Dejo salir las palabras

Dejo salir las palabras que me traicionan, escribo. Son ellas las que me sacan a pasear. Yo busco todo lo contrario, creedme. Permanecer en mis engaños. Nada épico, naderías, como todo el mundo. Pero a pesar mío salen, manifiestamente insolentes, y enseguida se establece con ellas un juego. Un juego extraño a partir de su reclamo. De eso quisiera hablar, sin saber adónde me llevan. Me atengo primero a los hechos, siempre ayuda. Salen y me empujan a participar, como si me cursaran invitación y no tuviera escapatoria. De alguna manera, he de comparecer. He de acceder a un encuentro, a una cita con ellas. Y con cierta inquietud me pongo en marcha, impulsado por no sé qué esperanza. Un misterio, porque aquí la experiencia no importa. Para eso no la hay, y si la hubiera, todo sucedería contrario a la experiencia. Siempre surge desde cero lo que a ojos de otro parecería lo mismo, la repetición. Pero lo que surge es siempre novedoso, siempre es su primera vez. Tiene ese encanto. Y hay que concedérselo sin buscarle razones. Ya sé, es difícil, pero aquí estamos para contradecir un poco a la experiencia. Si no, ¿quién podría acoger lo que surge? Sería como obtener de la cita con las palabras un reconocimiento. No llegará. Es imposible. Démoslo por hecho. Pero qué va, ya sé, uno nunca lo da por hecho, todo lo contrario, y ése es el juego que se establece, yendo al alcance de la palabra, con un empeño de reconocimiento en ella. Rectifico pues este señuelo del que hablo, la cita no es con las palabras, es en las palabras. Y por si fuera poco, impide además cualquier conocimiento. No podrás usarnos para otros propósitos, parecen decirme. Bueno, es algo que a estas alturas del recorrido casi se agradece. Sería demasiado para una simple tarde primaveral.

Resumamos el juego imposible que se instaura. A la cita en la palabra el compareciente acude de la única manera que le es permitida, de soslayo. Nada metafísico. Paseo, salgo a la calle, muevo los pies a las horas permitidas, y algo también a las horas no permitidas, eso sí, establecidas las cautelas necesarias, tanto las personales como las comunitarias, en fin, una banalidad si se quiere, si no fuera por esta extraña compañía. Y todo por ir a un encuentro al que no puedo llegar. Vaya gracia. Pero he de reconocer que en este desencuentro suceden cosas. No desestimo para nada los cambios de tiempo, la brisa y la lluvia cuando llegan, el olor de los campos que están rompiendo los adoquines, una vegetación que se abre paso invadiendo la ciudad, que me lleva a sortear estos nuevos matorrales urbanos donde florecen especies desacostumbradas, nunca vistas aquí, pero es sobre todo ese olor a humedad, a pasto, a forraje, el que me traspone, me hace ver caracoles antes de haberlos, recorriendo sueños de otro tiempo. Como decía, no desestimo estas novedades, pero no es eso, no es eso. Sucede también un extraño atentado a la soledad. Y harto recomendable, dadas las circunstancias.

Quiero decir que no paseo solo, en cierto sentido. No, no vayáis a pensar que me he entregado al espíritu comunitario. Mis banalidades son ordinarias, no extraordinarias. No me ha entrado de momento esa chifladura de creerme parte de una fuerza colectiva. Y, sin embargo, ¿qué sucede? Yendo a un desencuentro, resulta que otros son posibles. Bienvenidos esos desencuentros con la palabra que te vuelven tan reacio a las comuniones de todo tipo. Son un mal sueño. Decía un santo irlandés que la historia era la pesadilla de la que intentaba salir. Lo decía buscando afanosamente una zona neutral, mientras sus contemporáneos morían en las trincheras. Se llamó a aquella guerra la Gran Guerra. Y cuando la devastación por fin terminó, alguien se acercó a preguntarle por lo que había hecho en aquellos largos años. Escribir el Ulises –le dijo–, ¿y usted? Menuda interpelación. ¿Y usted? Se percibe bien ese infinito orgullo que caracterizaba al personaje, tocado por la locura de saborear el encuentro con las palabras. Aquí somos necesariamente más modestos, trabajamos desde el desencuentro. El territorio se ha mezclado definitivamente. Irrumpe tanto la vegetación como las trincheras, ninguna es evitable, están ahí. Yo atravieso cada tarde las líneas enemigas, evitando la hora del fuego, la de los cánticos. No le convienen a mi naturaleza. Prefiero las ficciones singulares a las colectivas. Cuando me levanto de buen ánimo las ficciones particulares me resultan simpáticas. Evitadme en cambio las colectivas. Pasan de los aplausos a las caceroladas en un abrir y cerrar de ojos, tanto como la dirección del pulgar del césar.

Pero, que no haya encuentro posible en esa fantasía comunitaria, esto es, que haya también desencuentro ahí, no me condena necesariamente a la soledad, no me retorna al otro tipo de comunión, conmigo mismo. Partía de aquí, de que esto no me está permitido. Es lo que intento describir en la medida en que me dejan. Me refiero a las palabras. Que no me encuentro con mis palabras, que salen y las sigo, las retoco para volverlas más cercanas, y pongo todo de mi parte pero no las alcanzo. Me guiñan el ojo desde su exilio. Son mi reflejo. Pero uno muy particular. Porque si me miro en sus aguas no veo mi imagen, sólo las veo a ellas, las palabras.

Desde esa soledad detecto soledades, me cruzo con otras soledades. Podría decirse que me especializo en ello, en encontrar esas soledades tan esquivas como la mía, pero bien contemporáneas, participantes de desencuentros. Hago recorridos como ellos, más o menos los mismos recorridos. Así es. Soy uno de esos cuatro caminantes de Quad, haciendo una y otra vez la misma coreografía, sin ser verdaderamente individual ni tampoco colectiva. Repitiendo al infinito el único modo de encuentro posible, el que respeta el desencuentro. En el centro, la imposibilidad del contacto. Nadie puede pisar ese lugar de intersección de las diagonales del cuadrado. Es el imperativo ontológico que deshace la ontología. No hay choque posible, comunión o mero intercambio de ropas. Pero es precisamente esta ausencia de contacto, de llegar a la esencia, lo que habilita el cruce. No chocándose en el centro se cruzan, nos cruzamos. Ésa es la gracia. La gracia del cuadrado. En ese cuadrado está el cruce de caminos del mundo. Los personajes entran y salen. Cada uno, imaginémoslo, yendo al encuentro de sus palabras, devanándose la cabeza en esa imposibilidad que le constituye. La palabra que no se alcanza es, visualmente después, el cuerpo que no se alcanza, la ausencia de choques en el lugar lógico donde se producirían, habida cuenta las direcciones de los movimientos. Pero no, no es posible, un giro, una excepción lo evita cada vez. No hay superación, como mucho, entropía. Desgaste en el calzado, mayor lentitud en la cadencia de los pasos y de los movimientos. Es el efecto de la pura actividad.

La elección geométrica importa: cuadrado y no círculo. Saber contar hasta cuatro no es nada fácil. En filosofía, por ejemplo, ¿quién ha sido capaz? La atracción que provocan los números bajos, en especial el uno y el dos, es tan considerable que a la mayoría le cuesta salir de ahí. Es cierto que alguno lo consigue, no se amilana ante lo diferente y cuenta hasta tres. Quizás todo pensador ha hecho este recorrido, ha visto que el uno no, y que el dos tampoco. Ay el dos, qué salida más falsa. A tal punto, pienso ahora volviéndome un poco exigente, que si no conquista el tres no deberíamos llamarlo pensador. Después, naturalmente, la cosa no acaba ahí, porque esta conquista del tres cuesta mantenerla. Enseguida se puede hacer un nuevo uno del tres, estas cosas ocurren, buscando superar, disolver lo desagradable, lo indómito de la dualidad. Y todo se vuelve otra vez círculo que gira y gira, engullendo y explicándolo todo. Es pues harto difícil salir del tres sin volver al uno. No es nada común ver el mundo desde una multiplicidad mayor, lo que aquí sería ver el mundo en cuadrado. Además, salir de los tres primeros tiene sus riesgos, esa exposición no está exenta de todo tipo de espejismos. Por ejemplo, hubo alguno que tuvo tanta ansia de olvidar el uno dos tres, que encontró en el cuatro el paraíso de la indiferenciación, de lo múltiple, otro nuevo uno, sólo que expandido. Entonces, para no perderme en mis cavilaciones, vuelvo al cuadrado, vuelvo a mis paseos en Quad. Porque en él figura lo que me salva de caer en el infinito, de querer abrazar el contacto que me engaña sobre mi condición. Ahí está, justo en el centro del cuadrado, mi exterior, mi limitador ontológico. Aquello que no me es permitido pisar, el vacío. Me indica que el contacto no es posible. Me indica que no alcanzo a mi palabra y que salgo a pasear con mi desencuentro. Me indica los peligros y las confusiones que provoca no respetarlo. Entrar en el reino de la indistinción, en el reino de la falsa promesa del encuentro, sea el del uno, sea el del dos. Ninguno me conviene, ni el que lleva a los aplausos, ni, por supuesto, el que lleva a las caceroladas. No, mejor dibujar bien con tiza ese lugar vacío, el centro geométrico del cuadrado, donde se cruzan los pensamientos.

Zacarías Marco, 20 de mayo de 2020