La novela de los aforismos

Un aforismo es un elemento extraño al orden del discurso. No es sólo un concentrado de saber, como lo sería una máxima, contiene también algo de otro mundo, de un registro que excede lo comunicable. Un aforismo va siempre a contracorriente, posee un efecto de revelación que detiene el devenir del discurso para interpelarnos desde el enigma de un saber desconocido. Un saber que justamente por decir verdad de nosotros mismos alcanza lo universal. Por eso lo recibimos en soledad, y en soledad intentamos descifrar su secreto. Estamos ante el resultado de un pasaje que nos trae, oculto bajo la belleza de la fórmula, una cristalización de lo innombrable.

Nos preguntamos quién y cómo ha podido robar ese verbo a los dioses. Cultivado desde antiguo por filósofos-magos o poetas, se entiende que se haya hablado del arte del aforismo, pues se requiere de un artista del pensamiento para arrebatar ese fruto prohibido. El cambio de nombre no debe confundirnos, ayer lo divino, hoy lo demasiado humano, el territorio es el mismo. Llamamos artista a quien se atreve a hacer un recorrido por él, fuera del amparo de las leyes de la experiencia, y regresa tras atrapar lo impensable en una forma. Naturalmente, es lógico que derivemos de este hallazgo su fuerza particular, pero conviene evitar caer en la fascinación, que es la mejor manera de defenderse del roce del aforismo. Y aquí hay que ser exigentes: si sales indemne, no lo has escuchado. Porque el aforismo conlleva peligro, te engancha, no puedes pasar por él sin que una de sus aristas te rasgue la camisa. En cambio, fíjate, él permanece inmutable. Extrañamente inmutable, porque siendo el mismo, es distinto, nuevo cada vez que entramos en sus aguas. Sucede todavía con los aforismos de Heráclito; quién sabe si ya también con los de Lacan. Es cierto que nuestra época no parece propicia, pero ello mismo los distingue. Su atopía los hace excepcionales.

Los aforismos lacanianos son la consecuencia de una lógica del pensamiento, de una exigencia que no se detiene ante la dificultad para cernir cada concepto, de empujarlo hasta obtener de él una fórmula novedosa, imprevista, donde percibimos, detrás de su misterio, la expresión de una verdad. Detectamos estas gemas por sus destellos. Irrumpen en la continuidad del texto haciendo estallar la organización simbólica, quemando los puentes imaginarios con los que dulcificamos nuestra lectura. Los aforismos tienen esta carga, esta relación con lo real. Nos traen de contrabando el pasaje por el territorio de lo imposible, de lo que excede el campo del lenguaje. Nos hacen un guiño desde ese más allá de la palabra.

¿Cómo respondemos? ¿Desde dónde? Empezamos por repetirlos. Como poema que es, un aforismo se recita. Pide hacerlo a viva voz. Después, escuchamos en nosotros sus ecos. Porque todo aforismo tiene algo de oráculo. Lo leemos como revelador de una verdad no alcanzable dentro de los parámetros del sentido. Parece como si se saltara las leyes de la lingüística, aquellas que, dejando atrás toda mística en favor de una operatividad, formuló Saussure hace cien años. El aforismo contiene una carga que contraviene los principios de oposición y diferencia que adjuntan significado a los significantes de una lengua. Tomadas una a una, la sucesión de palabras cumpliría, pero no el conjunto, que se exceptúa en un bloque intratable al régimen acotado del sentido. Forma parte de la naturaleza del aforismo que no podamos decir a ciencia cierta lo que significa, o al menos que, digamos lo que digamos, no podamos decirlo todo de él. Está a nuestro alcance, y sin embargo se nos escapa. Esto es lo extraño, distinguimos un aforismo por tocar una verdad que no puede ser dicha. O que hasta entonces no ha podido ser dicha. Esta es la excepción que el aforismo nos presenta, dice lo que no puede ser dicho. Y su propia forma, su propia expresión, es el reflejo de esa carga. Su brillo provoca que lo apartemos de la continuidad de las frases. No se cuela en el cedazo del discurso. No es resumen, tampoco conclusión. Sus palabras son algo más que palabras, nos invitan a otra relación. Un aforismo es un cuerpo extraño que nos habla.

A decir verdad, esta excepcionalidad podría ser aplicable al resto de las expresiones de la lengua, si no fuera porque el velo funcional con el que cubrimos el lenguaje nos aleja de sus arenas movedizas. Depende desde dónde lo miremos. También Saussure era un hombre dividido. De día se ordenaba a sí mismo ordenando el lenguaje, mientras se permitía experimentar de noche otro sistema, loco esta vez, anagramático, buscando atrapar en otro tipo de leyes la incidencia poética de la lengua. Quién sabe, tal vez porque Saussure pudo acoger en él tamaña escisión, le fue posible meter el bisturí entre significante y significado y dictar su famoso curso de lingüística general, que abriría de paso el camino al tratamiento científico, estructural, del lenguaje.

¿Cuál sería entonces el método apropiado? De un lado tenemos la comunicación sometida a sus normas. Del otro, un empuje a nombrar lo que no se puede. Sin duda el aspecto operativo del lenguaje nos protege, nos hace vivible el mundo, pero lo comunicacional no termina de cumplir sus propias expectativas. Y quizás no sea asunto de elegir entre lo que nos ordena y lo que nos desordena, sino de reconocer lo segundo. Porque también está en la naturaleza de la lengua intentar decir lo que no se puede decir. Es más, hay razones para creer que es éste el verdadero motor que desde el principio nos mueve a expresarnos, enlazando el afecto a la palabra. Eso explicaría nuestra dependencia de ciertos significantes. Sería la manera que hemos encontrado de conducir los afectos, de reconocernos en lo que decimos, de construir con esos significantes que vienen del Otro nuestro lugar en el mundo. Por eso, es del todo inadecuado que nos pensemos como artífices cuando más bien somos moldeados por el lenguaje. Y aquí está la paradoja, porque esta dependencia no implica en absoluto permanecer en un lugar pasivo. Todo lo contrario. Nos abre al reconocimiento de una fractura que nos impulsa a decir, y también a actuar, sobre aquello que nos dice. A conquistar esa palabra imposible. A hacerla nuestra y a ponerla en juego. Un íntimo que se hace entonces común. Que se pone a comunicar y a producir efectos. Efectos en la escucha y en la lectura, relanzando el proceso. Y es justamente este desplazamiento, capaz de tocar el oído y de moverle la silla al lector, el que habilita esa otra función de la lengua, la función poética.

La serie de textos que componen este libro no sólo busca transmitir de una manera accesible la constelación de sentido de cada aforismo, sino también, y sobre todo, ser ellos mismos el resultado de una aventura, de un viaje, de una apuesta formal que vaya más allá del ámbito del saber. La lengua sólo está realmente viva si incluye lo imposible de decir, si mantiene esta exigencia. Una exigencia que no sería tal de no someterse a la práctica. Cuando eso ocurre, se asiste a pequeños descubrimientos. Después, se pulen y se lanzan al lector. Por ejemplo, que no hay otra cosa que recorrido, y que por tanto, sería impropio dar cuenta de él por fuera del recorrido. No hay lugar desde el que poder transmitir una visión panorámica que no participe de un engaño. Podemos aceptar esta limitación y continuar como si tal cosa, o mantenernos fiel a la exigencia que acoge la dificultad de separar el adentro y el afuera. Si continuamos como si tal cosa, separando medios de fines, tendríamos, para ser honestos, que definir los nuestros. No sabría qué decir. Sólo que aquí se ha intentado otra vía, ir a contrapelo, en una dirección que no es la del saber o la del principio de autoridad, con todo lo paradójico que esto pudiera parecer, elaborando textos precisamente a partir de los aforismos de un autor, Jacques Lacan.

Por eso es preciso decirlo de entrada, Lacan ha sido utilizado. Se le utiliza aquí para pensar, para escribir, y más concretamente, para acompañar un movimiento hacia un más allá de lo establecido. Ha sido mi apuesta, mi inspiración y mi compañía para cavar otro tipo de surco en las parcelas del saber. Hay que volver a roturar en lo desconocido. Bienvenidas las piedras que encontremos. Llevamos demasiado tiempo dando de sí el guante del saber y no podemos ocultarnos más sus destrozos. Protegernos del contagio tiene un precio. De ahora en adelante la palabra es convocada a establecer otro tipo de relación. Se busca que no se la cercene de la relación que le es propia. Decir es un acto de nominación de lo imposible. La palabra enlaza estos dos registros. Sólo cuando somos fieles a su inevitable fracaso tocamos lo real. A fin de cuentas, ¿no es precisamente esto el psicoanálisis mismo, un modo de intervenir en lo real, en lo que está fuera de la ley, por medio de la palabra? Un modo de intervenir que pierde todo su potencial cuando, en aras de una respetabilidad o de cualquier otra adecuación a los ideales de una época, incluida la transmisión interna de un supuesto saber, olvida su origen poético.

De paseo con Lacan, pues, para dejar el fruto de una aventura. Así se fueron configurando los capítulos o las estaciones de esta novela de los aforismos, tal como la llamó Hugo Savino. Una aventura que sigue un principio muy simple. Cuando se lee, se escribe. Leer te pone la pluma en la mano. Se descubre al escritor produciendo uno nuevo. Uno nuevo que se hace, a su vez, descubriendo en lo que escribe lo que pensaba sin saber. De ahí el extraño vínculo que se crea, que salta de fuera a dentro y de dentro a fuera, impidiendo que se resuelva en identidad. Lo escrito sale entonces al lector, sea éste uno mismo u otro, y lo trabaja sin cesar. No está destinado a posesión alguna, se ofrece como actividad a otras actividades.

Cada uno de los textos de este libro es una gota de rocío puesta en la mano del lector. Puede pensarse tanto desde la ambición de reflejar la constelación de conceptos que conforman el pensamiento de Lacan como desde la fragilidad de su captura. Su destello es efímero, destinado a romperse tras el despertar del día, dejándonos su vacío, la melancolía de esta imagen. Sólo nos hará habitable la jornada si somos capaces de responder a ella, de imprimir un sello propio en el devenir de las horas del día. Ese cielo estrellado nos refleja, nos remite a nosotros, no es nada sin nuestra participación. ¡Quién sabe si ese sentimiento, si esa apertura a lo que no se sabe, hará distinto el día! Tal vez un igual pero distinto. Tal vez produzca un efecto de clinamen, de variación en la caída de los átomos capaz de acoger lo desconocido nuestro como parte de nuestro ser. Eso desconocido que salta en los encuentros. No sería sólo pensarnos en el pensamiento, sería incluir ese afuera que nos dice. Admitir eso otro nuestro que nos acompaña.

Zacarías Marco, junio de 2022