Joyce, la fábrica de una nominación

Cuando tu trabajo y tu vida hacen uno, cuando están entretejidos en la misma fábrica…

James Joyce a Louis Gillet[1]

 

Esta frase de Joyce condensa como ninguna otra el punto esencial que nos puede orientar en nuestro trabajo. Joyce describe la fabricación de un único tejido a partir de dos componentes, trabajo (obra, arte) y vida. El hacer de la fábrica Joyce estará al servicio de la confección de este peculiar tejido al que colocará su marca, su denominación: Joyce. Esto quiere decir que la nominación Joyce es alcanzada solamente a partir del éxito obtenido en su particular entretejido. Una experimentación en el trabajo de la lengua-vida a tal punto satisfactoria, vivida como una revelación, que cree destinada a transformar la literatura.

¿Pero qué son para él esos materiales, las palabras y las vivencias, los hilos previos al tejido? Para seguir su pista contamos con lo que el artista nos muestra retroactivamente. Así podríamos interpretar el contenido y el título mismo que recibe la novela encargada de dar cuenta del devenir artista, Retrato del artista adolescente. Por una parte, se trata de un retrato, una intervención artística que es, además, uno de los posibles retratos que el artista podría hacer. Por otra parte, el retrato que nos ofrece es del artista, no uno cualquiera, apuntando con el artículo definido una exclusividad en la interpretación del arte (su arte) donde vemos la impronta de la nominación adquirida.

Fábrica, tejido, nominación. Esto, del lado del hacer, del éxito de un hacer particular. ¿Sobre qué base se efectúa ese hacer de Joyce? Como orientación general partimos de una idea que expresa la convergencia de toda una serie de trabajos sobre Joyce que se hacen eco de una insuficiencia, de la que no deja de dar muestras sobradas desde pequeño, que le afecta en el mecanismo organizador de la significación, mecanismo o función denominada en psicoanálisis como “fálica”. Una parte del trabajo del sentido, encargado de descargar de la palabra un excedente, encargado de anular en ella la cosa en sí, se encuentra en Joyce trabado, no operante, algo que él explicaba como una falta de maduración que le ponía al alcance de la mano el lenguaje en su magma originario. Ya desde niño la pregnancia de la palabra desconectada del sentido atrapará su atención, fascinándole y moviéndole a un juego del que posteriormente se derivará su originalísima aportación a la literatura. Joyce retrató como nadie la dificultad del niño Stephen para conectar los sentidos que el Otro (familiar, social) le otorga a las palabras, sentidos que resultaban algo fallidos para que él pueda hacerse representar por ellos. Retrata su soledad ante la palabra por fuera del sentido, sus paseos prendido por los letreros que ve y por las voces que escucha, y se lanza a nadar o a bucear en esas aguas primigenias de la lengua antes de devenir lenguaje, donde cada palabra es portadora de sonidos y de letras antes que cualquier otra cosa. Del lado del hacer, por tanto, un trabajo en la fractura de la significación, un trabajo con la palabra que incluye lo real en la letra.

Del otro lado, el precario soporte donde se experimenta lo vivido, ese cuerpo suyo que amenaza con desengancharse. A todas luces éste falla para sostener su ego ante el mundo. Joyce percibe esa vida suya, desprovista del aparato dador de sentido, absolutamente desvitalizada si no pudiera aportarle su hacer con el significante, su hacer con ese significante que se le presenta a él inundado de destellos. ¿Cómo reacciona ante la perplejidad que le produce? ¿Cómo consigue que la cosa en la palabra sea brillo y no esquirla? ¿Con qué nácar transforma la astilla en perla? Si su posición fuera pasiva hablaríamos del fenómeno de la imposición de la palabra, estaríamos en el terreno de la psicosis desencadenada. Pero, estando al borde de ello, Joyce es capaz de caminar por ese filo haciendo un trabajo que muy tempranamente va encauzando en el arte literario. Si el neurótico teje el goce con el sentido, ocultándolo, ocultándoselo, como si fuera la cara oculta o el reverso de sus lindas construcciones de pensamiento que le sirven para representarse su vida, Joyce, no disponiendo de ese medio, se ha construido una suplencia con su modo de tratar la palabra, su arte, que engalana su vida. Con él podrá presentarse al mundo. En vez de construir la vida con ficciones le da un material real, único, transformador de la existencia, extrapolable incluso a los demás. Yendo mucho más lejos del orden del sentido apunta a la matriz del lenguaje, y lo reordena conforme a sus leyes, aquellas que desvelarían su auténtica naturaleza. Utiliza entonces las leyes del lenguaje, aunque lo hace sin Ley, para mostrar el mundo como totalidad que está en cada detalle. All in all. Este descubrimiento artístico lo teje a él, esto es, le da la consistencia que percibe que no le aporta su desvitalizado cuerpo. Por eso los hilos del arte se entrelazarán indisociablemente a los de sus vivencias produciendo entre ambos un tejido único, una escritura que tiene el alcance de constituirse en nominación ante el mundo: Joyce.

[1] ELLMANN, R.: James Joyce, Oxford University Press, London, 1983, p. 149.

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