Capítulo posterior a El apellido Duras, publicado en el libro El tejido Joyce
Eso mismo, ese apellido que significa “escritura” es lo que Lacan descubre en Joyce como suplencia del Nombre del Padre.[1] La diferencia con Marguerite Duras es que en Joyce no se trata, como recuerda Maeso,[2] de reinventar su nombre sino de prestigiarlo. Para ambos el apellido es escritura en cuanto esta hace de función paterna faltante, pero, a partir de ahí se diferencian en el uso, en Duras su escritura no está cargada de padre, en absoluto. ¿Qué es lo que hace Joyce? ¿Dónde es llamada aquí la escritura como suplencia? Las primeras alusiones a Joyce en el Seminario 23 son para destacar lo que aludimos como falta de empuje vital, y que Lacan denomina falta de empuje fálico. Ese pobre hombre que es Joyce echa mano de la escritura para sostenerse. Pero, ¿cómo consigue sacar fuerzas de flaqueza para acometer los más extenuantes retos literarios? ¿Cómo lo hace posible? Sostener el empuje fálico equivale a sostener el deseo, algo que no nace de por sí, ni en uno mismo. Como veíamos al principio de esta Adenda, el deseo nace en relación al deseo del Otro, originalmente la madre, pero se articula y transmite de padre a hijo, mediante el complicado camino de la castración simbólica.[3] La dialéctica del deseo se ve seriamente comprometida si el eje simbólico, que opera vaciando goce e impidiendo fusiones, no se encuentra operativo. Se trata de cómo se ubica el sujeto –y es en este proceso que se constituye como tal–, en relación a la falta del Otro, que es la marca del funcionamiento de la imposibilidad. Falta y deseo, deseo e imposibilidad, son pares indisociables. Si la madre se percibiera como completa, no podría ubicar al hijo en el lugar del deseo. Por eso, la relación de la madre con la incompletud (imposibilidad, castración) determina en gran medida la posibilidad de la constitución del deseo en el hijo, pues este, que se estructura a partir de la pregunta “¿qué soy yo para ti?”, tendría difícil poder formulársela. Lo que en un principio nos enseña Lacan –y constituye su primera gran rectificación al tratamiento posfreudiano de las relaciones madre-hijo– es que lo que ordena y pone un límite a los impasses del eje imaginario, dual, especular, es la existencia de otro eje, el eje simbólico. La referencia a algo tercero, que no dejó de ser vehículo de todo lo que Freud escribió, queda representado en Lacan por la “función paterna”. Lacan nos ofrece así la posibilidad de establecer un puente entre lo que sería esta primera etapa de su enseñanza con aquella que desarrolla, en parte, en compañía de Joyce. No será en el campo del deseo y de la falta, no será en relación al Otro simbólico, el campo donde Joyce nos aporte sus más particulares enseñanzas; será en el campo del Uno, tratando el material en bruto del goce, de la palabra sumergida en sus aguas primigenias.
Pero no por ello el puente con el primer Lacan queda roto, al menos así leemos que ponga primero el acento en la falla en esta función, la función que desarrolló en los años 50, aquella constituyente del sujeto encargada de alejarle de una vía psicótica. A partir de ahí, Lacan se hace dos preguntas sencillas, a la vez que fundamentales, alrededor de las cuales va a girar todo su Seminario: “¿Estaba loco Joyce?” “¿A partir de cuándo se está loco?”[4] Miriam Chorne ha señalado en una conferencia reciente[5] la pertinencia de dejar abierta la pregunta del diagnóstico, de no cancelarla dando una apresurada respuesta. Sostiene Chorne que no son preguntas retóricas, son preguntas movilizadoras para poder llevar a cabo una investigación.
A partir de estas preguntas Lacan irá resaltando y desgranando a lo largo de todo el año una serie de detalles que sirvan para aislar, para cernir la radical singularidad de Joyce. Una singularidad que deja con frecuencia al lector perplejo y que se manifiesta en el hecho de no poder “acompañar” al escritor en todo su recorrido. Podemos ser subyugados por su arte pero parte de su recorrido se nos escapa. Con él hemos frecuentado unos lugares que no recogen nuestros mapas, unos lugares que están fuera de nuestro sistema de coordenadas. Decíamos que Joyce se había llevado los mojones que marcaban los límites de las parcelas. Ahora los textos se contaminan entre sí y las barreras entre las palabras terminan por desaparecer. Pareciera que el lenguaje vuelve a una fase previa a su ordenamiento sintáctico y gramatical, al magma constituyente de la palabra gozada que Lacan bautizó al inicio del Seminario 19 como lalengua,[6] donde el sentido común todavía no ha impuesto sus leyes. La escritura de Joyce se deja infiltrar por esta potencialidad que la ordenación posterior ha cercenado. Joyce estaba orgulloso de no haber madurado –como representaba para él el hecho de que su voz no cambiara a la entrada de la adolescencia– y de haber podido usar este “hecho” en su escritura. “Si hubiera madurado, dijo, no habría estado tan predispuesto para acometer la folie de escribir Work in Progress.”[7]
Lacan, por su parte, recupera una palabra inglesa obsoleta para describir el mecanismo de escritura joyceano, eftsooneries, proveniente de la conjunción de after y soon, un mecanismo en permanente traslación metonímica: “Son cosas aplazadas para un poco después, after soon. Solo se trata de eso en Joyce. No solamente los efectos se aplazan para más tarde, sino que son por lo general desconcertantes.”[8] Un caleidoscopio en sustitución del faro del sentido. Una metonimia constante que evita el broche, el anudamiento de la metáfora. Por eso se nos escapa y sentimos que no podemos acompañarle en todo su recorrido, porque lo que leemos es su sinthome, la forma que ha construido para reparar un falso anudamiento en su estructura. Esta íntima sutura es la elevación de una concepción muy particular del arte para que ocupe el lugar de una función paterna faltante. En esto Lacan no se anda con ambigüedades: “Joyce tiene un síntoma que parte de que su padre era carente, radicalmente carente, –solo habla de eso. He centrado la cosa entorno del nombre propio y he pensado –hagan lo que quieran con este pensamiento– que por querer hacerse un nombre Joyce compensó la carencia paterna.”[9]
Esta es la referencia fundamental que guía todo el desarrollo de Lacan sobre Joyce. Vemos aquí con claridad qué significa que Joyce repare el fallo del anudamiento en el lugar donde se produce. Si el fallo es la carencia paterna, Joyce responde queriendo hacerse un nombre. La fractura en la filiación intenta repararse creando una nueva vía que dé consistencia al desfalleciente apellido. Por eso la carencia paterna provoca que todo el orden simbólico se sature de Padre, produciendo una dialéctica que se manifiesta en un tira y afloja constante. Desde el primer curso de este Seminario Lacan señala que el Otro se manifiesta en Joyce porque este “carga con el padre.”[10] El juego de renegar de él y de llamarle es elevado a la categoría de síntoma bajo múltiples formas –no habla de otra cosa, dice Lacan. La primera y más evidente es la de sentirse llamado, de sentirse “imperiosamente llamado.”[11] Como todo síntoma, con su doble vertiente de sentido y de goce, muestra aquí la falta del padre a la vez que articula el goce que el hecho de darse una misión produce. Es el ego redentor del que habla Larriera,[12] que encontrará cómo enlazar con el ego epifanítico primero, que trabaja la intersección entre lo simbólico y lo real, y con el ego deconstructor después, mediante un proceso de escritura que busca las verdaderas leyes del lenguaje, remontándose a su caosmos constituyente.
Si hubiera funcionado la estructuración tradicionalmente llamada edípica, –lo que Lacan conceptualizaría al inicio de su enseñanza como metáfora paterna–, el sujeto resultante se habría anudado con su síntoma (con el Otro, con el Otro sexo), de manera no deficitaria del Nombre del Padre. Por eso Lacan dice[13] que el Nombre del Padre se vuelve entonces prescindible. Este punto esencial es desarrollado por Miller en su Anexo al Seminario 23: “Si el nudo como soporte del sujeto se sostiene, no hay ninguna necesidad del Nombre del Padre: este es redundante. Si el nudo no se sostiene, el Nombre funciona como sinthome. [En el caso primero] es posible entonces servirse del Nombre del Padre prescindiendo de creer en él.”[14] Este paso entendemos que sería el que habría entre el síntoma neurótico y el sinthome neurótico. El síntoma neurótico es la redundancia de la que habla Miller, porque la función del padre es ya la función del síntoma. Hacer caer esta duplicación (de padre) permite extraer o alcanzar la identificación al sinthome neurótico.
En el caso de Joyce estamos en la segunda opción. No habiendo posibilidad de resolver el problema del goce a través del sentido (fálico), el Nombre del Padre se hace síntoma por todos los sitios. Precisamente porque es desfalleciente se multiplica, del mismo modo que Stephen elabora la larga lista de ocupaciones fallidas del padre, a falta de una verdadera profesión. Pero Joyce logra amarrar esta deriva, encauzar la hemorragia a través de la escritura, elevando su hacer artístico a la categoría de sinthome, –aquello que Lacan llama el ego joyceano–, y que constituye el nudo reparador del desaguisado. “El ego de Joyce, dice Jean-Michel Rabaté, puede así absorber toda la cultura e hincharse hasta alcanzar los límites de un mundo enteramente reducido a lenguaje.”[15] Ahora el nudo puede funcionar de manera cuasi borromea, esto es, evitando que el registro de lo imaginario (cuerpo) se suelte, pero no impidiendo la interpenetración entre lo real y lo simbólico, que lleva, como vimos, a algo del orden de la imposición de la palabra. En determinada medida todas las estrategias artísticas de Joyce pueden ser leídas como modos de hacer nudo con el Nombre, equivalentes a la respuesta mental que se da Stephen cuando el padre le habla en Cork de filiación. Entonces Stephen se auto-nomina (“Yo soy Stephen Dédalus…”). En la misma línea Ulises elevará la miseria del hasta entonces más inexpresable pensamiento vulgar a la altura de palabra-vida, haciendo del desfalleciente Bloom el paradigma del hombre moderno, un ventrílocuo al que el lenguaje nomina.
¿Cómo podemos pensar el problema de la carencia paterna? Sérgio Laia ofrece, apoyándose en el trabajo de Jackson y Costelo,[16] una interesante hipótesis sobre el origen de la fractura del padre de Joyce y sus consecuencias, que tiene el atractivo de establecer una línea de causalidad pero que también corre el riesgo de acercarse a una psicobiografía. Veamos cómo nos podemos servir de ello sin caer en fáciles determinismos. Avanzamos en el apartado dedicado al padre (Cuarta Tirada) el tema de la muerte del hijo que nació antes de James Joyce. Después, retomamos el problema de la transmisión simbólica de la identidad, vía paternidad imposible, en el capítulo dedicado a Bloom (Quinta Tirada). Intentaremos ahora, con otras herramientas, darle otra vuelta de tuerca. No hay discusión en torno a que la afectación de John Stanislaus por la muerte del primogénito a los ocho días de nacer debió de ser mayúscula. Recogimos en su apoyo el propio testimonio del padre que sintió que le habían enterrado con él. A partir de ahí Jackson y Costelo se aventuran a pensar que el siguiente hijo, James, usurparía “en las profundidades de la mente de su padre” al primogénito muerto, una afirmación sugerente, pero que forzosamente hemos de poner entre paréntesis. No tenemos acceso a esas profundidades, obviamente, aunque sí podemos valorar una serie de hechos que vendrían a confirmar la hipótesis general: la obsesión del padre por transmitir la herencia recibida (recordemos que él era el descendiente de tres generaciones con un único primogénito varón); la adoración ciega hacia Joyce (el resto de los hijos no contaba mucho para él, el ejemplo último fue nombrarle único heredero); la deriva posterior de la familia exactamente en la línea opuesta a la herencia recibida (los trece embarazos en los siguientes trece años, que solo el cáncer de su madre detuvo); y, por último, a esta lista sumaríamos con todas las cautelas necesarias, el trabajo de Joyce por dar nombre a esta fractura, como observamos en el recurrente tema de la usurpación de la primogenitura por parte de Jacob (literalmente “el que suplanta”), en Ulises.[17] Obviamente el hecho de que su padre solo tuviera ojos para él vendría, según estos autores, a intentar paliar su posición de rechazo inicial hacia él. Creemos, con Laia, que los hechos nos autorizan a hablar de una fractura en el padre de Joyce desencadenada tras su fallido primer encuentro con la paternidad, y es plausible pensar en una cierta concatenación entre este desfallecimiento paterno y su obsesión por concentrar todos sus esfuerzos en que fuera James quien reparara lo definitivamente quebrado, algo que dejará una marca en la manera en que el hijo retoma esta herencia. Laia lo resume enlazándolo con lo que creemos es lo esencial de la aportación de Lacan: “Si John Stanislaus fue quien quebró la secuencia de la que la generación de sus antepasados tanto se enorgullecía, Joyce será aquel que, a lo largo de toda su obra, cada vez más intensamente, va a enfrentar y, sobre todo, suplementar la no-simbolización de una carencia, de un agujero encarnado por el padre. Se trata de un suplemento porque esa obra no se propone ser un símbolo que complementaría la falta paterna: esta se teje como un sinthoma que, teniendo al padre como un eje, permite a Joyce imponer al mundo su nombre y, así, forjar su propia versión de lo que puede hacer a veces de la paternidad.”[18]
A la herencia del único varón primogénito se sumaba, además, la transmisión de una gracia retórica, de un cierto modo de contar del que el padre de Joyce hacía buena gala y que acabaría siendo para su hijo lo central de lo proveniente del padre. Pero, como dice Laia, no se trata de una transmisión simbólica. El vaciamiento de goce que abre la vía a la operatividad fálica no se ha producido, por eso el arte, que es lo único valorado, conduce a una metonimia ofreciendo la magia infinita del caleidoscopio. Joyce concibe el Laberinto como un proceso en permanente construcción, un laberinto hecho de laberintos donde el brillo de la palabra, del sonido de la palabra, juega en un nivel distinto del de la geometría. De ahí que rechace el hilo simplificador del sentido, el que conduce a una salida. En ausencia del predominio de un enlace (hilo, faro), el Laberinto nos reenvía de un plano de significación a otro, y de un sonido a otro, formando constelaciones que espejean sus imágenes. Freud sintetizó el objetivo de una cura diciendo que “el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.”[19] Esta “simplificación” es rechazada por Joyce. Para Freud el hilo era el encuentro traumático con la sexualidad, algo que el debilitamiento del padre agravaba. En Joyce, tanto en Retrato como en Ulises hay un renegar de él, el padre no sirve, es una ficción, pero, al mismo tiempo, el modo de hacer con el lenguaje está puesto claramente en conexión con aquella gracia del padre. Un ejemplo: cuando James comunicó a su padre el nombre de su pareja, Nora Barnacle (“lapa”), el padre le dijo que al menos esa mujer no le iba a dejar. Si la transmisión fuera simbólica, diríamos que Joyce recogería este recurso retórico haciéndolo suyo, sin embargo, el modo de abrirse camino en él la palabra del padre se va a convertir en emblema de su propia fractura.
Laia recoge un testimonio que nos parece definitivo. La muerte del padre, en diciembre de 1931, sumió a Joyce en una profunda depresión. Medio año después, todavía abatido, Joyce puede escribir a su mecenas Harriet Weaver sobre el estrago producido en su cuerpo por la voz de su padre: “me parece que su voz, de algún modo, entró en mi cuerpo y en mi garganta. Últimamente más que nunca, especialmente cuando suspiro.”[20] Podemos sumar a este testimonio el que nos proporciona su amigo, el editor de la gran revista de la vanguardia literaria parisina transition, Eugène Jolas, en la misma época que el anterior: “Oigo a mi padre hablarme. Me pregunto dónde está.”[21] Joyce describe en ambos casos una intrusión que, si bien, según observamos, no era nueva, ahora le parasita con particular pregnancia. Lo dicho anteriormente en relación a la epifanía y al modo de hacer artístico para que algo, proveniente del exterior como imposición de la palabra, pueda ser neutralizado, toma cuerpo ahora a través del emblema del testigo retórico que un padre fallido entrega a Joyce, su voz. Una voz que no ha encontrado los caminos simbólicos por donde transitar y con la que Joyce tiene que hacer algo, tiene que desmenuzarla para hacerla operativa en otro nivel, el artístico, el nivel elevado que llene de dignidad la falla del apellido recibido. Cuando consigue neutralizar algo del orden de la imposición de la palabra Joyce tiene un sentimiento omnipotente de dominio, de volar como un pájaro (Ícaro), de haber escapado de las redes que le atrapaban. Hemos sostenido que el éxito artístico de este trabajo sobre el goce que parasita la palabra, aunque es más visible en Finnegans Wake, está presente en Retrato (y antes) de la mano de la epifanía. Así, leemos allí pasajes tan significativos como:
“Y se encontró, de pronto, mirando las palabras casuales que a su derecha o a su izquierda surgían, y estúpidamente maravillado de que se hubieran desposeído en silencio de todo sentido actual, de tal modo, que hasta el más insignificante letrero de tienda llegaba a aprisionar su espíritu como si se tratase de las palabras de un ensalmo. (…) Su propia conciencia del lenguaje estaba refluyendo de su cerebro y condensándose en simples palabras que se ponían a enlazarse y desenlazarse con ritmos traviesos.”[22]
Recuérdese además que el pasaje citado se produce ante el impasse que provoca el recuerdo de la mirada de Cranly, una mirada turbadora para él que ha traído a su mente, como respuesta, la cabeza decapitada de su amigo. No se mueve en el registro de la competición, de la rivalidad, sino en el de la traición y el de los pensamientos persecutorios. Es entonces cuando la desconexión se produce y Stephen se ve invadido por estas palabras, o fragmentos de ellas, que juegan a enlazarse y desenlazarse con ritmos traviesos. Pareciera que lo que Joyce desarrolla como su arte es la respuesta que su mente ya produce en esta fructífera desconexión. Su arte reflejaría entonces el éxito decodificador y recodificador con el que su mente, autónomamente, limita los efectos que traería una verdadera imposición de la palabra, fenómeno elemental de la psicosis.
Pero esta descripción optimista no nos vale para lo que venimos comentando. Este éxito del sinthome artístico no puede ser alcanzado cuando el tema de la paternidad toca de lleno a Joyce, como ocurrió a la muerte de su padre, cuando la distancia con la materialidad de la palabra no pudo efectuarse. No olvidemos que este tema emergía de manera perturbadora también en Retrato cuando padre e hijo viajan a Cork y se evidencia la imposibilidad de transmisión simbólica, cuyo ejemplo vimos con la palabra Foetus. Y podríamos añadir otro ejemplo de intrusión de la palabra que nos aporta el testimonio de su amigo Jacques Mercanton, ocurrido unos años posteriores a la muerte del padre. Le cuenta Joyce una mañana que ha pasado la noche soñando, atormentado con la palabra kébir, una palabra árabe que oyó de boca de un huésped la tarde anterior. Según lo cuenta, se pone a jugar con la palabra, deformándola, buscando ecos y asonancias hasta que, finalmente, puede saltar a otro tema.[23]
Queda comentar, por último, que la posición de Sérgio Laia sobre la locura no desencadenada de Joyce, nos parece algo vacilante. Por un lado afirma que el problema de la voz paterna, metamorfoseada en el cuerpo y resonante en la garganta de Joyce, sumado a las breves alucinaciones auditivas que tuvo cuando estaba aturdido por el agravamiento de Lucia, son elementos decisivos para la definición de una estructura como psicótica (p. 228). Pero, más adelante (p. 232), acaba concluyendo que no hay registros precisos sobre la locura de Joyce debido a que su arte lograría finalmente cifrar un goce, amarrarlo, algo que no conseguiría su hija. Quizás los más recientes trabajos de otros autores, como José María Álvarez y Miriam Chorne, nos puedan ayudar a cernir mejor este espinoso asunto. Si en este capítulo hemos recogido lo que puede haber de transmisión (no simbólica) del padre a Joyce, nos queda ahora desarrollar lo que Lacan nombró como prolongación del síntoma entre Joyce y su hija Lucia. Este fundamental tema nos llevará después a interrogarnos sobre la deriva de Joyce en la última década de su vida. Con ello terminaremos nuestra investigación.
Zacarías Marco 2014
Notas
[1] Mantenemos esta formulación aun cuando, como vimos, el Nombre del Padre es ya una suplencia, una más de las posibles, habida cuenta la imposibilidad de que exista ese ideal que es la estructura borromea de tres. Como siempre falla algo –por eso hablamos de que No hay relación– todas son modalidades de suplencia.
[2] Cfr. MAESO, G.: Lacan con Joyce, op. cit., pp. 187-8.
[3] “La castración es que el falo se transmite de padre a hijo, y esto supone incluso algo que anula el falo del padre antes que el hijo tenga el derecho de llevarlo. Freud se refiere a la idea de la castración esencialmente de esta manera en la que la castración es una transmisión manifiestamente simbólica.” (LACAN, J.: El Seminario. Libro 23: El sinthome, op. cit., pp. 82-3).
[4] Ídem, p. 75.
[5] Cfr. CHORNE, M.: Sombras en su mente, op. cit., inédito.
[6] Conferencia en Sainte-Anne el 4 de septiembre de 1971. Cfr. LACAN, J.: Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012, pp. 22-3.
[7] MERCANTON, J.: Les heures de James Joyce, op. cit., p. 55. Véase también ELLMANN, R.: Four dubliners. Wilde, Yeats, Joyce and Beckett, Cardinal, London, 1991, p. 75.
[8] LACAN, J.: El Seminario. Libro 23: El sinthome, op. cit., p. 72.
[9] Ídem, p. 92.
[10] Ídem, p. 23.
[11] Ídem, p. 86.
[12] Cfr. LARRIERA, S.: Nudos y cadenas, op. cit., pp. 52-53.
[13] Cfr. LACAN, J.: El Seminario. Libro 23: El sinthome, op. cit., p. 133.
[14] MILLER, J.-A.: Anexo, Nota paso a paso, 18, La “folisofía”, en LACAN, J.: El Seminario. Libro 23: El sinthome op. cit., p. 234.
[15] RABATÉ, J.-M.: Qui joui de la joie de Joyce?, en V.V.A.A., MARTY, E. (ed.), Lacan et la littérature, Manucius, Paris, 2005, p. 174.
[16] Cfr. LAIA, S.: Los escritos fuera de sí. Joyce, Lacan y la locura, op. cit., p. 130. (Cfr. JACKSON, W. y COSTELO, P.: John Stanislaus Joyce: The Voluminous Life and Genious of James Joyce’s Father, Fourth Estate, Londres, 1998, p. 113).
[17] Cfr. THURSTON, L.: James Joyce and the Problem of Psychoanalysis, op. cit., p. 182.
[18] LAIA, S.: Los escritos fuera de sí. Joyce, Lacan y la locura, op. cit., p. 220.
[19] Entrevista realizada en 1926 por George Syilvester Viereck, El valor de la vida, Psychoanalysis and the Fut, New York, 1957. http://virtualia.eol.org.ar/014b/default.asp?entrevistas/viereck.html.
[20] ELLMANN, R.: James Joyce, op. cit., p. 644. Carta a Harriet Weaver del 22 de julio de 1932.
[21] JOLAS, E.: James Joyce, op. cit., p. 60.
[22] JOYCE, J.: Retrato del artista adolescente, op. cit., pp. 200-1.
[23] MERCANTON, J.: Les heures de James Joyce, op. cit., p. 25.