Frágil celosía

El verano era lo peor. La fragilidad que ve debajo de las ropas de las otras es en ella una insinuación que no quiere entender. Ha notado que ellas evitan cogerla por el antebrazo. Esto le ayuda. No saben cuánto lo agradece. Antes del retiro está más cerca de ellas y lo aprovecha cantando mejor. Da furiosamente su agua al mar. Ocurre lo mismo en su cuarto. Cuando todavía de día en verano cierra la puerta, encuentra un vergel. ¿Su castigo es el vergel de antes del anochecer? Pero si es el mundo que viene como polizón a su cuarto. Suda ante lo que ve. Cuanto más recoge con horquillas su pelo, más se podrían peinar las cuatro paredes de su celda. Cierra los ojos y se encienden las luces del baile. Y todavía es peor lo que escucha. El mar terminó por hacerse llevadero, pero ahora son las niñas. Juegan tras la celosía. Están ahí. No son ensoñaciones como bien pudieran serlo todo lo demás. Hasta media hora, media hora larga, que vienen a recogerlas. Piensa al acostarse que también ellas han agotado el sol con rabia. Y después, que eso, ante la entrega, carece de importancia.

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