tan engañoso como el amor, que fue siempre visto desde el psicoanálisis como narcisista, del que tan difícilmente se puede hablar sin decir tonterías, cómo es posible que pueda darle la vuelta a esa tendencia irrefrenable que es el goce? Pues el secreto está precisamente en su debilidad, en su lado fantasioso. Es ahí donde radica su poder, porque en su alocada búsqueda de la unión perfecta, de hacer uno del dos, comparte afinidad estructural con el goce, lo que hace de él la llave propicia para esa cerradura. A través de sus equívocos y artimañas el amor se cuela como caballo de Troya en el goce para materializar allí el corte, la separación. Buscando hacer uno sale hacia el otro, haciendo pasar por él las pasiones, confrontándolas a esa dura prueba, la del amor y la del desamor. Y su vitalidad depende del hueco que haya abierto, del menos que haya impreso en el más, en cómo haya tachado día a día la promesa del retorno. El amor quema las naves para impedirlo, tiene esa valentía ante el fatal destino, como decía Lacan. Porque finalmente no hará uno del dos, y zarpará metonímicamente de sustituto en sustituto, imaginando que es lo que perdió, animado en su afán de reconquista imposible por la emergencia de un nuevo fuego, que aviva más que consume, el deseo.

Anuncios