Galway Girl, ojos azules pelo negro

Pocas veces en la vida se lanza uno a abrazar un torbellino. Aunque el resultado pueda ser el tortazo, casi todo en la vida es poder abrazarlo, estar dispuesto a abrazarlo. Sabemos que el riesgo del amor es muy alto. Negarlo es tontería. El resultado más frecuente es el fracaso. Y cuando eso ocurre, la recuperación es incierta. A veces no es posible o ni siquiera se opta a ella. Pero aún con todo y con eso, hay que convenir que no hemos inventado un teatro de operaciones que esté a su altura a la hora de tratar las pulsiones que nos atraviesan. En mi proyección a futuro que hacía entonces pensaba que me preparaba para esa dura prueba, un año después de la caída me volvía a preparar para ello.

Hay una canción que da buena cuenta del momento inicial, no es una canción que haya escogido yo, más bien ocurrió al revés, empieza así: Bueno, fui a dar un paseo por el largo y viejo camino / un día… / Me encontré con una chiquilla / y nos paramos a charlar, / un buen día… / Y te pregunto amigo, / ¿qué puede hacer un tío? / Porque su pelo era negro y sus ojos azules, / y allí mismo supe que estaba en mitad de un torbellino, / girando en el paseo a Salthill / con una chica de Galway. Sí, es cierto, leída de esta manera puede que no diga mucho. Le falta el ritmo trepidante que sólo puede conseguirse cuando se hace girar sobre sí misma a la lengua inglesa hasta hacerlo sonar así: Well, I took a stroll on the old long walk / Of a day –I-ay-I-ay / I met a little girl and / we stopped to talk / Of a fine soft day –I-ay-I-ay / And I ask you, friend, / what’s a fella to do? / ‘Cause her hair was black and her eyes were blue / And I knew right then I’d be taking a whirl / ‘Round the Salthill Prom with a Galway girl.

La sencillez de la letra da cuenta de la ausencia de cálculo de aquel que cae en el torbellino amoroso. Esto es expresado magistralmente desde la primera palabra, con ese Well inicial que nos introduce en la lógica del giro. Es algo inevitable desde el momento en que una chica de ojos azules y pelo negro accede a charlar y a pasear con el narrador en el paseo marítimo de Galway, conocido como Salthill Prom(menade). El combativo cantante folk americano Steve Earle compuso en el año 2000 Galway Girl, ahora famosísima canción, grabada con una artista de lujo al acordeón, la irlandesa Sharon Shannon. Desde entonces se ha convertido en una referencia indiscutible, alcanzando fama mundial en 2007 al ser el tema central de la película de Richard LaGravenese P.D.: I Love You, interpretada por Hilary Swank y Gerard Butler. Pero, de todas las versiones, yo prefiero la que ofrecieron en directo en el festival Oxegen ’08 (Kildare) el cantante Mundy, acompañado por la imprescindible Sharon Shannon. Una joya. Me gusta cómo Mundy la introduce al público gritando un Let’s go, fucking nerds! Es una versión alegre, entregada al alocado ritmo irlandés que prende con facilidad entre la multitud del concierto. La letra de la canción es un fragmento de diálogo con un amigo, donde se da por hecho que al surgimiento del deseo le sigue la acción. Es además un deseo inevitable, aquel que responde a la combinación mágica ojos azules pelo negro, que conducirá a la irrefrenable acción. Una combinación que también tenía este mismo halo de inevitabilidad y de encantamiento para Marguerite Duras, toda una maestra en describir los arrebatos que el cuerpo afronta. Duras escribió su impresionante Los ojos azules pelo negro (Les yeux bleus cheveux noirs) en 1986, casi en continuidad con ese otro pequeño texto, esa apuesta inaudita que es La maladie de la mort. Duras convierte ojos azules pelo negro en una fórmula, en algo que funciona más allá de todo significado posible, y lo consigue con deslumbrante sencillez, transportando al color la locura del objeto. Aquí está el mágico trasvase, el resquicio por el que Duras o Steve Earle hacen pasar el aire de una habitación a otra. Después la mezcla hace la pócima donde el rastro se ha perdido y ya nada es discernible. El mundo es torbellino. Estamos al otro lado del espejo.

La emoción que nos embarga hace olvidar la escritura de la fórmula. No se trata obviamente de tal o cual combinación de colores, puede ser cualquier cosa. Hay quien se quedó en el blanco y negro. Y está bien así. Al blanco y negro no le falta nada. Qué importancia tiene que uno no recuerde el color de los ojos del chico o de la chica si recuerda el tono, el brillo, la transparencia. Realismo en cine es blanco y negro. Ahí el color parece impostura, combina mal. Sólo se aguanta el color en una película en blanco y negro cuando se recorta como sueño o fantasía. Ahí el color es pura y simple alucinación, por eso los peces coloreados de Ramble Fish son magia, ilusión de una infancia perdida poblada de héroes. El color es lo que el adolescente pierde en su rito de paso. Hasta entonces necesitó creer en poderes sobrenaturales que aliviaran sus miedos. Pero ya no puede quedarse ahí por más tiempo. A partir de ahora tendrá que buscarse otra fórmula, estará atrapado en otra fórmula, y tendrá que ser más prosaica. Por eso los peces han de pasar de la fascinante pecera al río, y allí desaparecer.

En Galway Girl me interesan dos paradojas. La primera resulta de exportar lo que es una experiencia única, amorosa, al terreno colectivo. La segunda es la transformación de un poema escrito desde el quebranto de la pérdida –Cuando me desperté estaba completamente solo, / con el corazón roto y un billete a casa– en la alegría enloquecedora de su ritmo infinito. Es curioso que en ambas vertientes la canción comparta soledad. Por un lado la canción da por supuesta la misma reacción en cualquier persona que viva semejante combinación de dados. Aunque el deseo sea todo lo excepcional que se quiera, el amigo no puede dejar de entender que se haya arrojado a la piscina. Esta solidaridad o comunión masculina es el reverso de la fallida relación de la pareja. Pero lo importante es que este fracaso queda velado por la emoción del éxito inicial, y su frenético movimiento le gana la partida. La canción baila al ritmo del encuentro, un encuentro que lleva la promesa de la unión de dos soledades y necesita por toda ratificación un sí. La canción baila porque la respuesta afirmativa se produce. Y además por partida doble. El segundo sí que ratifica el sí de la mirada inicial de la chica se produce en la segunda estrofa, cuando ella le invita a su casa. A partir de ese momento parece imponerse la ley del deseo que, viviendo de la pérdida, no tardará en hacer colapsar aquello que era demasiado perfecto. Y tras compartir soledades cada uno vuelve a la soledad inicial. Pero que el torbellino acabe en golpe no cuestiona en absoluto el orden de posibilidad al que se entrega. Y el ritmo de la canción muestra su apuesta clara por la inconsciencia del deseo.

Aunque ninguno de los músicos callejeros que escuché en el año 91 podía cantar Galway Girl, esta canción expresa como ninguna otra mi sentir de aquellos días. La ciudad era acogedora y alegre, y llegaba incluso a preguntarme si no estaba mejor en mi estado de esperanza que en la deriva tras el torbellino. Sí, pensaba que estaba mejor así, pero puestos a elegir quizás habría optado por el torbellino. Quién sabe. Puede que todavía me faltaran fuerzas. Seguramente. ¿Volvería a tener esa valentía? ¿Era esa la apuesta del viaje? Lanzar los dados hacia delante. Creo que sí. Quedaba ya poco para volver. ¿Cómo sería a la vuelta? No sabía. De momento alternaba las mañanas de lectura y paseos, con las tardes y noches de bruma colectiva en pubs, para volver a despertar de día con la otra bruma, tan querida o más, del canal. Ese empuje hacia delante que la ciudad me permitía me evitaba caer en los meandros melancólicos que casi todo recuerdo conlleva. Se trataba de conocer para conocer después, no para vivir de aquello conocido que se perdió definitivamente. Recuerdo, por ejemplo, cómo me gustó un músico callejero, una voz rasgada que se oía nítidamente desde la lejanía. Lo recuerdo bien. Dos o tres años después iba a hacer mi segundo viaje a Irlanda, esta vez acompañado por María, mi novia de entonces, la chica que se alteraba con la combinación viento y lluvia. El recorrido de este viaje también fue de Dublín a Galway, pero llegando esta vez desde el sur, desde las sorprendentes y agrietadas montañas de the Burren, aquellas que protegen en sus ranuras su regalo de flores y que miran desde el norte del condado de Clare a la bahía de Galway. Recuerdo que busqué con María al músico que años atrás me había maravillado. Y sí, allí estaba, llenando con su infatigable voz su pequeño rincón de la ciudad.

Zacarías Marco, 2015