Decimonoveno aforismo: “Todo el mundo es loco, es decir, delirante”

En la cola de los aforismos se ha producido un encuentro inesperado, el que figura ahora en el título ha venido a darle la mano al previsto, No se vuelve loco quien quiere, en apariencia su opuesto, y se ha puesto a charlar con él. Menuda sorpresa. Sin dudarlo, les doy a ambos la bienvenida y los hago pasar. Dos aforismos al precio de uno.

Me pregunto qué relación tendrán entre sí como para querer compartir el espacio. Por un momento se me ocurrió anunciarlos como si de un combate se tratara, un aforismo del último Lacan contra otro del primer Lacan, Todo el mundo es loco, es decir, delirante versus No se vuelve loco quien quiere, pero era evidente que no venían para enfrentarse en un cuadrilátero, se mostraban más bien dispuestos a dialogar cada uno desde el suyo, sin presentar batalla. Como venimos señalando, pese a que la lectura ‘Lacan contra Lacan’ tenga tantos adeptos, aquí nos interesa destacar la singularidad de cada una de las lógicas implicadas, todas necesarias y, para nuestra sorpresa, no contradictorias. Estos dos aforismos son un buen ejemplo. Además, cada uno a su manera, vienen a representar los dos modos de entender la relación entre las estructuras clínicas según pensemos la existencia o no de una frontera clara entre la locura y la cordura, la perspectiva discontinua y la continua, que durante un tiempo dividieron en dos bandos irreconciliables a los partidarios de una y otra.

Los dos aforismos precedentes mostraban desde ángulos distintos la intervención primera de Lacan, su apuesta decidida por la perspectiva discontinua, señalando la necesidad de distinguir el rasgo diferencial de la locura. El final del aforismo decimoséptimo terminaba anunciando el que estaba destinado a ocupar hoy el cartel, aquel No se vuelve loco quien quiere que Lacan escribió en la puerta de su sala de guardia del hospital psiquiátrico de Sainte Anne, exponente máximo en el debate de los años 30 y 40 de la separación radical entre el loco y el que no lo es. A ello se sumó el posterior hallazgo del mecanismo de la psicosis, la forclusión de un significante fundamental, el Nombre-del-Padre, comentado en el aforismo decimoctavo, que venía a poner el broche de oro a una búsqueda de décadas, tanto de la psiquiatría como del psicoanálisis. Esto ocurría a mediados de los años 50, recién iniciada la enseñanza de Lacan, pero ¿qué pasó después? Saltamos algo más de 20 años, hasta finales de 1978, para encontrarnos con una nueva sentencia, francamente inquietante, que parece venir a culminar los últimos desarrollos de su enseñanza, Todo el mundo es loco, es decir, delirante. Y no podemos menos que preguntarnos cómo es posible que aquel que escindió en su juventud de tal manera la voluntad del sujeto de la posibilidad de la locura llegara en su vejez a afirmar, tan provocativamente, su universalidad. ¿Se trataba de un recorrido vital hacia el pesimismo, un poco en paralelo al que se suele achacar a Freud? Calma, calma. Hay un peligro en andar siempre interpretando, una tendencia a salvarnos de lo que nos inquieta por medio del sentido. Mejor no precipitarse, no apresuremos una respuesta que sólo nos retrataría.

En realidad, puede que en estos aforismos no se trate de varias lógicas, sino de expresiones parciales de una lógica común. De momento es una intuición, ya veremos si llegamos a ella. Nos guía que, en su referencia a las dos locuras, Lacan seguía siendo pascaliano. En eso no cambió. Ya vimos cómo lo había sido antes, señalando lo extraordinario de la locura, y lo sería también después, señalando lo común. Entender primero la locura en su radical diferencia fue el paso necesario para barrer lo que hasta entonces había empañado todo avance en el acercamiento a la locura, los parámetros imaginarios del observador. Lacan borró de un plumazo conceptos tan vagos, tan inasibles como la comprensión. Era preciso admitir que ninguna asepsia garantizaba el lugar desde donde alguien podría comprender, todo lo contrario, y la visión estructural de los fenómenos fue la herramienta perfecta para desmontar la fantasmagoría propia del clínico, esas telarañas con las que tramamos el mundo y a las que tendemos a aferrarnos casi tanto como el loco a su delirio. Se trataba, en ese primer paso, de mostrar la diferencia estructural que hace que la realidad del loco no sea, en absoluto, la misma que la nuestra. Porque no es lo mismo la realidad tejida por un lenguaje simbólico donde opera la separación con el objeto nombrado, que aquella otra donde su principio representativo falla, impidiendo la inserción del sujeto en un discurso compartido. Esta relación al lenguaje define nuestra estructura, el modo y la posibilidad misma de hacer vínculo social. De un lado tenemos la soledad del loco, del otro la construcción de una novela en diálogo con el mundo. Son realidades diferentes. No es lo mismo vivir un encuentro filtrado con los afectos que vivir su impacto directo, vivir en la desprotección frente a lo real. Por eso decíamos que el psicótico está a la intemperie, percibiendo como del exterior lo que no es otra cosa que el reverso de su descomposición interna, el adentro que no ha podido hacer propio a falta del diccionario adecuado que pudiera traducirle sus pulsiones en clave de deseo. El psicótico ha experimentado la radical ausencia de sentido, carece de esta defensa y busca otro orden de significación, el que construye con su delirio. Una opción que no es consciente, por eso no se vuelve loco quien quiere.

Esta perspectiva discontinua de la locura reparte lugares en función del par éxito-fracaso. El psicótico queda del lado del fracaso, por haberse enfrentado a la imposibilidad de convertir sus afectos en un guión que escribiera su deseo en respuesta al deseo de los otros. Un éxito que corresponde al neurótico corriente, capaz de alcanzar esta construcción deseante que fue tejiendo con sus personajes de referencia en un tiempo sepultado en el olvido. Pero salimos un poco de esta visión, que coloca lo deficitario sólo de un lado, si pensamos que la solución neurótica es también parcial, y siempre parcial. Es cierto que encontró un buen escudo para defenderse de lo insoportable, que fue creando una ficción que desde bambalinas le orienta en la vida, mientras él, en escena, en la escena del mundo, se cree el autor de su propio texto. Es cierto, sí, pero termina también siendo víctima de su propio engaño.

Quizás por aquí se entienda por qué a Lacan no le importó llamar delirio a esa ficción del neurótico. Una vez singularizada la locura extraordinaria le llegaba el turno a la común, al delirio de sentido con el que el neurótico se defiende de lo inasumible de sus pulsiones. Su problema depende en parte del éxito mismo de su defensa, porque velando mediante la represión la carga de las pulsiones va a quedar atrapado en su propio relato inconsciente. Bien por la vía de la repetición o por la de la inmovilidad, el relato inconsciente invita al sujeto a la pasividad, a un adormecimiento que soliviantaba profundamente a Lacan. No era para menos, porque huyendo de la angustia, no pudiendo hacer con esos encuentros otra cosa que repetir, el sujeto retrocede, pierde terreno en la vida. Eso sí, bien parapetado en sus ideales y con el aliño de una buena dosis de justificaciones, de reparto de culpas. ¡Nada de eso! ¡Un esfuerzo más, analizante!, parecía gritarle Lacan. ¡Atrévete a despertar y afronta lo real de una manera menos engañosa! ¡Atrévete a escribir otro texto sobre las ruinas de tu propio inconsciente!

Lacan decía que sólo los idiotas creen en la realidad de mundo, que lo real es inmundo y hay que soportarlo. Nada de recetas. Más bien tratamiento. Distintos tratamientos. Si había que acompañar al loco, a aquel que no pudo separar lo inmundo del mundo y por eso se vio abocado a construir, a falta de otro dique, su delirio, si había que acompañarlo y orientarlo a procesar mejor tanta inmundicia, ¿qué tocaba hacer con el neurótico, para quien la inmundicia no le salpica de la misma manera, al menos no amenaza con desintegrar su cuerpo y su espíritu? Pues desbaratar un poco su receta. Sacudir el enredo de su madeja y despertarlo. Despertarlo de su síntoma, del sueño diurno que le seduce nada más abrir los ojos a la mañana. Ayudarle a detectar dónde la escritura de su relato ha mezclado los tiempos, los lugares, las funciones de los personajes; dónde ha creado sus culpas y sus deudas; qué mentira del Otro ha comprado para sí; qué goces se ha negado a ceder. Teniendo en cuenta que no es algo perdido en su historia, sino lo que su síntoma no deja de actualizar, no cesa de escribir. Al neurótico no le queda más remedio que tratar lo que no quiere tratar. ¿Sería exagerado hablar de cobardía? Para Lacan el verdadero patético es quien no asume su pathos. Por eso el hombre corriente se ha vuelto idiota, un esclavo de su fe, un devoto de la ficción con la que ha tramado la realidad del mundo. Lacan empujaba a este otro loco, amante también de su delirio, a atravesar de nuevo el fango, a pisotear sus prosaicas ficciones para devenir, si fuera posible, un poco más poético.

Hablábamos al principio de la existencia de una sola lógica, con distintas expresiones. Podríamos ir incluso más lejos y preguntarnos si habría una fórmula, una única fórmula a la que ninguna otra contradeciría, un aforismo axiomático. Lacan ambicionó siempre descubrir ese diamante y así podemos leer varios aforismos, incluido el que nos ocupa. Al menos, ésta es la lectura que hace Miller, que actuó además de partera de este aforismo colocando la pluma en la mano del maestro ante su cercano ocaso, y para quien, lo que garabateó Lacan aquel día, Todo el mundo es loco, es decir, delirante, resumiría toda su última enseñanza. Sin llegar tan lejos, optamos aquí por una expresión más matemática. Mejor dicho, dos. Dos aforismos que, parafraseando el dicho bíblico, se resumen en uno. Tenemos un lado más y un lado menos. Por un lado, la positividad del goce. Por otro, la negación que le afecta. Si bien hay goce (Hay Uno), la regla en cambio es la imposibilidad (No hay relación sexual). Una regla universal que cada uno transgrede a su manera. Una castración del goce que el neurótico reprime, el psicótico rechaza, el perverso desmiente. Poco importa, la regla permanece. No hay escritura de la relación entre los sexos y cada uno produce en ese vacío insoportable de lo simbólico una respuesta, todas engañosas.

Con el paso del tiempo Lacan pudo adentrarse en esta terra incongnita donde el acento no estaba puesto en lo que cada uno no puede hacer, sino en lo que cada uno hace con ello. ¿Con qué? Con ese No hay, con esa falta de escritura, esa falla universal que afecta a lo simbólico. De alguna manera Lacan señalaba ahora la acequia que bordea la carretera principal, desvelando las miserias de la regla de Padre. Porque lo que fue entendido como la solución también cojea, y a falta de Padre el sujeto busca suplencias, otras nominaciones que eviten su descomposición, otros Nombres-del-Padre. No es sólo cosa de la época. Hay  algo estructural. Aprendemos entonces que el disfuncionamiento forma parte del funcionamiento. Hay una cierta precariedad inevitable donde cada uno crea sus pequeñas soluciones, más o menos estables. Si se quiere, dejamos de hablar de la división del día y de la noche, una orientación en un principio necesaria, y pasamos a hablar de las horas del día. Prescindimos del Padre después de haberlo usado. Hablamos ahora de un día en genérico, un día que tiene 24 horas. Después de haber introducido la perspectiva discontinua podemos permitirnos bajar a tierra, a las horas y a los minutos del día, para ver en detalle las construcciones que cada uno hace para tratar su imposible. No por ello dejan de existir las fronteras, pero una vez que estamos bien ubicados podemos centrarnos en la particularidad de cada sujeto, de cada síntoma. Leer su letra pequeña.

Zacarías Marco