«Pigs on the wing»

Bueno, basta ya de contar. Rápido al tren, rápido a Londres, rápido a la ciudad musical, vamos rápido a la ciudad, a cruzar desde el sur el río para salir cuanto antes de la locura de Victoria Station y marchar para el Soho, donde me espera sin saberlo mi primer trabajo en el almacén de una tienda india. Cinco semanas. Ya está. Hoy a otro asunto. Vayamos mejor a la ciudad musical.

Manuel ahondó en mí una obsesión musical que venía de lejos. Sí, ahora puedo volver al cielo. Calma y al cielo. Para regresar. Para entrar de otra manera. Por los huecos, por las fisuras. Vuelvo al tren que nos acercaba a Londres, que empezaba a surcarlo, vuelvo a escuchar lo que entonces sonaba en mi cabeza. Pasé antes demasiado rápido y dejé de lado el latido del recuerdo. Retrocedo ahora hasta encontrarlo. No me invento nada. Ahí está. Lo encuentro a punto de llegar al río, de llegar al corazón de la ciudad. Miro por la ventana y reconozco a mi derecha la portada de un disco delante de mí, la fantasmagórica central eléctrica de Battersea, la señalo. Sí, dice Manuel, es Animals, el Animals de Pink Floyd. Y empieza a sonar una guitarra acústica que levanta el invisible globo del cerdo volando. Se pasea entre las nubes, en el cielo de Londres. Lo veo primero errático, sin saber bien dónde ubicarse, desplazándose entre las cuatro chimeneas que coronan la masa de ladrillo envejecido de la central hasta encontrar en mi recuerdo el lugar donde fijarse, justo entre las dos primeras. Sí, ése es su sitio.

En realidad, la foto de la portada del disco está trucada. Terminada la grabación, se acercaron a la central los miembros de la banda, junto con algún técnico, para sacar fotos que pudieran servir a la imagen de la portada. Todo había sido preparado al detalle, pero ese día un viento caprichoso conducía a la estrella, que no era otra que el cerdo aerostático, a ocupar posiciones fuera del encuadre deseado, por lo que, finalmente, se decidió superponerlo a placer en imprenta. Y en ese lugar en el que nunca estuvo, justo entre las dos chimeneas frontales, permanecerá flotando para siempre. También en mi recuerdo. Porque hace memoria lo que no fue. Construimos sobre lo que en realidad no fue. En ese más allá inalcanzable la verdad se confunde con nuestro sueño y cuando pretendemos acceder a ella, escribir con mayúscula la uve que la encabeza, la uve de la verdad, el sueño torna a pesadilla. Por eso la tachamos, por eso colocamos aquí una mancha sobre ella, el velo que necesita, para recuperar la forma mentirosa que fue incrustada en el cielo, nuestra única verdad accesible, la que nos toca, la que nos sacude. Ella será nuestra memoria. A eso me dedico. Y también lo hago hoy, cuando recortando y pegando el avión de mi primer paseo espacial dejo que me toque de nuevo, dejo que me construya, que me construya hoy. No es mi capricho, es mi necesidad, la que todavía busca mutaciones para mi nube negra.

Curiosamente, el cerdo sobrevolando la central eléctrica de Battersea tenía para mí el guiño de una imagen amable, lúdica, psicodélica pensaba yo, lejos de la crítica social y política que pronto aprendí. Era el verano de 1985. La Dama de Hierro estaba en pleno apogeo de su carrera transformando, también ella a placer, usos y costumbres. Habían pasado sólo ocho años desde que Pink Floyd sacara su décimo disco, inspirado en Rebelión en la granja, la inolvidable fábula política de Orwell sobre la Revolución rusa, y sus canciones eran ya, para mí, como la propia central, un monumento legendario. Tal era la velocidad musical que sacudía el mundo entero y que partía en oleadas desde ese epicentro urbano en el que por fin me encontraba. La última oleada, el punk, había intentado barrer de las ondas la sofisticación sonora que representaba el rock instrumental, o el rock progresivo, como se lo llama ahora. Johnny Rotten fue fichado para los Sex Pistols en agosto de 1975 por pasearse por Kings Road con una camiseta rasgada de Pink Floyd sobre la que había escrito sus letras de odio, “I hate”, I hate Pink Floyd.

En ese ambiente convulso aparecía, en enero de 1977, Animals. El disco se abre y se cierra con la canción sobre los cerdos voladores, partes una y dos, y, entre medias, se pasean por tierra los otros cerdos, los dirigentes, acompañados por sus perros guardianes, que a su vez conducen a las ovejas, al rebaño. Después de la apertura y antes del cierre de Pigs on the wing tres canciones ilustran estas tres posibles posiciones, cerdo, perro, oveja. Pero esto es bien conocido, las letras, las guitarras, los teclados, el ambiente y la búsqueda del clímax, esto último, seguramente, lo que más horrorizaba a los Pistols. Y que si Waters, que si Gilmour, que si Mason, que si Wright. Sin olvidarnos, por supuesto, de la desorbitada estrella Barrett, de Syd Barret, el alma mater que seguía guiando la banda en ausencia, al menos a juzgar por el homenaje que el disco previo le brindaba, el literalmente inolvidable Wish You Were Here, pero que por entonces estaba ya en su globo particular, había soltado amarras y flotaba en el espacio a años luz de la tierra. En fin, que sí que sí, que todo eso está bien, pero vayamos ahora hacia otro pliegue.

En la granja de Orwell los cerdos dominan la estrategia y dirigen la acción. Son la élite del pensamiento, pero no pueden estar juntos. Ellos no forman comunidad, sólo la fomentan en sumisión, por lo que, finalmente, el choque entre los dirigentes resulta inevitable. Siguen una lógica clara: a más enfrentamiento, más sumisión. A más enfrentamiento por arriba, más sumisión por abajo. De ahí vendrán las dualidades, las oposiciones, las trampas con las que la dialéctica se alimenta a sí misma. Lo cual no quiere decir que no haya distribución de papeles, que no haya amos, que no haya esclavos. Nos criamos entre oposiciones, y quizás no sea posible salir del todo de ellas, pero eso dice poco sobre lo más reacio a pensar, la servidumbre voluntaria. A pesar del imán político que, con toda su fuerza, funcionaba por aquel entonces en mí, la verdad es que no pensaba en eso cuando escuchaba los balidos de las ovejas del disco de Pink Floyd, no pensaba en eso cuando oía los aullidos de los perros o los gruñidos de los cerdos. Yo también los escuchaba en esa granja con placer, mientras acompañaban con sus ecos las también repetitivas y pegadizas cadencias vocales. Para mí, lo hacían con gracia. Estaban en un registro cómico. Y el cerdo estampado en su portada me parecía el modo perfecto de colorear el cielo, de tapar con color su invisible ranura, su punto ciego, la oscuridad de los tiempos. Tenía, para mí, la gracia nietzscheana de la vaca multicolor, convertida ahora en una vulgaridad pintarrajeada, en un Syd metamorfoseado que se atrevía a bailar con las estrellas. Era magnífico. Ser él, el cerdo, otra estrella danzante.

Además, estaba el hechizo de la majestuosa mole de ladrillo. Siempre me han impresionado los edificios industriales de ladrillo, la contundencia de su funcionalidad, especialmente cuando el paso del tiempo los ha terminado aislando, los ha vaciado, ha extinguido sus murmullos y los ha expuesto en bruto ante nuestros ojos. Cofres huecos, objetos inertes emergidos del subsuelo de la historia, de la que tan solo queda el decorado de su tragedia. Por eso se entiende su atractivo como museo de arte contemporáneo. No hay construcción comparable. Portan una funcionalidad vacía que no deja de acompañarlos. No se pueden desprender de ella. Que la Tate Modern esté donde está, en otra central eléctrica en desuso, no es ninguna sorpresa, a la vez que será siempre un reto para toda obra que en ella se exponga. Pero volvamos a los cerdos que sobrevuelan su edificio hermano, la estación eléctrica de Battersea. Son el punto ciego de nuestro avión, la amenaza que sólo un gesto de amor puede detener.

Pigs on the wing 1 habla del desencuentro amoroso… (Si a ti no te importara / lo que me sucediera a mí, / y yo no me preocupase por ti…) y del desamparo al que éste nos aboca (Zigzaguearíamos en nuestro camino a través del aburrimiento y el dolor / levantando ocasionalmente la vista a través de la lluvia / preguntándonos a cuál de los dos cabrones culpar / y observando cerdos en el aire). La expresión “I have pigs on the wing”, que podríamos traducir como Tengo cerdos en el ala, era utilizada por los pilotos de la RAF británica para solicitar ayuda a los compañeros cuando un avión enemigo se colocaba detrás, justo en un punto ciego de su ángulo de visión. La canción apunta a que el fracaso del amor lleva al enfrentamiento y transforma la realidad en persecutoria. La mancha en nuestra mirada, esa ceguera ante nuestras propias emociones, es la que impide el amor. Quedamos entonces a la intemperie, solos ante nuestra nube negra, una mancha que nos es devuelta desde el exterior en forma de piloto asesino, un fantasma que sin verlo nos mira, que sin verlo nos tiene a su alcance. Es el amenazante reverso del fracaso del amor.

Pigs on the wing 2 habla del encuentro amoroso… (Tú sabes que me preocupa lo que te suceda / y yo sé que tú te preocupas por mí…) y del amparo que éste nos proporciona (Así que no me siento solo /ni siento el peso de la piedra / Ahora que he encontrado un lugar seguro / para enterrar mi hueso / Y cualquier tonto sabe / que un perro necesita un hogar / una protección contra los cerdos voladores). Con estas líneas se cierra un disco triste pero arrojado, lleno de embestidas, un disco que grita su rabia en acordes buscando hacerse eco del desarraigo de una generación, quizás la última que tuvo el valor de escupir el avance de la sociedad de consumo. Un valor con aderezos francamente suicidas, también hay que decirlo. Pero rescatamos aquí el acierto del encuadre amoroso que abre y cierra el disco, que va del desencuentro al encuentro. Un encuentro al que soñaron poderle quitar el velo, tocar ese paraíso, tocar lo intocable. El problema es que, inevitablemente, algo termina fallando en ese refugio añorado, en ese amor como refugio, algo que lo invalida como garantía. Y la dualidad que vuelve a emerger nos perturba y nos desorienta, amenazando con estallar en el interior de cada uno, como de alguna manera fue el punk disparando detrás del ala de Pink Floyd, el cerdo que se colocó en su punto ciego derribando el aparato. Una dualidad que se abre en el interior de cada uno cada vez que pretendemos haber domesticado o haber huido del maléfico afuera, de esa mancha en nuestra propia mirada.

ZM 2016