Aforismos lacanianos
Para una poética del psicoanálisis
Los aforismos lacanianos son la consecuencia de una lógica del pensamiento, de una exigencia que no se detiene ante la dificultad para cernir cada concepto y empujarlo hasta obtener de él una fórmula novedosa, imprevista, donde percibimos, detrás de su misterio, la expresión de una verdad. Detectamos estas gemas por sus destellos. Irrumpen en la continuidad del texto haciendo estallar la organización simbólica, quemando los puentes imaginarios con los que dulcificamos nuestra lectura. Los aforismos tienen esta carga, esta relación con lo real. Nos traen de contrabando el pasaje por el territorio de lo imposible, de lo que excede el campo del lenguaje. Nos hacen un guiño desde ese más allá de la palabra.
La serie de textos que componen este libro no sólo busca transmitir de una manera accesible la constelación de sentido de cada aforismo, sino también, y sobre todo, ser ellos mismos el resultado de una aventura, de un viaje, de una apuesta formal que vaya más allá del ámbito del saber.
El libro se publicó en Arena Libros y se puede adquirir en librerías y por internet, por ejemplo, Terán, Enclave, La casa del libro, La Central, Meta, Marcial Pons, etc. También se puede pedir en la web de las librerías españolas, que distribuye en todo el territorio nacional, todostuslibros.com y en Amazon.
La primera presentación se realizó en Cruce el viernes 25 de noviembre de 2022, con intervenciones de Hugo Savino, Isidro Herrera (editor) y José Alberto Raymondi. Un encuentro magnífico, en el mejor espíritu de intercambio de experiencias de lectura, apuntando a ese más allá de la frontera del saber. Les agradezco a todos su presencia, el interés y el afecto.
A continuación, los textos de las presentaciones del libro, la de Hugo Savino, que se publicó en Cuarta Prosa, la de Esperanza Molleda, la de Miriam L. Chorne y la mía, la que hice en la sede de la sede de la ELP de Madrid.
Presentación de Hugo Savino
Dos citas para empezar:
Saussure: «Sobre el lenguaje solo hay puntos de vista.»
La otra es de Wittgenstein (un secuaz de Zacarías): «Pero entonces eso quiere decir que entender un lenguaje, de la manera que sea, presupone ya un lenguaje. […] Lo que no quiere decir otra cosa que: con el lenguaje, no puedo salir del lenguaje.» De Observaciones filosóficas, pescada en el texto Vivir en Voces de Serge Martin).
Se me ocurre, para empezar, que un analista vive entre voces y en voces, se mueve entre voces, silencios, gestos y muecas. Voces atragantadas del malestar, de excesos de sentido, de relatos engañadores y tramposos que empujan, que presionan a no salir del bosque de la lengua de palo. Vive y analiza poniendo en juego su propio malestar.
Cada vez que sale un libro es preciso situar la censura que lo rodea. En primer lugar, la exacerbación de un saber o saberes que ignoran su propia ignorancia. En segundo, y así podríamos seguir enumerando, la extrema sordera del academicismo reinante, que aclaremos, no es privilegio de la Academia.
ZM pone su libro en la vía de la poética. Pero cumple el acto fundamental para ese camino: primero el poema y después la poética. No diseña una estructura, se abandona a lo que el ritmo le enseña de aquello que no sabe. Es un libro de escucha y de exploración. Escucha del aforismo, que excede lo comunicable. Como el salmón, Zacarías Marco remonta la corriente y explora ese enigma. Lo que no puede ser dicho flota como sugerencia. Cito: «Un aforismo es un cuerpo extraño que nos habla.» Y si nos habla, la cuestión de lo indecible entra en conflicto, como la de intraducible. Buen lector de Beckett, sabe del «desamparo indecible» que hay mil maneras de decirlo, de decir aquello que te hace nudo en el estómago y en la garganta.
Duras: «La falta de éxito, en mi opinión, no existe. Quiero decir, la falta de éxito inmerecida no existe. El éxito puede ser tardío, pero debe llegar, tarde o temprano. No creo que la crítica sea la responsable, en primer lugar, de eso que llamo la falta de éxito momentáneo de una obra. Creo que la falta de éxito de una obra resulta de la propia obra, en fin, es una cualidad intrínseca de la obra. Cuando la obra es sola en ser ella misma, cuando una obra es insólita, es normal que solo sorprenda a unos pocos iniciados, en principio. Un libro nunca aparece solo, siempre está acompañado de otros libros, está siempre en un contexto dado. Puede ocurrir que a un libro muy singular, muy insólito, se le pongan trabas mediante otros libros.»
Parto de la idea de que leo Aforismos lacanianos y no analizo un texto, leo un ritmo. O mejor: el ritmo de un discurso. En ese título que acompaña, Para una poética, hay una subjetivación en la lengua, y esa misma subjetivación desborda cualquier marco técnico. La poética es lo que revela, es el revelador de esto que Zacarías Marco llama: «Bienvenidos al oráculo de Lacan. Nos sentamos a su mesa y movemos las fichas.» «Mover las fichas» se me aparece como una figura que va más allá del campo textual, Zacarías no hace psicoanálisis aplicado, es decir no aplica conceptos, los retuerce para sacar a los aforismos de la repetición formular. Leyendo su libro pensé en una frase de Marina Tsvietáieva que dice que la literatura está hecha por especialistas de la vida, y me digo que el lector a secas, o el lector analista de este libro, puede empezar a pensar que el psicoanálisis ganaría mucho si es practicado por especialistas de la vida.
Cita del mismo Zacarías Marco:
«Por eso es preciso decirlo de entrada, Lacan ha sido utilizado. Se lo utiliza aquí para pensar, para escribir, y más concretamente, para acompañar un movimiento hacia un más allá de lo establecido. Ha sido mi apuesta, mi inspiración y mi compañía para cavar otro tipo de surco en las parcelas del saber. Hay que volver a roturar en lo desconocido.»
En el aforismo titulado No hay relación sexual nos habla de ese Lacan que sale del gabinete y va al anfiteatro. Y ahí aparecen la voz y los gestos. Lo cito: «¿Desde dónde nos habla esta especie de mediador con los dioses, este daimón? ¿Desde dónde nos habla sin que lo hayamos visto venir? Su voz, con sus particulares cambios de intensidad, se acompasa a una mirada que salta todo el tiempo, que va de un interior a un exterior, dejándonos la sombra de la palabra. Aquí lo tenemos. Llega y retuerce el lenguaje para exprimir sus aforismos, sus gotas químicas que fabrican qué, ¡un antídoto social!». ZM siente el aforismo lacaniano como un envite a jugar. Jugar aquí no es lo lúdico o al menos solo lo lúdico. Es entrar en el campo de figuras de Lacan. Y Zacarías privilegia en este caso los aforismos y nos advierte con humor y gravedad, las dos cosas en un continuo: «Pero claro, hay que romperse primero la cabeza, dejar nuestro modo de pensar, nuestra trampa del pensamiento para caer en la suya. Dudamos. ¿Será nuestra vacuna, o propagaremos así su epidemia? Cuídate del primer aforismo de Lacan… porque te afecta.» Sí, el lenguaje afecta, ZM nos hace ver a todo lo largo del libro, que es algo más que comunicación, el lenguaje sirve para vivir (Benveniste).
Entonces hay que ir entrando, hablo como lector, en el campo de figuras de ZM, por ejemplo en esa «sombra de la palabra» y en ese «antídoto social». Alfred Jarry nos enseñó que una sombra corre de atrás pero siempre llega primero, y Zacarías que hay que vérselas con esa sombra de la palabra y leerla de nuevo, tratar de poner ahí algo de uno, viajar con esa sombra que nunca nos mostrará una armonía, no existe esa armonía. La sombra se refleja en el muro o va en bicicleta, pero siempre se mueve, hay que entrar en ese movimiento y hacer frase. Con nuestra sintaxis. Hasta llegar a sintaxero, si es posible.
Antídoto social es otra figura del libro. Justamente en la época donde todo es social, donde la sociomanía ocupa todo el territorio y donde todos fingen leer y creer en la transparencia, y donde la noción de sujeto es fuertemente reprimida en nombre de lo social. El Imperio del Bien avanza contra la alteridad. El psicoanálisis practicado por especialistas de la vida puede ser ese antídoto contra el todo social. Esta figura que propone ZM escucha el cuerpo lenguaje.
Si lo sigo bien, su propuesta es contarnos todo lo que los aforismos le enseñaron. No lo que es un aforismo, tampoco una interpretación. En primer lugar salir de los clisés que surgen de esa colección. Y que llevan, en mi opinión, a estancarse en la lengua. ZM explora el discurso, trata de mostrar la potencia del aforismo en el cuerpo. Trata al aforismo como actividad y no como un producto final. Producto: sería la desmetaforización. Y su libro apuesta a la metáfora. Meschonnic dice: «el poema es el momento en que las metáforas se realizan.» Para Zacarías las palabras no son cosas, se hacen frase (incluye el silencio, que es lenguaje), se hace frase, repito, y ellas contarán lo que parece que no se puede contar. Lo social quiere controlar el discurso, de ahí esa apuesta al relato. Que se come la voz propia. El relato social, el del poder, se apoya en el realismo lógico: un individuo es un fragmento de la humanidad. El libro de ZM va por el lado del nominalismo: un individuo es la humanidad entera.
Es casi obvio que las personas que hacen poder, que son personas llenas de ilusiones sobre ellos mismos, tengan sus prevenciones ante el discurso, que como lo define Humboldt es un hombre que habla. El psicoanálisis, si es psicoanálisis, se las ve con ese hombre que habla.
Como Zacarías Marco, ya lo vimos en sus otros libros, es un cazador de perlas, hago cita nuevamente: «Somos productores infatigables de relatos que dicen de nuestra herida tapándola. Y es así como la herida se desvela, en ese acto de ocultación. Tenemos entonces dos vías, la que acepta la herida y la que la oculta, la que mira el corte y la que busca cómo cerrarlo. La primera se encuentra, sin respuesta, suspendida en ese tercer verso del haiku; la segunda busca mejor acomodo en el segundo, en el imaginario pero más prometedor mundo de rocío. La primera tiene al poema, la segunda a la religión». (Del aforismo No hay otro del otro). El haiku dice: En una gota de rocío / un mundo de rocío / y sin embargo.
Una escena de lo que puede un discurso contra el realismo lógico es esta del aforismo «La mujer no existe»: «Un ejemplo. Las autoridades culturales francesas censuraron en 1964 la película de Godard, La mujer casada, donde se mostraba una relación adúltera. Ojo que no fue ninguna de sus escenas lo que había sublevado su sensibilidad, sino esa aparentemente insulsa palabra del diccionario, el artículo definido la que encabezaba su título, pues detectaron en él la marca de una universalidad que les resultaba intolerable. De permitir el artículo, toda mujer casada sería adúltera. Qué barbaridad, dijeron, no puede ser. Pensadlo un poco, ¡hay que ponerse en la piel del censor!, nadie como él teme la acción de la palabra. ¿Dónde meter la tijera pues? La solución fue sencilla. Concentraron todo el mal en esa palabra, y el cineasta, después de meses de negociación con las más altas instancias, que incluyeron al mismísimo ministro de cultura, se vio forzado a cambiar el La por Una para que la película pudiera exhibirse con normalidad. Título final, Una mujer casada. Y así quedó, hasta que, con los años, el propio Godard lo reparó, añadiendo delante el artículo definido (tachado) que faltaba, (La).»
Aforismos lacanianos empieza en la relectura. En esta lectura el aforismo 20, «La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo», saltó como la liebre del poeta Leónidas Lamborghini. Material sensible. Qué hacer con nuestras pasiones es un desafío para cualquiera. Yo no le dejaría la exploración a los únicos pensadores. Y más que una respuesta prefiero un responder. La vía de Paul Claudel: «Escucho. No siempre entiendo, pero igual respondo.» El libro de Zacarías Marco no es un libro destinado a la pedagogía analítica, es una apuesta que debe encontrar su lector. El que sea. Zacarías, en mi punto de vista, pone la carga en lo que llama la trampa, que es, según dice, el pasaje que va de la estructura al relato. En ese pasaje «introducimos nuestros engaños» y somos los crédulos del relato. La fórmula A ese lugar el Sujeto debe advenir la leo como un antídoto al relato social y al que nos hacemos con ese piojo de pronombre llamado yo.
La poética que propone Zacarías es organizadora y desorganizadora –allí el sentido se hace y se deshace. Y creo que en la enunciación de los Aforismos lacanianos se piensa contra la sintaxis organizada del relato y del relato de la sociedad. Digo esto porque hay que recordar lo obvio que no es tan obvio, un sujeto entra en análisis y está en un espacio a contra relato. Está con su novela familiar. Aquí está para mí el continuo de Aforismos lacanianos con los otros libros de Zacarías Marco. La apuesta, los dados arrojados, es que el lector de este libro pueda afinar su escucha, pueda empezar a ver las voces. Este libro, por eso no hay que perder de vista que lleva una línea que dice: Para una poética del psicoanálisis, hace una crítica de la lectura misma, porque Zacarías inventa contra los modelos y hábitos de la lectura. Ver las voces, para mí, significa recibir el campo de figuras que abre a un discurso, el del que habla.
Por supuesto que otra apuesta de este libro es la lectura difícil, cada aforismo se pone en relación con la obra de Lacan. Y la pone en movimiento. Ese «elemento extraño», ese «concentrado de saber, como lo sería una máxima, contiene también algo de otro mundo, de un registro que excede lo comunicable.» Zacarías escribe no sobre eso que excede, sino con eso que excede. Acompaña ese infinito, esa deriva. Pone el poema en juego: lo cito: «Llamamos artista a quien se atreve a hacer un recorrido por él [el territorio], fuera del amparo de las leyes de la experiencia, y regresa tras atrapar lo impensable en una forma.»
Veinticinco textos organizan y desorganizan en un mismo movimiento los aforismos, las voces, la historicidad. Zacarías escribe en un responder, juega fuerte, apuesta al sujeto, a que no pierda la voz, a que elabore lo que pierde. Trata de atravesar todas las supuestas normalidades arrogantes del observar, leer y escuchar. Por eso una poética, por eso una sintaxis a contra corriente, hasta lo sintaxero.
Presentación de Esperanza Molleda
Estoy muy agradecida a Zacarías Marco y a José Alberto Raymondi por haberme invitado a presentar este libro. No es una mera fórmula de cortesía, ya que no es lo mismo leer un libro que tener que presentarlo. De alguna manera, se trata de una invitación a seguir el principio simple que, según nos declara Zacarías, guió su aventura de escritura: “cuando se lee, se escribe”.
Toda lectura es una ocasión para dejar que se escriba el efecto del texto sobre nosotros, pero muchas veces ese efecto queda a las puertas de ser inscrito y lo leído cae fácilmente en el olvido. La exigencia de escritura a partir de lo leído, que conlleva la invitación a presentar un libro, obliga a que la metafórica escritura, a veces tan esquiva, se convierta en escritura real, de modo que la lectura se vuelva menos perecedera en el esfuerzo de transmisión que implica hacer su presentación. Presentar el libro de Zacarías Marco es, pues, una manera de que el placer de la lectura que ha existido vaya más allá y que a través de la escritura de esta presentación los tesoros encontrados se inscriban como puntos de referencia nuevos en mi entramado íntimo. Esto es lo que ha permitido la invitación a presentar el libro de Zacarías y por lo cual muestro mi agradecimiento más allá de la mera cortesía. Queda ahora que mi esfuerzo de escritura sea lo suficientemente elocuente para servir de incitación a la lectura a los que todavía no hayáis leído el libro.
En el prólogo del libro, Zacarías Marco nos habla del deseo que alienta la escritura de estos textos que acompañan a cada aforismo. Nos dice que “no sólo busca transmitir de una manera accesible una constelación de sentido”, no sólo busca acercarnos a la lógica de pensamiento de la que los aforismos lacanianos son el fruto maduro que cae, sino también y, “sobre todo”, subraya que desea que los textos que conforman el libro sean “el resultado de una aventura, un viaje, una apuesta formal que va más allá del ámbito del saber”. Un viaje que va de la lectura a la escritura, resultado de la magia de la escritura, ya que cuando uno se pone a escribir, sabe de dónde parte, pero no sabe los descubrimientos que va a hacer por el camino. Zacarías tiene el talento y la generosidad de saber ofrecer al lector los descubrimientos que su viaje de escritura le lleva a hacer.
Esta doble intención de Zacarías da lugar a un libro “multiusos”. Para aquellos que se acerquen por primera vez a los aforismos lacanianos, el libro ofrece un camino transitable para introducirse en la enseñanza de Lacan. Zacarías ofrece su bella escritura como una mano amable para adentrarse en el pensamiento lacaniano. Aconsejo aquí sus comentarios a “Un significante representa a un sujeto para otro significante” que nos acompaña para pensar los entresijos de la alienación y la separación, el surgimiento del sujeto y del objeto, la representación significante y la pulsión. Y también “La angustia no es sin objeto” con su excelente relectura del caso Juanito que nos zambulle en lo que es una fobia, como un objeto puede ser tanto causa de angustia como un mediador defensivo, como entender la relectura lacaniana del Edipo freudiano. Su lectura señaliza un camino a seguir en el acercamiento a la enseñanza lacaniana al que se deje tocar por estos textos.
Pero también es un libro para los veteranos, para los que ya estamos inmersos en las enseñanzas de Lacan desde hace tiempo, ya que nos ofrece la posibilidad de abrir ventanas nuevas, de descubrir nuevos detalles, de ubicar el contexto particular en el que surgió el aforismo en cuestión. En este sentido, recomiendo el comentario a “Tú no me ves desde donde yo te veo”, con el que Zacarías nos conduce desde el análisis que hace Foucault de Las Meninas en el primer capítulo de Las palabras y las cosas hasta las clases que Lacan dio en mayo de 1966, pocas semanas después de la publicación del libro, en su décimo tercer seminario cómo respuesta a la interpretación foucaultiana. La riqueza conceptual, desplegada pormenorizadamente, con maestría por Zacarías, va acompañada además de la sustancia dramática (que no falta en otros aforismos) con la que nos dibuja un Lacan deseoso de seducir y dialogar con el filósofo cuando este asiste a su seminario en la primavera de 1966 y un Lacan cómplice suscribiendo lo planteado por Foucault en su famosa conferencia ¿Qué es un autor? tres años más tarde.
La mención de esta conferencia con la que termina su comentario nos muestra otra posibilidad de uso del libro de Zacarias, que es su potencial como depósito de referencias a las que dirigirnos para enriquecer nuestra perspectiva. Encontramos aquí a Zacarías desplegando con libertad y con rigor un buen número de sugerencias. Algunas clásicas citas lacanianas, a las que da un barniz distinto. Nos habla de Spinoza, pero trayéndonos al joven Lacan de 16 años leyendo en su cuarto la Ética. O nos habla de Saussure trayéndonos a la imaginación sus dos caras: el Saussure estructuralista, más conocido, que por el día ordenaba el lenguaje y el Saussure anagramático, menos conocido, que por la noche buscaba aliteraciones en la poesía latina para atrapar otro tipo de leyes poéticas del lenguaje. O nos lleva hasta un Bentham niño que aprende a domesticar su terror infantil a los fantasmas a fuerza de imaginarlos ridículos. Son detalles no menores, ya que nos ayudan a encarnar lo teórico. El deseo del joven Lacan anudado al concepto de deseo spinoziano. La escisión del lingüista enlazada a la doble cara del lenguaje, con su capacidad comunicativa, pero también con su desorden y las invenciones alocadas que surgen en sus límites. El temor infantil del pequeño Jeremy ligado a la ficción y la verdad, a su pathos y a su bathos (palabra desconocida para mí hasta ahora, que significa anticlímax retórico, intento divertidamente fallido de mostrar grandeza artística).
También encontramos en este tercer uso del libro, referencias marca “Zacarías Marco” que tienen la virtud de enviarte a explorar otros territorios alejados de la demarcación lacaniana. Gracias a ellos descubrí la gran diferencia entre “una” y “la” en lo que se refiere a la mujer a partir de una anécdota sobre la censura que sufrió la maravillosa película de Goddard “La (o una) mujer casada”. Descubrí también las sillas en tres estados del artista norteamericano Joseph Kosuth, para dejarme tocar con la contundencia de la diferencia entre palabra, imagen y cosa. Y capté el desamparo del sujeto en los tres puntos con los que termina el haiku de Kobayashi Issa que Zacarías analiza en “No hay Otro del Otro”.
El libro se inicia y se termina con el mismo aforismo “No hay relación sexual”, dos comentarios que inciden cada uno de ellos en los dos polos desde los que Zacarías nos indica que hará su acercamiento a las sentencias lacanianas. El primero de ellos realiza su viaje a través de la lógica del sentido para explicarnos la ruptura de relación que hay entre uno y otro; entre el partenaire x y el partenaire y; entre el sujeto que habita entre significantes y el goce que se impone desde lo real. Muestra la apertura que produce tal fractura para indicarnos que es precisamente allí donde nace ese empeño imparable de la humanidad por llenar de fantasías este hiato, motor de toda creación. En el último comentario de la máxima lacaniana, en cambio, es una travesía muy personal por la no relación sexual a partir de una de esas referencias marca de la casa. Zacarías nos ilustra acerca de la no relación sexual a partir de una película de 1965, ambientada en la guerra civil americana titulada Shenandoah. Les aconsejo que lean la trama resumida con delicadeza e ingenio por Zacarías para comprender como ciertas convenciones del cine americano tienen que ver con la no relación sexual lacaniana, como los ritos clásicos del amor tratan la ausencia de relación entre los sexos y como se mezcla la comedia entre los sexos con la enseñanza de Lacan.
Si se leen ustedes estos primer y último textos podrán saborear lo que se van a encontrar a lo largo de todo el libro. Rigurosidad conceptual acompañada de rastros poéticos con un estilo que reconozco propio de Zacarías en el que mientras escribe conversa con el lector. La teoría elevada a poesía y la poesía elevada a teoría.
El aforismo como poesía se recita y se recita, pero en su calidad de verdad oracular nos exige ir más allá: analizarlo, interpretarlo, comentarlo, contextualizarlo, asociarlo con nuevos vínculos. Esto es los que hace Zacarías. Un atrevimiento tanto mayor cuanto que el propio autor nos dice que el peso del aforismo proviene de su capacidad de apartarse de la continuidad de las frases. En este cruce de caminos imposible, Zacarías acepta el reto y quizás “dobla la apuesta” como le gusta decir, volviendo a unir frases al aforismo desmembrado del discurso.
De todas las opciones he elegido para nombrar los textos de Zacarías la de “comentario”. ¿Por qué? Para integrar en la Escuela el libro que nos ocupa. Lacan en su Acta de Fundación de la Escuela en junio de 1964 nos propone el “comentario continuo del movimiento psicoanalítico” como uno de los ejes en los que desplegar la tercera sección de la Escuela, la recensión del Campo Freudiano, la reseña y censura crítica de los textos psicoanalítico. En este sentido, Zacarías Marco asume la tarea de “comentar” los aforismos de Lacan sin dejarse succionar por la doxa de la Escuela, pienso que esta es una gran aportación de su escritura. No se deja “fascinar” por los lugares comunes que habitamos la mayoría de los que habitamos la Escuela, se rebela sin un ápice de rebeldía a la doctrina al uso. ¿Por qué hablar de un primer Lacan entregado a lo imaginario, un segundo Lacan centrado en lo simbólico y un tercer Lacan que da primacía a lo Real? Simplifica, no hace justicia al maestro que mostró el trenzado continuo de los tres “Lacanes”, ampliando su lupa, ora en un registro ora en otro. Nos invita así a separarnos de un clásico en la manera de entender el corpus lacaniano.
La lectura de los comentarios de Zacarías Marco tiene la virtud de sacarte de la pereza tan denostada por Lacan de creer comprender, te despierta, te abre una nueva mirada sobre los conceptos que creías ya asumidos. Empuja a poner en acto la apuesta de la práctica del psicoanálisis que parte de un trabajo de lectura de lo que está escrito, para hacer otra escritura que nos lleve más allá de la primitiva. Dejamos de comprender algunas cosas que creíamos comprender para encontrarnos con nuevos destellos de compresión que relanzan el interés por encontrarte de nuevo con la palabra de Lacan desde otro lado. Te hace consciente de las suposiciones en las que te mecías tranquilamente, un aire fresco te despierta y te dan ganas de aventurarte tú tan bien en este principio del principio “cuando leas, escribe”, pero hazlo a título personal: “¡No canten a coro! ¡No hagan melodía! ¡No cedan al encanto de la repetición!”. Zacarías nos recuerda al Lacan de La cosa freudiana en su comentario a “Sublimar es elevar el objeto a la dignidad de la Cosa”. No defenderse de las aristas del aforismo con lo ya sabido. Hacerse consciente de que toda lectura exige al lector una escritura propia.
Y esto solo se puede hacer de una manera singular.
Y esto se hace posible, porque, como Zacarías nos indica, tiene el atrevimiento de “utilizar” a Lacan para pensar, para escribir y para ir más allá de lo establecido, aspirando a cavar un nuevo surco en el campo del saber del psicoanálisis lacaniano. En fin, hay que ser un poco irrespetuoso con la doctrina lacaniana y atrevernos a “usar” a Lacan, si queremos salir de la condena de la repetición de lo mismo con la consiguiente degradación del saber a la que toda institución está expuesta en la reiteración de lo asumido como comprendido. La escritura de Zacarías tiene el mérito de hacernos salir de la reproducción de lo mismo, gracias a su manera de posicionarse de manera excéntrica respecto al saber establecido y gracias al movimiento centrífugo que imprime a sus escritos. Zacarías parte del centro de gravedad que le ofrece el aforismo para alejarse de él, pero sin perderse, girando siempre a su alrededor, pero alejándose de lo ya dicho.
Los “Aforismos lacanianos” de Zacarías Marco, merecen ser reconocidos por el nombre de su segundo autor, en ese work in progress del “cuando se lee, se escribe”, porque, lamento contradecir el planteamiento de Zacarías, el autor no se borra. Mientras leo el libro, la presencia permanente de la voz singular de Zacarías en su escritura me hace pensar, es un “autor”, no es cualquiera haciendo un comentario dentro de la doctrina lacaniana. Zacarías tiene la peculiaridad hacer resonar su voz de la buena manera en su escritura, sabe hacernos acompañarle por los vericuetos de su pensar y su sentir, por la sorpresa de sus asociaciones y por las infinitas referencias de su mundo. Contribuye así en nombre propio a que las sentencias lacanianas se mantengan vivas en nuestra comunidad de saber.
Presentación de Miriam L. Chorne
¿Cómo hacer para que los agradecimientos no suenen sólo como una formalidad necesaria? Quiero agradecer a la Comisión de Biblioteca y a su director José Alberto Raymondi la invitación a presentar el libro de Zacarías Marco: Aforismos lacanianos – Para una poética del psicoanálisis.[1] Y claro está de una manera particular al autor por haber pensado en mí para hacerlo. Es una alegría y un honor compartir una vez más la presentación de un libro suyo.
Supe de la existencia del libro en julio del 22 cuando Zacarías me escribió un mail tras escuchar una intervención sobre Joyce que hice en nuestra sede. Me decía en ese mail que estaba escribiendo un libro sobre los aforismos de Lacan, en un tono un poco novelesco. Estoy de acuerdo con esa descripción del libro. Es una aventura, un viaje. Como en los libros anteriores Zacarías nos descubre un territorio nuevo. Sea la vida en la campiña irlandesa, la ciudad de Londres, o el camino en Madrid hasta la casa de su profesor de inglés, y de paso la música que lo conmovía y lo ayudaba a armarse una existencia.
Esta vez el viaje es por el territorio más poético del psicoanálisis lacaniano. Con una pasión que se contagia, la aventura es encontrar un psicoanálisis distinto. Un psicoanálisis que sitúa en su centro un vacío, un no-saber originario. Un lugar que Lacan elige describir poéticamente como el “redondel quemado en la maleza de las pulsiones”, el lugar del Ya-nadie[2]. Con el verso de Valéry[3], Lacan condensa ese lugar donde, luego, podrán inscribirse las otras instancias de la tópica freudiana: el yo y el superyo.
Hugo Savino, le había dicho un día que Zacarías estaba escribiendo la novela de los aforismos. Es la aventura de adentrarse en los aforismos y dar cuenta de ella, recorriendo un camino mediante el cual Lacan buscó la vía regia del psicoanálisis hacia lo real.
Me decía también en el mail que me enviaba el aforismo 15, “La letra dibuja el borde del agujero en el saber”, porque lo habían sorprendido las resonancias entre nuestros textos. Y es verdad, hasta citábamos los dos el magnífico texto de Beckett en el que supo definir el privilegio de la sustancia fónica sobre el sentido, en el Finnegans Wake. Y que Lacan hizo suyo con la categoría, “escritos para no leer”.
Beckett indignado con los detractores de Joyce que decían que ese libro no se entendía, era incomprensible, los trataba desafiante de retrógrados.
“Aquí la forma es el contenido y el contenido es forma. Se quejan de
que no está escrito en inglés. No está escrito en absoluto. No es para leer
o mejor no es sólo para leer. Es para mirarlo y escuchado. Su escritura no
es sobre algo, es ese algo mismo. Cuando el significado es dormir, las
palabras se echan a dormir. Cuando el significado es bailar, las palabras
bailan”.[4]
Es un aforismo, el 15 del libro de Zacarías, que marca la totalidad del libro al describir la necesidad de los aforismos en la enseñanza de Lacan. “El no saber no es lo opuesto al saber, ni se resuelve en una dialéctica concreta. Siendo origen del saber, también es el lugar donde volvemos a refrescarnos tras los fatigosos paseos por los relatos del saber”.[5] Hay que acceder a ese otro lugar. “Porque en el no saber se encuentra una verdad superior, que no hay verdad”.[6] Como ya lo adelantaba Marco en su Prefacio, cuyo título me sirvió a mi para dar el de estas reflexiones.
Un aforismo es un elemento extraño al orden del discurso. “No es sólo un concentrado de saber contiene también algo que excede lo comunicable”.[7]
Los aforismos poseen de una parte una prodigiosa densidad simbólica y de la otra, una inmensa latencia de significación diferida. Continúan reverberando entre la incomprensión y la huella que sin embargo dejan en el pensamiento.
Quizás porque sintamos que nos conciernen pero que nos mantienen en cierta perplejidad que nos obliga a repensarlos una y otra vez. Reconocerán en esta descripción algo de la experiencia psicótica. Se trata del surgimiento de un sinsentido/sentido a la vez evidente y enigmático por presentarse de manera descontextualizada. Como el S1 que en los fenómenos de lenguaje en la psicosis aparece bajo la forma de cadena rota. Es la misma perplejidad que nos embarga en el aforismo ante el surgimiento de un significante que colma y a la vez vacía el sentido, que produce un desorden en el plano del sentido común.
El aforismo produce un efecto parecido a la perplejidad del psicótico que nos alcanza a todos los parlêtres, a todos los seres hablantes. Frente a ese decir que “va a contracorriente, (que) detiene el devenir del discurso con un efecto de revelación y al mismo tiempo nos interpela desde el enigma de un saber desconocido”.[8] Nos trae “oculto bajo la belleza de la fórmula, una cristalización de lo innombrable”.[9]
A Joyce le gustaban los enigmas y Lacan se detuvo en ellos en el Seminario 23[10], en el capítulo IV, que J.-A. Miller tituló “Joyce y el enigma del zorro”. Anota el enigma como Ee y lo define como “una enunciación tal que no se encuentra su enunciado”.[11] “El enigma es un arte de entre líneas, aludiendo a la cuerda”.[12]
Joyce busca descifrar su enigma, dice Lacan, pero no llega muy lejos porque cree en sus síntomas, por ejemplo, en la conciencia increada de (su) raza. Y añade “El análisis es eso, es la respuesta a un enigma, y una respuesta, es preciso decirlo por este ejemplo” (se refiere al enigma que Stephen enseña a sus alumnos, lo recordarán quizás, la respuesta es: el pequeño zorro que entierra a su abuela bajo un arbusto), el análisis decíamos, citando a Lacan, “es la respuesta a un enigma, y una respuesta -como el ejemplo de Joyce- completa y especialmente tonta. Precisamente por eso no hay que soltar la cuerda. (… Si no se sabe) dónde desemboca la cuerda, en el nudo de la no relación sexual se corre el riesgo de farfullar”,[13] de decir tonterías.
El aforismo posee -como dijo Gustavo Dessal en una conferencia sobre la función del mismo en la enseñanza de Lacan-[14] la fuerza de la certeza y el misterio de lo insensato. En esa misma conferencia Dessal destacaba que es el uso y el consentimiento de la comunidad analítica la que le confiere ese valor a un dicho. No sabemos a priori lo que decide que un dicho sea aforístico o no.
Marco lo demuestra una y otra vez en los aforismos que decide comentar, algunos de ellos son los consagrados como tales por la comunidad analítica, otros nos los descubre él.
Mostrándonos que se trata de un saber enigmático que invita al desciframiento, formulado de forma breve, condensada, que impide el cierre de la significación y obliga a una resignificación permanente.
Algunos ejemplos, el 7, “Tú no me ves desde donde yo te miro”, el 17, “Si un hombre cualquiera que se cree rey está loco, no lo está menos un rey que se cree rey”. Este último me gusta mucho. Aprecio su cualidad epistemológica, con su análisis de la transformación desde Descartes, pasando por Lichtenberg de los límites entre razón y locura. Aunque después con los Nombres del Padre, con el sinthome, con los nudos hayamos de tener en cuenta una perspectiva más continuista, la enseñanza de Lacan que no se puede considerar como una vía de progreso, donde lo último supera a lo anterior, mantiene, no obstante, un límite a la noción de continuidad entre razón y locura. Como había escrito en el muro de su dormitorio en la guardia de Sainte Anne: “No se vuelve loco quien quiere”. El límite entre estructuras permanece. Y como escribió J.-A. Miller la psicosis ordinaria es una psicosis y mejor saber cuál.
Otros llamados aforismos, son más opinables porque, aunque es verdad -y su trabajo lo demuestra- que es posible descubrir un aforismo más allá de que fuera la intención de Lacan crearlo, e incluso más allá de que la comunidad analítica lo reconozca, hay formulaciones lacanianas que no por ser complejas cobran el carácter de aforismos. Hay definiciones en Lacan que no es sencillo comprender, que requieren un esfuerzo por parte del lector. Sin embargo, en sentido estricto no tienen el carácter de aforismo. Su dificultad no se acompaña del efecto de constituir un enigma, de romper la cadena del sentido común, no permanecen en el pensamiento reclamando su elaboración.
Me gusta mucho en ese sentido la afirmación de Zacarías de que los aforismos -y añado yo cuando son verdaderos aforismos- piden ser recitados. Porque su verdad es imposible de alcanzar, lo que no significa que dejemos de intentarlo. Es la lógica del pensamiento de Lacan. Que sea imposible no significa dejar de intentarlo. Una exigencia que no se detiene frente a la dificultad. Irrumpen en la continuidad del texto haciendo estallar la organización simbólica e imaginaria.
Son deslumbrantes fragmentos que arrastran un real y por eso Marco los aproxima al poema y entre ellos en particular al haiku. Lo ilustra en el análisis del aforismo 23 “No hay Otro del Otro”, con un bello y conmovedor haiku de Kobayashi Issa[15]:
En una gota de rocío / un mundo de rocío / y sin embargo …
Según una idea budista,el mundo es una gota de rocío en la palma de la mano de Buda. Pero la tristeza del hombre -y no Dios, en la figura de Buda- es la que pincha la burbuja del todo contenido en la unidad. Porque, aunque la gota dice al mundo, no hay verdad del mundo que diga la nuestra. “El hombre queda ahora, definido, en la ambigüedad que lo caracteriza, en el tercer verso del haiku, en ese y sin embargo … que alerta sobre su desamparo. Un desamparo indecible que deja en sus puntos suspensivos un silencio tan sideral como el universo entero”.[16]
Se entiende que se haya hablado del arte del aforismo. “Pues se requiere un artista del pensamiento para arrebatar ese fruto prohibido”.[17]
Llamamos artista a quien se atreve a entrar en ese territorio de lo imposible, de lo que excede el campo del lenguaje y “regresa tras atrapar lo impensable de una forma”.[18]
También de Saussure descubrió esa otra dimensión del lenguaje -aunque ocultó ese descubrimiento para no dañar el prestigio de la lingüística- esa dimensión anagramática con la que buscaba atrapar la incidencia poética del lenguaje.
Está en la naturaleza misma de la lengua intentar decir lo que no se puede decir. “Es más, hay razones para creer que es éste el verdadero motor que desde el principio nos mueve a expresarnos, enlazando el afecto a la palabra. Eso explicaría nuestra dependencia de ciertos significantes.”[19] Sería la manera de reconocernos en lo que decimos, de construir con esos significantes que vienen del Otro nuestro lugar en el mundo.
Y nos ofrece un principio para la lectura muy simple: cuando se lee, se escribe. “La aceptación de esas hebras de escritura ha transformado a quien escribía en efecto de lo que escribe, no ya autor, sino poema.”[20] Como lo escribe tan bellamente Lacan en la cita que Zacarías recoge como epígrafe de su libro:
Repudio ese certificado: no soy poeta,
sino un poema. Y que se escribe,
pese a que parece ser sujeto.[21]
Podría continuar comentando otros aspectos que destacan en cada uno de los 24 aforismos y uno más, que es el primero, dicho de otra manera, si diera rienda suelta a mi entusiasmo. Pero sería, sin lugar a duda, una falta de consideración hacia ustedes. Decirles, sin embargo, para terminar que es un libro que les gustará tener, que despliega la teoría de Lacan con rigor y precisión y al mismo tiempo introduce a la articulación de sus conceptos, lo que les resultará muy útil.
En la conferencia de Dessal -a la que antes hice referencia- se nos proponía una relación entre el uso cada vez mayor en la enseñanza de Lacan de los aforismos y una característica de nuestra época: “la pérdida de la carretera principal como un camino que aglutina el devenir de la civilización”[22]. En su lugar múltiples discursos que se repiten de modo metonímico sin punto de basta ni acento singular.
Lacan maestro de los aforismos supo utilizarlos para hacer surco en el discurso cacofónico de nuestra civilización. Como cuando en Italia en una rueda de prensa regaló a la pereza o a la exigida rapidez periodística un bello titular: La mujer no existe.
Miriam L. Chorne
Notas
[1] Marco, Z., Aforismos lacanianos Para una poética del psicoanálisis, Arena Libros, Madrid, 2022.
[2] Lacan, J.,“Observación sobre el informe de Daniel Lagache: Psicoanálisis y estructura de la Personalidad”, Escritos II, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 1975, pp. 288-289.
[3] Valéry, P. El cementerio marino,“Esbozo de una serpiente”: “el Universo/es un defecto, allí en la pureza/del No-ser”, Alhulia, Granada, 2006.
[4] Beckett, S., “Dante…Bruno. Vico…Joyce” in Our Exagmination Round his Factification for Incamination of Work in Progress, Shakespeare and Company, Paris, 1929 y Faber and Faber, Londres, 1929.
[5] Marco, Z., op. cit. p..108.
[6] Ibidem.
[7] Ibid. p. 9
[8] Ibidem.
[9] Ibidem.
[10] Lacan, J., El Seminario Libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006.
[11] Ibid. p. 65.
[12] Ibid. p. 66.
[13] Ibid. p. 70.
[14] Dessal, G. “La función del aforismo en la enseñanza de Lacan”, conferencia pronunciada en el marco del Nucep, “Cita con la práctica hoy”, página Web de la Sección Clínica de Madrid.
[15] Kobayashi, I., poeta japonés del siglo XVIII, citado por Marco, Z, op.cit.. pp. 177-178.
[16] Marco, Z., op.cit. p. 178.
[17] Ibid. p. 9
[18] Ibidem.
[19] Ibid. p. 11.
[20] Marco, Z. op.cit. p. 13
[21] Lacan, J., “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p.600.
[22] Dessal, G. op.cit.
Presentación de Zacarías Marco
La forma de la salpicadura
Una de las cosas que siempre me ronda por la cabeza es qué impulsa la escritura, o más directamente, qué hace que algo sea escritura. Esta pregunta parece convocar a la letra, en la acepción lacaniana, a este oxímoron que sería la palabra viva. Es un anhelo que me imagino que parte del aburrimiento que me invade cuando ese encuentro vida-palabra no se produce. ¿Pero de qué encuentro se trata?
Tenemos por un lado la experiencia (como analizantes, como analistas, como lectores, aquí mismo participando de este evento…) y por otro una cierta aridez que afecta a lo que decimos, a lo que leemos, también a lo que escribimos. Una aridez que proviene, al menos en parte, creo, de someternos a un discurso que sacrifica nuestra subjetividad. Distingo aquí el relato de los sentimientos de la aventura del encuentro. Me interesa lo segundo. Lo primero se integra fácilmente en todo discurso. Me refiero a la excusa que supone ordenarse por lo comunicacional y el peligro, en nuestro caso, de someterse a la égida del saber (un saber que delataría, en este caso, un no saber hacer con lo real). Este saber resulta sumamente atractivo, nos hace abejas de la colmena, impulsando proyectos colectivos. Una parte es sin duda necesaria, pero en ese movimiento algo importante se pierde, y al perderse otras dinámicas no del todo sanas vienen a su lugar.
En este libro, que es para mí un capítulo más dentro del resto, me ha interesado hacer otra cosa que darle vueltas a la misma parva, aventurarme en territorio agreste a la caza de nuevos frutos, y con la ambición de traer esa experiencia a la palabra. No contar la experiencia, o sea, hacer una ficción comunicativa, sino acometer ese imposible que es mostrar la vida, lo que viene a ser el encuentro en las palabras.
Por supuesto, el saber está –como cada uno puede descubrir, hay mucha lectura detrás–, pero no interesa su exhibición, la cita o la referencia. Serán cosas que el lector podrá descubrir por su cuenta, escuchar sus ecos en el texto, leerlos como guiños dirigidos a él. No hay nada malo en ello. Eso está. Otra cosa es el tema de la autoridad, del Otro. He evitado acudir a la autoridad para sostener un pensamiento. Cada vez que ocurre es un fracaso. Por eso digo en el primer texto que Lacan ha sido utilizado. ¿Por qué? Porque sostenerse en la autoridad es todo lo contrario de servirse de ella, y deja fuera lo que más me interesa, que es llevar a acto el discurso analítico. Lo que significa entenderlo como una poética. Fijaros lo ambicioso de mi propuesta que incluso exigiría dejar de llamar discurso al que practica el psicoanálisis en su clínica. No discurso sino poética, porque sólo desde una poética podemos intervenir en lo real.
Es aquí donde se aúna la idea de encuentro con la escritura, donde accedemos a lo vivo que ha fecundado la palabra. Nos incursionamos en lo real para producir una mutación. Navegamos entre esas dos aguas. Pero decir que lo hacemos no es hacerlo. Decir es entrar en el relato, donde nos defendemos, abandonamos las aguas turbias y nos ponemos guantes para evitar su salpicadura. En este libro, he leído los aforismos de Lacan desde otro lugar, para volver al encuentro con lo que hace tambalear nuestro ser, y dejar, en la escritura misma, la forma de su salpicadura.


