Wittgenstein en el fiordo irlandés

Mis paseos en bici hacia el oeste tuvieron Clifden como tope. Me dediqué sin prisas a la zona más próxima y no hice por continuar más hacia el norte, siguiendo en sentido inverso la carretera que bordea las montañas por la que había llegado en autobús desde Ballina. Si salvaje es la zona que se extiende al sur del lago Ballynahinch, no lo es menos la que se encuentra al norte y noroeste de las montañas. Había contemplado en el viaje las desoladas vistas a las laderas norte de los famosos doce picos. Recuerdo cómo el autobús iba bordeando ese camino al llegar a Connemara desde Mayo. Recuerdo mi primera impresión, como de retorno a la naturaleza salvaje al ver las agrestes e imponentes laderas al sur del fiordo de Killary. Absorto hacia ellas no deparé en el poderoso atractivo de la zona costera. Me lo perdí. Desconocía entonces que Killary era el único fiordo auténtico, de origen glacial, que existe en Irlanda. Y desconocía también que allí se encontraba la casa que albergó a Wittgenstein cuatro meses, de mayo a agosto de 1948, donde hubiera podido incluso hospedarme. Pero casi mejor así. Menos turismo.

Por aquel entonces ya había quedado afectado por el extraño magnetismo que circula y recorre todo el Tractatus lógico-philosophicus, desde la primera hasta su definitiva última proposición que, de seguirla, te lleva a enmudecer. También, creo recordar, me había adentrado ya, y con no poca sorpresa, en sus Investigaciones filosóficas, aunque todavía no había leído la preciosa biografía que le acababa de dedicar Ray Monk. Me faltaban por ello datos cruciales para entender sobre qué bases se sostenía aquella máxima suya que dice “Cambia de forma de vida y cambiarás de forma de pensar”.

Wittgenstein había decidido dejar su docencia en Cambridge al terminar el curso académico del año 1947-8 para buscar un lugar tranquilo y poder avanzar sobre lo que terminarían siendo las últimas partes de sus Investigaciones filosóficas. No se había cansado de repetir a sus alumnos que lo que mejor podían hacer era apartarse de la atmósfera universitaria. Cambridge aniquila el espíritu, les decía, aquí no se puede respirar. ¿Y usted cómo lo hace? Ah, bueno, yo fabrico mi propio oxígeno, les contestaba. Pero el desánimo empezó a pesar demasiado y buscó la manera de terminar con sus peculiares lectures con el objetivo de retirarse a pensar, única actividad en la que se sostenía su precario equilibrio mental. No se sentía bien, físicamente empezaba a dar muestras de agotamiento, pero las motivaciones eran otras. No era sólo buscar cómo salir y alejarse de la podrida civilización inglesa, como a veces decía, sino la necesidad de soledad, con la esperanza de poder hacer al abrigo de ésta un trabajo intelectual a la altura de sus exigencias. Aprovechó el fin de curso para viajar a Viena, pero la visita fue tan deprimente como cabía esperar. Las tropas rusas habían convertido en un establo la casa que había diseñado para su hermana Gretl veinte años atrás, pero esto era lo de menos. Wittgenstein fue testigo de los abusos de las fuerzas de ocupación, entregados a toda suerte de pillajes y violaciones, mandando al traste los pocos restos de esperanza que le quedaban en una regeneración revolucionaria. Sobre esta suma de decepciones nuestro lógico con impulsos eremitas podía excusar su misantropía, pero quizá no habría que buscar la raíz de su necesidad de aislamiento en las decepciones que acumulaba, como decíamos, sino en el factor de estabilización que su trabajo intelectual le aportaba. Y precisamente por ello lo peor estaba por llegar. Cuando las condiciones del retiro –o quién sabe qué– le hicieron imposible su trabajo, como ocurrió en Wicklow, Irlanda, su cabeza empezó a peligrar, y Wittgenstein viviría, una vez más, la proximidad de la locura.

Tras su regreso de Viena, Wittgenstein volvió a barajar la opción de volver a su solitaria choza en Noruega, deshabitada desde su última estancia, en 1936. Finalmente cambió de planes y se decantó por Irlanda. Es curioso que el azar lo llevara de un fiordo a otro. Veamos cómo sucedió. En Dublín vivía uno de sus mejores amigos –y ocasionalmente médico personal–, el psiquiatra Maurice Drury. Siempre preocupado por facilitarle al máximo sus condiciones de vida y viendo el apuro por el que atravesaba, Drury le cursó una invitación. Wittgenstein conocía ya Irlanda de anteriores visitas a su amigo y aprovechó su generosidad. Aunque se podrían hacer paralelismos entre los retiros que hiciera en el fiordo noruego –el primero de ellos en particular– y el que hizo en el fiordo del Killary Harbour, en la costa oeste de Irlanda, también son grandes las diferencias que los separan. Es cierto que en ambos lugares, perdido en las montañas frente al mar, sintió la proximidad de la locura, pero tenían distinto signo. En Irlanda la depresión tuvo un peligroso efecto paralizador, algo mortal para quien está tan atravesado por el autorreproche como Wittgenstein. En Skjolden, Noruega, se construyó una cabaña y trabajó intensamente, avanzando el núcleo más puramente lógico del Tractatus entre 1913 y 1914, antes de alistarse en la Primera Guerra Mundial. Parece que la amenaza de la locura –que casi alcanzaba a tocar, según decía– pudo ser utilizada entonces para llevar su mente al punto de ignición necesario que produjera el vertido de ese tan singular artefacto en la historia del pensamiento que es el Tractatus, a medio camino entre la mística y la lógica filosófica. Si la proximidad de la locura podía decantarse entonces del lado megalómano, solucionando de un plumazo los problemas cruciales que habían atascado la filosofía durante toda su existencia, ahora se decantaba del lado melancólico, asaltado por unos fantasmas del pasado que reclamaban la expiación de sus culpas. Esta vez era el fantasma de David Pinsent, –su gran amor de juventud, que perdería la vida en la Primera Guerra Mundial y a quien, póstumamente, está dedicado el Tractatus–, que venía ahora a reprocharle no haberlo tratado como se merecía. Y algo había de cierto en el enredo de terribles reproches que Wittgenstein se hacía, pues allá, en Noruega, había llegado a rechazar la compañía de Pinsent cuando la sintió como un lastre para su deber de pensamiento. Con este rechazo al amado rompía aparentemente el bucle y la amenaza de parálisis, lo que le permitió dar pasos definitivos en lógica. Pero en Irlanda su margen de maniobra se había estrechado, no pudiendo salir ahora de los meandros de la parálisis que lo afectaba. Y era entonces el reproche del fantasma Pinsent el que, cerrando el bucle, retornaba.

Wittgenstein pasó casi un año en Irlanda. Permaneció primero dos semanas en Dublín hasta encontrar un alojamiento suficientemente tranquilo en Red Cross, en el condado de Wicklow, donde comenzó con ánimo su revisión de lo que terminarían siendo sus Investigaciones filosóficas. Salvo unos persistentes problemas estomacales que intentaba solucionar comiendo casi exclusivamente galletas digestivas, estaba encantado con la belleza del lugar y escribía con soltura e inspiración. Todo parecía ir razonablemente bien hasta que su estado anímico comenzó de nuevo a zozobrar. Del rápido deterioro da claro testimonio su correspondencia. “Sólo Dios sabe hasta qué punto estoy en peligro”. Para colmo, la llegada del hijo menor de la familia de la casa en la que se hospedaba, acompañado además por un amigo, acabó con el imprescindible silencio nocturno. Los juegos de los muchachos en la habitación contigua lo enloquecían. Preso del insomnio y viéndose incapaz de realizar cualquier labor de pensamiento, Wittgenstein se imaginó ir derecho a la locura –“el continuo murmullo de voces me está volviendo loco”– y rezó para que el cuerpo no sobreviviera al ocaso de su alma. Es entonces cuando aceptó la oferta de la casa de Drury en Rossroe, un lugar apartado en el lejano oeste de Irlanda, una alejada esquina en ese rincón del mundo que ya de por sí es Connemara.

A finales de abril de 1948 –justo tres años antes de su muerte– llegó Wittgenstein a la casa de Drury, situada en la desembocadura del fiordo de Killary, y allí permaneció y trabajó casi en completa soledad hasta finales de agosto. A requerimiento de Drury, el cuidador de su casa, “Tommy”, se encargó del avituallamiento diario, que consistía básicamente en leche, comida en lata y turba para hacer fuego. También le ayudó al principio realizando una desinfección total de la casa para mitigar el pánico del “profesor” a gérmenes e insectos. Incluso le llevaba las hojas de té usadas que Wittgenstein empleaba a continuación para dejar impoluto el suelo. Después de un mes en Connemara pudo reanudar el trabajo intelectual y empezó también a degustar en sus descansos las maravillas que la naturaleza le ofrecía. Estaba encantado con la austera flora del lugar, con las turberas, las ciénagas y los brezales, pero con lo que más disfrutaba era observando la gran variedad de pájaros de la zona. Experto silbador como él era, capaz de silbar sin interrupción cualquier sinfonía de Beethoven o Tchaikovsky, no es difícil imaginárselo hablando con los pájaros mientras les esparcía las migajas con las que, de paso, los amaestraba. Y para los paseos en barca volvía a echar mano de Tommy. Según remaba éste, Wittgenstein le contaba cómo vivió en Noruega antes de la Gran Guerra, aislado en su choza al otro lado del fiordo, teniendo que utilizar la barca cada vez que necesitaba provisiones. Sin duda echaba de menos aquel fuego abrasador con el que su mente había parido su primera magna obra, pues el trabajo que ahora lo envolvía no ofrecía una resistencia menor a su intelección, pero esta vez las fuerzas escaseaban.

En Connemara, Wittgenstein continuó sus investigaciones sobre la imagen mental que surgieron a raíz de la famosa cabeza pato–conejo, antes de volver a Dublín. Las preocupaciones del llamado segundo Wittgenstein parten siempre del uso que hacemos del lenguaje y del modo de comprensión que sin saber adoptamos. Una modesta posición que subvierte considerablemente (si no totalmente) aquella del primer Wittgenstein, que asentaba sobre la equivalencia entre lenguaje y mundo la posibilidad de alcanzar la matriz proposicional del lenguaje. Wittgenstein hace un curioso recorrido: se traslada desde la convicción de que todo lo expresable puede ser correctamente expresado (y del resto es mejor callar) al estudio del laberinto de lo que hacemos al hablar o al imaginar, que sólo se sostiene en unos fluctuantes usos y convenciones, sus famosos juegos de lenguaje. Pero, más que la belleza casi mística de las radicales construcciones del primer Wittgenstein, o el fabuloso método de desmontaje del segundo Wittgenstein, lo que me parece verdaderamente artístico es el tránsito del uno al otro. El resquicio que abre para operar ese trasvase. Un joven Beckett identificaba por aquellos años la cualidad del artista en su valentía ante el fracaso: sólo es artista el que se atreve a fracasar, dado que el resto de las personas no se atreven. Me parece que todo el segundo Wittgenstein muestra esta posibilidad artística única del fracasar beckettiano, un intentarlo de nuevo para fracasar de nuevo, pero fracasando mejor.

Zacarías Marco, 2015