El apellido Duras

Capítulo precedente a El apellido Joyce, publicado en el libro El tejido Joyce

Resulta curioso observar que dos de los escritores que más encendieron el fervor de Lacan acudieran a la fábrica de la escritura para manufacturar su apellido. En no menor medida que Joyce, Marguerite Duras, que nació llamándose Marguerite Donnadieu, solo se reconoce a sí misma una vez ligada a la actividad de la escritura, y lo hace desde el momento en que consigue simbolizarlo operando desde el agujero mismo, escribiendo desde un lugar muerto, un lugar de radical ausencia de padre. Sobre esa inconsistencia, la escritora busca también un modo de lazo que la habilite. En su caso solo lo consigue extrayendo del lugar de la ausencia un apellido rectificado. Como lo que busca es un anclaje, nada mejor que el nombre de un lugar, un lugar real, el lugar que alberga la nada del recuerdo imposible del padre, precisamente el nombre del pueblo francés del que este era originario: Duras.

Decíamos que el destino de Joyce era escribir desde el exilio, emblema en lo real de la existencia de una fractura en el ser, por eso toda su escritura es sobre el lugar (Dublín) cargado de su ausencia. ¿Y el de Marguerite, era su destino, nacida en Indochina, volver del exilio? Más bien no. En su caso, la vuelta a Francia era también, y sobre todo, otro exilio. El retorno supone dejar atrás una infancia descrita como salvaje, a la merced de la locura de su madre, y poner cuanto antes tierra de por medio ante el devastador drama familiar. Un drama que lejos de concluir amenazaba con escribir nuevos capítulos, en particular la muerte del hermano amado, provocado, según ella, por el hermano mayor. Pero este exilio del lugar de la infancia, que no va a dejar de poblar su literatura con sus selvas y sus gritos, con sus monzones y sus ríos, es también un retorno a la metrópoli, una suerte de rectificación de la deriva colonial, magníficamente simbolizada en esa madre que pretende poner una barrera al empuje del océano.[1] El retorno a Francia es, por ello, la vuelta a una comunidad de iguales, fuera de la distinción colonial. En la historia de Marguerite su exilio rectifica el exilio de sus padres, su malhadada aventura colonial.

De los primeros años pasados en Indochina se sabe ciertamente poco. Sabemos que Marguerite no guardó recuerdos de la presencia de su padre pues la pareja parental no permaneció unida mucho tiempo. Alejado de su familia, el padre muere en Francia cuando Marguerite tenía 7 años. A continuación se produce su primera estancia fuera de la colonia, en la región francesa donde poco antes su padre había comprado una casa. Pasará un lapso de tiempo de dos años antes de volver a Saigón. Después vendrán los años en la selva tras la fatídica compra por parte de la madre de unos terrenos que el Pacífico se ocupa en devorar. Más tarde, el internado y, a los 16 años, el encuentro con el amante chino. El regreso definitivo a la metrópoli no será hasta después de haber cumplido 18 años, ya con la idea de hacerse escritora. Y todavía habría que esperar hasta los 29 cuando, con la publicación de su primer libro, se hará adoptar por el lugar de la ausencia y pasará entonces a llamarse Marguerite Duras.

Parece que la dificultad de este pasaje, la sanción social de ver su nombre impreso en una publicación, provoca su rectificación nominativa. En el vacío del padre coloca el cartel del lugar que marcará la dirección de la escritura. Marguerite Duras empieza pues su vida de escritora desde el lugar que su nuevo apellido re-crea, una especie de Duras, kilómetro cero de la escritura. Para Marguerite la escritura es lugar, un lugar de escucha, un lugar necesariamente vaciado. Porque ningún amor puede, como dijera, ocupar el lugar de amor, la escucha ha de ser exterior, bordear ese vacío (apellido) donde surge la escritura. Es llamativo también que en el mismo regate le quite el apellido a Dios. Para no dárselo a Dios, Donnadieu, se lo da al Padre en tanto es ausencia, una ausencia convertida por Duras en letra impresa. Para no dárselo a Dios, esto es, para evitar su evanescencia, la letra impresa busca capturar el cuerpo. Escribir donde no hay, escribir desde el lugar donde no se puede. Ese imposible era para ella escribir.[2]

El verbo crear parece haber surgido para ocultar de manera pretenciosa que crear es siempre un re-crear, una reconstrucción del escenario, del lugar donde la palabra está para ser escuchada. Duras ha tenido que re-fundarse como lugar de escritura por invalidez del fundador. Sustituido este, la escritura se convierte en el apellido. Poco antes de morir lo diría ella misma de la manera más precisa posible. Nos dice que firmar como “Duras, escritora” es todo, pero es, en realidad, una redundancia puesto que “Duras” y “escritura” son sinónimos. Y finalmente responde a la pregunta “¿quién eres?” con una sola palabra, “Duras”.[3]

Lacan escribió, a propósito de la novela El arrebato de Lol V. Stein (1964), un texto sumamente elogioso que puede servir de ejemplo del señalado gesto de anclaje simbólico, el homenaje. Allí recuerda Lacan aquello que ya vio Freud, “que en su materia, el artista siempre le lleva la delantera, y que no tiene por qué hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino.”[4] Y sigue Lacan: “Reconozco esto en el rapto de Lol V. Stein, en el que Marguerite Duras evidencia saber sin mí lo que yo enseño. (…) Que la práctica de la letra converja con el uso del inconsciente, es lo único de lo que quiero dar fe al rendirle homenaje.”[5]

Duras resume de esta manera la impresión que le causó su lectura:

“… lo que Lacan dijo al respecto, nunca lo comprendí por completo. Lacan me dejó estupefacta. Y su frase: “No debe de saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe”. Para mí, esa frase se convirtió en una especie de identidad esencial, de un “derecho a decir” absolutamente ignorado por las mujeres.”[6]

El texto de Lacan es un concentrado especialmente críptico que requiere ser interpretado frase a frase, sin garantía alguna de ir por el buen camino. No es de extrañar que M. Duras no lo llegara a entender “por completo”, pero lo que sí es seguro es que lo aplicó en la mejor de las direcciones posibles, sirviéndose de él para validar su más extrema especificidad. Este “saber hacer” con un imposible es lo que Lacan teorizará, apoyándose en el ejemplo de Joyce, como sinthome. Y esta opción, este particular servirse de lo dicho por Lacan, no iba de suyo. No sería la primera vez que un elogio, un homenaje, –recuérdese el texto de Sartre[7] elevando a Genet a los altares– saca al escritor de su frágil lugar de anclaje en la escritura. Marguerite, en cambio, optó por afianzarse. Este ejemplo nos es útil para comprender el sinthome como núcleo de goce inmune a la eficacia de lo simbólico que es asumido mediante una identificación. La total sintonía con la descripción que hace la escritora es sorprendente. Creemos ver en ello una actualización del “saber hacer” propio de Marguerite, que arranca en el momento en que suple una falta en su nominación con una identificación a la escritura. La escritura desde la inconsistencia otorga la única consistencia posible (Duras). Este modo reparador que le era ya propio es lo que reactualiza como nominación tras el homenaje que le rinde Lacan. Marguerite lo convierte en “una especie de identidad esencial”, como si fuera un nuevo bautizo de escritura que no solo alcanza a la actividad como tal sino a la sexuación misma, incluso destacándola a ella del resto de las mujeres. Este modo de hacer con la frase de Lacan nos muestra claramente su magnífico modo de reparar o de construir su tejido sobre un roto irreparable.

El empuje del analista a la escritora para que continuara expresándose más allá de lo que ella misma era capaz de entender, hace recordar la tesis doctoral de Lacan, el “caso Aimée.”[8] Su paciente, que en realidad se llamaba, (¡y es pura casualidad!) Marguerite Pantain Donnadieu, era una escritora paranoica que acabó encontrando con Lacan un cierto equilibrio al hacerle a este receptáculo de sus escritos y fotografías. Dejando de lado la asombrosa coincidencia del nombre, lo que es importante es la radical apuesta terapéutica de Lacan que, como vemos, continuó siempre en la dirección de invitar al paciente a llegar tan lejos como pudiera en la expresión de lo que le era propio. Las teorizaciones del último Lacan permitirán dar un paso más en una dirección clínica que decimos está orientada por lo real. ¿Cómo poder abrir el camino hacia una invención? Solo se puede actuar sobre la impotencia desde la imposibilidad. Solo se puede escribir desde lo imposible de escribir. Solo se puede crear desde el agujero.

Zacarías Marco 2014

[1] DURAS, M.: Un barrage contre le Pacifique, Gallimard, Paris, (1950). Trad: Un dique contra el Pacífico.

[2] “Escribir. No puedo. Nadie puede. Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe. (…) La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.” (DURAS, M.: Escribir, Tusquets, Barcelona, 1994, pp. 54-55).

[3] Cfr. DURAS, M.: C’est tout, Ollero y Ramos, Madrid, 1998, pp. 79 y 99.

[4] LACAN, J.: Otros escritos. Homenaje a Marguerite Duras, por el arrobamiento de Lol V. Stein, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 211.

[5] Ibídem.

[6] DURAS, M.: Escribir, op. cit., p. 22.

[7] SARTRE, J-P.: San Genet: comediante y mártir, Losada, Buenos Aires, 2003. [1952]. Genet tardó años en volver a escribir y solo pudo hacerlo después de cambiar de género literario (de la novela al teatro).

[8] Aimée era el nombre de la heroína de una de sus novelas. La frustrada escritora estaba obsesionada por un escritor con el que tenía una identificación de tipo paranoico. El nombre de las heroínas de este autor empezaban todas indefectiblemente por la letra A, una marca que ella iba a continuar. (Cfr. ROUDINESCO, E.: Jacques Lacan. Esquisse d’une vie, histoire d’un système de pensée, Fayard, Francia, 2002, pp. 66-70). Finalmente Aimée agredió a la actriz que encarnaba el personaje con el que se identificó. Según la explicación que dio Lacan del caso, agrediendo a la actriz, Aimée agredía a su ideal por lo que su acto constituía una autopunición. Al ser castigada por ello fue golpeado en su corazón el delirio. Según Álvarez, este caso constituye la última aportación de la psiquiatría clásica al tema de la paranoia. (Cfr. ÁLVAREZ, J. M.: Estudios sobre la psicosis, op. cit., p. 280).