Una escritura llegando a ser

Presentación en Cruce del libro Sobre la tierra, de Sergio Larriera, el 22 de junio de 2022

El niño tiene una sospecha, las cosas no son como parecen, tampoco como le fueron contadas. Algo habrá que hacer. El niño se decide a investigar. Tira de pistas y empieza a tejer su historia. Busca orígenes y horizontes, tierra firme bajo sus pies. Estar sobre la tierra implica un exilio. Pero no lo soporta. Sobre todo cuando arrecia la tormenta…

Utilizamos el modo relato, cargado de metáforas, para describir lo imposible de un encuentro. Hasta cierto punto nos ayuda. Sólo hasta cierto punto. Por eso aquí, en el libro que presentamos, se trata de ir más lejos de la metáfora. Ir al objeto, al encuentro con la vida, con lo que ésta tiene de excesivo. Porque el objeto que anida en la palabra la ha terminado por descomponer. De mil maneras, y algo habrá que hacer con esos restos. Habrá que componer con lo descompuesto. No nos vale ya recomponer, hay que inventar formas nuevas para nuestra emoción descolocada. Formas que curen, formas que hagan cicatriz. Se trata de obtener su registro. Sobre la tierra es eso, la aventura de Sergio Larriera trabajando la marca, apropiándose de ella en un conjunto de textos de datación dispersa, hilados con notas, pespunteados por su propia lectura, haciendo con todos ellos un nudo actual, que apunta a una especie de alumbramiento, o más bien de autoalumbramiento. Para ello ha sido necesario un ejercicio de depuración y de urdimbre, llegar a hilar con los cuatro Larrieras resultantes la trama, hacer el nudo Larriera. Una trama que da como resultado este libro, una escritura. Voy a centrarme sólo en este aspecto, en cómo se depura padre, madre, lengua, exilio, mujer, hijos, amigos, en las aguas de la escritura, alcanzando una particular limpieza en el registro que hace de los sueños. Un ejercicio que no es de nostalgia sino de rememoración. Siendo ésta, por tocar lo real, un imposible. Por eso es preciso apelar, como hace el autor, a una fuerza transformadora, a un obrar que alcance de lleno la palabra. En sus múltiples modalidades. Las que le han trabajado a él y él a ellas. Trinidades genealógicas, topológicas, alógicas, neológicas… que dejo al lector, para quedarme sólo con lo que he vivido como un descubrimiento. El modo en que el obrar con la rememoración toca lo real. Sobre la tierra es este imposible llegando a escritura.

Registramos primero el movimiento que va de la metáfora a un más allá. Un más allá capaz de arañar nuestros recuerdos, de rasgar su tela. Por ejemplo, decimos lluvia y empieza a llover. Es real. Vemos el agua correr ladera abajo, buscando cauce, surcando la tierra. A esos surcos los llamamos rieras. Es un nombre cargado, un nombre que nombra. Luego el agua sigue corriendo. Hace río y hace memoria. Lo que nos lleva a pensar en el tiempo, que como exploradores del mundo, o de nuestra propia vida, dividimos en presente, pasado y futuro. Creemos que eso nos ayuda. Pero son palabras. Palabras que nos dejan indiferentes si no chorrean vida, pero que nos ahogan si arrastran demasiado lodazal. Y no hay justo medio, cada uno responde al exceso que encontró buscando su propia nominación. Hace de esa palabra manchada su nombre. En este libro, Sergio Larriera nos deja las suyas, sus palabras manchadas. Tomadlo literalmente. Nos las deja en su devenir escritura. Todo el trayecto de su escritura hasta llegar a disolver las identidades. Se trata, como decía, de afrontar un imposible. Cito: “Es preferible una nominación sin fuerza ni esperanza. Hay raíces y troncos frondosos, el tiempo nos condena al pasado y al futuro, el espacio nos da orígenes y horizontes. Pero mejor no creer en ellos”. Voy a intentar hacerle caso, aplicándolo a su propio texto.

La cita puede leerse en la página 128, y viene precedida por un párrafo que impresiona. Leo sólo su inicio, quizás el momento más Montaigne de su escritura. Como sabéis, Montaigne era dado a esos arrebatos de sinceridad que, desnudando el saber, nos lo muestran tan cercano. Porque hay que poder despojarse de mucha ropa para confesar, para textificar que, cito a Larriera, “la debilidad de mis reflexiones me espanta”. Lo escribe justo antes de señalar el peligro que supone lo contrario, la ausencia de debilidad, el peligro de vernos atraídos por unas reflexiones consistentes. El autor, atrapado entre dos fuegos, elige la menos mala de las opciones. Un momento donde hallamos el acceso a la escritura. No me refiero a la que estaría más desprendida de la herencia o deuda con el padre, siendo éste el escritor, necesariamente para él de referencia. No, no pretendo ni metaforizarlo ni psicologizarlo. Padre, madre, o cualquier palabra cargada, es aquí tanto la necesidad como la dificultad de una filiación, el complejo que acaba introduciendo una carga en las palabras, que lastrará la escritura. De ese Otro hay que salir. No pudiendo salir hay que salir. Y qué mejor modo que terminar aceptando un obrar sustractivo, justo el contrario al que él tiende, un modo que limite el exceso. Un obrar hecho, paradójicamente, por imperativo y fidelidad a la pasión. Creo que es lo que hace que funcione, el no dejar de lado la pasión, pero entregada sin artificio. Una escritura que excava el vacío desde donde nos mira. Es lo que encuentro leyendo las notas, leyendo el modo relato, leyendo los detalles de humor donde el autor se distancia de su impulso natural, y que de no aceptar esa limitación se le impondría. Pero, sobre todo, es lo que encuentro leyendo estos arrebatos que secan el texto hasta apropiárselo, como si devolvieran la lengua al lenguaje, y cuya expresión máxima está quizás en el relato de los sueños. La limpieza que allí efectúa es pura escritura.

Valiéndome de esta lectura, voy a darle una vuelta a uno de los principales hilos conductores del texto, la rectificación nominativa, expresada como la construcción de un Ego tras soltar el lastre del Yo. Larriera va afinando la fórmula de ese recorrido, que es el de su propia vida, en una temporalidad que no es cronológica sino propiamente la de la cura, escrita no en el tiempo de Cronos sino en el de Kairós. “Del porteño aparisado que habré sido para el castellano lunfardo que estoy llegando a ser”. La fórmula describe el pasaje. No hay conclusión, hay una apertura que transforma el mito originario y lo sustituye por otro. Otro, en construcción. La fórmula opera sobre la filiación ofreciendo una nueva, por venir. Este llegando a ser es fundamental. El final es un horizonte. Si recordáis, nos hemos desprendido antes de él. Podemos decir ‘hasta el final’, pero lo que tenemos no es el final, no es el ser. Y lo que se realiza es un proceso de escritura. Me fijo en este punto de apertura, de aproximación escritural que avanza en la medida en que va dejando atrás la carga que hasta entonces engordaba las palabras. Creo que, sin saberlo, Larriera ha llegado más lejos que su propia fórmula. Siendo sincero, os diré que para mí la fórmula está todavía demasiado cargada. Quizás no hay fórmula que no lo esté, es lo que tiene de densidad toda definición. Pero la escritura de Larriera llega más lejos de lo que él dice. La escritura suelta las amarras de la fórmula, de la filiación, y se rompe en llanto. En llanto y en risa. Por un lado, de un mito a otro, por mucho que rectifique el peso de la filiación, no es posible salir de la fórmula. Por otro lado, es necesario hacerlo. Lo imposible, a la vez que necesario, expresa ese término psicoanalítico que se nos atraganta a todos, la castración. Un término del que me voy a permitir, inspirado por lo que está llegando a ser en este libro, dar otra traducción, escritura.

Podría fundamentarlo teóricamente, acudiendo a la función de anudamiento que tiene siempre la escritura, pero no es necesario. Hay que despojarse también de esto. Como dijo Marguerite Duras, escritura es lo que no se puede, y sin embargo se hace. Está el momento apellido, y luego la escritura. El momento Larriera, y luego la escritura. Es precisa una transformación. Como sabéis, Duras no nació siendo Duras, tuvo que hacer un acto de apropiación para poder firmar sus primeros textos. Del hacer al obrar. Larriera tuvo que hacer algo parecido, desprenderse de cierta magnificencia del padre. Pero el hecho en sí es anecdótico, forma parte del circuito metafórico que buscamos trascender. Aquí lo que importa es acceder adonde no se puede, a la escritura, en este caso con el humor que rezuma el texto. Larriera se ve Larriera y se aleja lo suficiente para reírse de Larriera. Lo hace, no diría que en silencio, porque lo escribe, pero en letra pequeña. Larriera tiene la potencia del titular, –acordaros lo que decía Lévi-Strauss de Freud, que estaba a la altura del mito–, pero es capaz de prescindir de ella para incursionarse en otro territorio. Este alejamiento de sí mismo es necesario para devenir retratista, para transformar sus visiones en versiones. Un proceso que se pone en marcha desde el primer momento. Vuelvo a citar a Duras, en una frase que suena a sentencia: decía que quien no ha escrito nada a los siete años no merece la pena que lo intente. Una frase que suele provocar la risa. El problema es que tiene razón. Implica una cosa, que a escribir no se aprende. Sería más cierto decir que se desaprende. Larriera se hace escritor desaprendiéndose escritor. Porque serlo, con todo el demasiado que ese verbo conlleva, ya lo era a esa edad, escribiendo relatos detectivescos para desentrañar falsificaciones monetarias. Es impresionante. Qué pillín. En fin, dejo al lector estas delicias, interpretación incluida. No son las únicas risas que se puede echar leyendo este libro. Puede ojear también la crónica de “Una vuelta a la manzana”. Es un ejemplo máximo de Larriera riéndose de Larriera para retratar a Larriera. Donde importa sobre todo cómo lo pinta. No lo hace –no sé si se me entenderá– larrieramente (tomo de Hugo Savino esta manera de hacer adverbio el nombre). Larriera se desprende de algo para poder mostrar el objeto Larriera. Deja el modo titular y describe al apostador en letra pequeña, sorprendido en plena locura numerológica. Al jugador que habrá sido lo describe el escritor que está llegando a ser.

Querría precisar que el libro no contiene en sí mismo risas y llantos, cava el hueco para albergarlos. Nos deja una escritura trabajada por un vacío. Una escritura que se rasga, que se abre al objeto, y somos nosotros los que, participando de ese real, aportamos la risa y el llanto. Larriera nos lo permite tras haber secado el cauce del río. Y serán nuestras lágrimas las que corran texto abajo formando rieras. Es el producto de una sustracción, que opera hasta en el título mismo del libro. Antes de escribir sobre la tierra hay un hueco, un verbo, que está omitido. Porque lo importante es su acción. Este vacío obra sobre la tierra. Sólo así la frase está viva, abierta a la pulsación que ponemos nosotros. Y ni por un instante pensemos en reducir esto a una técnica. Cuando Joyce escribe sin puntuación el murmullo interior de Molly, no es un capricho, es para que demos nosotros el aliento al texto. La vida del texto viene de ese afuera. Lo mismo hace Beckett cuando sustrae en La última cinta de Krapp la palabra fundamental, lo que fue para él el hallazgo que vino a organizar su escritura. Una puesta en escena que tiene, por cierto, alguna similitud con este libro de Larriera. Asistimos al momento trágico, pero también cómico, donde el escritor repasa su relación a la escritura, hasta toparse con la escena de la pérdida del amor, la famosa escena del lago, para quedar absorto ante su descarnado relato. Krapp escucha a Krapp, y escribe. Larriera escucha a Larriera, y escribe. Ésta es la sorpresa que nos depara el final. En ambos finales. Porque también Larriera nos deja aquí unas últimas palabras, unas palabras finales del amor imposible, pronunciadas en la verdad del sueño, que, por supuesto, omitiré.

Zacarías Marco, mayo de 2022