«Sin título», presentación del libro «Sin» de S. Beckett

                           Presentación de Sin / Sineidad en Cruce, el 25 de marzo de 2022

Me gustaría dedicar estas palabras al Grupo Beckett, a cada uno de los que mensualmente y desde hace casi siete años lo animan. No estaríamos hoy aquí si no fuera por ellos, por vosotros, y concretamente por la lectura que hicimos en la primavera de 2019 de Sin, en una reunión que tuvo como frutos añadidos dos traducciones, la de Isidro y la de Loreto, editada en esta magnífica edición trilingüe, que añade la de José Francisco Fernández, hecha desde la versión inglesa, Lessness.

Una reunión que me empujó a escribir un texto breve que he reescrito para la presentación de hoy. Creo que nos podemos permitirnos hacer lo contrario de lo que se suele hacer, y desvelar el contenido del libro. Podemos leerlo, citarlo, hasta interpretarlo, y este texto de Beckett, que escribió en 1969, se mantiene en cierto sentido virgen para cada uno de nosotros y para cada lectura que se haga. Sin se defiende bien. Nada de lo que pueda decirse enturbia el impacto de su lectura. Tal es el alcance de esta singular obra, de estas frases amontonadas en sus párrafos ruinas, toda ella poesía desecada, que sin embargo palpita.

Me ha divertido escribir en el lugar del título “Sin título”, tal como se hace con las obras de arte que no lo tienen, para señalar la rotura del marco de la representación a la que Beckett nos lleva. Sin no es solo un texto, es también una partitura que se escucha y un cuadro que se contempla. Presentamos hoy música y pintura hechas con palabras. Y defenderé que su sentido derruido tiene sentido.

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¿Por qué las palabras de Sin, esas ruinas esparcidas, pero no del todo, producen un efecto de verdad? ¿Desde dónde están escritas? ¿Por qué esa extrañeza que nos produce su lectura, una vez que somos poseídos por el ritmo de sus sintagmas, se convierte de repente en compañía, en lo que también dice de nosotros?

Leemos en Beckett, y leer en Beckett es leer en nosotros. Cada uno se lee en Beckett. Esto es, además, estrictamente cierto, desde el momento en que tenemos que puntuar nosotros el texto.

Ruinas refugio seguro por fin hacia el que de tan lejos por tanto falso. Lejanía sin fin tierra cielo confundidos ni un ruido todo quieto. Cara gris dos azul pálido cuerpo pequeño corazón palpitante solo en pie. Apagado abierto cuatro lados derribados refugio seguro sin salida.

Cada uno tiene que elegir la separación sintagmática. Yo diría que solo hay una correcta en cada frase. Es mi lectura. Por ejemplo. Cara gris / dos / azul pálido / cuerpo pequeño… Una frase que se presenta ella misma en estado de ruina. La puntuación en cierto sentido la levanta. Las cinco primeras palabras describen la cara, gris, con dos… azul pálido. La palabra ojos no está, ha caído. ¿Lectura exigente? Veámoslo de otra manera. Beckett lleva al lector a la escritura, lo hace escritor. Y no nos queda otra que asumir lo que leemos.

Pero ¿qué hacemos con un texto que se contradice todo el tiempo? Sencillamente concluimos que la contradicción, y sólo ella, dice de nosotros. Juguemos pues a este juego sin importar lanzarnos a analizar, ya veremos en qué poco queda la razón que analiza.

A partir de la repetición de sus sintagmas, que es la base compositiva de todas sus frases, los 24 párrafos de Sin están sometidos internamente, cada uno, a un contrapunto constante. Un vaivén sonoro y una discordancia de sentido que provoca en el lector tal perplejidad que demanda explicación. Un reto tal vez paralelo al que se enfrenta el protagonista del texto. Lo queramos o no, si leemos estamos ahí, en sin. Pero ¿dónde es, o qué es, estar en sin?

El vaivén de sus sintagmas expresa una paradoja, o más bien una aporía, porque la alternancia contradictoria del material apunta a lo indecidible, si bien el título mismo nos señalará cuál es la opción verdadera. Aunque no pueda apostar, el lector está obligado a elegir entre una cosa y su contrario. ¿Cuál es la verdadera? La opción que se afirma negando: sin. ¿Qué decir de ella cuando su acción es barrer, y gustaría, si pudiera, barrerse a sí misma? A ella se opone una recurrente afirmación, una afirmación que no deja de crear lo que será negado. Y tantas veces como lo afirma, el texto la señalará como quimera. Lo que es con tiene en el texto el rango de quimera.

La quimera es el fruto del pensamiento, de la imaginación. La imaginación no puede ser sino loca, generadora de fantasías, de sueños. Una quimera de vida, por más que hubiera vida.

Quizás su imaginación imagina para ofrecerse un relato de sí como compañía. En Compañía, texto posterior de Beckett, tenemos eso, la búsqueda de la palabra que diga de él, su personaje, para acabar con una última palabra que lo define, contrapunto a compañía, solo. En Compañía, esta es la verdad que el título oculta. En Sin, la verdad está en el título, y lo que es con es quimera. Pero ¿qué empuja a haber un con? Tal vez el efecto de tener todavía un corazón palpitante. Es el elemento de emoción que bombea el texto provocando el hecho mismo de imaginarse un sujeto con atributos.

Estas dos posiciones, sin y con, se expresan mediante una antítesis constante. Se podría pensar que todos los elementos del relato caen, necesariamente, bajo esta disyuntiva, por más que la verdad sea una, sin.

Por un lado estaría la posibilidad del cambio, del movimiento, del paso del tiempo, de la alternancia entre el día y la noche. La posibilidad de un futuro distinto para un pasado también distinto. De una salida, de una luz, de un cielo azul, de una lluvia, de un ruido, de una huella. La posibilidad de dar un paso, de una marcha hacia la lejanía. En esta opción se ha ido del blanco al gris, que es el estado actual. Lo cual anuncia un futuro negro. Beckett dice negro lento, un negro en retraso.

Por el otro estaría la imposibilidad de todo esto, la ausencia de salida, de trascurrir del tiempo. Nada que no sea el actual estado gris donde todo se confunde, hasta el cielo y la tierra, nada que no sea este silencio es considerado cierto. No hay recuerdos, son solo sueños, sueños de días felices o infelices, de cielo azul, de lluvia. Creación vana de un registro de ecos para mantener la esperanza de un paso adelante.

Pero ¿es así?, ¿es quimera por falso, o lo es porque lo insoportable ha enloquecido una cabeza poblada de gritos de loca? No sabemos. Lo que sí es cierto es que en este contexto son descritos dos elementos principales, el refugio y un cuerpo. La veracidad de ambos no se cuestiona en ningún momento, pero ambos están sometidos al mismo proceso de devenir, si lo hubiera, (o de diferentes estados, posiciones), que el conjunto espacial y temporal que los alberga.

Sin duda el refugio es verdadero. Un verdadero refugio que podría ser una ironía, pero no lo es. Porque, no es que no habiendo salida no puede ser otra cosa que refugio, y, no habiendo más que refugio, forzosamente verdadero. No. La clave es la ruina. Las cuatro paredes se cayeron sin ruido para alcanzar en el estado de ruina el refugio. Entiéndase, no es un hogar arruinado, la ruina es el único hogar.

Esas ruinas esparcidas tienen también su vaivén, su posible quimera: el cubo. Un refugio en estado de falsedad, el cubo conserva sus paredes blancas y lisas, como inmaculadas, que se derrumban en el texto una y otra vez. ¿Sería el cubo el estadio previo a las ruinas? ¿O es meramente el fruto de la imaginación? Lo pensemos como lo pensemos, el cubo sirve para ofrecer internamente un nuevo contrapunto. Resultado de una posible deriva lógica desde el cubo blanco y perfecto que fue (o que es sólo en la imaginación, puesto que su recuerdo es también negado), a las ruinas actuales, sumidas en cambio en un gris perpetuo.

Y por último el cuerpo, descrito en un devenir aparentemente opuesto al de su entorno, yendo a bloque. Pero que es el mismo devenir que afecta a su alrededor, ya en gris, en la indefinición. Quedan todavía en ese cuerpo dos agujeros, los ojos, azules, y una raja, la boca, además de la raja del culo, en trance de desaparecer. Pareciera como si eso no nombrado, los ojos, ofreciera con su color una particular resistencia. Azul. Un azul en el texto protagonista, que, a diferencia del celeste del cielo, es un color verdadero. Verdadero también por ser el color de los ojos que leen el texto que se escribe, ojos de Beckett, ahora nuestros. Resistencia azul, cuando todo el resto, incluido el cuerpo, está ya dominado por la grisura.

Ahora el sonido, porque este cuerpo bloque pequeño ofrece a su devenir, además del color azul, una segunda resistencia, el latido. Ambas resistencias son verdaderas, y quizás por eso creadoras de quimeras. Un vaivén del texto que también va a afectar a la posición del cuerpo. Yendo a sillar, está de pie, cara a la lejanía, pero a veces también está tumbado, boca arriba, cara al cielo. Y con este cuerpo va a concluir el texto. A modo de ruina resistente, inútilmente esperanzada con la existencia de un paso, de una marcha hacia la lejanía, este cuerpo es piedra y algo más. Un más que nace de la verdad de un menos. Un con que nace de la verdad de un sin. Que podamos pensar también este cuerpo como el avatar actual de un estado previo, no importa, esa posibilidad está señalada como quimera, como trampa de la imaginación. Quizás por tener todavía esos elementos resistentes, esos innombrables ojos y ese corazón que trastoca todo con su latido, incluida la interpretación.

¿No será esta paradoja activa, este ruido hecho con el silencio, esta aspiración a una ausencia imposible, su verdad última?

Zacarías Marco, marzo de 2022