¿Qué fue de la traducción del inconsciente?

Es difícil pensar un inicio diferente que no recorriera el camino de la traducción para quien fue el inventor del inconsciente, tal como lo entendemos a partir de Freud. Fiel a una época imbuida en el ideal del saber, adoptó como marco el discurso de la ciencia, por eso lo suyo fue un descubrimiento y, a partir de ahí, Topográficola elaboración del edificio conceptual que daría cuenta de lo que ocurre en esa “otra escena”, latente, que explica lo que va más allá de lo manifiesto. Este principio no parece objetable pero, paradójicamente, la riqueza se encontraría siguiendo otra dirección. Primero, porque Freud sigue una tradición que, oh sorpresa, desemboca en una subversión de los principios que la fundan. No es el único ni el primero, pero el golpe dado por él a esa tradición va a ser definitivo. Además, y no ajeno a este lugar bisagra entre dos épocas, Freud tuvo como principio rector colocar a la práctica en el fundamento de toda elucubración. Y su práctica clínica le lleva a ir variando el mapa cartográfico de esa región escurridiza que se queda siempre a los ojos del inventor como tierra prometida. Traducir es utilizar este mapa cartográfico que se va afinando con la práctica.

¿Por qué esto no bastó? Por muy perfeccionada que fuera la producción de mapas había algo ahí que no marchaba. ¿Es el inconsciente un territorio, una geografía? Analizando como nadie los mapas del maestro, Lacan los empuja hasta su encrucijada. Lo que nos llega del inconsciente es lo que surge de una brecha, es una pulsación, incluso una compulsión, inatrapable en términos de mapa. espalda-escritaPodemos decir que algo acontece, algo acontece en el cuerpo. Y aquello que acontece responde a una escritura, fruto de nuestro encuentro con aquella suerte de lenguaje inicial que vehiculó nuestra entrada en el mundo del deseo, más allá del de la necesidad. De ese encuentro se deducen entonces inscripciones, escrituras. Cómo son, qué dicen. Qué dicen cada vez. El inconsciente es un atasco de escritura, una escritura que se ha anquilosado en una fórmula, en una prisión. Deleuze tenía razón cuando criticaba la limitación de la interpretación en términos de traducción, pero no se trata de “producir” inconsciente allí donde antes se  interpretaba con ayuda de un mapa sino de desatascar esa escritura, de limitar así los efectos carcelarios de nuestro inconsciente. Dejar de ser el preso condenado a repetir una escritura tachando sin fin los días del calendario. Dejar que el texto trabaje de otra manera, tratando de nombrar el innombrable goce que lo convierte en nudo.

 

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