La imposibilidad que abre el deseo

Presentación en Cruce del libro Jacques Lacan. El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea, el 31 de marzo de 2017

Presentación en Cruce libro Miriam y GustavoBienvenidos a Cruce, a la presentación de este libro, Jacques Lacan. El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea, que acaba de salir de la cocina después de una larga preparación –dos años, creo–, un libro que ha sido ideado y organizado por los psicoanalistas Miriam Chorne y Gustavo Dessal, editado por Fondo de Cultura Económica. Os agradecemos además la presencia en un espacio que, como sabéis, se caracteriza por mezclar las áreas del pensamiento y del arte, algo que de entrada parece totalmente propicio para presentar el ambicioso proyecto de este libro, que se ofrece en diálogo con la cultura contemporánea.

Para abrir los turnos, me gustaría desplegar un poco, aunque sea mínimamente, un par de dificultades iniciales que constituyen con frecuencia un obstáculo casi insalvable a la hora de abordar la tensión existente entre lo que sería la práctica clínica y la posibilidad de hacer una obra teórica. Concretamente, los dos temas que me gustaría tratar son: la imposibilidad de la posición del analista, y la imposibilidad de elaborar un corpus teórico con ambición totalizante. Como veis, la paradoja está servida. ¿Cómo es posible que estas dos imposibilidades, que son reales y efectivas, puedan, sin embargo, producir tantos frutos? En este caso nada menos que un librito de estas dimensiones –700 páginas con un cuerpo de letra más bien pequeño–, escrito por unos 50 analistas, en 5 lenguas distintas.

La existencia de estas dos imposibilidades nos lleva a abordar primero la diferencia, fundamental, que para el psicoanálisis lacaniano existe entre impotencia e imposibilidad. Para decirlo brevemente, la impotencia no sería otra cosa que el reverso de un anhelo de potencia, la pesadilla que le retorna al que se ha inflado en su ser y su tener hasta hacer estallar el globo. Por ello, el lamento del impotente sería la queja impropia y engañosa del que, queriéndolo todo, ahogó su propio deseo. Si se pretendiera revertir esta situación, esto es, despertarlo al deseo, el medio más apropiado sería el de desenmascarar este anhelo de completud que camufla el impotente y que oculta tanto a sí mismo como a los demás. El afectado de impotencia necesita una buena dosis, o mejor, múltiples pequeñas dosis de imposibilidad, de lo que llamamos castración, la ley que baja a tierra a los mortales, para que ceda algo de ese goce que lo ata, que lo inhabilita, mental y físicamente (no entremos en detalles). No apuesta en el juego de la vida quien no cede algo de entrada. Por lo que asumir la imposibilidad que nos es propia viene a ser sinónimo de recuperar el deseo, teniendo el efecto movilizador de lanzarnos a la búsqueda de lo que, eso sí, jamás podrá ser hallado. Al menos así entiende el psicoanálisis la estructura del deseo.

Vayamos ahora a la primera imposibilidad, la de la posición del analista cuando está en el ejercicio de su práctica. A poco que se piense, resulta verdaderamente extraño decir ‘soy psicoanalista’, y totalmente falso si lo miramos atendiendo a una esencia, a una positividad que otorgaría un predicado al ser. Que el psicoanalista sólo está como tal en la sesión analítica es algo que se entiende, pero lo curioso es que es precisamente allí donde, como persona, no está. Digamos que, en el ejercicio de ese extraño trabajo, él debe ausentarse para devenir escucha, una escucha de los goces del otro, que no puede estar contaminada por los propios, los del analista. Y una vez acabada la sesión, el analista reingresará en el curso de su vida, esto es, volverá al sueño de su existencia, por cierto, poblada también (no entremos en detalles) por todo tipo de fantasmas. Como se ve, esta posición de analista, un agujero ofrecido al otro donde verter las palabras que lo alienan en su vida, no es un lugar donde uno pueda estar por completo. Es verdaderamente una atopía, una aspiración que precisa de un largo trabajo de desalojo de fantasías e ideales, que son las patas de ese extraño constructo que llamamos ser, para poder escuchar lo singular del otro. Y no es de extrañar, como señalaba Lacan, que hayan sido y sigan siendo los propios psicoanalistas (no entremos en detalles) los que presenten, como el resto, una dura resistencia al mismo. Porque si el psicoanálisis es insostenible sin el abordaje de esta imposibilidad, el abordaje de la misma casi no hay dios que lo sostenga. De ahí que la historia del psicoanálisis esté marcada por rupturas y escisiones, dado el necesario señalamiento de las desviaciones, de los apaños, de las salidas fáciles que pretenden una estandarización, un arreglo social, un acomodo en los ideales de la época, etc. Y así, mantener esa ética de la atopía para escuchar los goces, lo que nadie quiere escuchar, nos obliga a una posición de denuncia permanente, algo en lo que Lacan se singularizó, como se puede leer en este libro, quizás por encima de cualquier otro. Una denuncia que –y esto es lo más difícil– no podrá ofrecer el sosiego de una salida, de una solución, que sólo podría venir de nuestro fantasma particular.

Pasamos ahora a la segunda imposibilidad, la de elaborar un corpus teórico del psicoanálisis con pretensión totalizante, algo que parece inducirnos a mirar el libro que presentamos hoy con curiosidad, con intriga, incluso tal vez con cierta sospecha. ¿En qué lugar se ubica con respecto a dicha imposibilidad? ¿Acaso la niega? Vayamos por partes. Recordemos primero el recelo de Freud hacia toda producción teórica que no partiera de la práctica clínica. La reflexión teórica no era algo que el analista debiera propiciar de entrada, sino que vendría a asaltarnos, por así decirlo, estando imbuidos en el estudio de un caso particular. Y aunque Freud no siempre siguiera su propia recomendación, no la echemos por ello en saco roto, pues nos ilumina sobre el eje principal sobre el que gira la imposibilidad. Desde Lacan repetimos que basta un caso clínico para hacer una teoría, y también basta un caso clínico para desmontar una teoría. Ése es el nivel –máximo– de supeditación de la teoría a la práctica. Se entiende que ello implique la actualización constante de los conceptos, algo en lo que Lacan destacó de una manera, probablemente, irrepetible. Este libro da buena cuenta de ello. Es una de sus grandes ambiciones y de sus grandes méritos. No se trataba de dar una sopa boba, una sopa que hubiera supeditado todo a su fácil digestión, sino, como señalan Miriam y Gustavo en la introducción, de buscar cómo transmitir, en cada uno de los artículos, la riqueza de la elaboración del concepto allí tratado, definiéndolo según la época y el registro en el que Lacan lo empleó. Se trataba, entonces, de dar cuenta de lo que fue, ya desde Freud, un work in progress en sentido estricto. No un corpus teórico consensuado, sino una panorámica del estado actual del work in progress que el impulso de Lacan ha representado para el psicoanálisis. No el cuadro de una naturaleza muerta o una clase de anatomía a partir de la disección de un cadáver, sino una instantánea, parcial, si se quiere, pero única, irrepetible, del encuentro de un pensamiento con su época. Dicho encuentro implica necesariamente a toda época, a toda cultura, una relación distinta con la temporalidad, donde no hay superación, no hay progreso, sino pensamiento en devenir. Si la responsabilidad de cada época, de cada autor, es leer a su manera desde El banquete de Platón a las producciones contemporáneas, el psicoanalista, orientándose a partir de cualquier material donde el malestar psíquico haya dejado su marca, lee y relee, escribe y rescribe, trazando y rectificando los mapas que le guían hacia lo innombrable.

Pondré, para terminar, tres ejemplos iniciales de este inmenso esfuerzo del que este libro es una buena prueba. Son los exquisitos trabajos que sobre los inicios de Lacan llevan a cabo José María Álvarez, Manuel Fernández Blanco y Dolores Castrillo, sobre sus orígenes psiquiátricos, sobre el texto Los complejos familiares y sobre la relación de Lacan con la lingüística estructural. Podría haber pensado, ‘Ah, sí, ya he oído y leído a José Mª varias veces sobre el caso Aimée, la última aportación de la psiquiatría clásica a la paranoia, salido de la pluma de Lacan… bueno, puedo pasar al siguiente’. Podría haber pensado, ‘Ah, sí, ya he leído varias veces Los complejos familiares, es un texto tan antiguo… puedo pasar a otra cosa’. Podría haber pensado, ‘Ah, sí, otra vez lo que hace Lacan con Saussure… paso’. Y podría haberlo hecho además con la excusa de tener que leer en diagonal los cuarenta y seis trabajos restantes (perdonarme el detalle numérico, obsesivo, pero no entremos en detalles), podría haberlo hecho, pero, creerme, habría sido una pérdida irreparable. Son dos ejemplos perfectos de cómo se puede atender la problemática de una época, frotando en su rugosidad hasta sacarle sus destellos; y leerlo después desde los futuros planteamientos de Lacan; y leerlo a su vez desde las preocupaciones actuales, corrigiendo y rescribiendo el texto a cada acometida. Todo ello en apenas veinte páginas cada uno. En fin, por favor, leamos sin dejarnos guiar por el genérico ‘ah sí, ya sé’. Sería tanto como desatender la Partita nº 6 en E menor sólo porque uno ya escuchó las Variaciones Goldberg, una barbaridad.

Por último, se desprende de lo expuesto lo inapropiado que sería ir por ahí dando consejos, ya sabéis, esa prepotencia tan desagradable que resulta de proyectar los fantasmas de uno en el otro. Pero como las reglas están también para saltárselas, algo que algunos de esta mesa no podemos rechazar tan fácilmente (no entremos en detalles), os voy a dejar el mío, mi consejito: tened mucho cuidado con este libro, porque os permite entrar en los detalles.

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