Presentación de Miguel Alonso.

Biblioteca de Orientación Lacaniana de Madrid. 20 de Mayo de 2015.

Este texto ha sido publicado también en Liter-a tulia.

Buenas noches y bienvenidos al Ciclo de presentación de libros organizado por la BOLM de Madrid. Nos ocupamos hoy de El tejido Joyce, último libro publicado de Zacarías Marco. Antes de entrar en materia, voy a presentar a quienes conformamos la mesa. Estamos en ella Miriam Chorne y Sergio Larriera, ambos  psicoanalistas, miembro de la ELP y de la AMP, además de docentes del Nucep (Nuevo centro de estudios psicoanalíticos) y apasionados por la obra de James Joyce; también está con nosotros el autor de El tejido Joyce, Zacarías Marco, que nos dirigirá al final del acto unas palabras sobre su libro. Es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En 1999 sale a la luz un primer libro de prosa poética, Labores de zapa. En 2005 publica Dípticos, sobre la película El Regreso, de Andrey Zvyagintsev, libro traducido y publicado en Rusia; y por último, yo mismo, Miguel Alonso, como coordinador del espacio y miembro del equipo organizador del trabajo de biblioteca.

En primer lugar, decir que si siempre produce satisfacción la presentación de un buen libro, en este caso la satisfacción es doble, porque estamos, sin duda, ante un libro extraordinario dentro del peculiar espacio joyceano, y porque está escrito por nuestro queridísimo amigo Zacarías Marco, bien conocido por nosotros por su perspicacia a la hora de afrontar los textos literarios, psicoanalíticos o filosóficos. Y concretando en lo que hoy nos ocupa, El tejido Joyce, hay que decir que Zacarías se muestra en él auténticamente genuino, inconfundible, fiel a su singular estilo, a la hora de abordar la obra del escritor irlandés y, en particular, su primera novela, Retrato del artista adolescente.

¿Qué es El tejido Joyce?

Decíamos en la convocatoria de este espacio: “Estamos ante una singular lectura que trata de acotar lo inabarcable, o lo que es lo mismo, eludir la parálisis que impone la inconmensurabilidad de la obra joyceana en las múltiples conexiones que, anudando vida y arte, permitirán a Joyce sostenerse en la existencia”.

Pues bien, hablando de inconmensurabilidad, de lo inabarcable, etc., no es una tarea fácil decir, en una coordinación de unos pocos minutos, qué es El tejido Joyce, dado que en él no encontramos una sola vertiente del Retrato sin analizar, además, de forma muy pormenorizada. Por tanto, en mi intervención me inclino por atender, únicamente, a algunos aspectos de la relación de Zacarías con el Retrato. Para mí, El tejido Joyce es:

1º. La expresión del amor que Retrato del artista adolescente siente por Zacarías Marco. Lo digo en el siguiente sentido. Su análisis, el recorrido que hace por las diferentes casillas del juego joyceano es tan pormenorizado, exhaustivo y delicioso, que la lectura me hizo evocar, de forma constante, la greguería de Gómez de la Serna: “Pon un anillo de oro a la idea y la harás tuya”. Eso es lo que hace Zacarías, ponerle un anillo de oro a cada casilla. Se demora en cada situación con una inteligencia y una agudeza tal, que Retrato del artista adolescente le entregó sus confidencias como verdades en las que es difícil reparar. Incluso, Retrato… le entrega confidencias acerca de las encrucijadas del deseo joyceano que, quizá, ni el mismo Joyce pudo alcanzar, mostrando de esa manera que las grandes tomas de decisión respecto al destino de lo humano – como puede ser el exilio joyceano— se rigen por motivos, la mayor parte de las veces, ocultos a la conciencia. Desde este punto de vista, El tejido Joyce ofrece ese tipo de confidencias que circulan por detrás de los dichos de la conciencia de Joyce. Podríamos decir, tomando una de las frases del texto: “No se puede confundir la opinión del protagonista con lo que la obra expresa”, es decir, esas confidencias que Retrato… entrega a Zacarías.

2º. El tejido Joyce plasma una concepción de la escritura y, me atrevería a decir, de la lectura, en tanto señala, de forma explícita, una posición particular de Zacarías Marco, dejarse atrapar y ordenar por el azar, que en este caso se manifiesta como un dejarse arrojar como un dado en un juego cuyas casillas están conformadas por los múltiples murmullos o por los múltiples estruendos de ese lenguaje joyceano que hace avanzar o retroceder para elaborar y reelaborar las diferentes encrucijadas que suscita Retrato del artista adolescente, y la obra de Joyce en general. Es decir, dentro de la estructura de su libro, este dejarse arrojar como un dado para caer en algún lugar, es el resorte de la propia escritura de Zacarías, de su singular acompañamiento de la obra de Joyce.

3º. También estamos, sin duda, ante un hilo de Ariadna, tanto para el autor como para los lectores, en tanto permite, por su carácter didáctico, que no nos perdamos en ese “caosmos” joyceano, en ese complicado enmarañamiento entre vida, arte y escritura tejido por el escritor irlandés. Veremos en El tejido Joyce como ese enmarañamiento será el laberinto en el que Joyce queda atrapado, y del que saldrá a través de un método que, a medida que avanza en su obra, se va especificando cada vez más como un invento en el que intervienen, de forma más llamativa, revelaciones repentinas de verdades que Joyce nombra como epifanías y que van creando realidades auténticas y, sobre todo, el sonido de las palabras, a través del cual se precipitan las frases en un determinado ordenamiento, en el que Joyce trabajaba infatigablemente.

4º. Por último, me aventuro a expresar otra formulación potente. Y es que Zacarías es el hereje que queda tocado en su propio ser por la novela de Joyce. Retrato del artista adolescente es un libro que lo construye a él mismo, en tanto es capaz de armonizar con un lenguaje rupturista que, más que importarle evocar realidades, procura construirlas. Eso implica una posición ética y herética respecto a la ortodoxia sobre el lenguaje, sobre la realidad y sobre el ser. En un momento de su escritura sostiene Zacarías que “Desde el exilio del lenguaje no se alcanza el ser”. Nosotros podríamos evocar resonancias que nos trae esta frase tan hermosa, me refiero a ese aforismo lacaniano al que Zacarías daría plena sustancia:

No hay sujeto que se sostenga salvo el que habla en nombre de la palabra

En nombre de la palabra, El tejido Joyce nos conduce hacia un apéndice lacaniano para conformar una confluencia entre literatura y psicoanálisis –confluencia, sin duda, herética— poniendo en juego todos los elementos fundamentales del “caosmos” joyceano, la familia, la religión y la sexualidad, el sentimiento de culpa, las bocas que amenazan tragar a Stephen y que paralizan su deseo, las fobias, la escucha que solicita del otro, Cranly y Lynch, donde Joyce-Dedalus despliega sus pesares, que Zacarías sabe llevar más allá de los “agotamientos lógicos”. Todo ello, como digo, en ese tejido entre vida, arte y escritura, como ideario y como red que protege a la vida de una caída en el abismo.

Una escritura con mayúsculas que clarifica el enormemente el impulso creativo que conduce a James Joyce hacia la trilogía, Retrato, Ulises y Finnegans Wake, ese artefacto intrascendente –tomando el concepto creado por Sergio Larriera, y que viene muy bien por oposición a la trascendencia religiosa que tomó a Joyce durante su infancia— artefacto intrascendente que, como aparato de escritura, actuará como sustento vital en tanto sortea, esquiva, el desvanecimiento imaginario de James Joyce.

Yo diría que con El tejido Joyce Zacarías Marco se posiciona como un testigo privilegiado dentro de ese Otro universal creado por Joyce para validar su obra. ¿Cómo la valida Zacarías? Situando Retrato del artista adolescente como una red que alivia el abismo entre el ser y la existencia, una red construida por Joyce para el alivio del ser de Stephen Dédalus, verdadero personaje real en tanto los personajes reales son aquellos que, no habiendo existido nunca, permiten sostenerse en la existencia. Así describe Zacarías al protagonista de Retrato

En realidad, por su carácter didáctico, este ensayo nos permite aprehender más fácilmente la verdad que contiene la novela de Joyce: y es que nadie es, y todos, aunque sea con diferente fortuna que la de Joyce, tenemos que “saber hacer” con nuestras divisiones, con nuestras fracturas, con nuestros síntomas.

Por mi parte, felicitar a Zacarías por este libro extraordinario, y como sé de su querencia por la literatura, por la filosofía y por el psicoanálisis, animarlo a que siga dejándose atravesar por estos textos, dejándose arrojar como un dado y proyecte ese atravesamiento en nuevas escrituras. Porque esos textos, al igual que ocurre con El tejido Joyce, serán, con seguridad, una garantía para ordenar el “caosmos” que a cada uno de nosotros toca soportar.

Muchas gracias.

Miguel Alonso

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