Dípticos
Dípticos. Un estudio sobre la idea de Padre en la película “El regreso” de Andrey Zvyagintsev se publicó en Madrid, en 2005. Dos años después se tradujo al ruso con una entrevista al director.
El libro lleva a cabo un análisis de la película desde el punto de vista del psicoanálisis lacaniano, siguiendo la reinterpretación de la tradición rusa iconográfica, a base de planos contrapuestos, que hace el director.
El prólogo se puede leer en este enlace: Prólogo
El libro se puede consultar libremente en la página de Scribd.
Se puede seguir una Intervención en la sede de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid, el miércoles 15 de julio de 2015 sobre siete escenas de la película, La escritura de lo imposible, que motivó un trabajo más exhaustivo, publicado en Cilajoyce.
Asimismo, se puede consultar un artículo sobre la segunda película de Andrey Zvyagintsev, «The Banishment», escrito a requerimiento del director, en el siguiente enlace: Comentarios sobre «The Banishment».
El movimiento del alma
Cuando la película fue premiada en Venecia, el director recibió una lluvia de preguntas que buscaban, aparentemente, aclarar un contenido percibido como enigmático. Preguntas como ¿por qué trata el padre de esa manera a sus hijos? ¿Es ese padre su verdadero padre? ¿Para qué ha vuelto? O, directamente: ¿qué enseñanza encierra?, ¿sobre qué va en realidad? El regreso había provocado ganas de saber al mismo tiempo que una inquietud. Y no parecía que su autor, desconocido para crítica y público, quisiera aplacarla. Bien al contrario, tanto entonces como en entrevistas posteriores, ha mantenido firme su voluntad de negarse a explicar la película, dejando que sea el espectador el que saque sus propias conclusiones.
Con todo, Andrey Zvyagintsev dejó dichas dos cosas importantes que parecían reorientar el tipo de preguntas formuladas. La primera, que “la película es una intencionada mirada mitológica a la vida humana”. La segunda, que “se trata de la encarnación metafísica del movimiento del alma de la Madre al Padre”.
La intencionalidad mitológica hace que el trabajo resultante sea refractario a esa clase de preguntas que buscan desvelar, cuanto antes, el contenido de los cofres, pensando que con eso se entiende todo. En realidad partimos del hecho de que no sabemos su contenido, especialmente si pensamos que aquello que contiene es algo concreto. Se valora una posesión y, cuando se obtiene la respuesta reclamada, se dice, “Ya lo tengo”. Pero hay tesoros que pretenden hacer olvidar una ausencia, por ejemplo. Hablar de ello sin la promesa de llegar a buen puerto no es fácil. Nuestra tendencia es la contraria. A fin de cuentas no hacemos más que buscar, como el niño, el caramelo en la mano cerrada.
Creo que es la rotundidad de lo que la película expone lo que de alguna manera motiva la articulación de las preguntas. Lo da su carácter mítico. El espectador ha vivenciado algo profundamente incómodo. Dígame usted qué hago con ello, parecían preguntarle. Satisfacer esta demanda para apartar la vista de una angustiosa falta de saber sería poco productivo. Esto hace que haya que diferenciar entre explicación y elaboración. La película no necesita ser explicada. Llama antes que nada a una participación, a recorrer un camino, a experimentar. El horizonte que buscamos no podemos alcanzarlo. Qué mejor motivación que la verdad que sentimos detrás de las cosas que no entendemos.
Una película tan alejada de lo explicativo deja al espectador la posibilidad de elaborar después qué es lo que ha visto. Sucede pocas veces que confluyan una serie de circunstancias que mantengan vivo ese empeño durante días o semanas. No creo que sea una cuestión de elección. ¿De elección de quién? ¿Uno dice o es dicho? ¿Uno? ¿Qué hace que se conviva con el cofre cerrado en vez de enviarlo directamente al desván? Quizás para mí fue esa sensación final- mente de alivio, unida a la llamada de Iván corriendo tras la barca que desaparece bajo las aguas, lo que me llevó a ir elaborando, sobre todo preguntas, que poco a poco se concentraban en una o se abrían y se escindían en varias a modo de ramo. Me vi con ellas en la mano sin saber dónde depositarlas.
La película gira en torno a un problema y, a su vez, ese problema no puede ser abarcado sin el múltiple despliegue de perspectivas que el mismo problema suscita. Decir problema es decir enigma, trauma, desconocimiento fundamental que un sujeto hace emerger. (Decimos que es sólo la punta del iceberg.) En este caso lo hace ante quienes son partes integrantes del mismo. O, más bien es ahí, en un sujeto, a través de él, donde se ha fijado el objetivo de la cámara. ¿Es éste el problema o es la manera de entrar en él? ¿Podemos diferenciarnos de las problemáticas donde nos insertamos?
En un nivel superior son todos los personajes las partes integrantes de un drama que responde a la necesidad de un escritor, de un director, de exponerlo para comprender, para incorporar un saber que ayude a situarle a él. Y, a su vez, este salirse del personaje para ir al conjunto, que fluye por este canal que es la película, es un esfuerzo, un movimiento que, partiendo de alguien que tiene algo que decir, sólo tiene sentido en la medida en que todos podemos hacer aportaciones a la comprensión. Sin la mirada la imagen no existe. El contarlo ya expresa un camino de ida y vuelta, una inserción en la cultura de una época. Es una necesidad. La necesidad de un sujeto en diálogo con el contexto del que ha surgido y que le ha hecho como sujeto. Partiendo desde el conflicto o yendo hacia él, reviviéndolo. La película no deja de señalar ese conflicto. La búsqueda acelerada puede ser huida acelerada. El trayecto no se sabe a priori, pero es el padre quien ha vuelto, aquí está puesto el acento plasmado en el título, para producir un movimiento.
Hubiera sido más tolerable que el padre tuviera nombre y apellidos, que fuera un padre. Hablaríamos entonces de algo no necesariamente extrapolable. Sería una historia particular ajena. No es así. Las dos orientaciones dadas por el director enmarcan contundentemente la obra. Nos habla de algo que se produce, de lo inevitable de un conflicto. ¿Podrá Iván reconocer a su padre? Nos habla de la posición del Hijo y de la posición del Padre. Cautivo también él de la propia imagen de padre que ha recibido, podría decirse que ese padre alberga en él tanto a su padre como a su hijo. ¿Cómo puede convertirse este padre cuestionado en Padre para sus hijos?
El proceso de escritura dio como resultado tres partes. Una primera donde se busca hacer hablar desde distintos ángulos a unos contenidos que con particular insistencia juegan a repetirse.
De aquí surgió una segunda que reelabora parte de lo anterior, desembocando en un análisis comparativo entre las distintas naturalezas de la idea del sacrificio en el mito y en la religión. Acudir al mito y seguir las pistas que El regreso ofrece, me ha parecido una consecuencia ineludible. Iván lo habita. Él es portador de su enigma. No le va a ser fácil poder darse cuenta de ello. Ante el temor que su padre le suscita Andrey le dice: “Te imaginas todo tipo de cosas. ¡Padre! ¿Lo entiendes?”
La tercera parte despega un poco más la mirada de la inmediatez de la película para centrarse en los aspectos estructurales y las razones de su producción, donde, ay, todos estamos involucrados.
La iconografía que viene a continuación de esta tercera parte intenta mostrar en forma de dípticos la naturaleza de la división. La síntesis es buscada, pero es imposible.
No se trata de ofrecer una serie de tomas que puntúen el recorrido de la película en su sentido lineal, sino de ver a partir de ellas el papel que adquieren en cuanto a imágenes. De ahí que se hable de iconografía. La película es, entre otras cosas, un trabajo sobre una particular iconografía. Y lo hace aportando la suya propia.
En ningún momento ha sido mi interés hacer un estudio crítico cinematográfico. Solamente el de volver a marcar el ritmo, con sus repeticiones y sus pausas, de aquello que tan fuertemente conmueve, con el fin de ser más permeable a su música.
El vértigo de no poder decir Padre
El sufrimiento que experimenta Iván a lo largo de la película no es la cruz que lleva sobre sus hombros. El regreso del padre aporta, por el contrario, la posibilidad de expresión de una angustia inevitable y, con ello, una salida para Iván. El sufrimiento y la culpa que lo sustenta no son convertidos en objetivo, no son un ideal ni una base para amar. Es evidente que no comporta solución alguna. La expresión de la angustia manifestada en el enfrentamiento con el padre hace que Iván dirija su atención hacia la verdadera naturaleza de su problema. Le obliga a un desplazamiento. A una separación. La escenificación del enfrentamiento le deja al descubierto. Él no puede evitar reproducir el conflicto. Su vértigo ya era eso, solo que falto de palabras.
Cuando Iván nombra a su padre al final de la película se abre para él una nueva dimensión de su propia complejidad. Hay algo que no va a poder ser evitado. Un saber. Es el sufrimiento aparejado a cargar con una cruz el que busca, por el contrario, eludir ese saber. El regreso del padre no le va a permitir a Iván eludir ese saber.
El resultado será el de habilitar a Iván. Hacer de él, no un eterno hijo, véase la imagen religiosa de la Maternidad, sino una promesa de padre. Y para ello el padre le sostiene su mano, con el dedo índice que el niño levanta, como símbolo de su deseo.
Zvyagintsev, la escritura de lo imposible
Intervención en la sede de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid, el miércoles 15 de julio de 2015
Escena uno. La película comienza con un problema. Hay dos hermanos. El menor no se atreve a tirarse al agua desde lo alto del mirador. Tiene vértigo. Esto es un más. El más del que su angustia da cuenta. Este exceso está por supuesto acompañado de un déficit, algo que es vivido como una carencia con respecto a los demás chavales que sí se atreven. A él le falta algo para poder hacerlo. En realidad, lo que le falta a Iván es una sustracción, algo que pueda tachar un exceso, aquel que se traduce en una desubicación dentro del esquema familiar. El parche que ofrece la madre como solución, es un engaño, una trampa que amenaza con cerrar el círculo entre los dos. La primera escena deja claro que este amparo materno a Iván no le funciona.
Escena dos. Los dos hermanos vuelven a casa y se encuentran que su padre ha vuelto. El hermano pequeño era bebé cuando su padre se fue. Es el padre porque como tal lo nombra la madre. “Silencio, vuestro padre ha vuelto”. Los niños entran. El padre yace dormido en la cama. La habitación de la madre funciona también como una caja. Contiene un cuerpo en una cama. ¿Es un cuerpo vivo o es un cuerpo muerto? En la escena Iván sólo aguanta ahí un segundo. Mi idea es que él es mirado por la escena. Él ha dotado de un exceso de contenido esa escena. Él ya ha visto ahí a su padre muerto. Si os fijáis el padre sólo respira cuando Iván ya se ha ido. Desde donde Iván lo ve, digamos, desde su deseo, el padre está muerto, este es su fantasma a lidiar. La película nos mostrará que todas sus declinaciones parten de aquí. Conviene, pues, detenerse. Lo que primero observamos es ese terrible escorzo que pintara Andrea Mantegna: el Cristo Muerto. Esta es mi interpretación. Es como muerto, prefiguración del padre muerto, que Iván es mirado. Obviamente el lugar no está escogido al azar. Es el dormitorio de los padres. Un lugar, por definición, incómodo. Después Iván subirá al desván para abrir otra caja, el baúl que guarda, no un libro sino El Libro, puesto que se trata del libro de la religión del padre, la religión judía. Es una biblia ilustrada. Entre sus páginas –y no es una cualquiera, puesto que se trata del grabado que representa el sacrificio de Isaac–, se esconde la foto del padre sosteniéndolo a él. Sosteniéndolo. No es cualquier cosa. Él estaba sin padre. Tiene vértigo. Su soporte, lo que lo sostiene, no es estable. Es como si él estuviera todo el tiempo sobre esa barca del final, pero sin saberlo. Fijaos, además, que hay un diálogo entre esa foto y la que aparece al final de la película cuando están, ya solos, en el coche. Entre ambas hay una diferencia. En la primera está el padre en la escena familiar, y estando, no es reconocido como padre por Iván. En la segunda no está y, sin embargo, es en tanto ausente que está verdaderamente presente. La película ofrece una solución al problema inicial planteado mediante un proceso de escritura. Al principio, el padre no está ni en el plano simbólico ni en el de la realidad. No estando, hay, sin embargo, un exceso oculto. Después, el padre ha vuelto, y su regreso permite la escritura de este exceso. Algo insoportable se escribe en forma de no aceptación de su presencia. Sólo tras la ausencia se inscribirá para Iván la presencia simbólica del padre.
Escena tres. La última cena. Veis el reparto que hace el padre. Tomad y comed. Allí Iván expresa su rechazo al padre no nombrándolo. Después del vértigo, ésta es la segunda forma que toma su problema. Y la primera que es ya un esbozo de escritura. La opacidad del síntoma ha empezado a escribirse. Del No puedo saltar, al No puedo decir papá. Llega entonces la oferta del padre: anuncia el viaje. Se iniciará a continuación la semana de pasión del padre. El Padre, no el Hijo, –esto es clave en el proceso de rescritura mítica sobre la iconografía religiosa que va a hacer la película–, se va a ofrecer en sacrificio para una salvación.
Escena cuatro. Se confirma que el padre ha detectado el problema de Iván para nombrarle como padre. Buena parte de lo que a continuación suceda será el crescendo de lo que para Iván no puede ser otra cosa que un enfrentamiento. Es la elaboración del padre como persecutorio, reflejo de su imposibilidad para aceptarlo, estando como está pegado a su madre.
Escena cinco. La amenaza de muerte toma una primera forma y además es dirigida, aunque todavía de forma velada, directamente al padre. Iván progresa de manera implacable. El plato del padre se ha hundido. El plato anuncia la barca, el último contenedor, ataúd del padre. Del plato metálico se pasará al de madera. Es un nuevo soporte. Hemos visto que su cuerpo será desplazado sobre ramas de abedul.
Escena seis. El faro y la resolución del vértigo. En la primera escena Iván no podía bajar del mirador sin su madre. Éste es el lugar del que no quiere desprenderse. En esta escena no quiere dejar subir al padre. Ha hecho su escritura. Saltar, caer, matar. La presencia, el exceso, ha alcanzado su nivel máximo, el peso del cuerpo muerto del padre que hay que arrastrar. Aquí hay otro recipiente, otra barca, la rama de abedul. Pero lo fundamental es que lo imposible es enfrentado. Iván escribe su imposibilidad en letras mayúsculas. Lo imposible es el deseo: “Puedo hacerlo”. Ahora puede enfrentarse al padre dentro del esquema imaginario que lo domina. Un padre visto como persecutorio para mantener el motivo de su odio al padre a buen recaudo. La película hará caer ese velo del inconsciente para que Iván pueda reubicarse partiendo de una limitación, una limitación estructural.
Escena siete. Vuelta en la barca con el cuerpo del padre muerto. Hay un juego de vaciamientos. La barca que contiene el cuerpo del padre se vaciará y desaparecerá. Quedará anclada sobre otro fondo, ya nunca más visible. Se llevará consigo el secreto de la caja, el deseo del padre. El cuerpo del padre muerto, último contenido, es la última expresión del deseo imposible de Iván. Habiendo sido anunciado, no deja de ser sorpresivo este capítulo final de su diario. El terrible escorzo del inicio de la película se repite aquí, se hace explícito. Pues bien, todavía falta el último paso. Este último contenido que Iván ha escrito ha de ser también vaciado para que se transforme en cuerpo simbólico, en padre para él, al que poder nombrar. Deberá vivir para él como marca. Para ello la barca ha de desaparecer. Se trata de establecer la marca del vacío en el mundo de Iván para insertarlo en unas coordenadas simbólicas. Sólo cuando la barca desaparece, y con ella el cuerpo del padre, puede nombrarlo. Sólo así entrará verdaderamente en el mundo simbólico, aquel que nombra la presencia a partir de una ausencia. Sólo entonces Iván puede gritar ¡Papá! Y con ello ha accedido al símbolo, al poder escribir lo imposible de su deseo. El vértigo ha desaparecido. Finalmente la foto del coche ratifica su lugar de hijo, fuera de la querella interminable. Ha conseguido ese lugar poniendo entre él y su madre el vacío necesario, el hueco, la distancia, la separación. Sin la Idea de Padre los lugares estaban confundidos. Él estaba en un lugar demasiado crecido que le impedía crecer.
Uno.
0 – 5:06.
Inicio. El problema: el vértigo de Iván. La madre lo recoge. El engaño no funciona.
Dos.
8:06 – 10:48.
Llegada a casa. La habitación (caja que contiene al padre). Cuadro de Mantegna.
Baúl (segunda caja) que contiene el Libro, que contiene la foto familiar.
Tres.
11:07 – 13:25.
La cena (última). Iván no acepta al padre (segunda forma del problema de Iván).
Viaje y semana de pasión del padre.
Cuatro.
18:10 – 19:10.
La dificultad de Iván de decir “papá”.
Cinco.
1:07:40 – 1:09:50.
El plato anuncia la barca, el último contenedor, ataúd del padre.
Del plato metálico al de madera.
Seis.
1:18:00 – 1:25:20.
El faro y la resolución del vértigo. Lo imposible es enfrentado. Lo imposible es el deseo.
Siete.
1:29:20 – 1:40:40.
Vuelta en la barca con el cuerpo del padre muerto. Juego de vacíos (la barca contiene la caja).
El cuerpo del padre, último contenido, última expresión del deseo imposible de Iván.
Con “El regreso”, de Fernando Carbonell
Empecemos por lo menos importante: tú
Fue, cuando me describiste en pocas certeras, nítidas, despiadadas palabras la mente del paranoico loco que yo oí describiendo con precisión y elocuencia al pensamiento esotérico que estonces estudiaba. Sólo que en el esotérico se trata de un viaje de ida y vuelta, se puede regresar.
Luego, fue cuando te oí comentar la última palabra del Ulises de Joyce en términos ignacianos y yo te regalé a escondidas los Ejercicios Espirituales.
Luego, mostraste como novia a la mujer más bella, iluminada y amorosa que recuerdo y brillaba en sus intervenciones la magia de la Gracia y de las Gracias.
Y, una tarde de Rusia, no sé por qué estabas por un cruce nocturno, con vagabundos de la Estepa, y, entre las canciones, me contaste tu aventura rusa.
Sigamos con lo aún menos importante, si cabe: yo
Siguiendo tu aventura rusa, de inspiración realmente rara, peculiar, me hice con el libro y con la película.
Empecé el libro.
Quería que la literatura sola me llevara tan lejos como pudiera, te dije. Y tú me respondiste que no tenía sentido leerlo sin haber visto la película. Seguí leyendo, trazaba no sé dónde fuertes líneas de tensión, abstractas: entre un tal Iván, su padre, su madre, un tal Andrey, todos muy teóricos, una muerte, que yo no quería entender ni ver ni oir, un vértigo, y entre ellos, complejas geometrías, perspectivas encontradas, sutilezas del ánimo, pasiones.
Pero a falta de un hilo, argumental o discursivo, que estructurara aquellas formas que se entrelazaban en el aire, al cabo, aparté el libro y ví la película.
El primer resultado, ya te lo dije. Sorprendentemente, libro y película se me identificaron tanto, que se anulaban, dejándome en silencio. Me pareció que te habías limitado en el libro a describir la película, tal cual era, y que ésta se había limitado a representar lo que decía tu libro. Tal cual. Recordé que cuando visité la Toscana, me pareció que los pintores toscanos se habían limitado a pintar lo que había, sin imaginación ni estilo. Con preciso realismo. Lo que hay. Igual aquí.
Los muros, plazas, líneas y perspectivas virtuales que había trazado en mi lectura previa, en el aire, que me alegré haber hecho, quedaban ahora perfectamente resueltas, en las imágenes y hechos que ahora en ellas encajaban tanto, tanto, que las hacían desaparecer.
Parecía una película no de hechos o personas, sino de ideas. Y el libro, no de conceptos, sino de imágenes.
Y volví a seguir entonces con la lectura del libro. Yo estaba esos días en Córdoba.
Sigamos con lo más importante: el azar
Esos días, mi madre tenía como tema favorito el culto a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que mi familia hace a una imagen que heredaron y que está ahora donada en
una iglesia. Fuimos a la iglesia y la vi: la etérea serenidad beatífica de los rostros y los rítmicos pliegues de los vestidos, los írculos calados de las aureolas. Me pareció haber visto de niño distraídamente, entre juegos, esa imagen, que tiene un letrero que parecía ruso.
Con esa experiencia en la imaginación, la lectura de tu libro me pareció, ahora, que ¡consistía en un icono! El libro era un icono. Sus líneas trazaban rítmicos pliegues, coronas y halos. Recorrían un icono. Todo, en una intemporalidad sagrada. No narraba. No argumentaba con lógica estandar. Y si describía, describía un icono, las palabras dibujaban los perfiles de los conceptos, expresiones, formas, como de metales calados y tablas esmaltadas, con una enorme emoción. Y ello poco a poco iba formándose, y degustándose, entre la doble sobrenaturaleza entrecruzada, o trasparentándose, que empezaba a distinguirse, del mito y de la religión.
Una escritura nueva
Fue sumamente estremecedor. Ese tipo de lectura era algo completamente nuevo para mí. La manera de entrelazarse los significados, los sentidos, las referencias, las imágenes vívidas, las expresiones palpitantes y radicales, sobrecogedoras a veces, proféticas, trazando generalmente direcciones sin sentido fijo, en forma de preguntas, en un brumoso espacio tan atemporal, transparente e indefinidamente lejano, no la había sentido nunca. Como es radicalmente única la manera de funcionar el texto de los Ejercicios de Ignacio de Loyola, del Tractatus de Wittgenstein, de los relatos Ein Landarzt de Kafka o en otros tantos de Beckett. Nada en común entre todos ellos, salvo que son, como lenguaje, únicos.
No sólo la escritura, quizá. También era tu libro como acontecimiento, las circunstancias que lo rodean, su manera de aparecer y luego estar en el mundo. Y mi manera de encontrarlo y abordarlo.
Y, sorprendentemente, una apoteosis
Y progresa el entrecruzamiento de líneas, espacios, colores, en los dos espectros, el mito y la religión, que se van distinguiendo, mientras los mitos se multiplican, concurren, dialogan con las opciones religiosas, se apoyan en lo lógico, verdad y paradoja, lo universal, y componen toda una vidriera de escenas de la película, confrontadas, espejeadas entre mitos e imágenes.
Y al mismo tiempo, estamos en el corazón de la película, si es que es corazón la paradoja que hace y deshace su lazo que parece apuntar a una visión del destino…
Y al mismo tiempo, en ese momento, el libro, ha salido de la película. Y de lo que, hasta ahora, era. Ya es más que un icono. Ha alcanzado una esfera universal, teórica. Defiende una tesis sobre mito y religión hoy, como una teoría cultural, y estética, y lingüística.
Y, al mismo tiempo, la vidriera de escenas e imágenes se ordenan en torno al concepto del título del libro: el concepto de díptico. Son dípticos y dípticos de dípticos.
(En cierto momento, el libro-icono había salido también, ezpeluznantemente, de sí mismo y de la película: mito, tragedia, y destino, alcanzaron a un actor de la película, que mientras la película se estrenaba… se ahogó. Como el cuerpo del padre. Ese mar de entrada).
Y de pronto, me di cuenta. Los días en que yo alcanzaba, en mi lectura, esa apoteosis del libro, eran precisamente las fiestas de Santiago y Santa Ana, uno de los muchos dípticos de santos y santas que se enhebran en el calendario católico, de religión a mito, ellos mismos dípticos de dípticos donde los haya, esos santos-mitos: Sant Iago es el díptico cristiano del Jacob judío y santa Ana el díptico cristiano de la Ana judía, la madre de Samuel, “el que escucha a Dios”, y que es representada en otros dípticos entrecruzados, reflejados, en el Cartón de Burlington House, de Leonardo, con Santa Ana, la Virgen, el Niño y san Juanito.
El pintor de iconos
Y como regalo, una pequeña disensión… o un ánimo de más matiz: Se trata de qué es más icono, Andrey Rublev o El regreso.
Yo creo que El regreso. Aunque sea un icono que, como dices, trae la religión al mito. Pero quizá por ello y con ello. Está:
Su atemporalidad, a pesar de su ambientación en la actualidad.
Su nítido esquematismo constructivo, los innumerables dípticos, que como espejos paralelos se multiplican sin aparente fin.
La fortaleza de los personajes y las imágenes. Aparentemente narra una acción. Pero por todo lo anteriormente dicho, al final, viene un silencio tremendo donde todo ha encajado. Todo gobernado, o fuertemente impresionado, por la escena del padre durmiendo. Ahí el silencio es estruendoso. Esquisito. Elocuente sin poder más. La película toda, además de por todo lo demás, se sitúa claramente, entonces, en la atemporalidad del arte a través de los tiempos, sobre todo del icono.
En Andrey Rublev, en cambio, hay distinción, del doble plano: artista; y arte. Toda la película en blanco y negro; y el final en color. Y el primero traza la génesis, el “contexto de descubrimiento” (que le llamaban los analíticos), histórico, del artista, en su mente y en su época. Y los analiza. Plantea los problemas del hombre y el arte. Y sí, ahí sí. Sí que ahí hay mucho del arte del icono, que pasa, contagiando, impregnando, a la película. (Quizá esté eso en el estilo ruso, no sé. Creo que no). Mucho en ella tiene esa atemporalidad celestial, solemne, misteriosa. En muchos momentos. Pero globalmente, la narración y la Historia pueden más. Y se distingue lo narrado del producto, la pintura del pintor, al final claramente separado: en color; aunque muy falto.
(Y no puedo menos de identificar a Andrey Rublev con el Andrey de El regreso, y le pregunto y me pegunto… ¿y a Iván con Zvyagintsev… que sin embargo se llama Andrey?)

