La pregunta en Psicoanálisis

EL ESTATUTO DE LA PREGUNTA EN PSICOANÁLISIS.                                                                              EL INTERÉS CLÍNICO DEL CAMBIO EFECTUADO POR LACAN. 

A menudo vale más no comprender para pensar, y se pueden galopar leguas y leguas de comprensión sin que resulte de ello el menor pensamiento.

Lacan, La dirección de la cura… (1958)[1].

Con la perspectiva de algo más de un siglo podemos decir que una serie de preguntas, ahora vistas como fundamentales, han servido para organizar el pensamiento psicoanalítico desde sus comienzos. Más allá del interés de detectarlas para exponer su desarrollo histórico o construir teóricamente sobre ellas, nos interesa destacar aquí que es un modo de entender la escucha y su actualización cotidiana en cada entrevista lo que hace de este problema un punto nodal de nuestra clínica. Una escucha que en vez de cancelar, relanza al consultante en la dirección de sus impasses. Este tipo particular de escucha, que reivindicamos como una aportación exclusiva del psicoanálisis, permite al sujeto un camino que está verdaderamente por recorrer. Este camino es menos fácil porque pone en juego nuestro no saber. Pero, sólo así podremos evitar que, ante la dificultad de afrontar una imposibilidad, el ejercicio de nuestra práctica se vea reducido, como dice Lacan, al ejercicio de un poder[2]. Se trata de permitir que el consultante encuentre la forma de arreglárselas con lo suyo, con lo que llega a consulta, un nuevo modo de hacer con ello que esté más en la esfera del deseo que en la del padecimiento. Es un trabajo que hace de la imposibilidad algo muy distinto de la impotencia, que es como se nos presenta. Un trabajo que convierte al paciente en analizante a la reconquista de su deseo. Es en esta dirección en la que apuntamos la interrogación que aquí queremos volver a actualizar.

¿Qué es una pregunta para nosotros? Cuando hablamos, decimos “hacer una pregunta” o “formular una pregunta”. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, formular una pregunta no es el inicio de un desarrollo cuya culminación sería una respuesta. No es tan sencillo. La pregunta, su formulación, no puede ser reducida a una temporalidad sencilla, de tipo lineal. Esta es una descripción demasiado pobre, errónea incluso. La pregunta está, al mismo tiempo, en el origen, forma parte del núcleo central y es también un punto de llegada. Más aún, la pregunta no sólo atraviesa, también organiza la temporalidad. Un trabajo en el presente puede hacer surgir una pregunta que nos lleve a redescubrir las preguntas que nos han formado. Hasta entonces nos organizábamos, o así lo pensábamos, en un tipo de temporalidad, después en otro. Algo que sólo podemos expresar de manera paradójica, por eso hablamos en psicoanálisis de un tiempo verbal que opera retroactivamente, après-coup, un tiempo verbal que sería el del futuro anterior[3] y que Lacan expresaría como, “lo que habré sido para lo que estoy llegando a ser”[4].

Tenemos, por un lado, en este preguntar, la subversión de la temporalidad, pero, ¿y qué decir de su formulación? ¿Qué dice, cuánto dice, su formulación? ¿Qué nos dice, qué nos dice de nosotros su formulación? Para Lacan, topamos ahí con una limitación clara del lenguaje. Vemos expresada esta idea, por ejemplo, con la radicalidad que le caracteriza: “como es pregunta, no puede articularse verdaderamente”[5]. Está hablando sobre el deseo y dice que para expresarlo, la sabiduría popular lo sabe muy bien, no hay más que palabrería. Detrás del deseo hay una pregunta, y ésta, como es pregunta, no puede articularse. Esto es, en toda pregunta hay algo fundamental que no puede ni siquiera ser articulado. O, dicho de otra manera, hay algo fuera del campo simbólico que empuja a la pregunta, pero sin poder ser clausurado por ella. Es esta imposibilidad, esta limitación del campo simbólico la que nos mueve, la que nos relanza en busca de una nueva formulación.

Partiendo de la interrogación de Freud, esto lo hemos aprendido leyendo a Lacan. Quizás encontramos el ejemplo más conocido de este desarrollo en el giro que da Lacan a la famosa pregunta que se hace Freud al final de su vida, hablando con Marie Bonaparte, “¿qué quiere la mujer?”[6] Pregunta que Lacan transformaría suprimiendo el universal “la” para dejarla en, “¿qué quiere una mujer?” Por una parte, con esta sutileza, Lacan abre un nuevo acceso lógico al problema de la diferencia sexual, dejando el universal en el campo masculino. No existiría universal para el lado femenino, por lo que las mujeres son pensadas una por una. Por otra parte, y es la que en este momento nos interesa, lo que observamos a nivel formal es que Lacan ha hecho bascular el interés freudiano por la respuesta al interés por la pregunta. Esto es lo que queremos destacar. Freud se lamentaba de no haber llegado a una respuesta. Leyendo a Freud uno es conmovido por su inquebrantable investigación en busca de respuestas. Una búsqueda que nunca termina de cernir completamente la problemática, lo que vuelve a impulsar su interrogación y así, ad infinitum. Lacan, en cambio, coloca la pregunta en el lugar más elevado, más central, la hace funcionar como un auténtico motor, un organizador de la vida psíquica. Dice, por ejemplo, que tanto para hombres como para mujeres, la pregunta sin respuesta y uno de los enigmas de la sexualidad es, “¿qué es una mujer?”[7]. Pregunta esencial para cada mujer, en búsqueda de un modelo válido para ella, pero encontrando siempre un desarreglo, un desajuste, grande o pequeño, siempre molesto, que hace que la pregunta no se llegue a cancelar. Y para el hombre, de otra manera, sí, pero el mismo enigma sobre el que cada uno montará historias, fantasías, pensamientos, con el objeto de hacer llevadero el enigma, dándole el alivio de una envoltura formal y subjetiva.

Freud decía que detrás de toda insistente interrogación infantil había un interés por la sexualidad. Lacan, leyendo estructuralmente a Freud, se interesa, como decíamos, por el papel organizativo que tiene la formulación de la pregunta. Desgraciadamente no todos nos hacemos preguntas, no todos hemos podido utilizarlas. Encontramos el primer problema teórico en la posibilidad misma del surgimiento de una pregunta. No es algo dado de antemano que nos preguntemos. En un contexto extremo puede que no se abra tal posibilidad. Quizás podríamos decir, siguiendo a Lacan, que todo el desarrollo psíquico de un neurótico partiría de la posibilidad de organizarse en torno a una pregunta: “¿Qué quiere el otro de mí?” (Che vuoi?)[8]. Una pregunta que no hubiera podido formularse si en el lugar del Otro –el lugar simbólico de la palabra donde somos acogidos desde antes incluso de nacer–, no hubiera encontrado allí una falla, la hiancia de la estructura misma del deseo, pues sin una falta en el lugar del Otro no sería éste un otro deseante, sería un otro completo, no anclado en la estructura del deseo. Aprendemos el deseo mediante una interrogación al deseo del Otro. La posibilidad de esta interrogación nos abre dos vías posibles, la que estructuraría el campo de las neurosis sería la vía de aquella pregunta que remite siempre a una alteridad, aquella que albergaría una respuesta inalcanzable. Llamamos a esta vía, la vía metonímica del deseo. Y encontramos también una posible segunda vía, aquella donde se ha coagulado la pregunta y donde ésta tiende a transformarse en una respuesta, una respuesta en el lugar mismo de la pregunta. Hablamos aquí de un problema en el orden de la significación, de un cortocircuito que vemos plasmado en la certeza psicótica. En esta vía la figura del Otro que vemos aparecer se torna omnipotente y el sujeto se lo representa como malvado, es un otro que no se ha dejado marcar por el deseo, un otro que, no albergando la pregunta del deseo, no puede funcionar como enigma para el sujeto. De ahí el papel central que tiene para el psicoanálisis el deseo como enigma. Sin él no hay inconsciente.

Es pues una pregunta dirigida al Otro lo que, siguiendo al Lacan de su primera enseñanza, nos estructura. Y bien, ¿de qué depende la maravillosa posibilidad de su formulación y de toda la investigación infantil que conlleva? Depende de la instauración o no de un significante muy especial encargado de organizar la relación misma entre el significante y el significado. Este significante único del deseo, al que llamamos falo, es un ordenador del sentido, una pequeña brújula para orientarnos en el caos. Si podemos usar esta brújula del deseo decimos entonces que el  funcionamiento del orden simbólico está de alguna manera pacificado, de que tiene unas coordenadas estables. Si el niño emprende el camino de la investigación que le llevará a desarrollar una serie de teorías sobre la sexualidad es porque dispone de esa brújula. Este ordenamiento particular del campo simbólico depende a su vez del funcionamiento de la ley humana de la filiación como organizadora del deseo, representada por un significante al que Lacan llamó el Nombre-del-Padre, que ha permitido la apertura metafórica del campo de la significación. Dejamos aquí las complicadas implicaciones teóricas para seguir sólo la pista de las preguntas, de lo que hizo pregunta a Freud, de lo que hizo pregunta a Lacan. Y de la particular operación que, a partir de ahí, opera Lacan. Siguiendo las implicaciones de la pregunta por el deseo del Otro hemos llegado a la pregunta por el padre.

En Freud, la pregunta por el padre tiene una particular insistencia: el complejo de Edipo, el complejo de castración, el padre de la horda primitiva, Moisés… La pregunta por el padre recorre en la sombra toda la obra de Freud y ocupa un lugar fundamental en el origen mismo del descubrimiento del inconsciente. Como sabemos, el enigma aparentemente descifrado de la filiación le va a estallar a Edipo hasta hacerle reconocer un “yo no sabía”. Los humanos no acceden al conocimiento de los dioses sin pagar un alto precio. El que sabe demasiado es cegado por los dioses. ¿Por qué? Quizás porque todo conocimiento es siempre limitado, parcial, hecho de preguntas. Lo humano es llegar a hacérselas, a hacerse cada vez una pregunta mejor. A eso debería dirigir toda respuesta, a abrir su precariedad. Puede que por eso el pensamiento invente una imagen divina del saber como límite a lo humano. Recordemos, por ejemplo, el pasaje del diálogo de Platón, El Banquete[9], cuando Sócrates, que había dicho que sólo del amor podía decir que él sabía, cuando le llega el turno de su discurso, hace hablar sin embargo a una figura inventada, la maga Diotima, colocándose él en el papel de aprendiz. Lo que yo puedo decir me lo ha enseñado ella. ¿Precaución ante la cólera divina? Es posible, lo cierto es que, volviendo al “yo no sabía” de Edipo, también en torno a la pregunta por el padre toda respuesta posible se topa con una imposibilidad, no sabemos verdaderamente qué es un padre, nadie lo puede saber, no está escrito. Incluso los intentos geniales de Lacan, como aquel que traduce la filiación en deseo diciendo, “un padre es aquel que hace de su mujer el objeto de su deseo”[10], también es parcial, útil sólo en cuanto nos permite un nuevo impulso. Se queda entonces ahí como pregunta, una pregunta por una idea de padre, por su función, por la función paterna. Una pregunta que nos saca de lo concreto de tal o cual padre para llevarnos a la estructura de una función. Nos saca de toda referencia posible a lo biológico y nos coloca ante un lugar vacío que puede ser rellenado por tal o cual figura en relación al cumplimiento, siempre más o menos fallido, de la función. Nos permite llegar, pues, a la pregunta por la función.

Y para terminar, ¿qué podríamos decir de las respuestas? Miremos afuera. Hemos aprendido que mirar dentro exige pasar primero por el afuera. Hemos aprendido que esa confrontación con algo imposible de terminar de decir nos ha puesto a trabajar. ¿No es eso también la cultura? ¿No funciona la cultura como el intento del hombre por dar respuestas? ¿No encontramos las más de las veces ese ímpetu por aportar imágenes o metáforas que lleven algo de luz a nuestros grandes cuestionamientos? ¿Y podemos hablar aquí de verdaderas respuestas? El psicoanálisis siempre fue particularmente sensible a las aportaciones del pensamiento, la literatura y el arte. De la mitología hemos tomado el nombre del complejo de Edipo. Freud hizo un estudio sobre Leonardo, interpretó el Moisés de Miguel Angel, escribió un extenso texto sobre la novela de Jensen, la Gradiva, etc. Pero, desgraciadamente, estas incursiones del psicoanálisis en el terreno del arte continuaron durante un tiempo siguiendo el modelo unidireccional, aquel de un saber que interpreta, como si una aplicación del psicoanálisis, fuera del ámbito de la clínica, fuera posible. Este es el camino que Lacan quiso denunciar. Si Freud interpretó así fue porque se sintió interpelado, porque algo le hizo ahí pregunta. Operemos a partir de ahí en una dirección respetuosa. Lacan nos enseña a ser sensibles a la interpelación originaria, con el fin de reconducir la deriva meramente interpretativa al fructífero campo de la pregunta. No se trata de enseñar sino de aprender.

Preguntémonos qué nos enseña a nosotros tal o cual obra de arte, tal o cual producción literaria. Qué nos enseña a nuestra clínica y, por tanto, qué nos fuerza a desarrollar o a cambiar nuestras teorizaciones. Este impulso lo encontramos en Lacan desde su tesis doctoral (caso Aimée), esto es, mucho antes incluso de ser psicoanalista. Después recorrerá su inmersión en la tragedia clásica (Antígona), moderna (Hamlet) y contemporánea (trilogía de Paul Claudel), así como en la obra de una larga lista de escritores (Gide, Genet, Duras…). Y este recorrido culmina dedicando un año de su Seminario, el 23, a Joyce, donde desarrolla toda una nueva conceptualización de la psicosis en su compañía. Lacan aprende con él, lo que le lleva a descubrir, en el arte de Joyce, el ejemplo de una construcción de suplencia que le evitó un desencadenamiento psicótico. La aportación práctica que nos deja aquí es fundamental. A partir de este momento la clínica de la psicosis tiene una decisiva herramienta, un nuevo modo de poder trabajar con este tipo de pacientes. Porque la teoría en psicoanálisis, no hay que olvidarlo nunca, la supeditamos a la clínica.

En resumen, y retomando la cita con la que habríamos este recorrido, podemos decir ahora que “a menudo vale más no comprender para pensar”, para que la pregunta del analizante nos llegue cada vez como única, en aras a conseguir lo que Lacan llamaba la diferencia absoluta[11]. Y podemos leer en su provocador estilo, en paralelo con sus indicaciones de intervención analítica, un estímulo constante para ir un poco más lejos en las preguntas que nos constituyen. En este texto, nuestro divagar nos ha llevado desde la pregunta de Freud por el deseo femenino, “¿qué quiere la mujer?”, a la pregunta de Lacan, “¿qué es una mujer?”. Después hemos retornado a esa pregunta inaugural, “¿qué quiere el otro de mí?”, que nos ha hecho arribar a la pregunta por el padre, pregunta que nos ha enfrentado a un no saber constituyente. Finalmente, hemos encontrado en el diálogo del psicoanálisis con la obra de arte un ejemplo paradigmático del giro que imprime Lacan recentrando la cuestión en la pregunta.  No es cierto que esto no estuviera ya en Freud, pero con Lacan adquiere, en esa retroacción de la que antes hablábamos, el futuro anterior, una dimensión clarificadora.


[1]  Cfr. Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2, Siglo xxi ed., 2009, p. 586.

[2]  Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2, Siglo xxi ed., 2009, p. 560.

[3]Alemán, J., y Larriera, S., Desde Lacan: Heidegger, Miguel Gómez Ediciones, 2009, p. 46-48.

[4]  Lacan, J., Función y Campo de la Palabra y del Lenguaje. Escritos 1, Siglo xxi ed., 2003, p. 288

[5]  Lacan, J., Seminario 5. Las formaciones del inconsciente, Paidós, 1999, p. 391.

[6]  Bertin, C., Marie Bonaparte. La discípula de Freud que exploró la sexualidad femenina, Tusquets ed., p. 263.

[7]  Lacan, J., Seminario 3. Las psicosis, Paidós, 1984, p. 244, 247-260.

[8]  Lacan, J., “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. Escritos 2, Siglo xxi ed., 2009, p. 775-6.

[9]  Platón. El Banquete, Gredos, p. 244.

[10]  Lacan, J., Seminario 22. RSI, 1975.

[11]  Lacan, J., Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, 1999, p. 391.

 

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