Presentación de Furgón de cola, de Hugo Savino

Inventarse en lo que uno escribe: 

anoto la frase y salgo con ella a la calle

Texto de Zacarías Marco para la presentación del libro de Hugo Savino, Furgón de cola, que se realizó en Cruce y donde intervino también Isidro Herrera, además del autor.
Publicado en el blog Entrelazos y en el blog de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis.

Portada_FurgonEs preciso advertir de entrada al lector de Furgón de cola que Hugo no pidió permiso para escribir ninguno de los textos que aquí se encadenan, y que por ello su escritura sobrecoge hasta secarte la garganta. No es posible no implicarse. Todo el libro participa de un ejercicio constante de desacato –por utilizar una de sus palabras más queridas–, de insubordinación a todo intento de domesticar la lectura. Hugo no entiende de diferencias entre la lectura y la escritura y nos muestra en su libro todo un catálogo de escritos que son los diálogos sostenidos con una multiplicidad de escritores, pero también pintores y escultores, que han sabido sustraerse a la homogeneización reinante, tanto a la escuela del relato como a su inseparable acompañante, el crítico de escuela. Hugo lleva mal la sordera, hay que decirlo, conviene estar precavidos porque toda apelación a la neutralidad ha sido aquí erradicada. No metas tus narices en Furgón de cola, en ninguno de estos vagones de carga, increíblemente ajetreados, densos, de gran potencia invectiva, si buscas la calma dosificada de la novela realista o la razonada crítica del estilo literario según tal o cual moda. Aquí se denuncian esos tapones en los oídos, esa manera de matar la escritura. “Escritura”, cito, página 21: “Poner algo de uno ahí donde el tiempo hace hueco.” Hugo dispara de verdad, y he de confesar que a mí me divierten mucho, me divierten enormemente sus disparos.

Zacarías Marco Hugo Savino e Isidro Herrera en CrucePero no se debe confundir este arrebato contra con una crítica a todo, ni tampoco con una nostalgia de una escritura gloriosa irrecuperable. La escritura no es definible, no es identificable a esto o a lo otro, no se trata de recuperar un modo de hacer. Recuperar un modo de hacer no es un hacer, es otra cosa, y la escritura, como nos muestra Hugo, es un hacer. Un hacer siempre posible pero que requiere haber barrido previamente todo el relleno de basura dogmática que nos venden y que tan gustosamente compramos. Quien pretende prepararnos para leer, nos impide leer. No le otorguemos ese poder. Es cierto que este libro nombra a los enemigos, señala su miedo a la lectura, denuncia su supuesto saber, pero, sobre todo, hace. Hugo se queda solo para inventar cada vez un modo de lectura, un modo de lectura apropiado para cada libro. Es lo que nos ofrece, la lectura entendida como creación. Dice por ejemplo de los dibujos del escultor Norberto Gómez, página 135: “No busca consenso con nuestro gusto, no lo consulta. No hay respuestas, hay preguntas. No hay definiciones. Si le gusta a él, lo pone en el mundo. Gómez es una intensidad máxima en el lenguaje. Puso el libro de dibujos, ahora nos toca a nosotros.” No se trata de ver la obra de Gómez, sino la obra Gómez. Éste es el movimiento fundamental que leemos en Furgón de cola, un diálogo abierto con el lugar de la escritura, con ese vacío.

Primera cita con la que el libro arranca, del poeta Ricardo Zelarayán: “Escribo para poder vivir, no para perderme.” Y leerla me hace recordar las palabras de Hugo: “Copio esa cita para mí y la llevo siempre conmigo”. Su amigo, el escritor Néstor Sánchez, hablaba de libros que no se dejan contar por teléfono. Los recorridos que transita Hugo no se venden a la transmisión de un saber. No contaré a Hugo por teléfono. A lo Wittgenstein, se trata más bien de mostrar. No conducir. No enseñar. Mostrar el disparo y el agujero. No explicar la trayectoria. Que cada cual ubique el roto en la diana según le parezca. Es inútil relatar dónde está el mío. Que cada cual se cuele por el roto que le hace su lectura. Y, por favor, no se trata de un esfuerzo, de una tarea. Es algo que sucede. Uno se deja, y ya es inevitable. Entonces, cuando el que lee escribe, porque en realidad es lo mismo, suelta carne en el texto, el contagio se produce y el modo de hacer se vuelve necesariamente adverbio. Abro ahora la primera página y leo, y me parece que oyendo a Hugo me estoy leyendo, creo que le copio, pero no, no le copio, participo, repito, releo: Hugo muestra cómo leer a un autor como adverbio, inventarse una escritura para leer modo Hugo: leer Hugo. Es divertido, para qué resistirse.

Sigo con el inicio. Vagón primero. Cito. Página 7: “Ricardo Zelarayán huyó de la identidad como de la peste, del realismo, de ese todo fue dicho, esa ganga del posmodernismo, para escribir lo que todavía no había escuchado. O más bien, para escribir lo que nadie escuchaba. Y que andaba en el aire. Pescador de frases. Que ningún mar se tragará. Toda su visión la tenía en el oído. Fue uno de los pocos escritores argentinos de los últimos años que le dio importancia al lenguaje. Que no comió estructuras. Escribió sus obras maestras en el momento en que se imponía la ausencia masiva del lenguaje entre los escritores argentinos. Ese momento en el que la autoridad del comentario llegó al poder. Llegaron los especialistas. Con su semiótica. Sus filosofemas. Y todos se pasaron a la eficiencia de la narración.”

Hugo pasea su lectura tocando infinidad de registros, novela, pintura, escultura, dibujo, libro de comic, jazz, traducción, cine. Todo escritura, sin clasificaciones inútiles, como la de prosa y poesía, no son territorios distintos, como decía Shelley, todo es poema. Hay que leer a Meschonnic para entenderlo. Hay que leer a los que están siempre aprendiendo a leer. Sólo en ese vacío necesario se aprende algo, si es que esa palabra, aprender, tiene algún significado. Por eso no nos conviene explicar a Hugo, traicionarle de esa manera. Ser fiel al vertido, al latigazo de su escritura, es intentar otra cosa, abrirse a otra cosa. Cito. Página 12: “Vale la pena repetirlo, no sé para qué, pero insisto: lo que nunca se perdonó, lo que no se perdona, lo que no se perdonará es la escritura sin argumento, el desacato a esa vaca sagrada llamada plot.” Hugo obliga leer a Kerouac de otra manera, no se le perdonaron las infracciones que cometió. Y enumera su lista. Cito. Página 20: “Reventó la Idea, le opuso el frotamiento, no aceptó la mitología de las respuestas, caminó hacia la desposesión, y a más pregunta, no sólo se movió en el vacío, caminó por el silencio del lenguaje, mientras viajaba hizo nudos de ensoñaciones en el aire, sin miedo, no se quedó remando en las discusiones inútiles, no aceptó la dualidad, tampoco el género, su estrategia fue el pronombre yo. Tenía la firme convicción de que todas las mentiras se dicen en tercera persona.”

Tampoco necesita Hugo aquí ninguna defensa, en el manejo de la espada él solito se basta, es inigualable, entrevistarlo, por ejemplo, es una osadía que se puede pagar cara. En el libro hay varias, a cual mejor. Le preguntan por lo que significa para él el realismo, responde rajando la tela: “El realismo para mí es la peste. Es la vía de las esencializaciones, todo va a origen, a profundidad, a sagrado, es la pérdida de la voz. A mí me interesan los funcionamientos.” Y como Hugo no puede dejar de leer, lee las preguntas que le formulan. Le preguntan: “¿Creés en la existencia de una literatura de características rioplatenses genuinas?” Responde: “La palabra genuina no me gusta.” Le preguntan: “¿Cómo te parás frente a esta cuestión?” Responde: “Me preguntas cómo me paro: y bueno, no me paro, sigo de largo.” Le preguntan: “¿Podrías nombrar qué artistas o corrientes artísticas te han influenciado especialmente?” Responde: “Corrientes, ninguna. Siempre me tocaron los solitarios.” Le preguntan por sus lecturas actuales, responde: “Leo. No me defiendo de lo que me gusta. Así que voy y leo. Como puedo. Un libro me lleva a otro, una nota que me toca, y voy a ver. También están mis prejuicios, mis rechazos y mis odios. No hay poética sin rechazos. Rechazo la domesticación del lenguaje.” Podríamos preguntarnos qué es la poética, esa poética de la que habla. Encontré en la página 132 una posible respuesta, sólo válida porque abre en vez de cerrar. Dice Hugo: “La poética es el trabajo de reconocer lo que no se conoce: en todas las artes. En la escucha.” Entonces, hago Hugo: me la apunto. Este reconocer no es un conocer, no es un relleno de contenido, es aprender el modo de lectura que conviene, uno nuevo cada vez. Se vive así.

De lo dicho anteriormente puede desprenderse algo sobre la particularidad del encuentro de Hugo con la traducción. Dejo que el lector, si se atreve a serlo, descubra y disfrute el vasto campo de las lecturas que hace a escritores conocidos y menos conocidos de ambos lados del Atlántico –todos le parecerán de repente desconocidos–, para decir algo sobre el tema de la traducción. Es paradigmático en el tratamiento de desmontaje de los lugares comunes y nos llevará directos al núcleo de la escucha y del poema. Hugo y la traducción, ¿un encuentro contingente o necesario? Parece que fue inevitable pasar un día de leer en francés a traducirlo. Dice Hugo: “Yo traduzco, pero traductor no se me considera. Yo, tampoco. Socialmente mis traducciones en general son muy resistidas. Como lo que escribo. La verdad es que hay una continuidad de rechazo. Nada del otro mundo, no exageremos con los ecos. Me niego a domesticar las traducciones. Sólo traduzco del francés. Y mi vínculo con la literatura francesa es de chifladura. No termino de descubrirla.” Descubrirla. Me pregunto qué significará este descubrirla. No enumero la lista de escritores franceses que lee, no terminaríamos. En fin, con este anticipo sobre la traducción que está en el sexto vagón, y tras una pequeña joya sintética que aparece en el número 15, yo encadenaría tres furgones de cola, el número 30, el 33 y el 35. Pero me surge ahora algo sobre los furgones. Le hago hueco y lo cuelo aquí. Quizás haya empezado a entender el verdadero alcance del título del libro, Furgón de cola. Hay que recordar que un furgón no es un vagón con pasajeros, con asientos numerados; un furgón no garantiza un viaje previsible recorriendo confortablemente el paisaje con los ojos, a través de una plácida ventanilla. Y no porque en los furgones no haya también humanos, los hay, pero no han sido legalizados, se encuentran siempre a título de polizones, son trabajadores clandestinos de la vida que soportan el trato con la carga, que viajan en el vientre del tren, aguantando el contacto con los materiales, con el material, sólo desde ahí pueden mirar o escuchar, porque no pueden despegarse de este real que los habita. Sólo en la cercanía de este material se escribe, y lo que sale, si se es fiel a la escucha, si se deja que ésta se cuele, tiene posibilidades de ser poema.

Vuelvo a la traducción para dejar un par de detalles más antes de acabar. Leo resumida en el furgón número 30, titulado Traducir lo intraducible, la radicalidad de su apuesta: “Hay que traducir lo intraducible. Un traductor (…) no admite la categoría de lo intraducible, inventa su traducción.” Hugo denuncia la escritura normalizada sintácticamente, destinada para ser volcada a otro idioma por los pasadores de la traducción, que, como Caronte, sólo trasladan cuerpos muertos de una orilla a otra. El traductor, dice Hugo, traduce lo que todavía no se escribió en su lengua. Ser fiel al poema exige no desprenderse de ese desconocido que lo agujerea. Y añade: “Hay que mostrar lo cómico de la pretensión de enseñar a leer y a traducir.” Esto es genial. Ahora entendemos la posición de lector a la que la traducción convoca. La traducción no puede convertirse en el disolvente de la extrañeza que caracteriza la escritura, que tiene siempre algo de extranjero, de lengua extranjera dentro de la lengua, como recogía Deleuze de Proust. Eso extranjero no debe ser domesticado, todo lo contrario, su mordisco ha de afectar también a otras lenguas. Hay que traducirlo, sí, pero sin limar sus uñas, sin evitar que deshilache también las otras lenguas. Por eso, –y ahí se ve una vez más el riesgo de su apuesta, por fidelidad a la escucha– dice Hugo que cuando le comentan que su traducción parece escrita en español, siente que fracasó.

Me gustaría terminar la presentación de este libro desde afuera, mirar desde otro tren, desde otro lugar de escritura, leyendo cuatro líneas de su libro Viento del noroeste. Como estamos en mayo me ha parecido doblemente indicado, así os toco las narices de otra manera, porque este libro no lo podéis comprar hoy. Es un pequeño fragmento que tiene una puntuación extraordinaria. Es una frase, una única frase. Yo la he escuchado como una fuga musical, por su juego de contrapunto interno entre varias voces. Voces aquí como distintos elementos del conjunto polifónico. Y, en realidad, dada su brevedad, sería una fughetta, una fughetta interpretada quizás desde el arrojo de alguien atravesado por el free jazz, vibrando algo a lo Albert Ayler, por ejemplo, uno de sus amores. Pero nada intelectual. Es el cuerpo el que está en juego. La mujer que pasea, el viento que sopla. Se registra su movimiento o, como dice Hugo, su funcionamiento. Leo y releo. Página 29:

“Lo mío son las ciudades y las calles y los rincones y lo intimista y lo poco en una mesa de café y la conversación y los libros que van y vienen: me siento en el Británico: libro de 91 páginas: Miriam, que nació encantadora, Pentax en mano, se va por Defensa: el viento sopla del noroeste: y en mayo: es una bendición.”

Primero hay una enumeración de siete elementos encadenados por íes, sin comas. El último de ellos, los libros que van y vienen, se desdobla también mediante otra “y”. Tren de vagones enlazados por los que se circula de uno a otro. La lectura en vaivén. A continuación aparecen los furgones, separados ahora por dos puntos cada vez. Me siento en el Británico: libro de 91 páginas: son los dos primeros. Y en mitad de los furgones, que son seis en total, aparece una mujer –furgón tercero– que provoca otro tipo de descripción. Ahora sí, las comas están permitidas, es un furgón en fuga de sí mismo. La enumeración primera que inicia la frase proviene de un yo, arranca diciendo Lo mío son…, un yo masculino que describe sus afinidades. Éstas terminan enroscándose en la pasión lectora, tal como expresan los dos primeros furgones. Luego viene el tercer furgón. Aquí ubico el furgón especial, el que abre un hueco en el poema, el que lo pone en danza. En el compartimento de este tercer furgón ha aparecido el elemento otro, un otro aquí como femenino, que resulta ser un precioso homenaje. Este otro se ha colado como polizón del tren, porque conserva su afuera y va por libre. Por último, la frase se cierra con sus tres últimos furgones, se retoma la estructura bloque sonoro aunque vemos que se ha producido una transformación o, más bien, se abre a esa posibilidad y permanece en ella. Lo convocado ha hecho agujero dejando que el aire corra, corra por ahí. Esa aceptación de lo extranjero se traslada a la naturaleza. Y leemos cómo este movimiento de apertura se hace viento, viento del noroeste. Y en mayo. Una bendición.

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