Las verdades, y solo ellas, unifican los mundos [1]

Unas reflexiones post-lacanianas sobre el malestar en la democracia

En 1900, Rosa Luxemburg escribió un ensayo sobre un debate importante dentro del Partido Socialdemócrata alemán. El texto se llamó Reforma o Revolución y en él Luxemburg explica que elegir definitivamente entre estas dos opciones constituiría un error puesto que la teoría marxista ya implica un cortocircuito entre ellas: las reformas educan la conciencia política de los obreros que, por razones estrictamente estructurales, están destinados a hacer la revolución. La originalidad del ensayo de Luxemburg se muestra en el hecho de que precipita la estructura teórica de la doctrina de la revolución permanente que unos años más tarde promoverían Lenin y sus sucesores. No sé que hubiera opinado Luxemburg del hecho de que la oposición ‘vulgar’ entre reforma y revolución continúe debatiéndose durante 90 años más. Digo 90 años porque lo que realmente le puso fin al debate –aunque fuera solo temporalmente– fue el final del comunismo ‘oficial’ y la llegada aparente del fin de la historia. Durante la época posterior, se decidió que una revolución política no es ni posible ni deseable y que toda la gente radical o progresista debería dedicarse exclusivamente a las reformas sociales graduales. Hoy en día nos encontramos –al menos en Europa– en tiempos de crisis seria, en la que se ha visto que el orden social que acompaña la economía capitalista ha dejado de funcionar de manera eficiente en muchos territorios, algo que ha sustraído a los sujetos que la están experimentando, un imaginario consistente. La conjunción de esto es que, en Europa, la gente ya no parece estar tan convencida de que una revolución política no sería buena idea. Lo que quiero hacer, en los pocos párrafos que me están disponibles aquí, es considerar, por un lado, un cambio reciente en el pensamiento post-lacaniano del ‘malestar en la democracia’, por otro lado, la resonancia de este cambio con los últimos acontecimientos políticos y, por último, la manera en que todo esto pueda afectar al debate clásico sobre reforma social versus revolución política.

Una de las innovaciones clásicas del pensamiento post-lacaniano es la introducción de la categoría de acontecimiento por parte del filósofo francés Alain Badiou, hace 25 años.[2] Puede llamarse una categoría post-lacaniana porque se inspiró, en parte, en la descripción del encuentro con lo real que había realizado Jacques Lacan en su seminario, 25 años atrás.[3] Podría añadirse que Badiou utiliza el término verdad para describir el producto de un acontecimiento, haciendo así otro eco de Lacan, que obstinadamente oponía la verdad y el saber. Sin embargo, esta verdad que un acontecimiento construye es algo muy específico: es el efecto de la fidelidad de un sujeto a la experiencia del vacío en medio de una situación aparentemente repleta; situación es otra categoría ‘ontológica’ en Badiou, que se opone, efectivamente, al acontecimiento. Un detalle curioso pero muy relevante del tema del acontecimiento en Badiou es que, durante los años después de su presentación, la categoría a menudo se ha interpretado como algo ultra-izquierdista. ¿En qué sentido? El hecho de que un acontecimiento se produce cuando el sujeto que lo encarna se adhiere al vacío de una situación, una situación cuyo rasgo más obvio es corresponder a un orden social, se ha interpretado como relegándolo a la marginalidad política con respecto a dicho orden. Dicho de otra manera, si el objetivo del acontecimiento no es reformar una situación (social) –ya que su destino en realidad es crear algo radicalmente nuevo (una verdad)–, se imagina que acabará ocupando un gueto político. En realidad, el proyecto de Badiou nunca ha pretendido tratar con lo que a veces se ha llamado la ‘micro-política’; los ejemplos que proporciona de los acontecimientos políticos siempre son muy ‘grandes’: la revolución francesa, la revolución rusa, la revolución cultural china, etc. Es llamativo, sin embargo, que mucha gente le haya leído de esta manera. Agradecemos a Badiou, entonces, que haya publicado recientemente el libro Las lógicas de los mundos, el cual en parte puede considerarse un suplemento a El ser y el acontecimiento (libro en que se presentó la teoría del acontecimiento).[4] En este nuevo texto Badiou hace una distinción entre los factores que funcionan al nivel de ontología –situación y acontecimiento– y su ‘forma de aparecer’ dentro de lo que llama un mundo. Visto entonces desde la perspectiva de un mundo en vez de una situación – y dado su poder de marcar una excepción clave con respecto a ésta -, un acontecimiento puede tener efectos mucho más importantes, a pesar de su fidelidad al vacío. Podría incluso decirse que una verdad introduce la única apariencia de ‘consistencia’ dentro de un mundo; un mundo que incorpora una ‘situación’ que por otro lado puede experimentarse como significativamente incoherente.

Estas teorías me parecen especialmente pertinentes hoy en día –al menos en nuestra parte del planeta–, donde predomina una situación cuya inconsistencia parece cada día más evidente. El poder ‘constitutivo’ del acontecimiento con respecto a los mundos se ve diariamente en Turquía y Egipto, por ejemplo. ¿Quién está conformando ‘el país’ en estos territorios? ¿Son los líderes –que son o corruptos o votados por procesos que satisfacen los observadores internacionales pero son más o menos inertes en términos verdaderamente democráticos– o son los manifestantes? La gente que ve en estos países un caos político no es capaz de entender la manera en que este ‘caos’ puede incluir alternativas políticas mucho más robustas e inspiradoras que las que han predominado hasta ahora. Otro pensador post-lacaniano importante, Slavoj Žižek, ha reproducido esta lógica en un comentario reciente. Žižek estaba en conversación con Alex Tsipras, el líder de la ‘Coalición de la Izquierda Radical’ de Grecia, o ‘Syriza’, en un congreso en Croacia. En un momento dado le preguntaron a Žižek: “¿Por qué has apoyado a Syriza?” Como parte de la contestación (¡larga!) de Žižek, sale el siguiente comentario: ‘No deberíamos decir que Syriza representa los marginados, los excluidos etc. ¡No! Syriza representa Europa.’[5] Dicho de otra manera, si queremos rescatar el ‘mundo’ de Europa hoy en día, tenemos que apoyar los partidos políticos que son aparentemente particulares pero en verdad son absolutamente universales. Otro ejemplo de la misma lógica que me ha impresionado recientemente viene de España. Me refiero a la campaña contra los desahucios. Lo que me ha llamado la atención no es solo la campaña en sí misma (que obviamente es una cosa buena), sino la manera en que ciertas secciones del ‘orden establecido’: la policía, los secretarios judiciales y los bomberos (por no mencionar los cerrajeros) se han unido, a través de sus asociaciones profesionales, a ella.[6] Parece que nos enfrentamos aquí a una rebelión contra el mundo existente por parte de varios elementos que en principio deberían encajarse fácilmente dentro de la situación que parece regir dicho mundo. Este tipo de acontecimiento se ha dramatizado recientemente en un producto cultural de otra parte de Europa: la última película de Aki Kaurismäki, Le Havre. En ella, un autor bohemio que ha elegido la vida de un lumpenproletario –trabaja como limpiabotas– descubre a un niño inmigrante de África que ha viajado ilegalmente a Francia; decide ayudar al niño a sobrevivir y luego a huir del país. La peripecia clave en esta historia, sin embargo, no es la emergencia de una solidaridad entre estos dos ‘excluidos’, sino el momento en el cual el jefe de policía –agente por excelencia del estado– decide intervenir para ayudar al protagonista a rescatar al niño. Creo que todos estos ejemplos tienen unas cosas en común: 1) una experiencia de la injusticia que funda el orden social; 2) una percepción de la inconsistencia, por no decir incoherencia, de dicho orden; 3) una acción ‘política’ que reta a esta injusticia e inconsistencia; y 4) el poder de constituir una ‘circunscripción’ que va más allá de la que suele presentarse en una situación.

Ahora podemos volver al tema de reforma versus revolución. Diría que ejemplos políticos como los que acaban de mencionarse tienen algo de revolucionario. No representan intentos ‘bien educados’ de cambiar el sistema gradualmente desde dentro –a través de los canales políticos establecidos o legales–; son más bien actos que obstaculizan radicalmente, violentamente podría decirse, dicho sistema. Es sabido además que solo rompiendo la ley vía desobediencia civil, no acatamiento ‘masivo’ con tareas administrativas, etc., los pueblos de Europa acabarán con las medidas nefastas de austeridad que están ‘fuertemente sugeridas’ por la Unión Europea entre otros, y entusiastamente seguidas –incluso, en algunos casos, con demasiado entusiasmo– por parte de nuestros políticos no representativos. Si es cierto que actos de este tipo representan una suerte de ‘revolución’, sin embargo, debe no obstante considerase una revolución dentro del propio orden social, por decirlo así. Dicho en términos badiouianos, está teniendo lugar en este mundo, no en otro. La conexión con las asociaciones profesionales, en el caso de la campaña contra los desahucios, incluso aclara la posición difícil de los sindicatos dentro del debate clásico. Los sindicatos a veces se han considerado, en los círculos radicales, directamente reformistas. Pero, en una situación en que incumplir la ley es la única manera de conseguir la justicia, es posible que ellos sean los únicos que tienen el poder y el peso de romper la ley sin incurrir en consecuencias insoportables.

Espero haber dado una idea de cómo el pensamiento post-lacaniano puede ayudarnos a pensar la nueva situación política en que nos encontramos hoy en día en los territorios de Europa. En una nota preparatoria a sus famosas tesis sobre la filosofía de la historia, Walter Benjamin hizo el siguiente comentario: ‘Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia.’[7] En medio de un caos ‘social’, una ‘revolución’ que se basa en un acontecimiento parece ser la única opción que puede dar sentido a nuestras vidas.  ‘Las verdades, y solo ellas, unifican los mundos’, efectivamente.

Timothy Appleton

19/07/2013


[1] Alain Badiou, Segundo manifiesto por la filosofía, (Buenos Aires: Manantial), 2010, p.29.

[2] Véase: Alain Badiou, El ser y el acontecimiento, (Buenos Aires, Manantial), 1999.

[3] Véase: Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan, Libro 11: Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis 1964, (Buenos Aires, Paídos), 1987.

[4] De ahí su subtítulo no oficial: El ser y el acontecimiento 2.

[5] ‘We shouldn’t be saying that Syriza stands for the marginals, the excluded etc. No! Syriza stands for Europe.’

[6] Véase: 20 Minutos, 25/02/2013.

[7] Véase Walter Benjamin: Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Contrahistorias, México, 2005.

Una respuesta a Las verdades, y solo ellas, unifican los mundos [1]

  1. Simón dijo:

    Terry Eagleton no cita sino que parafrasea modificadamente la frase de Benjamin aquí citada por Tim en su “Por qué Marx tenía razón (pág.180)” para omitir, ocultar, que Benjamin, esté corrigiendo a Marx, esto es, omite que Marx no tuviera razón, no estuviese en lo correcto (right), se equivocase. Dice Eagleton: “Como escribió el filósofo alemán Walter Benjamin, la revolución no es el tren que está fuera de control, sino el freno de emergencia con el que se intenta pararlo. Es el capitalismo el que está descontrolado, impulsado por la anarquía de las fuerzas del mercado, y es el socialismo el que trata de reafirmar un mínimo de dominio colectivo sobre esa bestia que arrasa con todo a su paso”. Ni cita ni da la referencia a la obra de Benjamin… ¿Por qué miente? ¿Por qué omite “Marx dice… pero las cosas son diferentes”?

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