Me gustaría volver la vista a lo que hacemos. Nos sentamos aquí y nos ponemos a hablar de una exposición. Pareciera que el objetivo sería decir cosas que ayudaran a la comprensión de lo que vemos, de tal manera que después de la charla, al mirar de nuevo los cuadros, pudiéramos verlos con otros ojos, tener un efecto de revelación. En este sentido, la historia del arte parece un acompañamiento imprescindible del arte. Pero, ¿es así? Me gustaría destacar hoy, en vez de su vertiente luminosa, la sombría. La historia del arte puede, también, ensombrecer el arte, privarnos del contacto con lo propio del arte. En términos de Rilke, puede ofrecernos el velo de la belleza, alejándonos del horror.
Afortunadamente, también hay quienes desmontan esta deriva de la historia del arte, que se aleja del encuentro con lo real, y la intentan reconducir a hacerse preguntas y elaborar conceptos a partir de esos encuentros en los que se adentra el así llamado artista. Se trata de evitar la domesticación del resultado. No utilizar el resultado como un conocimiento ni tampoco como un objeto estético, sino como un enigma. En primer lugar, un enigma hacia la propia actividad. Reconocer que el artista también empieza ahí dando palos de ciego, y quizás es artista porque soporta estar dando palos de ciego. La actitud es la de no entender, la de hacerse las preguntas más elementales. Naturalmente, uno se va a perder en ellas. El artista nos trae algo de ese viaje. Si no se perdió, no debería interesarnos lo que nos traiga de vuelta.
En esta exposición, la pregunta es: ¿Cuántos atlas se necesitan para construir el mundo? Parece evidente que no demanda respuesta. Es, más bien, una provocación, un desmontaje de un modo de pensar. Depende de lo que entendamos por mundo. Si el mundo fuera algo mapeable nos induciría a un tipo de respuesta. Si es inabarcable, a otro. El foco está puesto en si podemos traducir a un tipo de lenguaje el paisaje, la vida, los encuentros que tenemos, o si lo fundamental es justamente lo que se nos escapa. A mí me gusta contar cómo explicó Darío Villalba uno sus cuadros a un público alemán, provocando mientras hablaba miradas de admiración hacia la obra. Pero terminó diciendo que todo lo dicho no hacía a ese cuadro mejor ni peor. Yo leí en ese gesto su ironía, y la soledad del artista ante su obra. Murmuró para sí mismo “Este es bueno”, sabiendo que ante ese público devoto solo él podía apreciarlo. Para reducir ese abismo entre espectador y artista, –que es también ante la obra, aunque no quiera verlo–, el espectador ha de poder soportar el encuentro con lo desconocido, lo que equivale a que se arriesgue a ser artista. Tendrá que olvidarse de la belleza y tratar lo que hay detrás del velo. Solo así lo que haga podrá recibir esa adherencia.
Hacer un mapa es una bella actividad simbólica. El mundo se ha conquistado haciendo mapas. Para ello ha habido que adentrarse en selvas, remontar ríos imposibles, atravesar desiertos cuyas dunas no dejaban de desplazarse. Y qué decir de los océanos, que no son siquiera territorio, donde para señalar un punto en el mapa ha habido que naufragar primero. El mapa expresa una noción de conquista, una apropiación simbólica del territorio. Pero, ay, el mundo es otra cosa. El lugar del tropiezo en el encuentro con la vida. Una experiencia inaprensible que el arte se propone mostrar. ¿Por qué no hacer mapas de otra manera? ¿Por qué no recortar continentes para otro uso? ¿Por qué no mostrar lo inasible desde su vano intento? Aceptarlo como punto de partida, y abrir el juego de los posibles. Hacer mapa de lo que no se puede hacer mapa. Jugar en la contracara. ¿Meridianos y paralelos?, los de la emoción del encuentro con el material. Hay que provocar lo físico, la textura, el matiz del color, al mismo tiempo que el choque con la idea. Darse de bruces. ¿Cómo mostrar que no se puede, y que en ese no poder hay algo bello?
ZM julio de 2026
