El tejido Joyce

El tejido Joyce, publicado en Arena Libros en 2015, consta de dos partes. Una primera donde se recoge un recorrido personal por la primera novela de James Joyce, Retrato del artista adolescente, y una segunda centrada en las aportaciones lacanianas que tienen a Joyce como inspirador.

La primera parte está dividida en una serie de tiradas, en vez de capítulos, porque toda escritura se somete inevitablemente a un juego donde el azar y la contingencia también juegan la partida. Las tiradas de este juego salieron así y se decidió respetarlas y ordenar a partir de las mismas.

La segunda parte puede ser entendida como una reelaboración de todo lo tratado anteriormente, pero partiendo desde otro punto de partida, que es el modo de Lacan de dejarse acompañar por Joyce para dar un impulso a sus teorizaciones a mediados de los años 70. 

La aportación lacaniana culmina en el concepto de sinthome, expresión del “saber hacer” sintomático de Joyce, su arte, apaño imprescindible con el que organizó toda su existencia. Pero los desarrollos que provocaron una auténtica subversión en la teoría y clínica psicoanalítica no se harán explícitos aquí hasta la última parte de nuestro recorrido, la Adenda Lacaniana

Se puede acceder a la lectura del resumen de su estructura en este Avant-propos y también al Prólogo.

El tejido Joyce fue presentado en Cruce por Isidro Herrera, Hugo Savino y Fernando Carbonell, y también en la sede de la ELP de Madrid, por Sergio Larriera, Miguel Alonso y Miriam L. Chorne

Seguidamente, fui invitado a dar una Ponencia en el Congreso James Joyce de 2015, celebrado en Palma de Mallorca.

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Presentación de Hugo Savino
Leer con Joyce

Publicado en Trazo Freudiano

“Componer no es poca cosa, es poner en forma”  Joèlle Léandre

El tejido Joyce es intempestivo. Siempre se esperan libros sobre Joyce. Pero este libro no es sobre. Es con Joyce. Tiene esa fuerza. De lo que nadie espera. No se puede contar por teléfono, para tomar la expresión de Néstor Sánchez. Tampoco se puede poner en ese otro comodín llamado acontecimiento. Si no cae en los soportes del comentario, es porque se entregó al ritmo de lo desconocido. Porque leyó Retrato de artista adolescente como un poema. Desde el poema. Lector acostumbrado a pasearte por el paisaje del patrimonio, o por el paisaje de los “pensadores estrellas de cada época”, no entres aquí. Intempestivo porque irrumpe en un paisaje saturado de retóricas joyceanas – y no solo por eso, también porque piensa lo desconocido, porque inventa lectura. El tejido Joyce pasa por la puerta de esa selva y se inscribe en una subjetividad, firmada Zacarías Marco, la firma en la tela, como decía Charles Péguy. Es un libro que no pudo no ser escrito. Es enunciador como todo poema. Zacarías Marco lee su lectura Joyce y la escribe en español. Lo trae de una periferia a otra periferia. Lo saca de la moda del patrimonio y lo pone a bailar. Lo lee escribiendo. Y mientras lo escribe se lee. La palabra tejido se hace frase. Va abriendo su sentido poco a poco, y cuando parece que llega, ese sentido empieza ese a deshacerse y a hacerse otra vez. Indefinidamente. Es un libro en movimiento.

Joyce como Santo. Cuando Herbert Gorman habló de un proyecto de biografía, Joyce le pidió que lo hiciera en el sentido de una vida de santo. Así que recibí el libro con la alegría de quien va a leer algo sobre su santo preferido. Pero no era un libro más. Era superlativo. No era una hagiografía. Era una lectura. Que deja de lado el saber – todos sabemos la ignorancia que ocultan los saberes adquiridos -, y escucha el recitativo joyceano. En el tejido, que no es una mera palabra, algo descriptivo, se trama el trabajo del poema, está en todo el conjunto del libro. Se expande. Es la física de este libro.

Zacarías Marco, escribe con Joyce, y a la vez lo lee desde el interior para poder pensarlo. Y escribe en español con Joyce en inglés y en traducción. Y muestra que un poema – y Retrato del artista adolescente es uno – es también poema de un pensamiento. El que piensa, se piensa, inventa un pensamiento. El que escribe, piensa. Zacarías Marco se inventa una escritura para leer a Joyce. Se inventa su recitativo. No es un realista que sabe dónde está el tejido. Lo recorre, lo busca, le pone nombres a las cosas. Su Joyce es como un cuadro, en el que el sentido se hace y se deshace. Hay que machacar con esta idea. Cita: “ver a Bloom, ese otro Ulises, como un personaje cómico o patético sería falsear, hacer monocromo un retrato que es todo color y que está hecho de una sucesión de retratos que se espejean unos a otros en los más variados estilos”. Desde mi punto de vista, ahí está la belleza de este libro. No vacilo en poner ese adjetivo. En esta lectura llena de pliegues. Si Joyce no se enojara evocaríamos el hojaldrado de Proust. Pero, mejor no. Proust se dedicó a las princesas, Joyce a las domésticas. No juntarlos, aquí.

El tejido Joyce es un libro que nos deja respirar, nos deja entrar como el amateur que somos, “con los brazos colgando” y con esos “brazos a un costado nos deja ir”, en la alegría “de lo que pudimos entrever”.

Zacarías Marco pone a trabajar la fuerza del detalle – todo el libro es mosaico de micro-historias: desde el apellido Joyce y las numerosas alusiones bíblicas, hasta Molly, la mujer que dice sí – y ese sí – que “es el que hace bailar el texto” – lo desanda y lo hace funcionar. Hace funcionar los detalles – otra fuerza del libro. Saussure: “Buscamos el origen y encontramos el funcionamiento.”

Y como una lectura, también, creo, es un modo de subjetivación máxima, Zacarías Marco subjetiva su lectura. Sigue a Joyce en su particularidad. Leerá su sello personal, su marca de la casa. Para usar sus palabras. Pero como lo lee desde el interior, su lectura no separa lenguaje poético de lenguaje ordinario. Lee a ese Joyce, el que no diferenciaba lenguaje poético de lenguaje ordinario. “La distinción entre poetas y prosadores es un error vulgar.” Shelley (Defensa de la poesía). También me gusta su libro porque saca a Joyce del realismo – “el realismo presupone una relación continua entre la palabra y lo que ella designa”. Joyce, al contrario, “considera a las palabras como nombres que se les pone a las cosas”. Y si “los poetas son aquellos a través de los cuales la poesía se renueva” (Henri Meschonnic), se puede decir que El tejido Joyce es un libro a través del cual Joyce se renueva.

Citar es escribir, asomarse a epifanía con Joyce, en palabras de Joyce sacadas del Stephen, el héroe,y hacerla propia: “Por epifanía entendía una súbita manifestación, bien sea en la vulgaridad de lenguaje y gesto o en una frase memorable de la propia mente. Creía que le tocaba al hombre de letras registrar esas epifanías con extremo cuidado, visto que ellas mismas son los momentos más delicados y evanescentes”. Y citar, marca la relación con un poema, en este caso, la relación de intensidad de Zacarías Marco con Joyce. Una lectura que no lee la narrativa, lee el poema Joyce.

Leer todo el tramado de vida y obra en Joyce. Y de qué manera Joyce se inventa como artefacto artístico. Yo agregaría, en la insistencia, como poema.

Este particularismo, este detalle, esta invitación a tirar los dados: que Zacarías Marco acepta: “[el] sistema de entregas por capítulo, algo que muestra hasta qué punto Joyce no podía prescindir de la respiración asistida del lector para continuar escribiendo. La vida va a ser rescatada por la obra, el arte es el encargado de sustanciar la existencia. Y aquí, la validación del testigo es del todo necesaria.” (El Tejido Joyce).

Otro rasgo que me atrapó del libro de Zacarías: que su lectura es a contra-idolatría. Hay un culto de la obra de Joyce que Zacarías supo evitar. Por mera posición de escucha. No es un voluntarismo, una argucia retórica. Es la visión del oído. Pero no es tan obvio, lo evitó porque en lugar de apilar joycismos se puso a recorrer el laberinto Joyce. Así que ya podemos decir que leer desde el interior es tratar el nombre de autor como un adverbio – o sea Zacarías no leyó a Joyce, sino que leyó Joyce. Como quien dice leer intensamenteleer apasionadamente. Leer a la manera de Joyce. Y además se encomendó a los dados. Su fragmento Los Dados, es un poema de lectura. Una propuesta a leer con eso dados.

Leer contra la idolatría: que es “culto que se le rinde a una obra humana” (Maimónides). A Joyce, justamente, que no fue para nada idólatra. El tejido Joyce es un libro de un máximo de subjetivación. Hacia un movimiento interior que no separa, como dije, entre lenguaje ordinario y lenguaje poético, sonido y sentido, tampoco separa concepto y afecto – desde el interior para transformar el exterior de nuestra percepción de Joyce. Y entonces, creo, por esa vía, nadie lee sin escribir. La implicación es recíproca. Leer como lee Zacarías Marco es una apuesta a cambiar nuestros hábitos de lectura. Creo que aceptarla es una aventura en el lenguaje.

Sobre Joyce y Zacarías

Buenas tardes.

Hay un tipo de literatura, muy peculiar:

Se caracteriza, por estar compuesta, no sólo por las letras, de su texto, sino también por elementos, detalles, acontecimientos, hechos, anécdotas, deseos, sensaciones, personas, animales o cosas… u otras letras, sonidos, silencios… del contexto…  y del entorno, cercano o lejano, en el que se lee o se relee o se piensa o se recuerda… elementos provenientes del pasado… ¡o del futuro! …

Circunstancias  exteriores a las letras del texto, y azarosas… Que permanecen, sin embargo, adheridas al texto, lo alimentan, y crecen con él, y evolucionan… lo transforman… Y haciéndolo y deshaciéndolo, participan, tanto en su forma, como en su contenido o mensaje esenciales…

Así son los escritos que conozco de James Joyce… Y de Zacarías Marco.

Me sugería Zacarías, amablemente, que en esta intervención, ahora, no me extendiera mucho,  ni estudiara mucho el libro que presentamos,  ni lo contara.  Ni dijera mucho… Que convenía dejar eso para  la discusión, si la hay, y, sobre todo, para el momento de leerlo, cada cual, después…

Pero esa característica, que antes dije, de los escritos de Joyce,  y de Zacarías, me protege, me impide decir mucho, incluso  decir algo, de lo que vosotros entendáis o viváis, del libro al leerlo. Porque lo que yo pueda decir de él, compuesto, integrado,  por las anécdotas, deseos personales, los sonidos o silencios del momento en que lo leí o lo recordé, elementos exteriores a las letras del texto, y azarosos,  procedentes de mi pasado… y de mi futuro… ¡muy! probablemente difieran de los que vuestra lectura os deparará.

La característica referida, de esa literatura peculiar, en el caso de Zacarías, no sólo la tienen sus letras. También, algunas veces, sus palabras, y sus acciones.

Conocí a Zacarías a través de 2 de esas ocasiones:

En la primera, yo estaba aquellos días formulando, haciéndome una idea, de lo que era para mí entonces, si no mi pensamiento, al menos, el pensamiento ideal. Y aquella tarde de verano… Zacarías hizo, no sé en qué contexto, una precisa, breve, gráfica y elocuente descripción del mismo, pero hablando de lo que, decía él, era el pensamiento, si puede llamarse así, paranoico.

La segunda ocasión, fue al oirle desarrollar, con nitidez de teorema, la lógica del “Sí” de Molly Bloom, con que termina el Ulises. Y lo hizo con la misma forma, detallada y precisa, del “Sí” que Ignacio de Loyola construye y propone en sus Ejercicios Espirituales.

*         *        *

Cuando, hace unos días, iba a empezar a leer El tejido Joyce, yo estaba, casualmente, pasando unos días a la orilla del mar…

Yo, que duermo bien, aquella noche… me desperté y no me podía dormir. Había un fuerte temporal, y el viento silbaba y silbaba por las rendijas. Me metí, a oscuras, para no despertar, en el cuarto de baño, encendí a tientas el ordenador, y empecé, en lo negro a leer, el libro. A lo lejos, las olas atronaban. Y sonaban, en sus superpuestos rugidos, olas detrás de olas, a aquel poema del joven Joyce, Oigo un ejército, que traduje, hace años, para una edición de Kevin Power en la editorial Trieste. Al cabo de unas horas, de meditación y lectura, me fui durmiendo y me acosté. Lo mismo, pasó la noche siguiente. Y la siguiente. Y seguía, en mitad de la noche, oyendo…

un ejército … cargar sobre la tierra;

y el trueno de los caballos precipitarse

… mientras avanzaba, rodeado de tempestad, en la lectura de El tejido Joyce.

En la correspondencia entre Joyce y Pound, resulta tierna la insistencia en que Pound le pide a Joyce poemas como Oigo un ejército, que tanto satisfacía el ideal poético de Pound. Y Joyce le mandaba capítulos del Ulises, en ciernes, y Pound le decía: “Sí está muy bien, pero… ¿no tendrás algún otro poema como Oigo un ejército? Y lo mismo más tarde, cuando escribía el Finnegans Wake.

Y el trueno de los caballos precipitarse; espuma en las rodillas.

Y en un momento…  me pareció advertir un recurso de Zacarías para elaborar el  tipo de literatura tan peculiar, que antes dije, y convocar todas aquellas circunstancias exteriores, y azarosas, tantos recuerdos propios y tantos proyectos, que, ya entonces… venían de fuera del libro y el libro los orquestaba.

Y ese recurso es que, más que conceptos, objetos, o sujetos… Zacarías despliega…  dimensiones. Con gran sencillez. Por ejemplo, en El tejido Joyce, plantea, y despliega, cuadrículas. Y, durante todo el libro, vamos a estar siempre, en una, o en varias, cuadrículas. Y ahí, a las cuadrículas vacías, llegan, y se van colocando… los conceptos, los objetos, los sujetos, las sugerencias, y también… lo no dicho, y todo, lo que viene de fuera del libro. Y flota, se recoloca, y se mueve. Y nos movemos, de cuando en cuando, de una cuadrícula a otra.

Es así también, como… Carroll  nos hace…  atravesar el espejo… y vivir y encontrar, allí, seres peculiares, con Alicia. En un tablero, con cuadrículas, espacios y tiempos. Pero espacios y tiempos muy muy peculiares.

Y ahí, donde se va a entretejer el tejido Joyce, también los espacios y los tiempos van a ser muy peculiares. Todo, un todo sumamente heterogéneo… Mitos, fobias, personas, lugares… citas… palabras, esperanzas, rupturas, etc. etc. … vienen de dentro, y de fuera del libro… a disponerse en una dimensión trasversal, quizá vertical, como en una espiral, donde se va levantando, haciéndose y deshaciéndose, la vocación, el destino… lo que aquí se llama, el tejido…  Joyce.

Vienen de dentro del mar y corren dando voces por la orilla.

De cuando en cuando, como si fuera más allá, o más acá, del Maelstrom creativo y destructivo, que Zacarías (si me permiten usar una palabra que no existe)  perfigura …   aparece en su texto un remanso de paisajes de cosas, y causas, donde él analiza friamente. Describe y razona detalles, vicisitudes, formas y hechos del texto o de la vida de Joyce, como si paseara, unos momentos, por el fondo seco del mar de donde el vórtice se levantó y… al fondo, sigue subiendo y girando.

Pero al tirar, un golpe de dados, y movernos entre las cuadrículas de Carroll, estamos en un mundo virtualmente sin fin, en el que Memoria y Tradición se unen y se hunden. Lo que por allí viene, viene de muy lejos: … de la dominación inglesa, del catolicismo, de todo el catolicismo, herejías incluidas… Y por allí, la figura, varias veces, de Giordano Bruno no es casual. Por allí, como en Bruno,  Mundo,  Memoria  y  Magia  se espejean. Y el espejo, de Carroll, se multiplica…

Y así, Dublín es un lugar bruniano de la memoria, como quizá no pudiera haberlo sido si Joyce no se hubiera exilado de allí. Y en los lugares brunianos de la memoria, por los infiernos del alma, aparecen y desaparecen muchas cosas. Son lugares del… pasado… y del futuro…

¿por qué me has dejado solo?

También por allí viene… una tradición muy larga y oscura:

El papel de Joyce en la literatura de vanguardia del siglo XX ha distraído de su papel dentro de la larga y oscura tradición poética y musical de los bardos irlandeses… quizá la poesía más antigua de Europa que nos ha llegado.

Cuando… la alondra, las culpas, los olorosos puerros… las citas, después de la muerte… La mágica hueste…  en una llanura, sólo visible a los ojos abiertos bajo las olas del mar… O ése que canta

Soy el loco, el demente.

Cuando la noche viene no descanso.

O ése que termina:

Ido ya Carroll, ¿quién habrá  de  tenerte en su lecho?

¡No te verás olvidada, hasta que alcances la casa

donde  habita Finn,  el de los grandes festines,

y allí te dirán bienvenida!

Publicado en Liter-a-tulia

Buenas noches y bienvenidos al Ciclo de presentación de libros organizado por la BOLM de Madrid. Nos ocupamos hoy de El tejido Joyce, último libro publicado de Zacarías Marco. Antes de entrar en materia, voy a presentar a quienes conformamos la mesa. Estamos en ella Miriam Chorne y Sergio Larriera, ambos  psicoanalistas, miembro de la ELP y de la AMP, además de docentes del Nucep (Nuevo centro de estudios psicoanalíticos) y apasionados por la obra de James Joyce; también está con nosotros el autor de El tejido Joyce, Zacarías Marco, que nos dirigirá al final del acto unas palabras sobre su libro. Es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En 1999 sale a la luz un primer libro de prosa poética, Labores de zapa. En 2005 publica Dípticos, sobre la película El Regreso, de Andrey Zvyagintsev, libro traducido y publicado en Rusia; y por último, yo mismo, Miguel Alonso, como coordinador del espacio y miembro del equipo organizador del trabajo de biblioteca.

En primer lugar, decir que si siempre produce satisfacción la presentación de un buen libro, en este caso la satisfacción es doble, porque estamos, sin duda, ante un libro extraordinario dentro del peculiar espacio joyceano, y porque está escrito por nuestro queridísimo amigo Zacarías Marco, bien conocido por nosotros por su perspicacia a la hora de afrontar los textos literarios, psicoanalíticos o filosóficos. Y concretando en lo que hoy nos ocupa, El tejido Joyce, hay que decir que Zacarías se muestra en él auténticamente genuino, inconfundible, fiel a su singular estilo, a la hora de abordar la obra del escritor irlandés y, en particular, su primera novela, Retrato del artista adolescente.

¿Qué es El tejido Joyce?

Decíamos en la convocatoria de este espacio: “Estamos ante una singular lectura que trata de acotar lo inabarcable, o lo que es lo mismo, eludir la parálisis que impone la inconmensurabilidad de la obra joyceana en las múltiples conexiones que, anudando vida y arte, permitirán a Joyce sostenerse en la existencia”.

Pues bien, hablando de inconmensurabilidad, de lo inabarcable, etc., no es una tarea fácil decir, en una coordinación de unos pocos minutos, qué es El tejido Joyce, dado que en él no encontramos una sola vertiente del Retrato sin analizar, además, de forma muy pormenorizada. Por tanto, en mi intervención me inclino por atender, únicamente, a algunos aspectos de la relación de Zacarías con el Retrato. Para mí, El tejido Joyce es:

1º. La expresión del amor que Retrato del artista adolescente siente por Zacarías Marco. Lo digo en el siguiente sentido. Su análisis, el recorrido que hace por las diferentes casillas del juego joyceano es tan pormenorizado, exhaustivo y delicioso, que la lectura me hizo evocar, de forma constante, la greguería de Gómez de la Serna: “Pon un anillo de oro a la idea y la harás tuya”. Eso es lo que hace Zacarías, ponerle un anillo de oro a cada casilla. Se demora en cada situación con una inteligencia y una agudeza tal, que Retrato del artista adolescente le entregó sus confidencias como verdades en las que es difícil reparar. Incluso, Retrato… le entrega confidencias acerca de las encrucijadas del deseo joyceano que, quizá, ni el mismo Joyce pudo alcanzar, mostrando de esa manera que las grandes tomas de decisión respecto al destino de lo humano – como puede ser el exilio joyceano— se rigen por motivos, la mayor parte de las veces, ocultos a la conciencia. Desde este punto de vista, El tejido Joyce ofrece ese tipo de confidencias que circulan por detrás de los dichos de la conciencia de Joyce. Podríamos decir, tomando una de las frases del texto: “No se puede confundir la opinión del protagonista con lo que la obra expresa”, es decir, esas confidencias que Retrato… entrega a Zacarías.

2º. El tejido Joyce plasma una concepción de la escritura y, me atrevería a decir, de la lectura, en tanto señala, de forma explícita, una posición particular de Zacarías Marco, dejarse atrapar y ordenar por el azar, que en este caso se manifiesta como un dejarse arrojar como un dado en un juego cuyas casillas están conformadas por los múltiples murmullos o por los múltiples estruendos de ese lenguaje joyceano que hace avanzar o retroceder para elaborar y reelaborar las diferentes encrucijadas que suscita Retrato del artista adolescente, y la obra de Joyce en general. Es decir, dentro de la estructura de su libro, este dejarse arrojar como un dado para caer en algún lugar, es el resorte de la propia escritura de Zacarías, de su singular acompañamiento de la obra de Joyce.

3º. También estamos, sin duda, ante un hilo de Ariadna, tanto para el autor como para los lectores, en tanto permite, por su carácter didáctico, que no nos perdamos en ese “caosmos” joyceano, en ese complicado enmarañamiento entre vida, arte y escritura tejido por el escritor irlandés. Veremos en El tejido Joyce como ese enmarañamiento será el laberinto en el que Joyce queda atrapado, y del que saldrá a través de un método que, a medida que avanza en su obra, se va especificando cada vez más como un invento en el que intervienen, de forma más llamativa, revelaciones repentinas de verdades que Joyce nombra como epifanías y que van creando realidades auténticas y, sobre todo, el sonido de las palabras, a través del cual se precipitan las frases en un determinado ordenamiento, en el que Joyce trabajaba infatigablemente.

4º. Por último, me aventuro a expresar otra formulación potente. Y es que Zacarías es el hereje que queda tocado en su propio ser por la novela de Joyce. Retrato del artista adolescente es un libro que lo construye a él mismo, en tanto es capaz de armonizar con un lenguaje rupturista que, más que importarle evocar realidades, procura construirlas. Eso implica una posición ética y herética respecto a la ortodoxia sobre el lenguaje, sobre la realidad y sobre el ser. En un momento de su escritura sostiene Zacarías que “Desde el exilio del lenguaje no se alcanza el ser”. Nosotros podríamos evocar resonancias que nos trae esta frase tan hermosa, me refiero a ese aforismo lacaniano al que Zacarías daría plena sustancia:

No hay sujeto que se sostenga salvo el que habla en nombre de la palabra

En nombre de la palabra, El tejido Joyce nos conduce hacia un apéndice lacaniano para conformar una confluencia entre literatura y psicoanálisis –confluencia, sin duda, herética— poniendo en juego todos los elementos fundamentales del “caosmos” joyceano, la familia, la religión y la sexualidad, el sentimiento de culpa, las bocas que amenazan tragar a Stephen y que paralizan su deseo, las fobias, la escucha que solicita del otro, Cranly y Lynch, donde Joyce-Dedalus despliega sus pesares, que Zacarías sabe llevar más allá de los “agotamientos lógicos”. Todo ello, como digo, en ese tejido entre vida, arte y escritura, como ideario y como red que protege a la vida de una caída en el abismo.

Una escritura con mayúsculas que clarifica el enormemente el impulso creativo que conduce a James Joyce hacia la trilogía, RetratoUlises y Finnegans Wake, ese artefacto intrascendente –tomando el concepto creado por Sergio Larriera, y que viene muy bien por oposición a la trascendencia religiosa que tomó a Joyce durante su infancia— artefacto intrascendente que, como aparato de escritura, actuará como sustento vital en tanto sortea, esquiva, el desvanecimiento imaginario de James Joyce.

Yo diría que con El tejido Joyce Zacarías Marco se posiciona como un testigo privilegiado dentro de ese Otro universal creado por Joyce para validar su obra. ¿Cómo la valida Zacarías? Situando Retrato del artista adolescente como una red que alivia el abismo entre el ser y la existencia, una red construida por Joyce para el alivio del ser de Stephen Dédalus, verdadero personaje real en tanto los personajes reales son aquellos que, no habiendo existido nunca, permiten sostenerse en la existencia. Así describe Zacarías al protagonista de Retrato

En realidad, por su carácter didáctico, este ensayo nos permite aprehender más fácilmente la verdad que contiene la novela de Joyce: y es que nadie es, y todos, aunque sea con diferente fortuna que la de Joyce, tenemos que “saber hacer” con nuestras divisiones, con nuestras fracturas, con nuestros síntomas.

Por mi parte, felicitar a Zacarías por este libro extraordinario, y como sé de su querencia por la literatura, por la filosofía y por el psicoanálisis, animarlo a que siga dejándose atravesar por estos textos, dejándose arrojar como un dado y proyecte ese atravesamiento en nuevas escrituras. Porque esos textos, al igual que ocurre con El tejido Joyce, serán, con seguridad, una garantía para ordenar el “caosmos” que a cada uno de nosotros toca soportar.

Muchas gracias.

Me alegra mucho presentar el libro de Zacarías Marco y  le agradezco que me haya propuesto para hacerlo, como así también a la Comisión de la Biblioteca y a su directora Amanda Goya, por haberme invitado. Zacarías escribió, en su afectuosa dedicatoria, que era “una alegría encontrarme en el camino que nos deparaba la aventura de la escritura de Joyce” y quiero decirle que también lo es para mí.

Quiero añadir mi enhorabuena a Z. Marco por este maravilloso y ambicioso libro.

Y para transmitirles por qué hablo de ambición, me voy a permitir contarles que  en las numerosas conversaciones -vía mail- que hemos tenido en este recorrido, me contó que lo habían invitado a un congreso de Joycianos en Mallorca, un congreso de esos universitarios que Joyce predijo que se ocuparían de su obra durante centenares de años. Espero que no le parezca mal que lo haga público, así como también una parte de ese intercambio en que le pregunté con curiosidad, verdadera curiosidad, de qué les hablaría. Me respondió:

“Al principio me pidieron que les presentara el libro, pero creo que voy a aprovechar también para introducirles un poco en el mundo lacaniano intentando levantar alguno de los malentendidos más habituales. El primero es el acercamiento a la obra de arte desde una perspectiva distinta a la de la traducción de la obra en términos de inconsciente. A partir de ahí, de cómo nos hemos acercado a Joyce para aprender de él. Después intentaré entrar en el detalle del planteamiento lacaniano, el hallazgo de un nuevo concepto, el sinthome, inspirado por el saber hacer de Joyce con las (para él) astillas del lenguaje. Quizás esto es más arriesgado que hablar de Retrato del artista adolescente desde otra perspectiva, pero se perdería una oportunidad de establecer un diálogo…”

Creo que estas palabras les permiten atisbar cuánta ambición hay en este libro. Que Zacarías Marco es ambicioso. Esta virtud se acompaña de una gran y respetable prudencia, el libro está compuesto de dos partes: un recorrido personal por Retrato y una segunda parte configurada como una addenda lacaniana, porque como él mismo escribe “Siendo un escritor del todo inabarcable, del que se llegan a publicar libros exclusivamente bibliográficos, aportar una lectura “propia” puede ser una manera de evitar una más que previsible parálisis”. También una más que previsible resistencia de haber mezclado esas dos partes, que en cambio se transforma en una suave introducción a cómo supo Joyce hacer con el lenguaje y cómo ese saber hacer sostuvo su existencia.

Separar la reflexión sobre la aportación lacaniana que provocó una auténtica subversión en la teoría y la clínica psicoanalítica es un modo de concretar el dejarse enseñar por la obra de arte. En este caso, como dice Z. Marco “es Joyce quien nos ofrece a estudio su embelesado trabajo sobre el murmullo del lenguaje”.

Hay una interrogación, que alienta el recorrido y une las dos partes, acerca de la conexión entre el arte y la vida, pregunta del todo fundamental en Joyce. El libro de Stanislaus Joyce que lleva el sugerente título de El guardián de mi hermano, refiriéndose con él al episodio de Caín y Abel (Gen. 4-9) ¿Acaso soy el guardián de mi hermano? y que la editorial argentina que lo publicó cambió por el menos atrevido y más soso, Mi hermano James Joyce, tiene un magnífico “Prefacio” de T. S. Eliot[1], en el que el poeta afirma que “La curiosidad respecto de la vida de un hombre público puede ser de tres clases: la útil, la inocente y la impertinente.(…) La línea divisoria entre la curiosidad legítima y la simplemente inocente, y entre ésta y la vulgarmente impertinente, nunca puede precisarse con nitidez.” Y añade “En el caso de un escritor, la utilidad de una información biográfica para acrecentar nuestra comprensión y hacer posible un goce más intenso o un juicio crítico más acertado, variará de acuerdo con el escritor y con el camino que haya empleado en sus libros para verter su propia experiencia. Es difícil que un mayor conocimiento de la vida privada de Shakespeare modificara en gran medida nuestro juicio o aumentara el placer que nos producen sus dramas; ninguna teoría sobre el origen o la forma de composición de los poemas homéricos podría alterar nuestra apreciación de los mismos. Cuando se trata de un escritor como Goethe, por el contrario, nuestro interés por el hombre es inseparable de nuestro interés por la obra (…).

En el caso de James Joyce hay una cantidad de libros, dos de los cuales, por lo menos, son tan autobiográficos en apariencia, que estudios posteriores sobre el escritor y su ambiente parecen sugeridos por nuestra propia curiosidad que, por otra parte, el mismo autor pareciera solicitar de nosotros.”

Joyce se refirió a su capacidad de tomar las cosas dichas por otros, como material, para transformarlas en obra artística. Es algo que despierta nuestra curiosidad. ¿Cómo lo hace? Lo señaló a Frank Budgen “¿Ha notado usted que cuando me apodero de una idea puedo hacer con ella cuanto quiero?” Richard Ellmann[2] se refirió a ese talento, denominándolo con una feliz expresión: “plagio inspirado”, y lo definió como el don de transformar el material, no de crearlo.

El aparato de referencias del libro es verdaderamente impresionante por lo amplio y a su vez el primor, la exquisitez con la que son seleccionadas las citas en la obra del propio Joyce y  en la de los estudiosos de la misma, hacen que su lectura resulte no sólo instructiva sino sobre todo una fuente de disfrute. Daré algunos ejemplos: en la página 110 – toda la página que describe el definitivo retrato del padre, el descubrimiento por parte de James de que su padre es carente, es muy bella – pero tomo de ella el calificativo pescado por Zacarías de la amplia enumeración que Stephen hace a su amigo Cranly de los oficios del padre, como político de estruendo. Y Zacarías evoca a continuación con una frase “Esta participación política del padre será la engañosa llamarada que precede al abatimiento.” Dice también más adelante “la frustración política es utilizada para plasmar la figura rota del padre. Esa es la última imagen de esa cena, la que se queda grabada, (…) su padre con la cabeza baja y la cara anegada en lágrimas. ¡Pobre Parnell!¡Mi rey muerto! Una imagen de padre huérfano, de padre sin padre y, por extensión, de país que pierde, que traiciona al que fue llamado “rey sin corona”.”

Otro ejemplo, en las páginas dedicadas a Molly, la mujer que dice sí, hay una hermosa lectura comparada de Penélope y Molly. “Allí donde Penélope obstinadamente anuda y desanuda, controlando su producción e impidiendo que el tejido avance; Molly, en cambio suelta texto, lo derrama sin juicio ni control. La una no podía avanzar y la otra no puede detenerse. (…) Molly es toda posibilidad, un impulso vital que pareciera ser la versión femenina del sagrado decir sí de Zaratrusta. Definitivamente, Molly es la mujer que dice sí.” Siguen aún casi dos páginas que me hubiese gustado poder leerles, como no es posible, sólo evocar la maravilla con la que nos transmite  lo que el sí de Nora significó para Joyce. En una carta a Budgen, Joyce afirma que el sí de Molly es el pasaporte a la eternidad para Bloom, y Z. Marco añade que cierra de manera ejemplar el homenaje al sí de Nora, hecho esencial para devenir “el” artista. Hay una comparación con la obra de Marcel Duchamp Etant donnés con la que, con extraordinaria delicadeza, Zacarías ilumina el valor del sí de Molly como “la puerta carnal que da acceso al paraíso”. No se las pierdan.

Quisiera pasar ahora a comentar la segunda parte del libro, la llamada Addenda lacaniana. La extraordinaria capacidad de síntesis de este apartado alcanza en la discusión sobre lo que es sintomático y lo que es sinthome en Joyce una finura y precisión particulares. Dedica algunas páginas 163 a 166 a discutir las diferentes respuestas proporcionadas por los psicoanalistas estudiosos de Joyce a esta cuestión. Por ejemplo, dice: “De todas formas, ubicar la epifanía del lado de lo sintomático en Joyce, como hace Schejtman, nos parece problemático. Coincide en esto, casi punto por punto, con la interpretación que diera Colette Soler, para quien “lo que produce la suplencia es el hecho de que Joyce publique” dejando por ello su escritura del lado del síntoma. Pese a lo atractivo de esta propuesta, que liga la suplencia a la efectividad de hacer un lazo social -precisamente aquello en lo que una estructura desencadenada fracasa- y que no deja de mantener también la literalidad de la formulación lacaniana sobre el éxito de Joyce en darse un nombre, nos seguimos inclinando por otorgar al arte de Joyce la categoría de sinthome artístico. Y creemos que Lacan termina expresándose en esta dirección de manera inequívoca. Así leemos: “es claro que el arte de Joyce es algo tan particular que el término sinthome es justo lo que le conviene.”

Después de mostrar cómo para el propio Lacan la cuestión no resulta zanjada, de lo que hay numerosas huellas en las diversas ocasiones en que retoma la cuestión de la locura de Joyce a lo largo del Seminario, Z. Marco propone que depende de dónde nos situemos para que se realce el aspecto de la imposición de la palabra o el saber hacer con ella. “Pensado desde la neurosis parece que destaca el primer aspecto. Pero si lo pensamos desde la psicosis se realza el segundo. (…) Recuérdese, por ejemplo, cómo hablaba Jung, analizando Ulises, de una escritura que podríamos calificar de esquizofrénica si no fuera por el control, el dominio y la ausencia de estereotipia. Jung está comparando su escritura con la que sería una escritura neurótica.” (…)”Por nuestra parte podemos añadir, inversamente un ejemplo del segundo aspecto, aquel que nos ilustre su quehacer partiendo de la comparativa con una escritura que claramente lleve la marca de la psicosis. Escogemos para ello a un escritor esquizofrénico, Louis Wolfson, quien nos relata un modo de hacer que muestra un cierto paralelismo con los mecanismos de reconstrucción lingüística joyceanos.”

Más adelante y en esta comparación con Wolfson, abre Marco otro tema de gran enjundia ¿qué hace que la literatura de Joyce sea artística y la de Wolfson no lo sea? Es este un tema que tratara brillantemente O Mannoni[3] en un artículo  “La otra escena” y que figura en su libro del mismo título. En él discute por qué las Memorias de Schreber no son literatura. Zacarías, por su parte, nos dice que “Wolfson no introduce nada parecido a los múltiples planos simbólicos joyceanos, ni tampoco al goce del sonido. Joyce, por el contrario, busca compartir su humor y musicalidad y aspira a convencer al mundo, a cambiarlo incluso, gracias al éxito de su juego. Joyce consigue contener la imposición, desactivarla, desactivarla activándola, jugando gozosamente con ella y dejándose jugar gozosamente por ella. (…) La aplicación de la linguística es (en Wolfson) quirúrgica, mientras en Joyce es netamente artística.”

Hay mucho más en este libro que les dejaré descubrir, sólo para terminar decirles que es un libro singular que con estilo transparente habla del movimiento por el cual James Joyce consiguió que la entrega de su vida a la escritura -y hay que leer su biografía o la copiosa correspondencia para saber hasta qué punto llegó esa entrega- se hiciera bucle, invirtiéndose en una vida sostenida, amarrada por la escritura.

[1] Eliot, T.S, Prefacio de Mi hermano James Joyce, Joyce, Stanislaus, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2000.

[2] Ellmann, Richard, Introducción a Mi hermano James Joyce, Idem.

[3] Mannoni, Octave, La otra escena, Claves de lo imaginario, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1973.