Vigesimosegundo aforismo: “El sujeto es respuesta de lo real”

Se olvida, por propios y extraños, que el discurso del psicoanálisis es su práctica clínica. Lo que después teorizamos remite a esta fuente para ser vivificado por ella, impidiendo la deriva propia de todo saber hacia el discurso universitario. Es preciso no acomodarse nunca, mantener esta exigencia y mirar siempre los textos como un work in progress. Textos para nosotros en construcción, admitiendo que sean, para otros, objeto de destrucción. Es lógico y no tiene por qué asustarnos, estos interlocutores son más cercanos de lo que parece. El psicoanálisis suele haber alimentado los vástagos que se revuelven contra él. Toca escucharlos. Además de traernos el discurso de la época son, tras la práctica clínica, el principal estímulo con el que contamos. Las nuevas teorías literarias, filosóficas, políticas y de género, que surgieron en los años 50 y 60, le han venido achacando al psicoanálisis una sospechosa recuperación del sujeto. Pero su virulencia ha sido tal que llega a sorprendernos, máxime si tenemos en cuenta el papel pionero del psicoanálisis en el desmontaje de todo esencialismo ontológico. ¿Cuál será la razón para tanto ensañamiento?

Empecemos con la casi inasible perspectiva lacaniana del sujeto, que hasta la posibilidad de su expresión resulta problemática. ¿Cómo acercarnos a ello cuando lo más importante no es propiamente lo que decimos sino el acto de decir? Lacan lo plantea en un texto bastante hermético del año 1972, cuyo título, El atolondradicho, alude a cómo nos atonta la relación que establecemos con nuestros dichos. Es cierto, el sujeto se pierde gustoso entre sus dichos ocultando su propia enunciación. Queda fascinado por la potencialidad que le brinda el lenguaje, olvidando que para ello tuvo que hacerse representar, esto es, aceptar ser tan solo un ser de palabra. Un velamiento que naturalmente traería consecuencias. Pero al psicoanálisis le encantan los juegos del escondite, detectar la grieta, volver al lugar donde el sujeto se delata.

Lo menos que puede decirse del sujeto es que no alcanza su ser, que va a la zaga de una consistencia que se le escapa. Su horizonte se desvanece conforme cree acercarse a él. Para entenderlo retrocedemos a un tiempo mítico, intentamos pensar desde la grieta. El sujeto que descubre el psicoanálisis es efecto del dicho, del dicho del Otro, una reacción al lugar de deseo –o de su ausencia– desde donde el Otro lo nombró. Lugar de interpretación donde el sujeto traduce lo que viene del Otro al mismo tiempo que se traduce en él. Lugar de los decires donde se busca y reconoce, donde pone en relación las pasiones del Otro con las propias, indiscernibles al principio unas de otras. Y resultará lógico que, abrumado por su encuentro con este real, intente salir de su radio de acción presentándose como un sujeto de la palabra. Una palabra que asimila como propia y que hoy vamos a intentar desmontar atendiendo a su cara oculta, el impulso enunciador. Por ahí encontraremos al sujeto, que aflora casi a su pesar, dando cuenta de su relación con lo intraducible, con la pulsión que siendo parte de su ser no puede reconocer. Esta tensión es la que da vida a sus dichos, empujando al lenguaje hacia la metáfora.

Por eso, este ser de lenguaje valorará como su producto más valioso la creación poética, donde la pasión que excede el sentido talla la palabra, la fecunda. Porque en la poesía lo que importa es el decir, el acto de decir. Hay que recordar que la poesía nació en comunión con la música, siendo cantada, transportada por este vehículo predilecto de la pasión. Por eso lleva en sí misma la potencia modificadora que arrasa con los dichos y los transforma. La poesía plantea en acto una verdad, que hace el recorrido de lo real a lo simbólico, realizándose después como forma. Ahí está la creación de algo nuevo, que percibimos tras el velo, tras la encarnación de la belleza. Una posibilidad que más bien nos asusta y solo nos aventuramos a ello excepcionalmente. Nuestro modo habitual parte del miedo a la grieta, pretendiendo que la máscara simbólica proteja nuestro mundo imaginario y nos libre de lo real.

¿Qué nos enseña la clínica? Si el sujeto se oculta en sus decires, la labor del analista es escuchar, interrogarse por ese lugar de enunciación donde lo más singular toma la palabra. Como en ningún caso la conquista simbólica puede cernir por completo la pulsión, entendemos cada una de las posiciones del sujeto como su respuesta, su defensa frente al encuentro que tuvo con lo real. Nos referimos al real que se puso en juego en la relación con los padres, donde el sujeto tuvo que responder a la posición de estos respecto de sus propias pasiones, determinadas a su vez por la posibilidad de traducirlas, para ellos mismos y para él, dentro del universo de los deseos y las pérdidas. Una posibilidad que topa siempre con un límite. Las estructuras clínicas expresan las diferentes modalidades de respuesta a esa complejidad inaprensible. Por eso el aforismo de hoy tiene un valor universal. Bien sea neurótico, psicótico o perverso, el sujeto es respuesta de lo real, y solo a partir de aquí podemos establecer diferencias, contraponer.

Hagamos malabares con las tres estructuras. Podemos partir de la psicosis, la estructura que nos muestra más abiertamente sus cartas, debido a un determinado fracaso de lo simbólico, que provoca invasiones, retornos de lo real como son las alucinaciones y los delirios, y contraponerla con la neurosis, donde un poderoso filtro, capaz de transformar en relatos míticos ese real, protege al sujeto. Este filtro es el del deseo, la respuesta que el neurótico da a qué es él para el Otro. Ahí está la clave del camino que emprende. Se trata de la posibilidad de articular lenguaje simbólico y pulsión, esto es, de construirse un síntoma inconsciente en relación a un deseo inconsciente. Una posición del sujeto que, tras acusar la pérdida del objeto de deseo, le ha permitido elaborar una fantasía de recuperación. La tercera posibilidad, la perversa, es la que desmiente la pérdida una vez sufrida. La desmiente y algo más. Porque si el neurótico la sufre y sueña secretamente con cancelarla, el perverso se entrega a ella en acto, arrastrando a los demás a su pantomima de goce.

Véase la paradoja más allá de estas diferencias, hablamos del ser del sujeto a partir del momento en que falla en ser. Después procedemos a localizar en un tiempo mítico el encuentro, la colisión con lo real. Una colisión que no produce de entrada un cuerpo celeste independiente, una estrella, sino, tal como lo llamó Lacan, una falta-en-ser. Un desacomodo que afecta al cuerpo y que no es de extrañar que quede también impreso en el lenguaje, regidos ambos por un anhelo imposible de concordancia. Decimos imposible porque al cuerpo lo desarticulan las pulsiones y al lenguaje su carácter representativo. Desde esta perspectiva de la falta, el neurótico es aquel que ha consentido a su falta-en-ser, mientras que el psicótico se rebela con tal firmeza que se cuelan en él los artefactos de lo real. Careciendo de atmósfera, los meteoritos impactan en su cuerpo y en su lenguaje. En esta metáfora cósmica, el psicótico está atravesado de cielo, lo padece. El neurótico, en cambio, mira el cielo con envidia o terror, alternativamente, haciendo cábalas sobre lo que se pierde. Por eso se puebla con relatos, se deja envolver por ellos en busca de una consistencia que no puede ser más que ficcional. En cambio, el drama del psicótico es precisamente no poder engañarse, expresando así la verdad cruda de su desprotección. Si todos somos de alguna forma hablados por el lenguaje, en el psicótico se hace manifiesto. Por último, si al psicótico no se le puede hablar de la falta porque no la ha registrado, el perverso querrá saber todavía menos de ella, a pesar de llevarla inscrita.

Esta falta-en-ser del sujeto está articulada a no poder ser el objeto del deseo del Otro, el falo. Una problemática que se bifurca en función de la operatividad de la dialéctica del deseo. Desde luego, el neurótico está de lleno en ella, en las modalidades obsesivo o histérico, transitando el camino que va de imaginarse ser o no ser lo que le falta al Otro, a tener o no tener lo que le falta al Otro, lo que coloca siempre el falo en un horizonte inaccesible. Vemos aquí su división subjetiva: respeta la estructura de lo imposible al colocar el falo como el objeto que falta en el mundo, al tiempo que se engaña sobre la posibilidad de su recuperación. Reconoce el vacío, pero se empeña en rellenarlo. Se olvida de que es el vacío mismo lo que pone a trabajar el deseo. Naturalmente, el psicótico está en otra. Rechaza este engaño del ‘sí pero no’ porque no ha consentido a esta división subjetiva. Quizás por haber vivido la experiencia de la pérdida en otro nivel, masivo, radical, se agarrará a compensaciones que difícilmente puede soltar. Por eso decimos que goza de tener el objeto en el bolsillo, un objeto que no es para él un constructo imaginario-simbólico, sino bien real. Rechazando el cuento de hadas, vive la guerra de los mundos.

Por su parte, el juego del perverso consiste en romper el juego del neurótico, invalidar la fantasía que lo sostiene y devolverlo a la grieta. Le fuerza a salir de la madeja del deseo para confrontarlo con el goce. El perverso proclama la victoria del goce, se hace siervo de su voluntad y la impone al otro. Hace existir ese orden único forzando al otro al encuentro fatídico con el objeto, con el fin de hacerle perder su condición de sujeto. De esta manera levanta el velo que cubre la división subjetiva del neurótico y lo enfrenta a ella, introduciendo en la escena el objeto que perturba, la mirada, la voz, desubicándolo por completo. Sea en la modalidad exhibicionista, sádica o masoquista, el perverso reniega de la castración que le afecta y monta su teatrillo particular. Impone su espectáculo al otro, escenificando el fracaso de la defensa del neurótico. Le impone su libreto, el ritual que le retornaría al reino del Dios-todo-goce. No hay que engañarse, es esclavo de este amo al que sirve, el Otro sin fisuras.

Si el psicótico sabe y por ello mismo se abisma, el neurótico juega y se engaña, anhelando como Ícaro despegarse de la tierra. El neurótico busca dejar atrás sus malestares comunes sin darse cuenta que sólo le esperarían los extraordinarios. Vive con rabia su particular exilio ocultándose que es pura y simplemente la condición humana. En la medida en que pueda aceptarla su sufrimiento será menor, pero lo que en verdad le tienta es justo lo contrario, negar la pérdida estructural del paraíso y ponerse a competir con el loco, con el que no ha salido de madre. Y mejor que no se encuentre en su camino con el perverso, cuya propuesta consiste en negar la mera existencia de un exilio otorgando a todos una ciudadanía obligada, el pasaporte del goce.

¿Cuál sería la opción más heroica? No vamos a pensar la respuesta como si fuera un debate entre estructuras clínicas, no tendría sentido, Lacan habló para la ocasión de la insondable decisión del ser y solo agregaremos que se realiza a partir de las fichas que se encontró. Pero sí podemos pensarla dentro del campo de la neurosis. ¿Cuál es la opción más valiente en la estructura donde se abre el dilema ético de aceptar o no la marca del exilio como la condición humana? La tragedia griega planteaba una oposición semejante entre la fidelidad a las leyes de los ancestros y la debida a las leyes de la ciudad, pero mostraba los excesos tanto en un lado como en el otro. No miraba con simpatía al que abrazaba el exceso, al contrario, colocaba la heroicidad en quien era capaz de aceptar su fortuna. Pero, bien mirado, este destino (trágico) podría no ser tan terrible. En efecto, porque la partida no concluye en el momento de la decisión inconsciente, que es la que nos lleva a la repetición. Si, por el contrario, aceptamos la pérdida de la que hablamos, que implica una separación simbólica respecto del Otro, obtenemos premio, abriendo así la puerta al complejo proceso de subjetivación. Y una vez separados los registros podemos descubrir y atrevernos con otro tipo de hazañas. Por dar un ejemplo, desde su exilio el neurótico puede hacer unas notables incursiones en el territorio de lo prohibido, y traerse algo a la vuelta. Puede nada menos que recuperar para el arte el objeto, algo así como arrebatar el fuego a los dioses. A eso se le llama sublimación.

Pero haga lo que haga con ese encuentro, y maniobre como maniobre desde los cauces de su estructura, el sujeto será siempre respuesta de lo real. Un retrato partido en el que no podrá nunca reconocerse por completo.

Rebobino. Hablaba al principio de ensañamiento, quizás exageré, el mayor rechazo es la indiferencia. Es cierto, somos cada vez más residuales, hablamos hoy desde los márgenes. Y es bien comprensible, pues la complejidad que el psicoanálisis aporta al problema del sujeto le hace muy poco atractivo para ser integrado por ninguna de las teorías identitarias en boga. El psicoanálisis aporta un cambio de perspectiva al leer la identidad desde el concepto de identificación, y eso lo cambia todo. Pero ¿quién se atreve a tener en cuenta hoy la división interna que produce el encuentro con el Otro? ¿Quién reconoce las marcas en su decir más allá de sus dichos? ¿Quién puede aceptarse en esa intimidad extranjera? Demasiadas incertidumbres para nuestra época. Tal vez por eso al vacío dejado por la muerte de Dios le han salido tantos pretendientes. Sin dejar de faltar quienes todavía buscan reintroducir la esencia al modo antiguo, el modo moderno parece decantarse por la esperanza puesta en las posibilidades de la nominación. Algo que excede el objetivo que compartimos, evitar la segregación. Porque creer que uno puede sustituir la nominación antigua, basada en el Otro garante de la ley, por una auto nominación a edades tempranas, significa desconocer nuestra fragilidad, nuestra dependencia del deseo del Otro. Es crucial poder tomarse el tiempo para entender, en el nivel singular de cada uno, cómo se organizó y cómo respondió a ese encuentro. Su lugar de sujeto depende de ello, depende de ese reconocimiento propio de ser respuesta de lo real, respuesta inconsciente de lo real. Y el problema es que, mientras pensamos reivindicar nobles derechos, como sería el reconocimiento de la identidad, se nos vuelve a colar por la puerta de atrás la esencia del sujeto. Lo líquido nos trae de nuevo lo sólido. Pero bueno, decir esto no suele ser bienvenido, demasiados matices para tanto titular.

Zacarías Marco