Presentación de “Retratos de un cuerpo por venir”

Soy muy poco dado a los agradecimientos pero hoy voy a romper esta costumbre.

No veo cómo hubiera podido escribir estos textos sin sentir la compañía de Isidro, de Hugo y de Noemí. Sus exigentes lecturas me han sido de una ayuda inestimable. Y no han sido los únicos, en la sala está también Miriam, Estela… Esa generosidad me parece algo extraordinario. En el caso de Hugo, participando también él de esta labor de escritura, el efecto se duplica. No sé si es necesario explicarlo. Hace muchos años que no leo a Cioran pero guardé de él una frase magnífica. La abrevio, decía: como es natural, nuestros amigos nos desean lo peor; todos, salvo algún extravagante. Me refiero a que no es raro percibir, aunque las buenas formas lo disimulen, el desagrado que causa la publicación de un libro, especialmente entre los cercanos, y sobre todo si también escriben. Ninguna queja, es lo natural. Por eso resulta tan agradable encontrar en la vida estos seres tan extravagantes, un poco locos, que se alegran con tu alegría.

Permitidme que os incluya en esta categoría. Va por vosotros.

Me gustaría destacar varios aspectos que pespuntean este libro de principio a fin convirtiéndolo en otra cosa que una suma de artículos, o ensayos, o lo que quiera que sean estos textos tomados separadamente. Porque, que fueran así concebidos, no les impidió ponerse de acuerdo un día para venir a aporrear mi puerta, sacarme de la cama y empujarme de nuevo a trabajar. De esto querría dar cuenta, de la pequeña mutación que se produjo al recibirlos en grupo y ceder al reclamo de su escucha. Como pedían una foto del conjunto, justo aquello de lo que estos bastardos carecían, no me quedó más remedio que escucharlos con renovada paciencia uno a uno, y volver a rehacer cada una de sus vestiduras. Después, tras las presentaciones, ellos solitos se fueron reacomodando. Y por fin están ahí. Quién sabe si haciendo vínculo, si haciendo cuerpo.

Un aspecto de esta nueva ligazón que los une ha quedado reflejado en el título, que es una variación del que escribí para la presentación del libro de Hugo, Salto de mata, pero que a su vez era una variación sobre el título del libro de Blanchot, El libro por venir. Se trataba de entender qué significaba hacer un cuerpo, sinónimo aquí de libro, y hacerlo como fruto de la lectura.

Creo que los dieciséis textos que lo componen cumplen con el título, son retratos de un cuerpo por venir. Ahora bien, ¿qué sería un cuerpo que se anuncia pero todavía no está, y cómo se podría entonces retratar?

Este cuerpo por venir es el cuerpo que la escritura crea, en su propia actividad y de forma sorpresiva, pero que, permaneciendo en el hacerse, nunca adviene plenamente como tampoco puede acabarse. Lo que leemos son los impulsos, los soplos dados a un cuerpo por venir. Sería una lectura que se deja escribir por lo que no está, o que está sólo en sus vacíos, en sus huecos. Por eso, el hecho de escribir no necesariamente la convoca. La impresión es más bien la contraria. Escribir es enfrentarse con este inaccesible que es la escritura, donde su búsqueda en vez de atraerla la espanta. Se entiende, no por sentarse al piano sale la música, tampoco para un virtuoso.

Se trata de otra cosa, escuchar las relaciones, el lugar donde una emoción imprime un ritmo y deja una forma, hace resonar unos ecos, busca adherencias, y también las rechaza, busca ficciones, y también las rechaza. Todo ello para retratar el exceso que se puso en juego en el encuentro con una serie de libros, películas, pinturas.

Y para ese contenido y ese título, creo que la portada no podría ser otra que una de las niñas-adolescentes de Balthus, Katia en este caso, leyendo en infinito su cuerpo por venir, pillada en ese momento mágico, ahora eterno, en el que su cuerpo va a ceder a su metamorfosis. No se trata, pues, de un acabamiento, sino del momento previo, el del desencadenamiento. Por eso, aunque pudiera leerse ahí un eco con la imposibilidad beckettiana de acabar, lo destacado es el otro extremo, su puesta en marcha, la sacudida inevitable cuando la pulsión irrumpe. Digamos que congelando la acción, ésta correrá, pero enteramente de nuestra parte.

Después, habría toda una serie de hilos que se retoman en varios textos. Está el hilo Deleuze, que aparece sobre todo en el texto de Wolfson, pero que asoma también por aquí y por allá, ampliando su gama de colores. Está, por ejemplo, la pugna que le enfrenta al psicoanálisis, compitiendo por el auténtico desmontaje del sujeto. Pero también, y sobre todo, su capacidad de escritura. La capacidad de Deleuze de producir variaciones, las variaciones Deleuze. Por ejemplo, cómo después de escribir un magnífico prólogo, Esquizología, para El esquizo y las lenguas, de Louis Wolfson, es capaz de retomarlo años después para producir otro texto, y mejor, Louis Wolfson o el procedimiento. Esta capacidad suya de no soltar la presa hasta arribar al concepto, hasta haber extraído la fórmula donde todo el mecanismo se soporta, es impresionante. Por mucho que critique su optimismo y alguna que otra mala arte con respecto a la mano que le dio de comer, mi simpatía por él es evidente, y su último libro, la reunión de textos que compone Crítica y clínica, hace pareja con el de Blanchot como inspiración.

Este rehacer permanente que es la escritura intentando retratar lo que, por su ley interna, no puede sino escaparse, ha sido la práctica concreta de estos textos. Al menos la mitad han ido sufriendo variaciones muy sustanciales sobre las que fui publicando en internet o en alguna revista. Ésta no será sólo otra versión, será la definitiva.

Se podrá encontrar este rehacer en cada uno de los textos, empezando por el primero, el de Giacometti, con su búsqueda infinita por plasmar la forma, esa forma que está en su cabeza y que se pierde, necesariamente, en el trayecto que la lleva al papel. Ahí está la referencia al libro de James Lord sobre las sesiones de su retrato, donde cada día Giacometti buscaba hacer emerger en el lienzo la cabeza de Lord que él tenía en la cabeza, produciendo un retrato “acabado”, uno por día, pero acabado para cualquiera menos para él, por lo que era inmediatamente emborronado. Sólo después de diecisiete sesiones una ingeniosa intervención del retratado pudo terminar con esta interminable sucesión. No desvelo más.

Otro hilo que también teje el conjunto es la necesidad de destrozar la mistificación que suele hacerse del arte y de la escritura, en aras del saber. Me he empleado en ello con todas las armas disponibles, y me gustaría pensar que las del entendimiento y la razón han quedado superadas por las del juego y la risa. Porque de otra manera todo habría sido un engaño. Por eso, para mí, estos textos no son ensayos, ni artículos, al menos no en la imagen que se tiene de ellos, que está teñida de una ambición de conocimiento. Una ambición que preserva de otro tipo de conocimiento, que es el que me interesa. Lo que he hecho es jugar con ello, meter al enemigo en casa para hacerle jugar otra partida.

Así creo que deberían leerse el primero, el segundo y el último texto, el que cierra el libro. Los tres tienen una estructura semejante, dejando surgir un imprevisto, casi una historia bufa para provocar una especie de encantamiento. Alguien me dijo que este relato dentro del relato tenía la estructura del MacGuffin, un engaño que te atrapa y despista con respecto a la trama fundamental. No lo sé. Puede que te atrape y te haga pasar por el engaño de la ficción, pero para llevarte precisamente a lo que importa. Creo que mostrar los espejismos, las costuras de la tela, empuja la lectura hacia la escritura.

En el texto sobre Giacometti ese devenir relato está en las pesquisas detectivescas de James Lord sobre el robo de un retrato del estudio de Giacometti. La historia es cierta. No invento nada.

En el texto dedicado a Balthus la historia que hace la zancadilla al conocimiento es el destino de una alfombra, su trasiego y su venta, particularmente su pisoteo. Esto me pareció lo más gracioso. Sólo desde aquí me pude animar a decir algo sobre la pintura de Balthus, o sea, ponerme yo también a pintar.

En el texto que escribí sobre la película Lucky la irrupción del elemento mágico lo da, necesariamente, la tortuga. Este encantador animal, tan extraordinariamente sobrio y longevo, recibe en Lucky un magnífico homenaje. Como no es fácil hacer compatible la lentitud con la travesura, nadie se imagina una tortuga impredecible, y sin embargo, aparece aquí para dar un giro decisivo a la historia, incluso a la existencia misma. El devenir tortuga de Lucky va a incluir una sonrisa que desbarata el tiempo y la muerte.

Retomo para terminar algo del principio. Hablaba de un imposible exceso puesto en juego en los encuentros de este libro. Pero, ¿encuentros de quién con quién, o de qué con qué? Ni lo uno ni lo otro. Encuentros con un exceso absolutamente paradójico que sólo puede encontrar su cauce en la escritura mediante la extracción de lo literario a lo que el lenguaje tiende.

Para dar forma a esta aventura he buscado desnudar también, como una relación más, esa parte “nuestra” que se pone en juego cuando el exceso irrumpe. Trabajar con ella, con esa parte que creemos nuestra y que por convención y tranquilidad de todos llamamos autor. Me ha parecido que la escritura sólo puede vivir evitando esos tres espejismos, el de lo literario, el del conocimiento y el del autor.

Los tres son nombres de la misma impostura, una que intenta ocultar el vacío originario para evitar las tempestades. Pero tal vez no pase nada por dejarnos alterar, mojar un poco. La clave está en las relaciones, en dejar que éstas jueguen su parte.

ZM, 16 de noviembre de 2018

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