No sólo en Navidad

de Heinrich Theodor Böll 

 

1

En nuestra parentela se advirtieron unos síntomas de decadencia que se procuró mantener ocultos durante algún tiempo, pero con cuyo peligro hubo de enfrentarse al fin. No me atrevo a emplear aún la palabra “desastre”, pero los hechos alarmantes se acumulan de tal manera, que suponen una situación realmente peligrosa y me obligan a dar cuenta de cosas que van a parecer extrañas a los que vivieron en aquella época, pero cuya realidad no podían negar. El moho de la destrucción ha anidado bajo la tan espesa como dura costra del decoro, e inmensas colonias de mortíferos parásitos preconizan el fin de la honorabilidad de todo un linaje. Ahora tenemos que lamentar el no haber escuchado la voz de nuestro primo Franz, que nos advirtió con tiempo de las espantosas consecuencias que podía tener un hecho que en sí parecía inofensivo. Este hecho era realmente tan insignificante, que ahora nos aterra la importancia de sus consecuencias. Franz nos previno con tiempo.

Desgraciadamente, su reputación no era buena. Había elegido una profesión que hasta entonces no había tenido nadie en la familia y que nunca nadie debió tener: era boxeador. Ya en su juventud, melancólica y de una piedad que siempre fue considerada como «fervorosos aspavientos», andaba en pasos que preocupaban a mi tío Franz —ese hombre tan bondadoso. Le gustaba el evitar cumplir con sus deberes escolares en una medida que no se puede calificar como normal. Se entrevistaba con dudosos compinches en parques aislados y en los bosques de las afueras. Allí practicaban las duras reglas de la lucha a puñetazos, sin importarles abandonar así su herencia humanística.

Estos arrapiezos demostraron pronto los vicios de su generación, que entretanto se ha puesto de manifiesto que no sirve para nada. Tan ocupados estaban con la dubitativa excitación de su propio siglo, que no les interesaban las apasionadas luchas intelectuales de los siglos pasados. En un principio me parecía que la piedad de Franz estaba en contradicción con la pasiva y activa brutalidad de los ejercicios que practicaba. Pero ahora he empezado a intuir algo. Tendré que volver a considerar este asunto. Quedamos en que fue Franz quien nos previno, quien se negó a participar en determinadas fiestas, quien dijo que todo aquello eran bobadas y manías y quien dejó, antes que nadie, de tomar  parte en actuaciones que se consideraron necesarias para mantener lo que él calificó de abuso.

Pero —como dije antes— no tenía suficiente crédito como para que su opinión hallase eco en la familia.

La cuestión es que ahora se han puesto las cosas de una forma, que nos sentimos desconcertados y sin saber cómo poner fin a todo esto. Franz es hace tiempo un boxeador famoso, pero muestra por las alabanzas que le prodiga toda la familia la misma indiferencia que mostraba por sus críticas.

En cambio, su hermano —mi primo Johannes— una persona por la que yo hubiera puesto la mano en el fuego, un abogado famoso, el hijo predilecto de mi tío, dicen que tiene contactos con el partido comunista, rumor que yo me niego obstinadamente a creer. Mi prima Lucie, que hasta ahora fue siempre una mujer normal, dicen que va por las noches, acompañada por su desconcertado marido, a establecimientos de mala fama, y que se dedica a bailar ritmos que yo no puedo calificar de otra forma que de existencialistas. Y del propio tío Franz, ese hombre tan bondadoso, se dice que ha declarado que está harto de la vida, él, que siempre fue considerado en la familia como un fenómeno de la vitalidad y un ejemplo de lo que nos ha enseñado a llamar un comerciante cristiano.

Las facturas de los médicos se amontonan, se consultan psiquiatras. Sólo la tía Milla, que es la causante de todas estas manifestaciones extrañas, disfruta de una salud excelente, sonríe, se siente sana y alegre como lo ha estado casi siempre. Su vigor y optimismo nos empiezan a poner nerviosos, aunque durante mucho tiempo nos preocupamos extraordinariamente de su bienestar. Pues sufrió una crisis, que amenazó con ponerse fea. Precisamente de eso quiero hablar.

 

2

Analizando un proceso nervioso después de que ha ocurrido, parece que hubiese sido fácil evitar que ocurriera la catástrofe; curiosamente, ahora que puedo juzgar con objetividad, es cuando me parecen raras las cosas que pasaban hace dos años en mi familia. Deberíamos habernos dado cuenta de que había algo que no marchaba bien. Realmente algo no marchaba bien, y si por algún tiempo, algo hubiera marchado bien —cosa que dudo— ahora en cambio ocurren cosas espantosas. En toda la familia era conocido el amor que ponía tía Milla en el adorno del árbol de Navidad, debilidad inofensiva, aunque curiosa, que está muy extendida en nuestra patria. Se aceptaba esta debilidad y la resistencia que Franz había presentado, desde su más temprana juventud, a todo el barullo que se armaba, era siempre motivo de una violenta indignación, por ser Franz constantemente una causa de intranquilidad para todos. Se negaba sistemáticamente a tomar  parte en el adorno del árbol. Pero esta situación llegó a hacerse normal. Mi tía Milla se acostumbró a que Franz no apareciese durante los preparativos del tiempo de adviento y de la celebración de la fiesta y que sólo acudiese a la comida. Ya ni se comentaba aquello. Aunque corro el riesgo de hacerme antipático, tengo que mencionar un hecho y mi única defensa es su evidencia. Durante los años 1939-1945 estuvimos en guerra. En la guerra se canta, se pegan tiros, se habla, se lucha, se pasa hambre y se muere —y se echan bombas—; en fin, pasan cosas poco agradables, con cuya relación no quiero fastidiar a quienes las vivieron. Solamente las recuerdo porque la guerra influyó en la historia que voy a contar. Pues la tía Milla sólo vio en la guerra un fenómeno que empezó en la Navidad del año 1939 y que puso en peligro su árbol de Navidad, el cual tenía indiscutiblemente una especial sensibilidad. La principal atracción del árbol de Navidad de mi tía Milla eran los enanos de vidrio que sostenían, con los brazos en alto, un martillo de corcho y colgados de los pies, unos yunques en forma de campana.

Debajo de las plantas de los pies, había unas velas y cuando se lograba cierto grado de calor, se ponía en movimiento un mecanismo escondido, que hacía que se extendiera por los brazos de los enanos una inquietud frenética y empezaran a golpear como locos los acampanados Yunques con los martillos de corcho, produciendo entre los doce enanos, un tintineo dulce y suave, digno de un concierto de elfos. En la punta del árbol se colocaba un ángel de rojas mejillas y vestido plateado, que a intervalos regulares separaba los labios y susurraba: «Paz, paz.». El secreto del mecanismo de este ángel, que después me fue revelado, era celosamente guardado, si bien podía admirarlo entonces casi todas las semanas. Además, en el pino de mi tía había, naturalmente, roscas de caramelos, pastas, cabello de ángel, figuritas de mazapán y —no hay que olvidarlo— espumillón.

Aún me acuerdo del considerable esfuerzo que suponía colocar correctamente los innumerables adornos, lo cual exigía la colaboración de toda la familia, que terminaba nerviosa y sin apetito y con un humor —como se dice vulgarmente— de perros, excepto, naturalmente, mi primo Franz, que como era el único que no había tomado parte en los preparativos se sentía capaz de disfrutar de la carne asada, los espárragos, la nata y los helados.

Cuando íbamos de visita a casa de mi tío el segundo día de Pascua y nos atrevíamos valerosamente a expresar la opinión de que el secreto de que el ángel pudiera hablar no era más que un mecanismo igual al de las muñecas que dicen papá y mamá, únicamente conseguíamos que nos dirigieran unas sonrisas irónicas. Se puede suponer que las bombas caídas cerca de un árbol tan sensible, lo dañaran gravemente. Se produjeron escenas terribles, cuando los enanos se desprendieron del árbol; hasta el ángel cayó violentamente. Mi tía se mostraba inconsolable. Se tomaba un trabajo ímprobo, volviendo a colocar cada cosa en su sitio para poder conservarlo durante el tiempo de Navidad. Pero en el año 1940 resultaba aquello imposible. Para evitar el peligro de hacerme antipático, tengo que callar la intensidad de los bombardeos: me limito a advertir que su frecuencia aumentaba sensiblemente. Era indiscutible, el árbol de mi tía fue una víctima —la bandera de peligro me impide hablar de otras víctimas— de la forma de hacer la guerra; los técnicos extranjeros de balística apagaron transitoriamente su existencia. Todos nos condolíamos con nuestra tía, que era una mujer encantadora y amable. Nos daba pena que después de duras luchas, discusiones sin fin, tras lágrimas y penosas escenas, se declarara dispuesta a renunciar a su árbol de Navidad mientras durase la guerra. Por suerte —¿o tendré que decir por desgracia?— fue esto lo único que le afectó de toda la guerra. El bunker que construyó mi tío era verdaderamente seguro y siempre había además un coche dispuesto para poder conducir a mi tía Milla a algún sitio donde no se advirtieran las inevitables consecuencias bélicas; se hizo todo lo posible para que no viera el cruel espectáculo de la destrucción. Mis dos primos tuvieron la suerte de no tener que cumplir su servicio militar en su modalidad más dura. Johannes entró rápidamente en la compañía de mi tío, la cual ocupó un puesto decisivo en el aprovisionamiento de verduras de nuestra ciudad. Johannes sufría del hígado por aquel tiempo. Franz, en cambio, fue soldado. Pero se le encargó la custodia de prisioneros, con lo cual también tuvo la oportunidad de hacerse antipático a sus jefes, pues trataba como a personas a los rusos y a los polacos. Mi prima Lucie no estaba entonces casada y ayudaba a mi tío en el negocio. Una tarde por semana colaboraba en la sección de bordados de cruces gamadas del servicio voluntario de guerra. Pero no quiero exponer aquí los pecados políticos de mis parientes. De una forma u otra, no faltó el dinero ni la comida ni una relativa seguridad y mi tía sólo pasó por la amargura de tener que decidirse a renunciar a su árbol. Mi tío Franz, ese hombre tan bondadoso, había conseguido grandes ganancias, dedicándose, durante más de cincuenta años, a comprar en los países tropicales y subtropicales naranjas y limones, y haciendoque volvieran al mercadocon un precio más elevado. Durante la guerra amplió su negocio a fruta y verdura más corriente. Pero después de la guerra tuvimos la satisfacción de ver reaparecer los agrios, lo cual fue motivo de duras luchas de intereses entre los comerciantes de frutas. Mi tío Franz consiguió demostrar su competencia en estos asuntos e hizo que la población volviera a sentir la satisfacción que producen las vitaminas y asimismo, la que ocasiona una considerable fortuna. Pero ya tenía cerca de setenta años y quería descansar, dejando a su yerno la dirección del negocio. Por entonces se produjo el hecho, que en aquel momento nos hizo gracia, pero que ahora se nos presenta como la causa de una serie de fatales consecuencias. Mi tía Milla empezó de nuevo con la historia del árbol de Navidad. Esto era en sí inofensivo; incluso la terquedad con que se empeñó en que «todo fuera como antes», sólo hizo que sonriéramos. De momento no existía ningún motivo para que lo tomáramos demasiado en serio. Claro que la guerra había destruido cosas, cuya reconstrucción interesaba más, pero ¿por qué —así nos lo preguntábamos— quitar a una anciana señora tan encantadora esa pequeña ilusión? Todo el mundo sabe lo difícil que era conseguir entonces mantequilla y manteca. Incluso para mi tío Franz, que contaba con las mejores relaciones, era imposible conseguir figuras de mazapán, rosquillas de chocolate y velas en el año 1945. Hasta el año 1946 resultó imposible preparar todo. Por suerte, se había conservado una colección completa de enanos y yunques, y también un ángel. Aún me acuerdo muy bien del día que fuimos invitados a casa de mi tío. Fue en enero del año1947 Y hacía mucho frío en la calle. Pero dentro hacía calor y no escaseaban las viandas. Y cuando se apagaron las luces, se encendieron las velas, los enanos comenzaron a martillear y el ángel a susurrar «paz, paz», me encontré realmente transportado a un tiempo, que consideraba ya pasado. De todas formas, aunque esta experiencia fue sorprendente, no era realmente extraordinaria. Extraordinario fue lo que me ocurrió tres meses más tarde. Mi madre —ya estábamos a mediados de marzo— me envió a casa de mi tío a que me enterase de si «allí tampoco había nada que hacer». Se trataba de fruta. Me dirigí andando al otro barrio de la ciudad, no lejos del nuestro; el aire era templado y estaba anocheciendo. Despreocupadamente atravesé por ruinas cubiertas de hierbas y parquesllenos de maleza. Abrí la puerta del jardín de mi tío y de pronto me paré aturdido. En el silencio de la noche se oía claramente que en el cuarto de estar de mi tío estaban cantando. Cantar es una excelente costumbre alemana y hay muchas canciones de primavera, pero lo que yo oí sin lugar a dudas era Noche feliz, noche de paz.

Confieso que quedé confuso. Me acerqué lentamente y esperé el fin del villancico. Las cortinas estaban corridas y me incliné a mirar por el ojo de la cerradura. Entonces me llegó el tintineo de las campanas de los enanos y oí el susurro del ángel. No tuve el valor de entrar y volví lentamente a casa. A mi familia le divirtieron mis noticias. Pero, hasta que apareció Franz y nos contó todo detalladamente, no nos enteramos de lo que había pasado: Por la Candelaria, cuando se acostumbra en nuestro país a despojar el árbol de Navidad de todos sus adornos y se tira a la basura, de donde lo cogen los golfillos y lo arrastran por las cenizas e inmundicias o lo emplean en sus juegos, por la Candelaria ocurrió el desastre. Cuando mi primo Johannes, en la noche de la Candelaria, después de que las velas del árbol hablan ardido por última  vez, empezó a quitar los enanos, mi tía, que hasta entonces había sido tan dulce, comenzó a gritar tan lastimeramente y además de una forma tan repentina y aguda, que mi primo se asustó, perdió el equilibrio ante el árbol que ya se tambaleaba un poco y todo pasó en un momento: enanos y campanas, yunques y ángel entrechocaron y tintinearon y todo cayó estrepitosamente. Y mi tía gritaba. Se pasó gritando casi una semana. Se llamó a neurólogos por telegrama, los psiquiatras vinieron en taxis, pero todos, hasta las grandes eminencias, abandonaron la casa encogiéndose de hombros y un poco asustados. Ninguno pudo poner fin a aquel desagradable concierto de chillidos. Con algunos medicamentos muy fuertes se consiguieron unas horas de reposo, pero la dosis de luminal que puede soportar una persona de sesenta años, sin que su vida peligre, es desgraciadamente pequeña. Es realmente una tortura el tener una mujer en casa chillando con todas sus fuerzas: elsegundo día, ya estaba toda la familia desesperada. También fueron  inútiles los consejos del párroco, que acostumbraba a asistir a la celebración de la Nochebuena: mi tía gritaba. Franz se hizo especialmente antipático, cuando sugirió que se empleara un auténtico exorcismo. El párroco le riñó, toda la familia se alborotó al ver su mentalidad medieval y su fama de brutalidad superó durante algún tiempo a la conseguida como boxeador. Entretanto, se recurrió a todo para sacarla de aquel estado. Rechazaba el alimento, no hablaba, no dormía; se empleó el agua fría, caliente, en baños de pies, en forma de ducha escocesa. Los médicos ojearon los diccionarios buscando el nombre de aquel complejo, pero no lo encontraron. Y mi tía gritaba. Y gritó hasta que mi tío Franz —hombre realmente bondadoso— tuvo la idea de volver a poner de nuevo un árbol de Navidad.

3

La idea era estupenda, pero realizarla resultaba evidentemente difícil. Estábamos casi a mediados de febrero y en ese tiempo no se encuentra normalmente un abeto en el mercado. Todo el comercio —con una rapidez realmente satisfactoria— se dispone para otro tipo de cosas. El carnaval está cerca: los escaparates, donde antes se podían contemplar ángeles y espumillón, velas y nacimientos, se llenan de caretas y pistolas, sombreros de cow-boys y absurdos tocados de princesas de las Czardas. Las confiterías han cambiado los dulces de Navidad por bombones de pega. Y en las tiendas no hay abetos. Por fin se organizó una expedición de nietos aficionados al robo, a los que se dio una propina y un hacha bien afilada: se dirigieron a un bosque del patrimonio del Estado y volvieron muy alegres por la noche con un hermoso abeto real. Pero entretanto se había comprobado que se habían roto cuatro enanos, seis yunques de forma de campana y el ángel de la punta. Las figuritas de mazapán y los turrones habían sido víctimas de la glotonería de los nietos. Tampoco la generación que se está formando ahora, sirve para nada y si alguna vez ha habido una generación que ha servido de algo — cosa que dudo— ha sido la de nuestros padres. Aunque no faltaban los medios económicos ni tampoco las influencias, aún pasaron cuatro días hasta que todos los adornos estuvieron preparados. Mientras tanto, mi tía gritaba sin interrupción. Se azuzaron telegramas a través del éter a los almacenes de juguetes de toda Alemania,

que precisamente entonces se estaban organizando; se pusieron conferencias, jóvenes y animososcarteros trajeron por la noche paquetes postales y por medio del soborno se consiguió que, en gran velocidad, recibiéramos una expedición de Checoslovaquia con un especial permiso de importación. Estos días se recordarán en la historia de la familia de mi tío, como días en los que el consumo

de café, de tabaco y el desgaste de nervios fueron extraordinarios. Entre tanto, mi tía iba empeorando: su redonda carita se tomó dura y angulosa, su expresión pasó de la dulzura a la de una inquebrantable voluntad; no comía, no bebía, gritaba continuamente, dos enfermeras la vigilaban constantemente y su dosis de luminal tenía que ser aumentada todos los días. Franz nos contó que toda la familia estuvo sometida a una agotadora tensión nerviosa, hasta que el 12 de febrero estuvo por fin terminado el adorno del árbol. Se encendieron las velas, se corrieron las cortinas, se sacó a mi tía de su habitación, sólo se oían entre los reunidos sollozos y risitas ahogadas. La expresión de mi tía se dulcificó en cuanto vio el resplandor de las velas y cuando alcanzaron la temperatura necesaria y los enanitos de cristal comenzaron a dar martillazos como locos y el ángel a susurrar «paz, paz», una maravillosa sonrisa se extendió por su cara y al poco rato, toda la familia entonaba la canción O Tannenbaum. Para completar el cuadro, también se había invitado al párroco que acostumbraba a pasar la Navidad en la casa de tío Franz; él también sonreía, se sentía aliviado y cantaba. Lo que no había conseguido ningún test, ningún profundo análisis psicológico, ni los intentos de encontrar algún oculto trauma, lo halló el sensible corazón de mi tío. La arbolterapia de esa persona tan bondadosa salvó la situación. Mi tía estaba tranquila y casi —así se esperaba entonces— curada. Después de cantar unos cuantos villancicos y de vaciar unas cuantas cajas de dulces todos se encontraban cansados y resultó que mi tía durmió aquella noche sin necesitar ningún calmante. Se despidió a las enfermeras, los médicos se encogieron de hombros y todo parecía haber recobrado la normalidad. Mi tía comió, bebió y volvió a ser encantadora y dulce. Pero aquella tarde, ya anochecido, cuando mi tío estaba leyendo el periódico, sentado junto a su mujer bajo el árbol de Navidad, ella de pronto le tocó el brazo diciendo: «Vamos a llamar a los chicos para empezar la fiesta. Yo creo que ya va siendo hora.» Mi tío nos confesó luego que se había asustado mucho, pero se levantó para reunir rápidamente a sus hijos y nietos y mandar un recado al párroco. El cura apareció, un poco fastidiado y asustado, pero se encendieron las velas, los enanos martillearon, el ángel susurró, se cantó, se comieron dulces, y todo dio la impresión de que aquello era normal.

4

Todo el mundo vegetal está sometido a determinadas leyes biológicas y los abetos arrebatados a la madre tierra se sabe que tienen una molesta tendencia a perder sus agujas, especialmente si están en sitios calientes; en la casa de mi tío hacía calor. La duración de un abeto real es mayor a la

 de los pinos comunes, como lo demostró el doctor Hergenring en su conocido trabajo A bies vulgaris yabies nobilis. Pero la vida del abeto real tiene sus límites. En vísperas de carnaval, hubo que convencerse de que mi tía empezaba a sufrir: el árbol perdía rápidamente sus agujas y por la noche, cuando todos cantaban, se advertían unas ligeras arrugas en la frente de mi tía. Siguiendo el consejo de una verdadera eminencia en psicología, se intentó charlar, en un tono ligero, de la posibilidad de que pronto terminaría el tiempo de Navidad, pues ya los árboles empezaban a brotar, lo que

normalmente es una señal de la venida de la primavera, mientras que en nuestras latitudes lapalabra Navidad nos sugiere imágenes invernales. Mi tío, astutamente,sugirió una noche entonar Ya han llegado todos los pájaros y Ven, querido mayo, pero ya en el primer verso de laprimeracanción puso mi tía una cara tan seria, que inmediatamente fue interrumpido y se empezó a cantar OTannenbaum. Tres días después se encargó a mi primo Johannes la misión de hacer un ligero intento de despojar al árbol de algún adorno, pero en cuanto alargó la mano y quitó a uno de los enanos el martillo de corcho, empezó mi tía a gritar tan fuerte, que rápidamente se volvió a poner al enano su martillo, se encendieron las velas y empezaron a cantar, un poco atropelladamente, pero muy fuerte, la canción Noche feliz, noche de paz. Pero ya no había paz en las noches; grupos de jóvenes muy animados recorrían ciudad cantando y tocando trompetas tambores. Todo estaba cubierto de serpentinas y confettis, las calles estaban todo día llenas de niños disfrazados, que disparaban pistolas, chillaban, algunos hasta cantaban, y una estadística hecha por un particular demostró que por lo menos había 60.000 cow-boys y 40.000 princesas de las Czardas, recorriendo nuestra ciudad: fin, que estábamos en Carnaval, unas fiestas que entre nosotros se celebran casi con más entusiasmo que las Navidades. Pero tía parecía estar ciega y sorda: criticaba que hubiera disfraces en los armarios, cosa que ocurre irremediablemente durante estos días en todas nuestras casas; con voz doliente se lamentaba de la pérdida de Sentido moral, pues ni siquiera en el tiempo Navidad se podía prescindir de esas preciosas costumbres. Y cuando un día encontró en el dormitorio de mi prima un globo desinflado, pero en el que se notaba aún dibujado con pintura blanca un gorro bufón, rompió a llorar y pidió a mi tío que prohibiera la entrada en la casa de aquellos pecaminosos objetos.

Hubo que reconocer con espanto que mi tía estaba convencida de que estábamos en Noche buena. Mi tío convocó a toda la familia, pidió indulgencia para su mujer, por consideración a su especial estado mental, y volvió a organizar otra expedición, para garantizar al menos la tranquilidad de la fiesta de la noche. Mientras dormía, se cambiaron los adornos del viejo al nuevo árbol y el humor de mi tía volvió a ser tranquilizador.

5

Pero también pasaron los carnavales, vino la primavera y en vez de cantar Ven, querido mayo, se podía cantar «Querido mayo, ya has venido». Llegó junio. Se habían cambiado cuatro abetos y ninguno de los médicos a los que nuevamente se consultó dio esperanzas de mejoría. Mi tía continuaba inconmovible. Hasta el mundialmente conocido doctor Bless volvió encogiéndose de hombros a su clínica de investigación, después de embolsarse como honorarios 1.365 marcos, con lo cual demostró una vez más lo alejado que estaba de la realidad. Algún otro vago intento que se hizo de interrumpir o abandonar la fiesta fueron acogidos por mi tía con tales gritos, que hubo que renunciar por fin a cometer aquella especie de sacrilegio. Lo más terrible era que mi tía estaba empeñada en que todas las personas más allegadas a ella estuvieran siempre presentes. A éstas pertenecían el párroco y todos sus nietos. Sometiéndoles a una rigurosa disciplina se consiguió que los familiares se presentaran siempre puntualmente, pero con el cura aquello era difícil. Resistió algunas semanas sin protestar, en atención a su antigua

penitenta, pero por fin intentó hacer comprender a mi tío, entre tartamudeos y carraspeos, que aquello no podía continuar. Aunque la fiesta era realmente corta —duraba alrededor de treinta y ocho minutos —

 el sacerdote aseguraba que aquella ceremonia no se podía a la larga soportar más. El tenía además otras obligaciones, reuniones con sus compañeros, el cuidado de las almas que le estaban encomendadas, además de las confesiones del sábado. Por fin consintió en aplazar algún tiempo su decisión, pero a finales de junio exigió enérgicamente que se le liberase de aquello. Franz estaba furioso con toda la familia y buscaba cómplices para su plan de internar a su madre en algún sanatorio, pero no encontraba más que oposición en todos.

De todas formas, empezaron a surgir dificultades. Una noche, no acudió el párroco y no se le encontró ni llamándole por teléfono ni enviándole un recado por escrito. Se vio claro que decididamente no pensaba volver. Mi tío dijo cosas horribles, y aquel hecho fue motivo de que calificara a los servidores de la Iglesia con palabras que me niego a repetir. Como última medida, se rogó al coadjutor, hombre de procedencia muy modesta, que viniera. Lo hizo, pero se portó tan mal, que casi originó una catástrofe. Claro que hay que tener en cuenta que ya estábamos en junio y

que por tanto hacia calor. A pesar de ello, las cortinas estaban corridas para conseguir una oscuridad invernal y además las velas estaban encendidas. Empezó la fiesta; el coadjutor había oído hablar de lo que pasaba allí, pero no tenía una idea exacta de ella. Temblaban todos cuando le fue presentado a mi tía el sustituto del párroco. Aceptó sin ninguna dificultad el cambio. De modo que los enanos martillearon, el ángel susurró, se cantó O Tannenbaum, se comieron los dulces, se empezó de nuevo a entonar la canción y de pronto al coadjutor le dio un ataque de risa. Después explicó que no había podido oír el verso «también en invierno, cuando nieva», sin soltar la carcajada. Siguió riendo con clerical candor, abandonó el cuarto y no se le volvió a ver. Todos miraron ansiosamente a mi tía, pero ella dijo sólo resignadamente algo así como «Proletarios con sotana» y se llevó un  trozo demazapán a la boca. Cuando nos enteramos de lo que había pasado, también nos sentimosconsternados, pero ahora me inclino a considerarlo como una natural explosión de buenhumor. No tengo más remedio que confesar —si he de ser fiel a la verdad— que mi tío usó de su influencia con las altas jerarquías eclesiásticas para procesar al coadjutor y al párroco. El asunto se llevó, aparentemente, con la máxima corrección, se les entabló un proceso por abandono de sus deberes del cuidado espiritual de sus feligreses, que fue ganado en primera instancia, por los dos sacerdotes. El segundo recurso está aún pendiente de resolución. Por suerte se encontró un prelado ya jubilado que vivía por allí cerca. Era una persona encantadora, que se mostró dispuesto, con una amable comprensión, a participar todas las noches en la fiesta. Mi tío Franz, que era lo suficientemente sensato para comprender que no había que esperar ya nada de la ciencia médica para resolver la situación, y que se negaba tercamente a recurrir a los exorcismos, tenía también un gran sentido de la economía y empezó a calcular que había que regular la financiación de todo aquello. A mediados de junio se suspendieron las expediciones de los nietos, porque se consideró que resultaban demasiado caras. Mi primo Johannes, que es un hombre lleno de iniciativas, y que tiene excelentes relaciones en todos los ambientes comerciales, descubrió la sociedad Suderbaum, que se dedica al negocio de árboles de Navidad, una actividad

muy remuneradora, y que gracias a los nervios de mis parientes, ha obtenido importantes beneficios. Pasado medio año, se concertó un contrato con la compañía Suderbaum, con un descuento importante, y se comprometió a hacer que su experto en abetos, el doctor Alfast, estudiara exactamente el caso para que tres días antes de que el abeto viejo resultara inservible, llegara el nuevo y pudiera estar preparado a tiempo. Además, se guardaba en la bodega una provisión de dos docenas de enanos y tres ángeles. Una cuestión que aún no se ha resuelto es el problema de los dulces. Muestran una deplorable tendencia a deshacerse y gotear del árbol, más rápidamente y con más tesón que la misma cera. Sobre todo durante los meses de verano. Han fracasado todos los intentos de conservarlos en su dureza navideña, por medio de todos los sistemas conocidos de refrigeración. Igualmente no han dado resultado las pruebas que se han hecho de disecar un árbol. La familia agradece y acepta todas las sugerencias que se hagan para ver si se consigue un abaratamiento en el coste de la fiesta constante.

6

Las fiestas de la casa de mi tío iban ya adquiriendo un aspecto de profesionalidad: se reunían todos bajo o alrededor del árbol. Mi tía entraba en la habitación, se encendían las velas, los enanos golpeaban con sus martillos y el ángel susurraba «paz, paz», después se cantaban unos villancicos, se mordisqueaban unos dulces, se charlaba un poco, y se iban retirando todos bostezando y deseándose unas felices pascuas. Los niños gozaban de estas diversiones, que normalmente se reservan a una época especial, mientras mi bondadoso tío y mi tía Milla se iban a la cama. En el cuarto de estar quedaba el humo de las velas, el aroma de abeto recalentado y el olor a dulces. Los enanos, un poco fosforescentes, permanecían quietos en la oscuridad, con sus brazos alzados amenazadoramente y también se veía relucir fantasmagóricamente la plateada túnica del ángel. Creo que no es necesario asegurar que la alegría que produce la verdadera fiesta de Navidad, ha disminuido ostensiblemente en nuestra familia: siempre que nos apetece podemos ir a admirar encasa de nuestro tío un clásico árbol de Navidad —y es frecuente que, durante el verano, sentados en la terraza y saboreando un refresco de naranja, nos llegue del interior de la casa el suave tintineo de las campanas y veamos en la oscuridad a los enanos moviendo sus martillos como ágiles diablillos, mientras el ángel susurra «paz, paz». Y siempre nos sorprende el oír a nuestro tío, en pleno verano, llamar a sus hijos y decirles: «Encended las velas, que mamá llegará en seguida». Entonces entra

el prelado, un señor encantador, que nos ha ganado a todos el corazón, porque hace su papel extraordinariamente bien, aunque es posible que no se dé cuenta siquiera de que está representando algo. Pero es lo mismo: él está allí, con su pelo blanco, sonriente, y la tira morada de su cuello da a su presencia el toque definitivo de distinción. Y es una extraña sensación la que se siente al oír en una noche de verano, una voz diciendo nerviosamente: « ¿El apagavelas, pronto, dónde está el apagavelas?» Ya ha ocurrido también que, durante una fuerte tormenta, los enanos, sin necesidad de

recibir el calor de las velas, se sintieran impulsados a levantar los brazos y a moverlos vertiginosamente, produciendo un concierto extra, hecho que se ha procurado interpretar con la seca palabra electricidad. La cuestión económica de toda esta organización no deja de tener importancia también. Aunque no hay dificultades en ese aspecto, este desembolso extraordinario se nota en el presupuesto familiar. Pues a pesar de que se tiene mucho cuidado, es enorme la cantidad de enanos, yunques y martillos que se deterioran, y el delicado mecanismo que hace hablar al ángel exige un constante cuidado y atención y tiene que ser renovado frecuentemente. Por cierto que ahora he descubierto su secreto: el ángel va unido por un cable a un micrófono, colocado en el cuarto contiguo ante un disco que da vueltas constantemente, repitiendo «paz, paz» suavemente. Todas estas cosas resultan caras, porque están hechas para usarlas unas pocas veces al año, y no resisten el desgaste que supone usarlas constantemente. Me asusté cuando mi tío me dijo un día, que había que renovar los enanos cada tres meses y que una colección completa costaba 128 marcos. Había rogado a un ingeniero conocido que los recubriera de una ligera capa de caucho, para darles así mayor resistencia, sin que aquello les hiciera perder su bella sonoridad. La idea dio resultado. El consumo de velas, turrones, mazapanes, el abono del árbol, las cuentas del médico y la atención que se tiene con el prelado cada tres meses, hace que mi tío tenga un presupuesto diario de alrededor de once marcos, sin contar el desgaste de nervios y los trastornos que se empiezan a advertir en la salud de todos. Pero ya estábamos en el otoño, y los trastornos se achacaban a la especial sensibilidad que se produce en esta estación del año.

7

La auténtica fiesta de Navidad transcurrió normalmente. Fue un verdadero respiro para la familia, pues veían a otras familias reunidas bajo el árbol de Navidad y que también tenían que cantar y comer turrones. Pero el alivio duró lo que el tiempo de Navidad. Ya a mediados de enero empezó a notar mi prima Lucie un curioso malestar: cuando veía los abetos, colocados en las calles y, en los montones de escombros y ruinas, empezaba a sollozar histéricamente. Después tuvo un verdadero ataque de locura, que se disimuló diciendo que fue un ataque de nervios. Un día que fue a casa de una amiga, mientras charlaban y tomaban una taza de café, ésta le ofreció sonriendo

una bandeja con golosinas. Mi prima se la arrebató de las manos —hay que tener pues el trauma producido por los dulces lo consideraba incurable. Así se consiguió que por una temporada mi tío, que en esto había demostrado una dureza insospechada, no pusiera dificultades con su disciplina. Poco tiempo después de cumplirse el primer año de permanente fiesta de Navidad, empezaron a correr unos rumores intraquilizadores: se decía que mi primo Johannes había consultado a un médico amigo sobre cuánto tiempo de vida se podía calcular a mi tía, rumor verdaderamente macabro, que entenebrecía la pacífica y diaria fiesta familiar. El resultado de la consulta debió ser destructor para Johannes. Todos los órganos de mi tía, que siempre han sido muy sólidos, están en perfecto estado, su padre vivió setenta y ocho años y su madre ochenta y seis. Mi tía cuenta ahora setenta y dos, así es que no hay ninguna razón para prever un fin próximo. Y yo opino, que menos aún para deseárselo. Cuando se puso una vez mala mediado el verano —a la pobre mujer le aquejaron fuertes vómitos y diarreas— se corrió la voz de que había sido envenenada y tengo que dejar bien claro que aquel rumor fue un bulo lanzado por unos parientes malintencionados. Se demostró que se trataba de una infección que le contagió uno de sus nietos. Los análisis a que fueron sometidos los excrementos de mi tía no acusaron absolutamente ninguna señal de veneno.

 Durante el mismo verano empezó a iniciarse en Johannes una tendencia a mostrarse disconforme con su medio social: dejó de pertenecer a su grupo coral, y declaró, incluso por escrito, que ya no le interesaba colaborar en el prestigio de la canción alemana. Me veo obligado a aclarar, que a pesar de haber conseguido una graduación de estudios superiores, siempre fue un hombre poco cultivado. Para el coro Virhymnia resultó un gran perjuicio el tener que prescindir de su bajo.

8

Mi cuñado Karl empezó a ponerse en contacto secretamente con el departamento de emigración. El país de sus sueños debía tener unas condiciones especiales: no debía haber abetos, su importación tenía que estar prohibida o al menos gravada con unos puestos tan altos que la hiciesen imposible; además —esto en atención a su mujer—

 la receta de los turrones tenía que ser desconocida y prohibido absolutamente el cantar canciones de Navidad. Karl se comprometía a trabajar incluso en trabajos corporales duros. Pero sus gestiones para abandonar su patria pudieron hacerse abiertamente, porque entretanto mi tío sufrió una repentina y completa transformación. Pero ésta se produjo en un aspecto tan poco satisfactorio, que tuvimos razón para horrorizamos. Este hombre probo, del cual sólo se puede

decir que es tan terco como bondadoso, nos dimos cuenta que adquirió costumbres decididamente inmorales, y que continuarán siéndolo mientras el mundo exista. Se supo que hacía cosas, demostradas con pruebas, a las que solamente se puede aplicar la calificación de adulterio. Y lo terrible es, que ya no las oculta, sino que acepta la responsabilidad de vivir en relaciones y circunstancias que dice debieran poder ser justificadas por especiales leyes morales. Resultó muy inoportuno el que este cambio se hiciera público justamente cuando se tenía que fallar la segunda querella contra los dos sacerdotes. El tío Franz debió dar, como testigo y encubierto acusador, una impresión de inferioridad tal, que sólo se puede achacar a él mismo el que el fallo fuera favorable a los dos sacerdotes. Pero ya todo esto le resultaba indiferente: su desmoralización era absoluta. También fue el primero que tuvo la idea de que un actor le sustituyera en la fiesta de la noche. Contrató a un cómico sin trabajo, que en catorce días consiguió una caracterización tan perfecta de mi tío que ni su propia mujer era capaz de advertir el cambio de identidad. Ni sus hijos lo notaron. Fue uno de los nietos el que gritó de pronto en una de las pausas producidas entre villancico y villancico: « El abuelito lleva ligas redondas», mientras alzaba la pernera del pantalón del cómico con aire de triunfo. Debió ser terrible aquella escena para el pobre actor, y toda la familia se sintió conmocionada. Para evitar que ocurriera algo irreparable, se entonó rápidamente otra canción, cosa que se hace frecuentemente en situaciones difíciles. Cuando mi tía se fue a la cama, se comprobó rápidamente la identidad del actor. Aquella fue la señal de la proximidad de la catástrofe total.

9

También hay que reconocer que un año y medio es mucho tiempo y que había vuelto el verano, estación en que resultaba especialmente penoso para mis parientes el tomar parte en aquel juego. Mordisqueaban, en medio de aquel calor, sin ninguna ilusión, almendras y avellanas, y cascaban nueces resecas, mientras sonreían forzadamente, oían el incansable martilleo de los enanos y se estremecían cada vez que el ángel mofletudo susurraba, sobre sus cabezas, «paz, paz». Pero ellos continuaban allí, mientras el sudor, pese a sus trajes de verano, corría por su cuello y sus mejillas y hacía que las camisas se les pegaran al cuerpo. Diré más; perseveran aún. La cuestión económica no es ningún problema, más bien al contrario. Se empieza a murmurar que mi tío Franz ha empezado a recurrir en sus negocios a métodos que apenas permiten ya considerarle un comerciante cristiano. Está decidido a que no se produzca ninguna mengua en su fortuna, resolución que nos tranquiliza y asusta por igual. Después que se descubrió lo del corruco, se produjo un verdadero motín, cuyas consecuencias fueron que el tío Franz se declarase dispuesto a contratar una pequeña compañía de actores, que representaran a él, a Johannes, a mi cuñado Karl y a Lucie, y se acordó que siempre estuviera en la fiesta uno de los personajes auténticos, para mantener a los niños en el juego. El prelado tampoco ha descubierto aún el engaño, que no puede decirse que sea una cosa muy decente. Exceptuando mi tía y los niños, él es la única figura real en este asunto. Se ha establecido un tumo riguroso, que en nuestra familia se llama tumo de actuación. Como siempre toma parte en el acto uno de los auténticos personajes, se ha conseguido así también que los actores tengan su día de descanso. Entre tanto se ha podido comprobar, que ellos asisten a la fiesta con gusto, que les viene muy bien ganar unos marcos y se ha conseguido bajarles el sueldo, pues por suerte no escasean los actores sin contrato. Karl me ha contado que había esperanzas de que aún se podía pagar menos por el trabajo que hacen, pues se da a los actores una comida, y ya se sabe que el arte se abarata cuando se ofrece pan a cambio.

 

 

 

10

Ya se ha señalado la lamentable transformación de Lucie: casi no hace más que ir a establecimientos nocturnos, y especialmente en los días que tiene que tomar parte en las reuniones familiares se pone frenética. Va siempre vestida con pantalones de pana, jerseys chillones, lleva siempre sandalias y se ha cortado su espléndida cabellera, para adoptar en cambio un peinado con flequillo muy poco favorecedor; me he enterado que se le llama Pony y que en diversas épocas se ha considerado moderno. Aunque hasta ahora no he observado en ella una actitud inmoral, sino

solamente una exaltación, que ella dice que es existencialismo, no me decido a encontrar satisfactorio el cambio que ha sufrido; me gustan más las mujeres tranquilas, que se mueven nonnalmente con ritmo de vals, que citan versos agradables y cuya alimentación no consiste principalmente en pepinos amargos y guisos recubiertos de paprika. Parece que también va a realizarse el plan de emigración de mi cuñado Karl: ha descubierto un país, no lejos del Ecuador, que responde a sus deseos y Lucie está encantada: en ese país se llevan trajes semejantes a los suyos, gustan mucho las especias y se bailan los ritmos sin los que ella asegura no poder vivir. Es un poco extraño que esta pareja no siga el consejo del proverbio «Vive en el campo y aliméntate con sensatez», pero, por otra parte, también comprendo que se hayan decidido a huir. Aún es más grave lo ocurrido con Johannes. Desgraciadamente, aquel maligno rumor ha resultado cierto: se ha hecho comunista. Ha roto toda relación con su familia, ya no se preocupa para nada de ella y únicamente su doble, en las fiestas familiares, recuerda su existencia. Sus ojos han adquirido una expresión fanática, se conduce como un derviche en las asambleas públicas de su partido, ha abandonado a sus clientes y escribe rabiosos artículos en la Prensa. Es curioso que ahora

se reúna más frecuentemente con Franz. Se intentan catequizar mutuamente. Ahora que moralmente se encuentran en posiciones opuestas, es cuando humanamente se han acercado más. Hace mucho tiempo que no veo a Franz; únicamente sé de oídas algo de él. Dicen que le ha invadido una profunda tristeza, que se pasa el día en iglesias oscuras y creo que su piedad es realmente exagerada. Empezó a descuidar su profesión, cuando su familia se dejó arrastrar por

el pecado, y hace poco vi en el muro de una casa derruida un descolorido cartel en el que ponía:«último combate de nuestro campeón Lenz con Lecoq. Lenz cuelga definitivamente sus guantes». El cartel era de marzo, y ahora estamos en agosto. Franz debe sentirse muy decaído. Creo que se encuentra en una situación que, hasta ahora, no se ha dado nunca en nuestra familia: es pobre. Por suerte, se ha quedado soltero; por tanto, sólo le afectan a él las consecuencias sociales de su

irresponsable piedad. Con una terquedad pasmosa intentó conseguir que alguna asociación protectora de menores se hiciera cargo de los hijos de Lucie, pues él creía que acabarían pervirtiéndose con las fiestas nocturnas. Pero todos sus esfuerzos fueron vanos; gracias a Dios, los hijos de la gente rica no son arrebatados a sus padres inesperadamente por las instituciones públicas. El tío Franz es el que ha perdido menos la relación con el resto de la familia, aunque comete acciones muy enojosas. A pesar de su avanzada edad, tiene una «querida» y también su forma de actuar en los negocios nos llena de asombro y de ninguna manera podemos aprobarla. Hace poco ha contratado a un traspunte para que dirija y cuide de la fiesta nocturna, y todo vaya así sobre ruedas. Verdaderamente, todo va sobre ruedas.

 

 

11

Ya han transcurrido casi dos años: realmente mucho tiempo. Una noche, en uno de mis acostumbrados paseos, no pude resistir la tentación de pasar ante la casa de mis tíos, adonde naturalmente no se puede ir de visita desde que todas las noches la casa se ve invadida por gentes extrañas y los miembros de la familia se entregan en cambio a otras diversiones. Era una templada noche de verano cuando pasé por allí y ya al volver la esquina de la avenida de los castaños, oí cantar  el bosque brilla con fulgor de Navidad.

El paso de un camión hizo inaudible el resto. Me acerqué a la casa y por una rendija de las cortinas miré al interior de la habitación: el parecido de los actores con mis parientes era tan asombroso, que por un momento no pude distinguir quién era el que aquel día estaba de guardia — así lo llaman ellos—. No pude ver a los enanos, pero si oírlos. El penetrante sonido que producen, se propaga en una longitud de onda capaz de atravesar todas las paredes. El susurro del ángel era inaudible. Mi tía parecía realmente feliz: charlaba con el prelado y después de un rato reconocí a mi cuñado Karl como el único personaje auténtico, si se puede llamarlo así Me di cuenta que era él por la forma que tiene de fruncir los labios cuando enciende una cerilla. Parece que existen rasgos de

individualidad que no cambian nunca. Entonces me vino la idea de que los actores son frecuentemente obsequiados con cigarrillos, puros y vino —y además todas las noches se come espárragos— o Si son un poco descarados —¿y qué actor no lo es?— esto supone otro apreciable aumento en el presupuesto de mi tío. Los niños jugaban con muñecos y carritos de madera en un rincón del cuarto; estaban pálidos y parecían cansados. Verdaderamente, creo que habría que preocuparse

de ellos. Pensé que quizá se les podría sustituir por figuras de cera, como las que se usan en los escaparates de los almacenes para anunciar leche en polvo o crema de belleza. Siempre me han dado mucha impresión de realidad. Tengo que advertir a la familia de las posibles consecuencias que este esfuerzo diario tan poco normal puede causar en el ánimo infantil. Aunque cierta disciplina no les hace ningún daño, me parece que en este caso se ha exagerado la nota.

Abandoné mi puesto de observación cuando empezaron a cantar allí dentro Noche feliz. No pude aguantarlo. El aire está tan tibio —y por un momento me dio la impresión de estar viviendo con un grupo de fantasmas. Me apetecieron repentinamente pepinos amargos y sospeché todo lo que Lucie debió haber sufrido.

12

Por fin he conseguido que se sustituya a los niños por muñecos de cera. Su coste fue muy elevado —el tío Franz tardó mucho tiempo en decidirse a hacerlo— pero no era posible arriesgarse por más tiempo a alimentar a los niños diariamente de mazapán y hacer que cantaran canciones que a la larga podían resultarles muy perjudiciales psíquicamente. Pero el tener los muñecos fue muy conveniente, pues Karl y Lucie emigraron efectivamente y también Johannes sacó a los niños de la casa de su padre. Me despedí de Karl, Lucie y los niños entre enormes baúles y cajones. Parecían felices, aunque algo nerviosos. También Johannes se ha marchado de la ciudad. Está ocupándose de reorganizar, no sé dónde, uno de los distritos de su partido. El tío Franz está cansado de la vida. Con voz doliente me contó hace poco que se olvidan de quitar el polvo a las figuras de cera. El servicio le da constantemente disgustos. Y los actores tienden irremediablemente a la indisciplina. Beben más de lo que deben y algunos han sido sorprendidos, encendiendo puros y cigarrillos. Sugerí a mi tío que les diera agua teñida, y que consiguiera puros de cartón. Los únicos inconmovibles son la tía y el prelado. Charlan de los buenos viejos tiempos, se ríen como dos chiquillos y parecen pasarlo muy bien, interrumpiendo sólo su conversación cuando entonan una canción.

 y la fiesta sigue celebrándose.

Mi primo Franz ha evolucionado de una forma muy rara. Ha sido admitido como lego en un convento de los alrededores. Cuando le vi por primera vez con el sayal, me asusté —aquella figura tan alta, con la nariz aplastada y sus gruesos labios y la mirada tan triste, más me recordó un presidiario que un fraile—. Pareció adivinar mi pensamiento. «Estamos encarcelados por la vida», dijo muy bajo. Le seguí al locutorio. Fue una entrevista llena de silencio y pareció aliviado cuando la campana le llamó a oración. Cuando se marchó, me quedé pensativo: se fue muy de prisa y su premura parecía sincera.

 

 

 

 

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