El crimen de no dejarse tocar

Publicado en Entrelazos

Qué hago hoy cuando pido que la palabra comunique, cuando pido que las palabras entren en comunicación. Es secundario pensar aquí en el otro, porque el otro ya está, el otro está siempre cuando la palabra es palabra comunicada. Esto tiene su lógica. La palabra comunicada, la que hoy araño para que venga, lleva en ella el vacío del otro. Es la palabra que se admite como vaciada. Si vive, si no cae muerta, como una hoja desprendida que cayera atravesando el espacio, es porque en su interior habita el vacío de un encuentro. Y su retraso, su espera, es el núcleo de su comunicabilidad. A eso se le llama escucha, la acción de la escucha, escuchar. Por supuesto, no se trata de escuchar al otro. Para eso primero hay que crearlo, crearlo en posibilidad. Hacerle un hueco en la palabra. Ese vaciamiento es lo que permite entonces la comunicación. Algo que es, a fin de cuentas, por completo imposible si se pretende obtener como resultado o como contrapartida una sustancia cierta, un monto producto de la escucha, el relato asumible de un enlace, el cuento que te colma. Pero qué hago hoy. Voy al tarro de las esencias. A lo peor. No puedo evitarlo. Me digo Sálvate y agujerea. La comunicación no es otra cosa que una sucesión de malentendidos, de malentendidos en un punto siempre errados, es cierto, pero también de malentendidos portadores de una invitación al choque. Deja que llegue eso. Ocurre ya para cada uno, como si las palabras cayeran como los átomos de Demócrito. Como si las palabras tuvieran esa extraña facultad de atravesarnos sin entrar verdaderamente en contacto, sin producir una distorsión, pero manteniendo, cada una, la posibilidad eléctrica del encuentro, del impacto con otra. Pero hoy no. Qué pasa hoy. Es un esfuerzo inútil. Me imaginé poder colocarme en el umbral. Imposible. La puerta está cerrada. Tengo los oídos tapados y no puedo escuchar. Hoy temo estar ahí, en ese lugar, en el vacío, y pararme a escuchar. Es así. Qué puedo hacer. Qué puedo no hacer. He decidido no ocultármelo. No cambia nada pero he decidido no ocultármelo. Si me llega mi turno me pediré para hoy la carta del deshacer. Pediré desmontar lo que incesantemente monto. Por tener un punto de insoportable. Qué carajo. Por tener una inmensidad de insoportable. Deshacerme en palabras, arrancarme este hastío, vomitar el exceso. Eso busco, dejar atrás este maldito exceso. Hoy siento que estoy a una distancia inconmensurable de una lectura como deseo. Escribí lectura como deseo. Qué horror. No puedo acceder a ella. No puedo leer. Todo me parece inútil. Qué estoy haciendo. Qué estoy intentando hacer. Con cada una de las palabras. Con las que caen. Diré cómo las veo antes de desistir. Cargadas, las veo cargadas en vez de vaciadas, y la palabras se hunden irremisiblemente. Reproducen un caer constante y monótono por doquier. Nada choca. Nada produce la más mínima chispa. Cegado con tanta nada y con tanto todo me gustaría testimoniar al menos mi renuncia. Porque no podré abrir hoy un hueco en la palabra. Voy a absoluto, lo sé, pero no me lo puedo impedir. Hoy no podré contar, salir a contar. Incapaz de levantar la vista, hoy no puedo ver ninguna desviación de la trayectoria, y me hundo con ellas. O todavía peor, permanezco extático mientras ellas pasan sin tocarme. Impermeable a su lluvia, permanezco allí, donde la beatitud es el crimen de no dejarse tocar.

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