Síntomas

Para empezar con nuestros tratamientos, te presentamos una serie de enlaces a fichas donde abordamos los referidos a los síntomas clásicos. 

A continuación, te presentamos una serie de enlaces a las fichas que hemos elaborado sobre nuestros tratamientos a los síntomas de relación, aquellos que se han puesto de manifiesto en las relaciones con la pareja. 

A continuación, le toca el turno a nuestro tercer grupo de fichas, esta vez sobre los tratamientos a los síntomas contemporáneos.

Las dos caras del síntoma

La tarjeta de visita del síntoma suele ser su aspecto problemático, una irrupción imprevista y desconcertante que viene a alterar la vida del sujeto. De repente, la imagen ideal de nosotros mismos se ve alterada por este desagradable compañero de viaje, que se obstina en mostrar algo que hasta entonces había permanecido oculto. 

Esta cara del síntoma trae por tanto un mensaje, en apariencia indescifrable, reprimido a la conciencia, al que cualquier esfuerzo de la voluntad y del pensamiento no alcanza a desvelar. Pero si tiramos del hilo con frecuencia aparecen antecedentes. Entonces, van saliendo a la luz problemas anejos que constituyen toda una constelación, y que nos orienta hacia otro lugar. Un tipo de respuesta del sujeto enfrentado a una problemática particular.

Así se entiende el ocultamiento y el desagrado que provoca todo síntoma. Algo ha puesto en jaque al sujeto, algo que le toca en el núcleo de su ser, esto es, en su relación con los demás y con el mundo, provocando este retorno pulsional. Pero no debemos olvidar que el síntoma es la respuesta a un problema y no el problema mismo. 

Quiere esto decir que sin tratar el problema del que es efecto, de nada servirá combatirlo a ciegas, porque encontrará más pronto que tarde otra vía, y a veces peor que la anterior.

 

El verdadero problema

Imaginemos que han saltado los plomos de la casa y que al ponerlos vuelven a saltar. Ningún electricista se limitaría a recomendarnos solo un cambio de fusible. En algún punto del sistema eléctrico de la casa hay algo que falla, y si no atendemos el problema es posible que arriesguemos la próxima vez algo más valioso que un fusible.

Querer saber sobre el síntoma es la respuesta lógica que nos encaminará hacia el verdadero problema que lo ha hecho surgir. Todo síntoma esconde una verdad. Pero no sólo una verdad, no sólo algo de nosotros mismos que desconocemos, tiene también otra cara que dirige su mirada hacia nuestras pulsiones. De ahí recibe su fuerza y el desconcierto que nos provoca, porque nos toca en la intimidad.

Hasta entonces habíamos sobrellevado ciertos encuentros, pero ahora se ha producido una descompensación y ya no es posible volver al estado anterior. Ahora toca hacerse. Lo que ha surgido dice de nosotros.

Todo síntoma tiene una particularidad irreductible que apunta siempre a un sujeto concreto y al uso que hace de él, que es su modo actual, por penoso que sea, de habitar el mundo.