Texto publicado en el libro colectivo Pensamiento, Cruce Ediciones, 2017
Hacía poco que había llegado como sustituto el nuevo profesor de matemáticas. Su juventud, sumada tal vez a una peculiar gracia en el manejo de la tiza, nos produjo una inmediata simpatía. Después, una sorpresa trajo la siguiente. Íbamos a descubrir la diversión donde menos lo esperábamos. No podíamos menos que seguirle mientras se dejaba llevar por un raro entusiasmo con esos extraños entes, los números, según pasaban eléctricamente de sus dedos a la pizarra. Una abstracción calculatoria, la de su cabeza, que se precipitaba en un seco golpeteo, dibujando unos signos que por primera vez nos invitaban a jugar. Hasta entonces nos lo habíamos perdido. Lo misterioso se había vuelto accesible, o al menos eso creíamos. Porque empezábamos a ver con otros ojos aquellos garabatos, tan obstinados en mostrarnos su querencia por lógicas precisas. Y hacia ellas parecíamos aventurarnos aquel día cuando el profesor dibujó dos rectas paralelas y nos pidió una definición. La pregunta era aparentemente sencilla, sin embargo, él respondía con un no tras otro a cada una de las propuestas que le llegaban. Las que nunca se cruzan: No. Las que nunca se tocan: No. Las que compartiendo la misma superficie permanecen a una distancia constante: No… Parecía que se hubiese erigido un muro que ninguna de nuestras flechas lograba atravesar. Esas respuestas valían muy bien para cursos inferiores, nos dijo, pero no para el nuestro. La razón, que ninguna de ellas era operativa. Y guardó un largo silencio antes de sacar de la chistera la solución definitiva: Paralelas son aquellas rectas que estando en un mismo plano se unen en el infinito.
No sé si esa operatividad matemática, que resulta de localizar numéricamente en el infinito un encuentro imposible, nos podrá ser útil fuera de su ámbito, ya veremos, pero de momento nos servirá para introducir como necesario el valor sorpresa, de posibilidad, de juego incluso, para pensar de otra manera los encuentros. Los que se crean y los que se recuerdan. Movilizados ambos por cierto afecto. Seguiremos esa pista. Es una apuesta por el pensamiento como aventura.
¿De qué encuentros se trata? ¿Dónde se producen? ¿Y entre qué o quiénes se producen? El inicio es claro, es siempre un texto lo que nos convoca. Siendo un mundo de lenguaje, con sus encuentros y desencuentros, cada texto exporta su juego interno convocándonos a la participación. No otra cosa hacemos en Cruce, donde participar casi precedería al pensar mismo si eso fuera posible. Porque el acento está puesto ahí, no en el saber. No es el saber lo que otorga una posición al interviniente, sino la voluntad de ofrecer su modo de encuentro con un texto. Su modo de encuentro en ese mundo de encuentros y desencuentros que es todo texto, y que quizás le lleve a descubrirse a él mismo como encuentro, esto es, como un cuerpo donde se cruzan distintas escrituras.
Pudiera parecer que hemos rebajado las exigencias cuando es más bien al contrario. Sólo participar ya cuesta lo suyo, la exposición tiene sus riesgos. ¿Por qué complicarlo entonces, oponiéndola a una manera de entender el saber? La pregunta es incómoda, y puede que lo que sigue moleste. Porque participar es animar un texto, no leerlo con ojos de forense. Me explico. Los forenses tienen muchas cosas que decir, comparten un lenguaje, se entienden bien entre ellos y llegan a una precisión sobre el análisis de los tejidos verdaderamente sorprendente. El problema es el cuerpo con el que tratan, ha de estar muerto.
Exagero, sin duda, y qué falta de rigor, ¿verdad?, pero sólo expongo mi sensación cuando leo ciertos libros académicos sobre autores que me gustan. No algunos libros: la mayoría. Los utilizo, sí, saco ideas, también, y me sorprendo de la paciencia diría poco selectiva ante análisis acumulativos. Una falta de filtro en los textos que me conduce las más de las veces al aburrimiento, lo confieso, un estado de sopor del que sólo resucito hilvanando preguntas sencillas, preguntas sobre la emoción: si al que escribe le gusta o no el autor del que trata, cómo lo ha leído, qué le llevó a leerlo, si percibe en los textos que comenta tal o cual hallazgo, por qué no lo trabaja. En fin, esas cosas a las que el saber no pareció haberles cursado invitación y que sin embargo insisten. Sobre todo una: si le ha conmovido. Ésa es mi pregunta final. Me queda la duda, en el mejor de los casos.
Naturalmente, hay excepciones. Textos soberbios y autores que, además de sobrevolar como nadie todas las referencias pertinentes, y también las que descubrieron en su recorrido vital, excavan hasta llegar al concepto, allí donde es necesario vaciarse para crear. Pero el impulso de estos autores proviene de habitar en los territorios intermedios, no lo olvidemos, lo que parece conllevar una cierta marginalidad académica. Al menos, al principio, en sus orígenes. ¿Quién puede sorprenderse ya, si para encontrar los mejores hallazgos hemos de volvernos un poco vagabundos y frecuentar la periferia, apuntando hacia los límites del pensamiento? Siempre fue un poco así. Incluso hay en ello una buena dosis de mitificación que se utiliza en la dirección contraria al impulso originario. ¿Cómo decirlo? ¿Y cómo señalar nuestra responsabilidad? Aunque por obvio pudiera pasar desapercibido, lo que se muestra hoy, obstinadamente, es el sistemático pasaje de las referencias que nacieron de la heterodoxia hacia un uso por completo ortodoxo, ortodoxo y restringido, donde cierto poder académico se expresa con el hábito del saber.
El famoso vaticinio de Joyce de poner a trabajar a los estudiosos por centenares de años amenaza con llegar a cumplirse, y no sólo con él, también con un número importante de escritores, pensadores, artistas. Son ya el lugar común de la cita en el dominio de la episteme contemporánea, una baraja que reparte las mismas cartas una y otra vez, con la ilusión de que surja de la combinación ideal la diferencia. Pero, ¿cómo podría ser esto posible, teniendo por triste objetivo alzarse victorioso en un juego intertextual? ¿No parece todo ello encaminado a matar precisamente el deseo? No extrañará entonces la grisura resultante.
Vuelvo a exagerar. Ya sé, me dejo llevar. Es cierto que no todo está cubierto por el mismo manto, que leyendo doscientas páginas, aquí o allá, vemos emerger de vez en cuando una chispa, una conmoción, una pregunta. Y uno constata con alivio los atrevimientos a leer en modo sintomático el estado de las cosas. No todo está perdido. Son las vías por las que todavía se cuela el deseo. Esa nota imprevista que es hoy el índice de una resistencia, de un latido que, a poco que se lo escuchara, bien podría hacer tambalear el edificio entero. Como se ve, no soy tan pesimista.
Y naturalmente también, no se trata de que se deba esperar comentarios más satisfactorios fuera de la Academia, por el simple hecho del apego sentimental, por ejemplo, de provenir de amantes de tal o cual autor, sino de que una vía de acceso a la obra, y quizás la vía fundamental, se ha visto coartada en su origen. Lo que quiero decir es que operar en el terreno simbólico es necesario, pero no suficiente. Y dependiendo de los autores a tratar este traspié inicial puede resultar funesto.
Pienso ahora en Beckett, en torno a cuyos textos nos reunimos en Cruce desde hace ya varios años[1]. Unas lecturas que vienen aportando una riqueza de comentarios que sorprendería al público académico más exigente. Quizás porque la clave que nos guía es no tenerla. Evitamos cualquier a priori, como si empezáramos desde cero cada vez. Y disfrutamos con ello. No estudiamos a Beckett, leemos a Beckett. Porque intelectualizar a Beckett es ejecutarlo. Tal cual. ¿Y con otros? ¿Es extensible este anatema? Con otros el crimen puede ser menos evidente, pero no por ello menos siniestro. Rectifico, sí, siniestro con todos los autores. Hago entonces de Beckett un nombre cualquiera. Beckett, escritura.
Me refiero aquí al peligro que supone evitar, o intentar evitar, un contagio. No sé si se entiende. Con frecuencia, el enjambre referencial de los textos académicos es tanto más proliferante cuanto más éxito tiene en evitar cierto lugar, un lugar que tiene que ver con lo que apuntaba antes sobre los límites de lo simbólico. Podemos entender el arte (también el pensamiento, la literatura…) como un tratamiento de lo real por medio de lo simbólico. Un tratamiento que exige esta tensión constante entre lo irrepresentable y los medios que tenemos para representarlo. Estando nosotros, además, en ese cruce, formando parte inexcusable del problema. Con toda coherencia, la tensión creada entre lo que se escapa y lo que busca atrapar hace estallar cada poco esos medios. Lo que no resolverá nunca el problema, sólo escenificarlo. Porque el tratamiento está destinado a fracasar. Es ésa su esencia y hay que asumirlo como tal. El tratamiento de lo real recibe su vitalidad precisamente de la relación con el fracaso, o sea, del puente que se abre a lo indecible, a lo irrepresentable. Donde los sentidos y los afectos juegan su parte, a veces a nuestro pesar. Si volamos ese puente y nos quedamos en el territorio del saber, todo lo que digamos no será más que un blablablá.
Barthes decía que el cuerpo está siempre implicado en la lectura. Lo tomo como ejemplo del puente que él se atreve a introducir, razón por la cual esta referencia vibra todavía sorteando su aparente simpleza. Podemos utilizarla aquí, y entender por cuerpo una manera de nombrar lo que desborda lo simbólico, la necesidad de hacernos eco de la sacudida que la lectura provoca. En Beckett, esta afectación en el cuerpo infiltra y potencia todo el trabajo de escritura. Sentir ese pathos es necesario para entender a Beckett. Ser alterado, ser descompuesto, es necesario para entender lo que hace Beckett con la fragmentación. La imposibilidad de hacer síntesis mueve la estructura de cada obra, creando una nueva forma, que será siempre paradójica, a la vez descarnada y matemática, donde la precisión corre paralela a su imposibilidad, donde la mueca de lo real se cuela por vías imprevistas.
Ser fieles a estas vías imprevistas es lo que nos toca, lo que hacemos en nuestros encuentros. Leer con la soltura que da no partir de una clave, para incluir las que surjan. Todas las que surjan. Es cuestión de confianza, de atreverse a encarar en soledad cada texto. Y que cada uno encuentre cómo equivocarse a su manera.
Quizás lo que digo vaya respondiendo a la pregunta sobre la fijeza en la elección del autor, de Beckett en nuestro grupo de lectura, grupo paralelo en Cruce al de pensamiento contemporáneo, que es más numeroso y longevo, y con el que establece una suerte de contrapunto. Un contrapunto que no deja de tener su gracia, pues compartiendo ambos un núcleo de miembros, el resultado es diferente. No hacemos en Beckett como hacemos en Pensamiento. Por supuesto, también nosotros podríamos ir de autor en autor, pero de momento lo evitamos. Nuestro interés está en leer la aventura de una escritura empujada texto a texto hasta el borde del abismo, y para eso Beckett es perfecto. Como se sabe, Beckett fue el último capítulo de esa exigencia total por la escritura que se llamó modernismo. Aquí el nombre da igual. No entraré en las disputas entre modernismo y posmodernismo. Podría venir al caso, pero mejor no. Mejor seguir con la experiencia, con el funcionamiento. El lugar que damos a una escritura que devuelve a la palabra su locura. Lo que importa es que el veneno Beckett ha colonizado nuestros oídos produciendo efectos inesperados. Por ejemplo, nos ha llevado a traducir varios textos por completo y a darle un buen repaso a casi todos. Leemos las versiones originales y las cruzamos con las que vamos produciendo. Tenemos la necesidad de afinar los instrumentos antes de cada concierto. Qué le vamos a hacer, no estaba previsto, pero afinar las traducciones en la escala Beckett se nos ha vuelto necesario.
Retomo la duda que me ha conducido hoy sobre si una lectura académica deja de lado lo más palpitante de ciertos autores, una duda que una discusión reciente sobre la dificultad de producir un encuentro entre Cruce y la Academia ha venido a actualizar. Me seguiré sirviendo del mismo ejemplo, que de alguna manera ya universalicé. Con Beckett no resulta complicado, pues uno puede recorrer desde los primeros comentarios que se hicieron de sus obras hasta los últimos. Quien se acerque a ellos, creo que sin mayor esfuerzo distinguirá aquellos autores que se atrevieron a leerlo con el cuerpo, a leerlo como experiencia (desde Bataille, desde Blanchot), de aquellos otros que sólo podían utilizarlo para apuntalar, mediante crítica o elogio, su sistema de pensamiento (desde Sartre, desde Adorno). Entre unos y otros la brecha era irreconciliable. Y con todos los matices que se quiera no deja de actualizarse. Aunque estemos ahora a años luz de aquellas primeras lecturas, después de haber incorporado una sensibilidad diferente hacia el humor, hacia las referencias literarias o las estrategias formales, la brecha persiste. Sobre el papel, los errores son ahora distintos, pero defendidos con la misma obstinación. ¡Cómo cuesta asumir para uno lo que se elogia en Beckett, que largara a paseo el saber para hacer operativa la indigencia!
Para el lector despistado que quisiera encontrar estímulo en su estudio y pretendiera dar cuenta de ello, académicamente hablando, uno de los mayores problemas que afrontará será el requerimiento de toda la extensísima parafernalia crítica. Pero quizás deberíamos decir de entrada que incluso los santos santones resultan decepcionantes. Unos por su pasión por los fuegos artificiales, otros por una aridez que aburre al lector más fervoroso. Se asiste con frecuencia a un despliegue impresionante, autores capaces de ir a estudiar, in situ, las ocho o nueve versiones previas a tal texto publicado. ¡Qué notable arqueología! Pero para acabar haciendo un análisis que sin embargo patina (¿incomprensiblemente?) cuando se interpreta el texto definitivo, el publicado. Qué pena. Al final las referencias, usadas como muletas, se muestran inservibles. Uno se queda solo frente al texto y fracasa, pero fracasa a la manera de otros. Esto es lo grave. Para hacerlo a la suya convengamos que hace falta algo más. Un atrevimiento que sólo puede nacer de la propia relación al texto. Insisto, hace falta haber sido sacudido por la lectura. Una investigación que no nazca de ahí lleva en su depósito poca gasolina.
Decía que una conversación reciente había avivado mi crítica hacia un tipo de lectura académica, la que coloca al saber en un altar. Como en Cruce contamos con socios que habitan ambos mundos pensé que los intercambios eran deseados. Enseguida me previnieron. Mejor a distancia, cada uno por su camino. Recordé entonces dos experiencias recientes que parecían contradecirlo. Haciendo tándem con Isidro Herrera, fuimos generosamente invitados, él y yo, a participar en la Academia. Fue en dos seminarios distintos: uno sobre estética y política; el otro sobre Beckett y la estética del impedimento. Los organizadores, socios de Cruce, arriesgaban sin duda más que nosotros abriendo el debate a nuestra participación. Y hacia allí nos lanzamos a presentar cada uno su trabajo, no sólo con agrado, también con entusiasmo. Pero a la salida nos quedó la duda sobre la posibilidad real de un verdadero intercambio. De producirse, ¿dónde? La pregunta quedaba en el aire y apenas me viene una imagen para acompañarla. Recuerdo que nos movíamos por los pasillos universitarios con una cierta desorientación. No andábamos universitariamente. Nuestra lógica era otra, y el encuentro no se produjo.
Decía Beckett que la razón razona, y razona mal. Tal vez mi imaginación no vaya por mejor camino cuando imagina que los académicos sólo leen por obligación y sólo escriben por obligación. ¿Será así? En cualquier caso, no sé si llenar de publicaciones las estanterías es motivo suficiente de alegría. Una duda que me retorna a la emoción, esa inquieta compañía que otros pretenden dejar de lado. ¿Dónde encontrarla? ¿O en qué estado encontrarla? Porque, positiva o negativa, la emoción ha de estar en algún lugar. En esto, su querencia lógica es tan precisa como la de la física, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Por eso, cuando se la expulsa por la puerta, su sombra se cuela por la ventana.
Entiéndase que, en aras de la operatividad, hago también de Cruce un nombre común, un sinónimo del afuera. Si Beckett, escritura, entonces Cruce, afuera. Sin que por supuesto se nos oculte que a título particular nuestra actividad resulte más bien modesta. Y sólo desde esta generalidad de los nombres leo el resultado de nuestra experiencia: Cruce iba a la Academia sin poder cruzarse, o cruzándose en ese infinito inalcanzable que define las rectas paralelas.
Zacarías Marco, 2017
[1] El Grupo de lectura de textos beckettianos nació a raíz de una serie de conversaciones con Hugo Savino en la primavera de 2016, y más concretamente, tras lamentar ambos, una tarde, no haber compartido con otros nuestro entusiasmo por la escritura de Beckett. No hubo necesidad de escuchar dos veces el mismo lamento, el grupo inició su andadura inmediatamente después. Al impulso de dos se sumó un tercero, Isidro Herrera. Luego vinieron los demás. Pero desde ese primer momento estaban presentes las dos características esenciales: la elección de un autor que ejemplifica como ningún otro la problemática de la escritura; y hacer accesible al lector de hoy, texto a texto, la actualidad de su trabajo.