Escribir como deseo

Publicado en el blog Entrelazos

El escritor es un stalker, un pasador que trabaja el registro de sus pasajes. No es una decisión, es sencillamente lo que se hace cuando se escribe como deseo. Voy cambiando de un registro a otro, eso viene y me dejo llevar, voy haciéndome lector, construyendo al lector, habilitándome como lector. Esto hace que se puedan combinar de manera lógica, ineludible para mí en este momento, investigaciones sobre cualquier preocupación actual, aunque sea con vistas a algo que parece estar más allá, con el relato de un viaje del pasado, más o menos literal, más o menos metafórico. Son los rieles que conducen al descampado, al lugar donde alzamos la vista. Romperá entonces a llover y la cortina de agua que ante nosotros se levante nos protegerá del exceso de posesión que nuestra mirada llevaba. Será el velo que nos proteja del cruel designio de Diana, la diosa que tendió a Acteón la trampa de la posibilidad de acceso a lo oculto, a su propio cuerpo, a los rincones de su cuerpo, ocultos hasta para ella, con objeto de regalarse a sí misma el festín de la devoración del cazador, su rival. Diana, como lugar prohibido, le devolvió la verdad de su deseo y Acteón fue devorado por el sueño de la apropiación. Creyó que era posible. El acceso al lugar Diana. La fascinación ante su belleza es el agujero negro de nuestra mirada. El espejismo que oculta la salpicadura culpable de nuestro propio deseo.

Por eso paramos aquí. En el momento previo a la transformación. Cuando Diana le muestra como posible lo imposible, para rociarle después con las gotas que lo transmuten en animal para sí mismo, haciendo estallar su afuera, el de Acteón, dentro, el cazador siendo cazado. Nos fijamos en esas gotas, en lo que hay entre uno y otro, ella y él. La diosa, como lugar, no nos interesa. Y ahora, entre medias, llueve. Por eso veremos aquí su intimidad no viéndola. Porque verla es no ver. Sabemos que sólo es lícito contarla cuando contarla no se puede. La intimidad dicha no se puede. No por no llegar, sino por haber llegado al lugar donde la desnudez del otro nos retorna como vergüenza, la nuestra. La cortina de agua espejea nuestro deseo. ¿Cómo podremos mantenernos entonces en ese territorio, el más peligroso? La vergüenza nos empuja a bajar la vista, es inevitable. Algo nos dice que la deshonrosa salpicadura pudiera ser la nuestra. Nos obliga a bajar la vista. Me obliga. Sin embargo, tampoco aquí es la intimidad lo que se aprehende, tampoco la mía, que es sólo sueño. Por eso poco importa que ese más allá o más acá pueda, en último término, concretarse. Son las piedras que el deseo busca, con toda su torpeza, tallar. Precisamente porque no son tallables. Por eso importa el arrojo de poder volver a mirar hacia arriba, siempre al encuentro con lo que rasga la tela de la existencia, descubriendo en ello un quehacer de escritura. Allí encontramos lo que cae. El agua, se trata del agua, de dejarse salpicar por eso que ocurre cuando levantamos la vista. Ese pequeño horror. Nuestro pequeño horror. Por eso sólo importa haber desatado la lluvia.

Vamos a entrar en la zona. Impulsada por el stalker, la pequeña vagoneta se ha puesto en movimiento y avanza, deslizándose por los rieles. Conducen al lugar del descubrimiento de nuestros deseos. Dicen que su contemplación provoca una especie de mutación, un cumplimiento. La extrema miseria del pasador no se entiende. Para alguien llegado desde fuera no se entiende. Ve allí pobreza y sufrimiento. Hemos montado en la vagoneta de carga hacia no se sabe qué mina. Siguiendo el curso de unas vías estrechas, obsoletas desde hace tiempo. Como el ajuste de sus junturas no es preciso se oye, rítmicamente, un golpeteo metálico. Marca de los pasos que damos sin movernos. Su regularidad es nuestra necesaria cortina de agua que nos permite adentrarnos en el nuevo territorio. El metrónomo de nuestros pensamientos. Provoca los vacíos, los agujeros por donde colarse. Esta vez este viaje, este pasaje a una zona abandonada, se dirige al momento y al lugar donde me dije Tienes que volver aquí si un día pierdes esto. Nuestra incursión se dirige hacia el enlace que allí se produjo, hacia lo que fue aquella suerte de pequeña epifanía en el apartamento de Hackney Wick, intentando ver hoy si fue verdad, si fue mentira.

Pudiera pensarse que harto de este exilio, el de ahora, el que vino después, tiempo después para no marcharse jamás, busco convocar hoy a los astros para extraer de ellos la combinatoria propicia, la repetición de la jugada, el regreso a la comunión obtenida. Pero, de un exilio a otro, todos son exilio. Y por ese camino, una vez más, me engaño. ¿Cómo salir si uno pretende estar? ¿Para qué llegar cuando se trata de entrar? Pensé que había alcanzado un lugar estable entre los pares, un lugar que no requería de una validación previa, de un certificado de legitimidad. Imaginé poder sentarme allí cualquiera que fuera la circunstancia. Y funcionó. Durante un tiempo tuve carta de residente en el nuevo territorio. Me sentía tremendamente orgulloso. Lo había conseguido. Quizá con ello ponía también fin a una larga adolescencia. Es cierto que lo viví como un ingreso, extranjero para otros pero no para mí, me decía. No pensé entonces que mi ingreso podía ser temporal. Alcanzaba una anhelada solidez y no estaba preparado para verla escapar.

Con qué facilidad se confunden los verbos. Se prefieren aquellos que ponen fin a fatídicos revuelos, aquellos que dictaminan permanencias. Ser y estar tienen una fama inmerecida, un uso desmedido. Pequeñas conquistas, pequeñas armaduras. Con qué satisfacción dejamos de lado los verbos de tránsito, los que permiten acciones efímeras. Si tuviera que ser fiel a lo que me dije, bastaría un pequeño impulso, quizás bastaría sólo con eso, aplicarme un pequeño impulso, la simple puesta en marcha de un retorno. Sólo volver, volver aquí, me dije. Bastaría subirse a la vagoneta y dar cuenta de su pausado traqueteo. Oírlo es volver, volver aquí. ¿Pero dónde era aquí? Un lugar, sí, el apartamento. Mira dentro para localizar lo ilocalizable, observa las intallables piedras que tienes para tallar. Fue allí, en aquel ruidoso apartamento con vistas a Homerton Road. Un lugar amado, extraordinariamente amado. El número 80 de Watermead House. Entro en la habitación. Aquélla, ésta. En el centro del reducido salón encuentro el envejecido sillón de orejas donde estuve sentado tantas veces. Sigue ahí, sistemáticamente deshilachado por las afiladas uñas de Jazz, el gato de Fabian. Lo reconozco. Me invita de nuevo a sentarme. Sólo tienes que volver aquí. ¿Puedo sentarme?

No puedo, ahora no llueve. Es preciso esperar.

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