Palabras desalojadas
Palabras desalojadas se dejó escribir en el verano de 2015. El libro se publicó finalmente en la editorial Arena Libros en junio de 2016.
En los siguientes enlaces se puede leer lo que figura como Introducción, El nivel infraleve de la memoria, además del séptimo capítulo, Tríada de retratistas, y el décimo octavo, Lágrimas con Fairytale of New York.
El libro fue presentado 15 de junio de 2016 en Cruce por Hugo Savino e Isidro Herrera, dos maestros lectores, amigos y compañeros de aventuras. Como es habitual en ellos, se entregaron a la lectura poniendo en juego su cuerpo. El resultado impresiona.
Después de sus intervenciones me animé a contar alguna cosa sobre el proceso de escritura, sobre ese particular desalojo que es para mí inherente a la escritura, gracias a las brillantes preguntas formuladas por los asistentes. Inolvidable.
Dejo a continuación, la transcripción de las tres intervenciones, la de Hugo Savino, la de Isidro Herrera y la mía. Y también el audio.


Presentación de Hugo Savino
Tardes de conversación
¿Por qué presentar este libro?
Una cita de Jack Kerouac: La palabra escrita […] único medio para mantener un registro confiable de las cosas.
Trataré de no contar nada de este libro. No quiero arruinarle al lector futuro el descubrimiento de los pliegues. De las preguntas. De los recorridos del viajero. Además, no se deja contar. Solo se deja leer. Está escrito a contra-realismo. Siempre en el borde de un incumplido. ZM logró escribir relatos que no se pueden contar, a riesgo de retraerlos a mero realismo. Hay que leerlos. Y en Palabras desalojadas no se cuentan fragmentos de la humanidad, insisto, no se hace realismo, se relata la humanidad entera en ese país llamado Irlanda, en ese verano de 1991. En esos rincones. En esa experiencia propia, en esa conquista de una voz. No es la memoria histórica, es la historicidad de la memoria de Zacarías. Su épica. Es una invitación a leer ese recorrido. A perderse o encontrarse, y a perderse y encontrarse en los niveles de relación. A transformarnos y trasformar su libro. ZM lo puso como botella al mar. Palabras desalojadas no se da y tampoco nos da un sentido. No tiene respuestas. Es una conversación. Preguntas sin respuestas.
ZM arranca con la idea, o la sugerencia de que ya no quedarían márgenes. Que ahora sólo viajamos por caminos marcados por otros. No entra en la pertinencia de este análisis. (Yo creo que lo dinamita sutilmente). Tampoco recurre a la argumentación. Decide dejarse arrastrar. Es contemporáneo de lo que hay, inevitablemente. Pero ZM no es cualquier contemporáneo. Y tampoco es contemporáneo de cualquier cosa. Ni de cualquiera. Hay una poética de sus rechazos que va en filigrana. Y ya que cita a Montaigne, él también, ZC tiene lo suyo para aportar. Llega a Irlanda y compra libros, el primer día, y los acarrea. Hay viajeros que llegan y van a ver pintura antes de empezar su viaje. ZM entra en una librería y se hace un pequeño tesoro de libros. Los pone en su mochila y empieza su viaje por un terreno cuya superficie está fisurada. Y se cuela por ella. Y mientras se cuela por estas fisuras escribe su autorretrato. Desde ahora, desde este presente trae ese pasado. Hace presente un pasado. Pone el cuerpo en el lenguaje, que sale a buscar ese presente del pasado. Y se encuentra con un futuro del pasado. Y lo escribe. Lo registra. A modo zacarías marco. Una de las cosas que me atrapó de este libro es que ZM no detesta el presente. Detestar el presente, ese recurso de los retóricos para justificar el mantenimiento del orden en la literatura. ZM acepta que hay una poesía de los países, de sus habitantes, de su música, de sus libros, de su pintura. En suma, hay lenguaje. Y ya aparece la modernidad de ZM, y esa modernidad está justamente en su manera de abandonarse al lenguaje, de dejarse llevar. No defenderse de lo que ama. De aquello de lo que se enamora. Escribe la “pequeña vida” como decía y quería Baudelaire. Y traigo a Baudelaire porque ZM callejea. Y mira y escucha. Y relaciona. Y anota esbozos. Esboza. En Palabras desalojadas no se trata del pasado contra el presente, no hay ninguna mitología de un pasado imaginario. o idealizado. No hay esencializaciones. Ni sentimentalismos. Hay: (cito): “Palabras desalojadas en aparente desorden en esta vuelta del río.” ZM entiende el lenguaje como un “irreductible campo de batalla, donde la lengua que utilizamos es siempre la lengua del otro.” Sabe de la escucha porque sabe de la no-escucha, sabe que la sordera es como el crítico literario, uno cree que salió por la puerta para no volver, pero siempre entra por la ventana. Y como por la vía de Wittgenstein aparece en su libro la guerra del 14, me acordé de esa anécdota sublime sobre la no relación, la sordera y la no-escucha. Unos soldados bretones heridos, tirados en sus camastros, decían da-guere, da-guere y un oficial que pasa dice: “escuchen a esos combatientes, heridos como están quieren volver a la guerra, al combate.” Solo que en bretón da-guere quiere decir “a la casa.” Volver a casa. Esta pequeña historia es toda una alegoría de la no escucha. Y ZC, en esta guerra, la del lenguaje, está en el lado opuesto al de ese oficial. En este libro se escucha el lenguaje. Por eso la palabra conversación recorre todo el libro. Y esa palabra conversación se hace frase, escena, cerveza, historias minúsculas, encarna en personas. En ovejas y en perros. En alguien llamado John. Este libro son las tardes de escucha de ZM, sus tardes de conversación infinitamente en el verano de 1991.
Presentación de Isidro Herrera
El entremedias, el lugar de las palabras desalojadas, el lugar de la escritura
Empezaré leyendo a Zacarías:
“Sentía un cuerpo que se me retrasaba, un cuerpo al que había que empujar para que la piel reflejara el agua que lo surcaba, el viento que lo azotaba, las miradas que lo atravesaban. Ya no seré un niño, pensaba, no seré frágil, mi piel recogerá las marcas del impulso de mis viajes, recogerá sus encuentros y podrá tener un día voz propia, una voz propia aunque fuera a través de una lengua extrajera. Tenía veinticinco años. Llevado por ese impulso los días eran intensos y todo me servía en un camino que poco a poco se ensanchaba, desde mi timidez me parecía ver que se ensanchaba.”
Unas cincuenta líneas más abajo:
“Han pasado veintitantos años. Y leyendo hoy este mensaje que manifiesta una esperanza de ser recogido, una esperanza explícita, se aprecia con toda claridad ese lugar desprovisto de autorización desde el que escribía. Quizá con ello esperaba otorgarle, en ese acto, creo que tan valiente entonces como fallido, la acogida anhelada. Volví los ojos al cuaderno y comencé a escribir.
Palabras desalojadas
reunidas en aparente desorden
en esta vuelta del río…”
Quería empezar así justamente para mostrar lo que es escribir bien, lo que es decir las cosas no sólo con corrección sino con amor a la escritura. Y entregando un lenguaje, una manera de afrontar lo que uno está escribiendo, no sólo valiente sino limpia, que dirige a aquello que se quiere mostrar sin que haya trampa, engaño, concesión a la estética o a lo que se esté esperando, en cierto modo, jugándose la vida o exponiendo la vida, como se hace en la mejor escritura.
Nos encontramos frente a un libro que narra un viaje, no cualquier viaje, sino un viaje que sin ninguna duda ha sido decisivo. Un viaje producido hace veinticinco años que se está recuperando casi veinticinco años después y, sobre todo, se está recuperando en la forma de la palaba que, a su vez, en su momento, se presentó en forma de palabra, donde, como decía Hugo, lo que extrañamente aparece es un viajero que lo primero que hace es cargarse de libros. Y no de libros para traerse a España sino que se carga de libros, en la librería de Dublín que corresponde, no sólo para ir desarrollando el viaje por la geografía de Irlanda, no sólo para seguir un trayecto más o menos preconcebido, sino para ir desarrollando una especie de trayectoria literaria, y no sólo literaria, que es la que se encuentra aquí, por suerte, para leer algo más que un libro de anécdotas mejor o peor narrado, donde el héroe que habla de sí mismo está mejor o peor retratado.
También quería decir esto porque, como sabéis, estaba hasta hace un par de días en la Feria del libro y hay allí una costumbre, detestable, por otro lado, que se llama El micro de la Feria, donde invitan a alguien de renombre a que haga su reflexión acerca del libro, y aquello se convierte en una especie de elogio del libro, de admiración y suma de alabanzas acerca de lo que proporciona el libro. Se habla también del libro –elogios por otra parte totalmente intercambiables– que yo me decía, bueno, se habla tan bien del libro que a la salida de esa recitación deberían coger una cadena y liarse a cadenazos con tanto libro mal escrito aquí presente y que no cuesta tanto encontrar. Si amas tanto el libro lo que debes hacer es atacar aquello que lo está poniendo verdaderamente en peligro. Por eso, no se trata de declarar el amor al libro –ahí nos equivocamos siempre–, hay que declarar el amor a este libro que me ha gustado, a aquel otro libro que me ha interesado, a aquel otro que está diciendo algo verdaderamente apasionante… no al libro. “El libro” no existe. Y quería subrayar el valor, la pertinencia de determinados libros que son capaces de hacer apuestas que no son tan sencillas como puede parecer.
Hablaba hace un momento con alguien que me comentaba que este libro tenía algo que lo sacaba de la convención del libro de viajes, del libro de anécdotas, del libro de narración, y es el hecho de que parte de una introducción donde el autor explica lo que va a hacer, lo que se propone. Por eso voy a fijarme más en lo que modestamente creo que podría tener yo algo más que decir, en esta Introducción que él llama –mostrándonos ya la carga de lo que tiene que decir– El nivel infraleve de la memoria. Como él nos explica, la palabra infraleve hace referencia a un término de Duchamp, al que enseguida nos referiremos, pero quizás lo primero en lo que hay que fijarse en esta introducción al texto es la idea de que no sólo han desaparecido los viajes sino también la posibilidad de viajar. Se hace tanto turismo, se viaja tanto, que verdaderamente ya no se viaja nada. El mundo en que vivimos camina imparablemente en esa dirección donde las diferencias tienden a anularse, donde tiende a confundirse todo, a uniformarse todo. Y una de las cosas que se han uniformado es la distinción entre afuera y adentro, entre interior y exterior, es decir, ya no es posible ni experimentar hacia dentro buscando una especie de interior del interior ni experimentar hacia fuera buscando un afuera cada más afuera porque desgraciadamente todo aquello que actúa con el nombre de interior o exterior, adentro o afuera, está colonizado, parcializado, significado de tal modo que cuando viajas a París estás haciendo “viaje a París”, el viaje que ya te han viajado, que ya te han formalizado a través de mil imágenes de las cuales no sólo no vas a poder salirte sino que vas muy gustosamente a reproducir.
Sucede con la gente más joven –que no se sabe cómo viajan tanto, aunque yo creo que no viajan absolutamente–, que están en todas partes, sí, pero que siempre viajan a ver a aquellos que son como ellos y a aquel lugar que ya está preparado para ofrecer lo que están buscando. Y así lo que no se hace es experimentar. No se experimenta nunca esa exterioridad que es la que te puede dar esa bofetada que, como se lee en este libro con una honradez que es verdaderamente de apreciar, te cambia la vida, es decir, que tu vida ya no es la misma a partir del momento en que estuviste ahí haciendo lo que estuviste haciendo. Y tantos años después eres capaz de reconocer esa especie de giro, de cambio, de punto de inflexión que volcó tu vida hacia otra cosa.
Entonces, si ya no hay posibilidad de viajar, encontrar la narración de un viaje de verdad está bastante bien, sin presumir de ello, cosa que Zacarías no hace, ya que no se presenta como héroe de su narración sino como una especie de testigo que va facilitando situaciones, lugares, como un geógrafo, como un biólogo, describiendo tierras, paisajes, botánica, animales, costumbres. Como un testigo, decía, que a su vez es muy consciente de que eso ya no existe, eso existió –que es la situación más triste que se pueda dar– pero que esa Irlanda que se ha conocido ahora es imposible volver a ella, no sólo porque tú seas distinto sino porque ni esa Irlanda es la misma ni los propios irlandeses que han recibido la visita de quienes les ha visitado lo son ya, pues han adquirido el papel de receptores de turistas, con conocimiento de lo que se espera de ellos, volviendo falsa toda familiaridad con respecto a los tiempos precedentes, por lo que la cercanía no será ya nunca tanta cercanía, etc.
Por eso Zacarías se inventa un subterfugio para poder mostrar no sólo por dónde él ha viajado –uno de los méritos del libro– sino, a su vez, por dónde se podría seguir viajando. Quizás no haya tanto afuera, nos viene a decir, quizás no haya tanta posibilidad de entrar en un terreno perfectamente extraño, pero siempre quedarán los márgenes, siempre quedarán las fisuras, las grietas, siempre quedará un espacio de entremedias, como el muy bien dice, y en ese entremedias es justamente donde puede darse la posibilidad de conocer lo verdaderamente desconocido, de encontrar lo verdaderamente inesperado, incluso aquello que –siendo los márgenes inhabitables, pues sólo se puede vivir en el interior– puede deslizarse por ellos, aquello que pueda colarse por esos márgenes, sea el agua de los ríos, el aire o la propia vida. Lo dice Zacarías muy bien –y voy a permitirme señalarlo como una de las claves de interpretación del libro–, lo dice hablando de un lugar especialmente inhabitable:
“También es cierto que la dureza del terreno la inhabilita para cualquier tipo de aprovechamiento. No importa, su dificultad ha permitido su preservación: tres de cada cuatro especies de plantas de la isla se encuentran escondidas, sustraídas a ojos inexpertos, brotando entremedias de su aparente desolación. Y es justo en las grietas de su ajada superficie rocosa donde se encuentra su extraordinaria mezcla de flores.”
Justamente es esto lo que me parece que hace Zacarías en todo su texto, es decir, vamos viajando por lugares y regiones de Irlanda, que a su vez van haciendo que por ahí aparezca Beckett o por ahí aparezca Joyce o por ahí aparezca el cine o por ahí aparezca la pintura o por ahí aparezcan las canciones irlandesas o por ahí aparezcan las costumbres de Irlanda, las cervezas de los irlandeses, sus cantos, su manera de entender la vida… Y probablemente no haya tenido que esforzarse mucho para hacerlo, es decir, se da una apuesta desde donde desde el principio se trataba de narrar su experiencia. En ese punto donde los márgenes son las grietas, ese mundo donde seguir la grieta es entrar en el terreno bueno, aquél donde los encuentros son apasionantes, más que productivos, propiamente, porque de lo que se trata es de vivir apasionadamente aquello que uno va encontrando aquí o allá. Y es explorando ese espacio de entremedias lo que le permite darle un sentido a las “palabras desalojadas”.
La expresión misma ofrece desde el principio un gran misterio: palabras desalojadas. Le entendemos bien qué quiere decir, está hablando de las palabras que van a venir, de las palabras que van a encontrar acomodo o alojamiento en el cuaderno que acaba de comprar al llegar a Dublín y que se va a llenar de palabras que buscarán más o menos su sitio en el caos en el que van a aparecer, y que a su vez, antes de encontrar claramente su sitio están todavía desalojadas. Pero, a su vez, esas palabras desalojadas que son las primeras con las que se inicia un diario de viaje son, literalmente, dos: “palabras desalojadas”. Dos palabras que, a su vez, están ahí escritas en ese cuaderno, y después pasan a estar escritas en este libro, y después pasan a estar escritas en la misma portada del libro, y van alojándose y desalojándose permanentemente. Y que, a su vez, colocan todo lo que se escribe, todo lo que se ha escrito aquí dentro, bajo esa especie de lema que es el lema de las palabras desalojadas. Es decir: aquí estarán esas palabras desalojadas, donde, probablemente, una de las palabras desalojadas más importantes será “entremedias”, donde se desarrolla ni más ni menos que la vida misma, que es justamente la ausencia de habitación, de alojamiento, esa suerte de perderse aquí o allá para poder encontrar lo inesperado o lo inencontrable.
Y otra de las claves de este libro aquí señaladas es la palabra infraleve que, como se sabe, viene de Duchamp y que a su vez es como una apuesta que se hace en el momento de escribir. Es decir, no voy a escribir lo de peso, no voy a escribir categóricamente, no voy a escribir aquello que, por el motivo que sea, me siento autorizado a escribir, sino que voy a dejar que la memoria disipe, extraiga ese nivel infraleve por el cual todo aquello que ocupa lugar tenga su lugar, tenga el espacio por el que expresarse y salir a la luz, aquello que no tenga la capacidad –y es uno de los temas que obsesionan a Zacarías– de autorizar a nadie a la escritura, y menos a él mismo, porque, en realidad, la escritura sólo se autoriza por ella misma, si es que la escritura es capaz de autorizar ninguna cosa.
Lo infraleve, el inframince, lo infradelgado, lo infrafino o casi lo extrafino como el caso del fideo, eso que es mínimo mínimo mínimo, que está por debajo de lo mínimo. Aquello que no es una mera huella –como se lo suele describir tomando como base a Duchamp mismo–, aquello que no es sólo la huella de la cerveza cuando va dejando sus marcas al consumirla, no sólo el calor de la silla cuando te levantas o del vaho en una ventana, sino que es un espacio de distancia, de indefinición, porque en último término lo infraleve es aquello que está entre. Por ejemplo: ¿cuándo una duna empieza a ser una colina? Tenemos la duda. Distinguimos perfectamente la duna de la colina, pero cuál es el punto por el cual cambia. Le añadimos dos granos de arena a la duna y sigue siendo una duna, y dos granos más y sigue siendo colina; y, sin embargo, haciéndola crecer, crecerá de tal manera que un día cambiará de naturaleza. Pero, ¿cuándo cambia?, ¿cuándo se produce esa especie de salto por el cual una cosa deja de ser lo que es y pasa a ser otra cosa? –la famosa potencia de Aristóteles. Pues, propiamente hablando, eso es lo infraleve, esa especie de distancia por la cual se produce la existencia de todo, sin que podamos determinar qué es lo que le ha hecho empezar a existir. Y a mí me parece que en muchos momentos de este texto está desarrollándose esa especie de posibilidad, es un texto de posibilidades, de posibilidad de vida, en la que vemos que se ha dado un salto y, sin embargo, no se ha terminado de ver en qué ha consistido ese salto. Se ha producido ese salto, pero en la dimensión de lo infraleve, en esa distancia inasimilable e imposible de determinar.
Claro, diré, ese lugar es el de la escritura, eso sólo puede ser determinado por la escritura, por un espacio que se abre exclusivamente al terreno de lo inhóspito, que es el terreno de lo que no puede tener lugar exactamente, que es el terreno de las palabras, de las palabras desalojadas sin ninguna clase de alojamiento, que el mismo Zacarías no ha querido alojar en ninguna parte excepto en un libro que, a su vez, existe y no existe para ese alojamiento.
Presentación de Zacarías Marco
El proceso de la escritura
La verdad es que no he preparado nada contaros, quería que me sorprendieran primero los maestros, Hugo e Isidro. Bueno, cuando se escribe algo se produce siempre una sorpresa cuando escuchas los comentarios que te hacen. Y hay que reconocer también que la sorpresa a veces no es agradable. Por eso, cuando, como en este caso, que no es lo habitual, escuchas estos comentarios que dan tan certeramente en las claves, la sorpresa es mayúscula.
Hay una cosa muy interesante que es el proceso de la escritura. Existen tipos de lectura que leen la obra como acabada, que muestran al escritor bajo la forma de un hombre erudito que nos está intentando contar esto y lo otro, etc. Son maneras de interpretar el texto a partir de la experiencia de la lectura de cada cual, pero es sorprendente en algunas esa transmisión de una idea donde se intuye una defensa ante el proceso mismo de la escritura, que es lo fundamental. Y luego hay otras lecturas, como las de hoy, donde se percibe esa sensibilidad hacia el proceso de la escritura, que para mí es lo único que tiene importancia.
Por ejemplo, una vez acabado el libro puedo escribir la introducción, después de darme cuenta de los caminos que he seguido. Aparece ahí entonces una especie de precipitado donde la escritura se desnuda a sí misma y muestra el proceso. Lo curioso es cuando esto es captado de manera directa, sin mediación, a una primera o segunda lectura. Repito, no es nada habitual y os agradezco los comentarios porque creo que habéis dado los dos en claves que son fundamentales. Y se desprende de lo que habéis dicho que esas claves no están en el inicio, me interesa remarcarlo un poco, no están en el inicio del proceso de la escritura. No se parte de un lugar interesado en transmitir algo con una estructura ya establecida, un modo de decir ya establecido y algo que se quiere contar. Mi manera de acercarme a lo que es una aventura de escritura no tiene nada que ver con eso. Cuando se empieza no se sabe cuál es el inicio ni adónde se va ni cómo se va crear algo ahí. Ese proceso, que es lo fundamental, es lo que moviliza el texto, en este caso de una manera placentera, como tan acertadamente habéis percibido, y que es una experiencia que sucede casi por primera vez, siendo muy gozosa del principio al final.
Puedo contar que sí hubo un comentario que me sirvió de empuje inicial, un comentario de Sergio Larriera hacia finales de julio del año pasado a raíz de que yo contara una anécdota de este primer viaje a Irlanda. Fue entonces cuando Sergio me tiró el anzuelo donde piqué. ¿Por qué no escribís algo de esa experiencia? Yo contaba sobre el momento en el que caigo por absoluta casualidad en un pueblo muy pequeño donde en esos días se desarrollaba un festival literario que reunía la crème de la crème de la escritura y de la música irlandesa del momento. Y caigo por absoluto azar… Ocurrió que alguien… [Aquí Hugo interrumpe diciendo: Y no cuentes cómo caes. Risas de ambos] … lo dejo ahí.
Bueno, de lo que se trata de esa relación, intentar vivir con esa relación que produce la escritura donde uno, como habéis dicho, ni está ni no está, la palabra viene del otro, donde uno está de entrada siempre desalojado. De lo que se trata es de no coger las insignias que el otro te ofrece dándote un lugar que te coloca en la existencia, sino atreverse a interrogar ese estar de uno en esa circunstancia. El problema es que, cuando uno escribe, no hay palabras para expresarlo. Ésa es la experiencia primera, uno no tiene palabras para expresarlo, pero tiene que expresarlo, tiene que utilizar esa nada para que puedan fraguar esas historias. Que sea la memoria o el pensamiento actual poco importa. La idea de entremedias o de infraleve surgió como metáfora de lo que estaba ocurriendo. Como apuesta, pero no como una apuesta a priori sino que es más bien después, en el après-coup, cuando uno se da cuenta que ha hecho esa apuesta, porque no podía hacer otra cosa. Entonces se hace el relato de la apuesta que ha hecho sin saber que ha hecho esa apuesta. Y sin que tenga por qué ser exitosa finalmente, como de hecho no lo es, no puede serlo, pues no podrá cuajar en un corpus definitivo, la solución no se alcanza. Se quedará en lo que se queda, en sus derrotas particulares, también sus alegrías, en fin, lo que haya surgido.
Por eso no se trata de transmitir ningún conocimiento. Es cierto que aparecen autores, libros, canciones, que por lo general estoy descubriendo en el proceso mismo de la escritura, pero son utilizados no para transmitir un saber sino como impulso al necesario entusiasmo con el que escribo. No puedo escribir sin entusiasmo. La escritura profesional para mí no tiene ningún sentido. Y esos autores permiten, mediante el entusiasmo que promueven, que se pueda generar ese entremedias por el que los juegos y las estructuras del lenguaje surjan. Esto es lo que verdaderamente me interesa, dejar surgir esas estructuras de la escritura que están ahí como a la espera. Eso es para mí la escritura en sí.
El nivel infraleve de la memoria
I
Es posible que la extensión acelerada del régimen de lo que Michel Foucault llamó dispositivos –y más aún si los entendemos a partir de la ampliación del concepto propuesta recientemente por Giorgio Agamben– haga pensar que nada ni nadie escapa hoy al engranaje de sus mecanismos. Ello parecería conducirnos a la imposibilidad de toda experiencia por fuera del circuito cerrado en el que, fatalmente, ya estaríamos inmersos. No quedarían ya márgenes, o bien, éstos estarían en función del circuito, trabajando para él, alimentándolo. No entraremos a discutir la pertinencia de este análisis. Lo podemos tomar, incluso, como necesario. Pero aquí seguiremos otra vía, una vía que no se construirá a partir de una argumentación. Haremos que ésta juegue al servicio de otro uso, como un material más, por fuera de la estrechez de la voluntad o de la comprensión. Podremos ver entonces cómo, con tan sólo dejar de buscarlos, los márgenes aparecerán por todos lados. Cuando te haces amigo de lo imposible, éste encuentra su trozo de papel. Desde ese otro lugar del que se partirá, un entremedias cualquiera, surgirá otra lectura. Nos dejaremos arrastrar por ella a partir del recuerdo de un viaje a Irlanda, a partir de los márgenes abiertos hoy entre su memoria, permitiendo allí el trazado de una nueva geografía, a modo de respuesta a un desalojo inaugural que brotó de la pluma aquel agosto de 1991 al escribir las dos primeras palabras.
Por “dispositivo” Foucault entendía un conjunto heterogéneo de prácticas, tanto lingüísticas como no lingüísticas, que se establecen en red y que tienen por función inscribirse en una relación de poder, como ocurre en la prisión, el manicomio, la escuela, la fábrica, el panóptico… Pero el mundo se acelera y se reconfigura hoy a velocidad de vértigo, lo que ha llevado a Agamben a actualizar dicho concepto no dudando en acercarlo a nuestras experiencias más cotidianas, extendiendo su dominio a la escritura, a la literatura, a la filosofía, al ordenador, al teléfono móvil…, alcanzando finalmente al que sería el dispositivo más antiguo y del que el resto depende, el lenguaje. El resultado sería la transformación de la experiencia en un sistema circular cuasi perfecto, sin afuera o con un afuera puesto a su servicio, donde las tradicionales divisiones que nos orientaban, como sagrado-profano, que organizaban el campo de lo simbólico y las posibilidades de acción, tienden a ser hoy indiferenciables. La división se ha hecho interna y, al haberse dinamitado la estructura diferencial de cada concepto, su sentido original ha quedado distorsionado. Se derivaría de ello que habríamos perdido ya la posibilidad genuina del uso, por ejemplo, de poder pasar a territorio profano lo que antes pertenecía al ámbito religioso, puesto que en el estadio del capitalismo en el que vivimos lo profano se ha vuelto indiferenciable de lo religioso. El propio capitalismo, como decía Walter Benjamin, habría venido al lugar ocupado antes por la religión y se comportaría como tal. Ciertamente, todo esto puede ser cierto. Este análisis ilustra bien la masiva retracción del modo de experimentar que se observa por doquier y, como decíamos, no lo vamos a cuestionar, pero la indisposición desesperanzada que a muchos parece abocar, nos parece engañosa. Sobre todo por cuanto elude el territorio que aquí, en nuestro particular viaje, nos interesa. En él experimentamos de otra manera. Sus parámetros no se explican, sólo cabe mostrarlos en acto. Para habilitarlo hay que cambiar de registro. Demos ese paso.
Al noreste del condado de Clare, en Irlanda, se encuentra the Burren, una meseta rocosa cuya legendaria pobreza fue famosamente descrita por uno de los generales de Cromwell, Ludlow, excusando la inutilidad de su conquista porque no tenía suficiente madera para poder colgar a un hombre, ni suficiente agua para ahogarlo, ni tampoco suficiente tierra para enterrarlo. Extraeremos de ese lugar rechazado nuestra enseñanza. Está claro que la medida del conquistador no va a ser nuestra medida. Su memoria histórica no nos interesa. Menos, si cabe, sus usos. Es cierto que el territorio que se asoma a la bahía de Galway desde el sur es casi intransitable, que la roca caliza que lo conforma ha sido agrietada y horadada durante siglos por la acción del agua sin permitir formar en su superficie ni ríos ni lagos. No importa, son subterráneos: el agua se ha colado y ha hecho su trabajo, ha multiplicado sus márgenes. También es cierto que la dureza del terreno la inhabilita para cualquier tipo de aprovechamiento. No importa, su dificultad ha permitido su preservación: tres de cada cuatro especies de plantas de la isla se encuentran escondidas entre medias de su aparente desolación. Es justo en las grietas de su ajada superficie rocosa que se encuentra su extraordinaria mezcla de flores. Conviven, unas al lado de otras, especies mediterráneas, alpinas y árticas. Sí, precisamente aquí, orquídeas y gencianas, dríadas de ocho pétalos y líquenes han olvidado sus latitudes propias y han venido a mostrarse mutuamente entre estas ranuras sus encantos.
Pero no se trata de hablar de la naturaleza, ni tan siquiera de la memoria, sino de permitir que los regueros hagan su trabajo y horaden. Después se hace una lectura desde lo que se ha colado entre las grietas, desde las nuevas compañías, desde los nuevos refugios. He partido de la fisura de la roca. Es posible. La fisura está en todos lados. Es el modo de hacer que ha surgido. Se describe lo que ha surgido. He creído entender el infraleve duchampiano a partir de este modo de experimentar la memoria, pasándola por los sentidos, descubriendo que es inesencial, que no hay que intentar atrapar lo inatrapable. Hay algo que comunica dos recuerdos y transforma la memoria en otra cosa. Es un aprendizaje de lectura. Si nos fijamos en los lugares de tránsito las estancias dialogan. Solas no nos dicen nada. De igual manera un viaje no es un viaje sino muchos viajes. El viaje que hice a Irlanda en el verano de 1991 es más ficción que el nuevo que hago hoy sin moverme de la silla, veinticuatro años después. Pero no es la existencia de los dos viajes con sus recorridos lo que importa sino el resquicio que comunica ambos y que los hace posibles. Su entremedias. De ahí surgen las imágenes. Se las pone a dialogar. Se lee su diálogo. No interesan tanto las estancias como el aire que las recorre. Cada uno de los veinte puntos de esta travesía ofrece un acercamiento propio, variedad de temas, si se quiere, pero con la nariz puesta en la misma fisura.
Todo sucedió tras un primer poema que puso en marcha un viaje de escritura, que era entonces impotencia de escritura, hasta retornar hoy como una lectura siempre en curso, carretera adelante o aguas abajo, pero dejando el trazo de cada recodo. Un ejemplo. El rastro del vuelo de un murciélago ha permitido una conversación entre una serie de retratos en una galería. Posibilitó a su vez otro diálogo, entre la revelación artística que tuvo Beckett, que fue real, y el relato de su epifanía. No hubiera sido posible sin dejar caer del pedestal el objeto artístico, algo que la lectura actual de una afortunada conversación de entonces puso al descubierto. Otro ejemplo. El regente de un albergue me contó sobre su búsqueda de familiares por los cinco continentes. Años después estudiaba los habitantes de una diminuta isla próxima a su casa. Yo veía por televisión concursos de perros ovejeros. Tres movimientos que esperaron hasta hoy para entrar en resonancia y poder ofrecer su paradoja en un único relato. Otro ejemplo. El azar hizo suspender aquel año el camino de la fotografía. La posterior locura en bici terminó siendo sustituida por una deriva musical. Los amaneceres brumosos al pie de un canal en Galway tienen parte de la responsabilidad; el resto corre a cuenta de una extremada sensibilidad por las miradas que se cruzan. Del alegre y desinhibidor torbellino de un ritmo irlandés se pasa a un trabajo musical sobre la nostalgia del exilio de un ídolo punk. Cosas que pasan. Esto no hay quién lo entienda. Se necesita el recorrido que vendrá, pero quedémonos de momento con lo que nos enseña el aire que corre entre las estancias.
II
El turismo ha acabado con la diferencia en el planeta. A poco que se considere es preciso convenir en la vertiginosa expansión de lo mismo, de la uniformidad. El paisaje, que nació siendo una acción sobre el medio, una manera de leer y relacionarse, es hoy un objeto más. Hemos perdido la relación, el nivel de la relación. Las experiencias que antes tenía el viajero están hoy totalmente codificadas, introducidas en circuitos, y la distancia que tan saludablemente existía entre lo que se esperaba y lo que se encontraba, poco a poco se fue traduciendo en un acoplamiento cada vez más exitoso entre lo que se ofrece y lo que se consume. Asistimos en la actualidad al entierro de esa diferencia. Bajo el señuelo de lo diferente, se demanda lo que se oferta y ambas cosas devienen lo mismo, en cualquier lugar. Nada escapa ya. Masas de turistas por todas partes teniendo en lugares diseñados para ellos su experiencia ruina romana, su experiencia café vienés, su experiencia azotea de rascacielos, su experiencia barco, museo, concierto…, sin que se libren tampoco las excursiones a la naturaleza, con su experiencia selva, ruta alpina, desierto, volcán o isla virgen, porque todo ha entrado a formar parte de la transformación del planeta en un entramado, en un parque codificado turísticamente. El mundo tiene hoy estructura de mall, de tal manera que los que dicen buscar experiencias auténticas y huyen del gentío no son más que la vanguardia del turismo por venir. Yendo solos anuncian oleadas, el fin de tierras vírgenes, en el caso de que todavía quede alguna. La maquinaria es perfecta. Cientos de millones exigen su derecho de visita al zoo planeta Tierra como necesaria compensación a sus grises actividades laborales.
Un vértigo viajero recorre el mundo. Es un curioso reverso de aquel espectro al que Marx aludía. El de hoy es un vértigo feliz, entusiasmado y propagado al instante por la red virtual. Vértigo exultante que reclama su plus cotidiano. Se define entonces como infeliz el que no viaja, el que no comparte su ingreso en una de esas experiencias tipo, la que sea. Qué triste vida llevas si no puedes exhibir tu disfrute permanente, medible, exportable. Ésta es la huella que queremos dejar: estuve allí, lo vi todo, lo hice todo, fui feliz. Y qué fácilmente nos dejamos convencer que con ello impulsamos un beatífico progreso económico mundial, quejándonos a la vez de aquello a lo que más contribuimos. El resultado de esta fuga hacia la novedad es una curiosa forma de entropía que, más que abrir caminos a la complejidad, vuelve aceleradamente el todo a lo mismo. Deja de haber espacios entre, espacios más allá o más acá, espacios horizonte, espacios fuera de cálculo y previsión. Todo parece colmatarse y hasta el tiempo y la memoria terminan correctamente definidos, toman cuerpo y se espesan.
Una vez insertado en el dispositivo turístico, la unidimensionalidad se ha apoderado del viajero con posibles, aquel que se mueve por placer, por trabajo o por aburrimiento, eliminando el afuera del campo del ocio. ¿Significa esto la desaparición del afuera como tal? No exactamente. Sería imposible. En los movimientos de personas que se viene comentando sin duda su margen se ha estrechado de manera exponencial, pero existe otro campo, otro tipo de desplazamientos afectados por un siniestro retorno del afuera, son los movimientos no voluntarios, los movimientos de todos aquellos que huyen por necesidad. No se discute el derecho a viajar de quien puede viajar. Se discute que, en su caso, sea una cuestión de derecho. El turista ha transformado la posibilidad de viajar en acto. Y el acto en él ha dejado de ser prueba de libertad. Esto se aclara cuando se atiende su afuera, el no turista. Al que no entra en el dispositivo turístico la posibilidad le es impedida. Los desplazamientos por necesidad han devenido clandestinos, son hoy el afuera y la espantosa imagen que ocultamos. Queda señalado el espanto de este cuadro.
No nos interesan aquí los análisis totalizadores, tampoco los desarrollos conceptuales, menos aún la sociología. Vamos a buscar la dinamita para volar ese sistema dicotómico en otro lugar. Se trata de viajar de otra manera y para viajar de otra manera nuestro terreno tiene que ser otro. Es otro. Incluso se duda de que sea un terreno, dado que su superficie es tan fisurada que nos colamos por ella. Dejamos que suceda. Nos interesan los resquicios, recolectar las flores que nacen en sus fisuras, reivindicar el papel de lo ínfimo. Vamos a dejarnos llevar a partir de algo parecido al infra-mince duchampiano, al paisaje construido a partir del nivel infraleve de la memoria, lejos del atosigamiento de la imagen. Un concepto que no cabe definir positivamente pues equivaldría a darle un espesor que rechaza. Su espesor es el espesor de la niebla en la vista cuando se mira hacia adentro. Sin esa niebla la vida se va. Partimos de aquí. Ya se verá qué poesía lo recoge, no hay prisa. De momento se cuela aquí, dando cabida al humo que se va, al calor de la silla al levantarse, al descenso de la marca que deja en el vaso la espuma de la cerveza, al rastro que queda en el aire tras el vuelo errático de un murciélago. También traducido como infradelgado o infrafino, lo importante es que está atravesado por los sentidos y es esto lo que nos hace pasar de una dimensión a otra. Es un concepto táctil, lo experimentamos pero no alcanzamos a rendir cuentas.
Que sea entonces lo infraleve lo que organice. Quizás haya llegado el momento de apartar un poco la vista, de dejar tanta pasión por ver para poder mirar de otra manera. Hay un otro mirar, un mirar que no se satura a sí mismo con la imagen infinita. Existe un afuera a reivindicar, pero ese afuera sólo puede estar dentro y debe acoger su lado siniestro, su espanto, para que no le retorne desde afuera. Admitamos que su riqueza y sus misterios nos asustan. Allí no hay nada escrito, nada que recoger en estado de flor abierta, su escritura está por escribirse. Inútil única escritura. Huir de la palabra densa. Una escritura por hacerse que te espera a ti para su triste realización. En un margen indecible de la memoria. La harás cuando te desembaraces de tus fardos, cuando aceptes dejar la pesantez de lo preestablecido. Es hora de viajar sin moverse de la silla, como decía Deleuze. Viajar con lo que aparece por el territorio infraleve que se cuela entre el pasado y el futuro. Y no lo hagamos con heroísmo planetario, por favor, no es una misión, hagámoslo por el mero disfrute de la diferencia, la que cuesta tanto conseguir, aquella que guiará tu palabra, tu inútil única palabra cuando se escriba.
III
Montaigne nos prevenía al iniciar sus Ensayos sobre la equivalencia entre sujeto y materia a tratar. Un retrato, el suyo, pintado por él. Y nos advierte de su voluntad de llevarlo a cabo sin artificio, sin engalanarse para conseguir el favor del mundo. Una difícil mezcla de humildad y coraje la suya. No es fácil empezar así. Él encontró el modo Montaigne. El ámbito del retrato es un territorio más exigente de lo que parece, por eso me gustaría homenajear aquí la potencia y la honestidad con la que Lévi-Strauss arranca sus Tristes trópicos. Siguiendo la franqueza de su maestro, Lévi-Strauss nos suelta de entrada la paradoja que lo atraviesa: “Odio los viajes y los exploradores”. Y sólo tras esta confesión inicial se permite ofrecernos los recuerdos de sus viajes. No quiero ni pensar lo que hubiera dicho hoy de los turistas, setenta años después de la publicación de su libro. Si entonces, a mediados de los años 50, la cifra anual de viajeros a nivel planetario era de poco más de veinticinco millones, hoy se ha multiplicado por encima de cincuenta. Más de mil millones al año. Y lo que nos espera.
Es preciso recordar cómo terminaba Montaigne su advertencia conminando al lector a no ocupar su tiempo en un asunto tan frívolo y vano, dado que lo que venía a continuación era del orden del autorretrato. Pintar el movimiento de su pensar, atraparlo en el capricho de su fugacidad. Qué contraste con la pulsión exhibitoria que nos invade. Vivimos en una época que nos empuja a participar en esta plaga de mostrar al mundo cada uno de nuestros pasos, duplicando nuestra imagen para ofrecer al mundo la aséptica, la de nuestros sueños, la que no nos delata. Pequeños engaños a nuestra soledad.
Pensaba en esta locura retratista y autorretratista que nos posee, tan diferente de la de Montaigne, cuando me vino a la cabeza El retrato de Dorian Gray, la terrorífica descripción que hiciera Oscar Wilde a finales del siglo XIX del reverso clandestino que muestra al protagonista su propio retrato. Su retrato ahonda día a día el abismo que separa su imagen viva, real y actual, –que es en realidad la del cuadro, vale decir la del arte–, de aquella otra bien distinta de su fosilizada belleza, –que es la que ofrece su imagen pública, la que, gracias al faústico pacto, se pasea eternamente bella ante la mirada del otro–. Wilde nos sienta en la silla y nos obliga a asistir a la terrible venganza de la ilusión dicotómica. La sustraída al público hace estallar su verdad a través de su siniestro retorno. Es la imagen que no se muestra a los demás la que en realidad está viva, la que cambia y envejece, mostrando no sólo el paso del tiempo sino, sobre todo, las traiciones del alma. La vida, lo insoportable de la huella de la existencia, se ha alojado en ese espejo del alma que es el cuadro. Como se sabe, esa aterradora réplica de sí termina por hacer estallar la esfera de la contemplación privada y acaba enfermando las relaciones con los demás, mostrando la imposibilidad de establecer una separación clara entre el arte y la vida. Dorian Gray termina pagando el precio de su afán por controlar el paso del tiempo. Los bornes de la vida saltan y el resultado invierte la situación originaria: la imagen bella e inmutable que ofrece a los otros, escindida del devenir, se ha convertido ahora en la imagen verdaderamente insoportable.
En las antípodas de este planteamiento estaría la aceptación del retrato que el otro te pinta, lo que uno es para el otro, pensando que esa imagen que los demás te devuelven es portadora de más verdad que la que nosotros nos fabricamos. Me acordé entonces de un encuentro que tuve paseando por Madrid con un antiguo amigo al que no había visto en muchos años. Me dijo que se le hacía raro verme aquí, que él se había hecho a la idea que yo estaría viviendo fuera, en Londres o en Irlanda. Después de la conversación me vinieron los recuerdos de los viajes de aquella época, pero me resultaba difícil recordar las conversaciones con los amigos a la vuelta. Puede que ese lado placentero no me interesara ahora. Sí recordaba en cambio, a modo de retales imborrables, detalles de aquellos viajes que durante muchos años procuré dejar atrás. Todo recuerdo tiende a envolverme en un manto melancólico que, siendo demasiado atractivo, me parece que debo rechazar. Temo que sus efectos narcóticos me provoquen una fuerte desubicación y los aparto en cuanto puedo. Me ocurre sobre todo en soledad. Pero esta vez me quedé pensativo durante un tiempo, suspendido en esa tierra de nadie que es la memoria, balanceándome en ese hilo, sin saber de qué lado se decantaría.
La atracción hacia la pendiente nostálgica me lleva a preguntarme si habrá cambiado, si será hoy distinto. Le doy vueltas a mi madeja esperando que se deslíe. Me parece que he terminado por darme cuenta que he ido escribiendo de mil maneras diferentes una suerte de convicción interna que tendría la forma más o menos precisa de un no sentirme autorizado. Como si todo lo que hubiera hecho correspondiera al impulso rebelde de intentar abrir una brecha a través de esa desautorización, partiendo siempre de una desautorización originaria. ¿Pero he conseguido así que disminuya? No lo sé. La veo reaparecer aquí y allá, aquí y allá. ¿Es la misma? Tal vez no se presenta ahora tan esquiva como antes. La fórmula se ha aclarado. Y no es que pretenda que el otro, aquel que tuvo en su momento el poder de dictarme un texto, aquel que figura como referente primordial de cada uno, fue el que un día señaló ese camino como rebelde. No, sencillamente ese otro señaló otro camino, otro destino, uno que creo que rechacé, por lo que todo abrirse camino resultó ser contrario a lo esperado, no utilizable, y por ello dejado al margen. De haber aceptado ese otro mi protesta habría debido renunciar él, necesariamente, al interlocutor privilegiado que buscaba, a una anhelada compañía destinada a compensar quién sabe qué. En definitiva, el otro, algo ciego, pintó antes de tiempo un retrato bastante acabado, incapaz de acoger los movimientos contrarios que su retratado, desde muy temprano, mostraba. Sin duda debí mimetizarme también, todo lo que pude, en esa imagen deseada del otro, pero finalmente el rechazo se impuso.
De esta manera resulta ahora lógico pensar que los andares que emprendí pasada la edad de la adolescencia se dirigieran a tierras extranjeras y en idiomas extranjeros. Y así, siguiendo la misma lógica, también la lengua propia fue sometida a un extrañamiento. La voz propia es siempre una voz dada. De ahí se parte. Es, siendo dada, que uno la hace propia. ¿Con qué contaba? ¿Con qué contaba cuando llegó el momento de dar una respuesta? Tenía como voz propia el rechazo. Y los efectos del rechazo. Y las grandes promesas de los efectos del rechazo… Cada uno se compensa como puede. Pero llegó un día en que tuve que admitir que mis grandes construcciones tenían una capacidad de acogida bien limitada.
Puede que la escritura no sea otra cosa que una compensación. Podría describirse como el marco que hace de soporte para elecciones nominativas. Sería un lugar de acuñación inventado para compensar fracasos en la nominación. Por más abstracto que esto parezca, la traducción en lo concreto puede ser tan sencilla como variada. Pero a cada cual toca darse la suya. Para ello sólo se puede partir del material que se tiene, que cada uno tiene. Aquí se parte del que ha surgido. La fisura de la memoria por la que yo me cuelo ahora me lleva al verano que pasé en Irlanda en agosto de 1991. Desde aquel viaje haré otro. Lo haré desde la preocupación dicha anteriormente: el sentimiento de no sentirme autorizado. Se encadenan ahora las compensaciones creadas en aquella época y la posibilidad de acogerlas hoy. El que no se siente autorizado puede percibir muy bien la riqueza de aquellas voces que se han abierto paso a través de una dificultad primera, aunque esto tampoco autorice necesariamente a la escritura. Puede surgir entonces la tentación, o la necesidad incluso, de hablar desde esas voces, parasitando aquellas voces que son las únicas que parecen tener un halo de autenticidad. El problema es que uno no se da cuenta que esas voces fueron, en esos admirados escritores, un punto de llegada y no pueden servir para nadie como punto de partida. Y no es que parasitar esté mal, podría ser un camino, quién sabe, pero lo malo es no poder extraer las consecuencias. Puede que por eso la escritura condujo, tiempo después, a su propio abandono.